13 de octubre de 2018

18 de octubre de 1945: entre leyendas urbanas, construcciones discursivas y realidades contundentes.

Decía mi dilecto maestro Profesor Doctor Fernando Falcón Veloz que las palabras, especialmente en el discurso político, tienen fuerza vital. En elaboraciones más complejas tales como juicios de valor o su construcción en actos de habla intencionales, hablados a su vez en un lenguaje político particular, en un tiempo determinado y según prácticas sociales e históricas también determinadas por ese tiempo, suelen tener naturaleza petrificante, en el sentido de crear, como monolitos, conceptos, ocurrencias y eventos, hasta convertirlos en “realidades inconmovibles”, realidades que adquieren características de “verdades históricas” que, de tanto repetirlas “como loros”  (tanto los adeptos al discurso de ocasión como los inertes a todo estudio y lectura, también, incluso, no pocos de los denominados "expertos"), terminan haciendo parte del léxico político de generaciones.

Estas líneas tienen por objeto “desmitificar” parte de algunas de esas “verdades históricas” que se repitieron durante un tiempo en Venezuela, sobre todo entre los militantes y simpatizantes del partido Acción Democrática o por los seguidores de Rómulo Betancourt Bello, especialmente sus exégetas. Persuadidos de que esta fecha ya no tiene significación alguna en las generaciones de hoy, por una parte debido a la negligencia supina que rodea al conocimiento (y en alguna medida la enseñanza) de nuestra historia política patria y, por la otra, la creciente deformación por vía del trancazo improvisador y los burdos intentos de ideologización “roja-rojita”, imperativa obligación pedagógica significar que desde nuestra propia perspectiva metodológica y sus correspondientes modelos teóricos políticos de análisis, el 18 de octubre de 1945 se produjo la definitiva trascendencia del Sistema Político Militar Positivista (nacido en 1899 y viviente de fondo, no obstante importantes cambios estructurales y funcionales), hacia el Sistema Político Democrático, en su primer intento, llamado luego por algunos historiógrafos “República Liberal Democrática” (Simón Alberto Consalvi, por ejemplo), aunque entonces, especialmente para sus protagonistas políticos, se tratara más bien de una suerte de “revolución socialista con sordina” o de “socialdemocracia revolucionaria radical a la criolla”.

Entre el 18 de octubre de 1945 (del cual en esta fecha se conmemoran 75 años) y su correspondiente 24 de noviembre de 1948, media un período que en nuestra historia política, se suele definir como el “Trienio Adeco” o simplemente el “Trienio”, período que representa, en alguna medida, un compendio (bien concentrado por cierto) de algunas de las ocurrencias que, durante los últimos 22 años, los venezolanos hemos estado viviendo y sufriendo de manera impenitente. En el entendido de que se trata de dos naciones venezolanas bien distintas, histórica, moral, cultural, social y económicamente, los conflictos políticos allí vividos tuvieron cierta naturaleza equivalente con los actuales. Sin embargo hoy, tal como podemos constatarlo cotidianamente, sus “actos conclusivos” han sido, hasta ahora, totalmente opuestos.

No obstante, volviendo a nuestra temática fundamental, la idea medular de este artículo es tratar de desmontar las “leyendas urbanas”[1] que rodearon a ese período y que nos hemos atrevido a descomponer en dos aspectos esenciales (que hemos tratado de manera conjunta, en aras del tiempo y el espacio exigido por estas redes sociales, con la esperanza de ser alguna vez leídos), a saber, “la conspiración y la rebelión” y “la gestión y el derrocamiento”. Vayamos pues a su encuentro.

1.- La conspiración y la rebelión…

La logia militar conspirativa que promueve los eventos del 18 de octubre de 1945, es aquella bautizada por sus fundadores como Unión Militar Patriótica (UMP). Dirigen y fundan esta agrupación los mayores Julio César Vargas Cárdenas y Marcos Evangelista Pérez Jiménez; los capitanes Horacio López Conde, Miguel Nucete Paoli y Mario Ricardo Vargas Cárdenas; los tenientes Rafael Alfonso Ravard y Martín Márquez Añez, entre otros. De los 925 oficiales que hacen parte del Ejército, Armada y Aviación Militar de Venezuela para el momento de los hechos, al menos 123 hacen parte de la logia. Es la UMP la que conduce las primeras acciones militares, siendo además esta organización (por cierto y reiteramos, estrictamente militar), la que promueve antes de las acciones de armas, los contactos iniciales para reclutar adeptos. Sin embargo, a lo largo de los primeros meses de instalada la Junta Revolucionaria de Gobierno (asimismo en años posteriores), Rómulo Betancourt se hace a la tarea de singularizar el movimiento como una “conspiración cívico-militar”.

De hecho en una entrevista que sostiene Betancourt en la Embajada de los Estados Unidos, el 21 de noviembre de 1945, con Allan Dawson, funcionario de la Secretaría de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica (del que se ha dicho estaba en Venezuela con la intención de “mediar” para la realización de la rebelión militar), Rómulo afirma categóricamente, según cita el mismo Dawson en informe a su dependencia de adscripción, que “este no fue un movimiento improvisado rápidamente. Había sido planeado por años. Siempre tuvimos confianza en el Ejército.”

Todo parece indicar, si se toma como cierta esta afirmación de Betancourt, que la conspiración entre civiles y militares era un hecho continuado en el tiempo, toda vez que se trataba de un movimiento “…planeado por años…”. Sin embargo, en declaraciones dadas por el capitán Mario Ricardo Vargas a la escritora y periodista Ana Mercedes Pérez (que esta última hiciera públicas en su libro titulado “La verdad inédita”), el citado oficial hubiese afirmado que “nuestro primer contacto con los dirigentes de Acción Democrática, lo tuvimos entre el 21 y el 25 de mayo de 1945”. El propio Marcos Pérez Jiménez en varias oportunidades habría afirmado lo mismo. Cinco meses, ciertamente, no representan un plan fraguado “…por años…”.

La rebelión militar del 18 de octubre de 1945 fue una situación sorpresiva e inesperada. Se dispara tras la detención del mayor Marcos Pérez Jiménez y el intento de detención del mayor Carlos Delgado Chalbaud- Gómez, así como del capitán Mario Vargas Cárdenas en la Escuela Militar, la mañana del 18 de octubre de 1945, lo que sugería la delación o el conocimiento por parte del gobierno en funciones, de una “conspiración militar en marcha”; de hecho y en días previos (entre el 16 y el 17 de octubre), el general Medina Angarita hubiese recibido una lista de ocho oficiales comprometidos en una probable asonada y en la que figurasen los nombres de ambos hermanos Vargas Cárdenas, Pérez Jiménez y Delgado Chalbaud-Gómez. 

Los primeros hechos de armas se dan en la Escuela Militar de La Planicie, el Palacio de Miraflores y el cuartel Gral. José Antonio Páez, ubicado en la ciudad de Maracay, estado Aragua. Todos los participantes en esos hechos, así como sus líderes, son oficiales del Ejército, así como de la Aviación Militar, miembros todos de la Unión Militar Patriótica. La incorporación de civiles, fuesen o no militantes del partido Acción Democrática, se va dando mucho después de iniciados los combates y concretamente en la ciudad de Caracas. De hecho, el maestro Rómulo Gallegos Freyre, a la sazón Presidente de AD, se entera de la participación de ese partido en la conspiración, por boca del propio Rómulo Betancourt y pasadas las 1300 horas (una de la tarde), el mismo día 18 de octubre. Hasta la detención sorpresiva de Pérez Jiménez, los únicos miembros de Acción Democrática que conocen de una conspiración  castrense son, además de Betancourt, el doctor Gonzalo Barrios Bustillos y, casi al filo de su transformación en rebelión, el doctor Raúl Leoni Otero.

De modo que mal puede hablarse de esa conjunción de “Pueblo y Ejército”; de una conspiración fraguada “desde años atrás” y de una rebelión “planificada estratégica y tácticamente como acción de armas”. Todas las afirmaciones anteriores (porque dudo que hoy existan dudas al respecto) hicieron parte del desarrollo de meras “leyendas urbanas”. La conspiración fue de origen estrictamente militar. Fue, además, la UMP, por conducto de Pérez Jiménez, quien le ofrece la Primera Magistratura Nacional a Rómulo Betancourt, de producirse una rebelión, como de hecho y de derecho termina ocurriendo el día 19 de octubre, pasadas las 1800 horas (6 de la tarde), según el testimonio del mayor Celestino Velazco, firmante del acta de creación de la Junta Revolucionaria de Gobierno y quien dirigiese no solo la toma del Palacio de Miraflores, sino, más tarde y en compañía del mayor Enrique Rincón Calcaño, la defensa de la posición de palacio, así como el reclutamiento de reservistas en la zona cercana a la iglesia de Pagüita. Rómulo Betancourt no participa en ninguna acción de armas y se mantiene a buen recaudo hasta la finalización de los combates. El resto hace parte de “la leyenda urbana” sobre el 18 de octubre, esto es y más concretamente: del cuento político truculento, propio de la propagación de la  "épica-patética  revolucionaria"…

Lo que sí no hace parte de la leyenda y salva al país de una sangría inútil, es la renuncia del general Isaías Medina Angarita, Presidente Constitucional de la República de Venezuela, hecho verificado a las 1500 horas (3 de la tarde), del día 19 de noviembre de 1945 y en el cuartel de caballería Gral. Ambrosio Plaza. El General Medina, bien categórico por cierto, hace saber a quienes reciben su declinación al ejercicio del cargo (a saber los mayores Julio César Vargas Cárdenas y Marcos Evangelista Pérez Jiménez), que lo hace, precisamente, para “…evitar al país la desgracia de una guerra civil…”[2]. De manera que mal puede hablarse de un “Medina derrocado”, más bien se está en presencia de un "Medina renunciante" de manera absolutamente voluntaria. Luego, Medina ratifica su renuncia al cargo, ya estando detenido en la Escuela Militar y ante la presencia del oficial de más alto rango, miembro (a última hora de paso) de la Unión Militar Patriótica: el mayor Carlos Román Delgado Chalbaud-Gómez.


2.- La gestión y el derrocamiento…

La Junta se inicia con el verbo tremendista del ahora flamante Presidente de la República, funcionario por vía de hecho, que no electo mediante ningún proceso constitucional previo, ni previsto tampoco por la misma vía, en ninguna fórmula equivalente. El movimiento ha sido hábilmente titulado “Revolución de Octubre”, acaso con el doble propósito de darle “connotación revolucionaria” a lo soviético y para tapar la mácula del golpe de Estado[3]. El 30 de octubre de 1945, el Presidente Betancourt se dirige a la nación por mensaje radial y para explicar la naturaleza del movimiento:

“La finalidad básica de nuestro movimiento es la de liquidar, de una vez por todas, los vicios de la administración, el peculado y el sistema de imposición personalista y autocrática, sin libre consulta de la voluntad popular, que fueron características de los gobiernos de López Contreras y Medina Angarita. En consecuencia, la Junta Revolucionaria de Gobierno está dispuesta a proceder con serena, pero inquebrantable y resuelta energía, contra quienes pretendan propiciar el retorno a las condiciones político-administrativas frente a las cuales surgió la protesta armada de Pueblo y Ejército.”

Regresando al sentido colegiado de la rebelión, esto es, “Pueblo y Ejército” unidos en la “protesta armada”, la Junta se inicia admonitoria, por intermedio de su Presidente, contra los defenestrados y advirtiendo la acción enérgica contra quienes se les opongan, sobre todo aquellos quienes piensen retrotraerse a las condiciones “político-administrativas” del pasado reciente. La “imposición” personalista y autocrática, sin libre consulta popular” práctica sujeta a liquidación. El “peculado” y los “vicios administrativos”  pasan a ser costumbres deleznables cotidianas, propias del pasado recientemente muerto y los culpables de su ocurrencia, presos convertidos en reos de justicia mayor.

Treinta y seis conflictos de intensidad entre media y alta, de variada naturaleza política, económica y social, así como militar, persiguen esa gestión trienal desde el mismo 19 de octubre de 1945, cuando Pérez Jiménez y Vargas Cárdenas (Julio César, el mayor de los dos hermanos y Mayor del Ejército) son deliberadamente excluidos de la Junta Revolucionaria de Gobierno, provocando la insurrección de Vargas Cárdenas. Discurre proceloso este “río revolucionario” hasta el 24 de noviembre de 1948, fecha en la que el primer gobierno electo por votación popular, directa y secreta en la historia republicana de Venezuela hasta ese momento, resulta efectiva y por clara definición en Teoría Política, derrocado a manos del mismo sector militar que lo llevase al poder.

Sectarismo en la gestión pública; intentos de división de las Fuerzas Armadas; cooptación de todos los espacios políticos; uso de la violencia física contra el adversario partidista; pugna interpartidaria que el mismo Betancourt define como “guerra civil no declarada”; confrontación con la Iglesia Católica; confrontación sindical; choque frontal con los intereses de la industria, banca y comercio tanto locales como foráneos, especialmente aquella dedicada al negocio internacional del fructuoso aceite negro; enfrentamiento con la clase media emergente, por el intento de control sobre la educación primaria y secundaria, particularmente aquella bajo administración privada; totalitarismo ideológico; y, finalmente, peculado, cohecho y corrupción, son las acusaciones (algunas de ellas comprobables por vía empírica) que se le endilgan al partido Acción Democrática y al sector militar que simpatiza con esa organización política, en el desempeño de la función pública.

Más allá de lograr una Constitución Nacional sin pécora; alcanzar votaciones nunca antes vistas en la historia del país hasta ese momento, por su inequívoca amplia y bajo ningún concepto constreñida (por vía jurídica o de hecho) participación electoral del pueblo; decretar derechos políticos y ciudadanos a la población en general, jamás previamente consagrados en ordenamiento constitucional alguno antes del aprobado en 1947, las máculas corruptoras previamente citadas y un estado cotidiano de tensión política, aunado a otro de permanente enfrentamiento social, así como el peligro estratégico que significaba para la institución armada la pérdida de la cohesión (lograda con la defenestración de los viejos mandos y la creación de las Fuerzas Armadas Nacionales), dan al traste con el gobierno trienal. La obstinada convicción de poseer “todos los hilos en la mano” y de que “cobre y caña” podrían conspirar contra el propósito de la institución armada de alcanzar su modernización, así como su definitiva profesionalización, condujeron a AD a un destino nunca esperado, pero alguna vez imaginado en ese devenir trienal, mientras persistió esa “malhadada sociedad revolucionaria” entre el partido del pueblo y el joven sector militar complotado.

A despecho de que banca, incipiente industria local y empresa petrolera norteamericana, desde el primer año, se confabularan para ver caer a los "adecos" del poder, su propia estulticia, su ceguera y su arrogancia (muy propia de quien se siente seguro del ejercicio poder político, verbi gracia hoy), prepararon el terreno para su derrocamiento, para dolor de buena parte de los venezolanos de ese tiempo y aún hoy, al verse materializado en la persona de un republicano decente e íntegro como lo fuese Rómulo Gallegos Freyre. Destituido, preso y expulsado del país, Rómulo Gallegos constituye el único Primer Magistrado Nacional civil, defenestrado en funciones y en su tiempo histórico, mediante un golpe militar activo y triunfante, además sin disparar un solo tiro. Como se expresara en líneas previas, plétora es la teoría política en definiciones sobre esa situación, pero su tratamiento, reiteramos teórico, escapa a este corto artículo.

Respecto de ese golpe del 24 de noviembre de 1948 y del que este año se cumplen setenta y dos años exactos de su ocurrencia, importante hacer notar que existe un testimonio gráfico por demás elocuente, en la llamada colección Pozueta, con asiento en la Biblioteca Nacional y que ha sido sujeto de reproducción en muchas y muy afamadas publicaciones de circulación nacional. Se trata de una fotografía tomada en horas del mediodía y en las adyacencias de la esquina de Las Monjas, al sur oeste de la Plaza Bolívar de Caracas, precisamente en la misma fecha del golpe militar.

Un blindado hace guardia allí y su tripulación, distraída, ve pasar a los viandantes, mientras un par de soldados degustan sendos vasos de chicha al pie del tanque; en la torreta, un tercer soldado hace lo propio. Un espigado moreno, agente de policía, mira al fotógrafo de soslayo, mientras a la vera del blindado, pasa un señor, también desprevenido, quien disfruta del último “jalón” de un cigarrillo, ya casi extinto. Junto a él o acaso un poco más allá, un muchacho, embutido en lo que parece un “guarda polvos” escolar o posiblemente una bata de dependiente, pasa mirando con curiosidad juvenil a la potente pieza de artillería mecanizada, acaso solo conocida por aquel durante la realización de algún desfile militar, con ocasión de alguna fecha patria. Al frente del Capitolio Federal Legislativo, tres viandantes conversan y un poco más acá, un albañil camina en dirección oeste.  En suma, todos parecen estar pasando la faena de un “Golpe Militar” con absoluta tranquilidad, vale decir, en suerte de que “aquí no ha pasado nada”. Brillan por su ausencia los “5.000 compañeros armados” con los que los dirigentes de Acción Democrática, han amenazado previamente a los militares, “si acaso se atreviesen a darle un golpe a Gallegos”.

Años faltan para que aparezca en las letras castellanas, ese inmortal de la novela colombiana que fuese Gabriel García Márquez. Unos cuantos lustros más para que hagan aparición algunos de sus más brillantes cuentos. Pero en este caso, valga el uso de uno de sus afamados títulos: la caída de Rómulo Gallegos no se trató más que de la “crónica de una muerte anunciada”.  Y las acciones vengadoras de grupos de obreros “ofendidos por el ataque artero a la democracia”, armados con los fusiles “tomados en los cuarteles  de las manos callosas de soldados campesinos, arrancados de los arados por la voluntad atrabiliaria del militar reclutador y  dotados aquellos, además, de teas encendidas de fervor patriótico y democrático”, meros actos de habla de naturaleza tremendista, propias del discurso político de un tiempo “revolucionario” para esos instantes ya en plena e inequívoca agonía.

Leyendas urbanas, cuentos de camino, porque en nuestra tierra de gracia cuando el sable grita y canta, el birrete calla y escucha; y parecemos estar interpretando esa tonada desde 1830. Y cuando la obstinación toca su límite, "las hordas vengadoras" prefieren una chicha bien fría en lugar del escurrir de la sangre cálida. Para quien ejerce el poder político, la sorpresa no existe, hasta que alguna mañana aciaga, toca a su puerta, gélida como la parca, vestida de lóbrego color y con la guadaña roja en tinta, seguida inexorablemente por la traición. Y como el viejo programa de aquel afamado locutor y periodista, quien fuera en vida nuestro siempre recordado Luis Brito Arocha, afirmaremos sin empacho alguno: Así es mi tierra, compadre...¡Urpia, Dolores!... ¡Maestro arpisto, arránquese, que una nueva tonada acaso está esperando...!







[1] “…historia nunca sucedida pero contada como si hubiese realmente ocurrido…”. Neologismo acuñado por el folclorista estadounidense Richard Dorson (1916-1981), Doctor en Historia por la Universidad de Harvard y catedrático de Historia del Folclore en las universidades de Michigan e Indiana respectivamente.
[2] Hay dos testimonios que permiten presumir que la rebelión militar promovida por la UMP, presionada por las circunstancias, pudo haberse resistido, acaso con cierto éxito. El primero es el de Don Mario Briceño Iragorry, quien testimonia el nerviosismo vespertino de Delgado Chalbaud respecto de una “posible derrota” y la solicitud de este último al General Eleazar López Contreras para que fungiese como mediador, ante una posible rendición de la Escuela Militar. El otro, es del General Juan de Dios Celis Paredes, quien, en el propio cuartel Plaza, solicitase al General Medina su restitución al mando militar (Celis Paredes fungiría a la sazón como un ministro civil del despacho ejecutivo), con la garantía de tener éxito militar a muy corto plazo.
[3] “La intención de presentar la Revolución desde su origen como un acto popular, o al menos como resultado de la unión cívico-militar tiene-dentro del tiempo revolucionario- el propósito de eludir la carga significativa de la expresión golpe de Estado, cuya mención queda contenida para los actores en el solo uso de revolución.” Ramírez, Sócrates; Decir una Revolución. ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA. FUNDACIÓN BANCARIBE. Caracas, 2104. Pág.80.

10 de septiembre de 2018

Entre llaneros y gauchos: razas, lanzas y hermandades…

La historia de los pueblos de América del Sur es plétora de sorpresas maravillosas, al menos para aquellos que, además de estudiarla, tratando de escrutar en nuestro pasado el origen de nuestras turbamultas, tropelías y desgracias, la sentimos como propia, como parte de nuestra esencia vital,  mina de llantos y pesares, pero también de alegrías y de orgullos.

Venezuela y Argentina, no obstante estar situadas en la misma América del Sur, lucen además de distantes, culturalmente distintas, para el ojo poco atento y desaprensivo. Tienen, sin embargo, semejanzas singulares. Ambas son naciones con amplios territorios que se desparraman en grandes llanuras, dónde corre libre la vida, cuando no se le encarcela o tortura por el apremio económico. Ambas naciones dieron a luz a tres de los más egregios Libertadores del Continente, a saber, Simón Bolívar, José de San Martín y José Gervasio Artigas. Tienen también en común una lucha denodada, dura y particularmente sangrienta por su independencia del Imperio Español. Y ambas tienen, también en común, la presencia de guerreros indómitos quienes, cual centauros de aquel tiempo, más bien de nuestro tiempo histórico independentista, fuesen los principales responsables de nuestra libertad, en acciones de armas ejemplares. Fueron las lanzas libertadoras de aquellos hombres, instrumentos esenciales  en la construcción de nuestra identidad como pueblos libres. Nos referimos al llanero venezolano y al gaucho argentino. Los pamperos de la eternidad heroica, jinetes de nuestro tiempo, libérrimos como el viento. En apariencia dos señores de casta opuesta, trajes y valores culturales diferentes, son más semejantes de lo que la simple apariencia juzga y estas líneas pretenden mostrar pruebas irrefragables en ese sentido.

Ramón Páez es uno de los hijos menores del General José Antonio Páez Herrera, el Centauro de los Llanos, el Taita, General de Generales y Padre de la República de Venezuela. Uno de los más importantes guerreros de nuestra independencia, se cubrió de gloria en encuentros militares contra las huestes imperiales españolas en los llanos apureños. Batallas conocidas por los epónimos de los sitios de su ocurrencia, cubren, con la bruñida plata del triunfo, a aquel prócer venezolano: El Yagual, las Queseras del Medio y Mucuritas. Ramón y me atrevo a nombrarlo por su primer nombre, acaso porque lo siento como un compatriota cercano, escribió, ya maduro, un libro (originalmente escrito en idioma inglés en las postrimerías del siglo XIX) que llevara por nombre “Escenas rústicas en Sur América o La vida en los llanos de Venezuela”. En 1929,  se tradujo y publicó la obra en Venezuela bajo el nombre antes referido y gracias al escritor Francisco Izquierdo. Sobre el texto, escribe Pedro Francisco Lizardo, el 21 de octubre de 1980:

“La obra que despertó la curiosidad de los lectores de su tiempo, fue impresa por Charles Scriber, vecino de Nueva York en 1862. El mismo personaje hizo una segunda edición seis años más tarde en 1868, que sirvió (…) de base a la edición francesa, aun cuando la versión europea salió bastante mutilada, como lo apunta el traductor venezolano.”[1]

Jorge Abelardo Ramos, nace en Buenos Aires en 1921. En la presentación de su obra titulada “Revolución y contrarrevolución en la Argentina” el editorial se refiere a él como:

“De ascendencia judeo-austríaca, criolla y alemana, (Ramos), fue profesor universitario, periodista, político, editor y conferencista itinerante de todas las universidades latinoamericanas. Dos veces candidato a presidente de su país, ejerció el cargo de embajador (…) ante el gobierno mexicano. (…) se lo ha acreditado como uno de los ensayistas argentinos más controvertidos y a la vez más leídos del siglo XX.”[2] 

 Nada más distante que establecer conexiones entrambos autores como personas individuales; asincrónicos en el tiempo, disímiles en orígenes culturales y nacionales; de artes y oficios distantes, casi tan distantes como el tiempo y el espacio que los separa. Sin embargo, sus descripciones del gaucho y el llanero del siglo XIX, son, lo menos, sorprendentemente equivalentes. Posiblemente una mina para los geógrafos humanos o para los sociólogos ambientalistas, es posible hallar en las descripciones de ambos autores, el condicionamiento de la tierra sobre la forja del carácter de sus pobladores. Es esta la feliz coincidencia de la que hablase en un principio y estas líneas tienen por objeto señalarla al través de letras de ambos, tal cual las escribieran. Vayamos pues al encuentro de los gauchos argentinos y sus hermanos de pampa, los llaneros venezolanos.

La historia política fundacional de la República Argentina, se inicia con el correspondiente baño de sangre vernácula, abluciones hechas  con profusión en virtud de las contiendas civiles que se suscitaran tras la pugna por el poder político. Como en Venezuela, la lucha de los caudillos militares, generales de la gesta emancipadora, por alcanzar sus respectivas cuotas de poder, ocasionó, mucho más temprano en la Argentina pampera, el choque de los aceros y la explosión de los cañones. Una combinación letal que parece haber afectado las aristocracias históricas en los antiguos virreinatos españoles, entre las apetencias económicas, políticas y sociales de las otrora “oligarquías criollas virreinales”, dueñas de una capitalidad indiscutida e indiscutible y, por consecuencia, dueñas del poder luego de la gesta, ya trocadas en “oligarquías criollas patriotas”, y sus expresiones equivalentes en las localidades provinciales de aquellas comarcas, detonaron la confrontación civil en más de una ocasión y a lo largo de decenios.

Jorge Abelardo Ramos, acucioso investigador del proceso histórico-político de Argentina, hace notar esas incidencias en los primeros capítulos de su obra. El detonante de la confrontación civil en la Argentina republicana (o que al menos intenta serlo) radica en la disputa entre “federales” y “unionistas”, así como la pugna entre caudillos porteños, mediterráneos y litorales. Amparándose en los contenidos políticos del Federalismo y el Republicanismo, discursos políticos que esconden intencionalidades de otra índole, provincias interioranas y la provincia-metrópolis de Buenos Aires se enfrentan por la hegemonía del poder político. Gran Bretaña, conspiración mediante (en virtud de sus intereses económicos mundiales in crescendo, particularmente en la región), hace enfrentar a los argentinos para tratar de ganarse el Río de la Plata y sus ricas regiones circunvecinas, precisamente, gracias a la promoción del “río revuelto”. La “pérfida Albión” también azuza al Imperio Portugués, radicado entonces en Brasil, para apropiarse de extensiones importantes al oriente de la nación que nace; el Imperio Lusitano funge como aliado incondicional de los ingleses en aquellas regiones australes. 

“El gauchaje”, como bien lo llama Ramos, termina siendo singular personaje en las contiendas civiles. Las lanzas que expulsaron al Imperio Español de aquellas tierras sureñas, terminan siendo hábiles instrumentos para matarse entre sí, al servicio de los intereses de sus naturales jefes militares; de las oligarquías regionales en formación; o de los intereses británicos disfrazados de “independencia regional” como en el caso de la Banda Oriental de Argentina, luego de la desaparición forzada del General José Gervasio Artigas.

Describe Ramos al gaucho en los siguientes términos:

“Este hombre clásico de nuestras llanuras será el héroe central de la historia argentina. Por extensión, gaucho será desde las guerras civiles de todo nuestro criollaje, esa aleación racial formada por el vástago español y de indio, cuando no indio puro, que constituirá el tipo étnico fundamental del país, antes de complementarse con la irrigación sanguínea de la vieja Europa.”[3]

De manera que para Ramos, el gaucho es un mestizo, “cuando no indio puro”, “hombre clásico” de la pampa, protagonista esencial de la historia argentina y por ende de “…las guerras civiles de todo nuestro criollaje…”. Casi ciento treinta años antes, Ramón Páez describe al llanero venezolano:

“El pueblo habitante de la vasta región de los Llanos (…) no es otra cosa que una amalgama de las varias razas que componen la actual población de la República. Son estas: los blancos, descendientes de los colonos españoles; los aborígenes o indios; y un crecido número de negros. Esta raza (…) está dotada de una admirable constitución física para adaptarse y resistir fatigas, peligros y rudos trabajos. (…) Desgraciadamente se presta con facilidad perturbar la paz, estando siempre listo para meterse en el primer movimiento revolucionario surgido entre compatriotas más inteligentes, con la esperanza de equiparse con toda clase de armas, lanzas, trabucos y espadas.”[4]

Páez también lo deja claro, mediando entrambos una centuria previa: el llanero es un mestizo, con una tercera parte indígena, cuando no indio o negro puro, que constituye además “el pueblo habitante de la vasta región de los llanos…”, presto, además, a hacer parte de cualquier movimiento revolucionario, como de hecho ocurrió en la Venezuela que discurre desde la Revolución de las Reformas (1835) hasta la Revolución Libertadora (1902).

Páez pasa entonces a describir otras características del llanero. Se explaya y escribe:

“Confinada en medio de interminables y desoladas llanuras, dominio de bestias salvajes y reptiles ponzoñosos, su descendencia ha tenido que combatir toda la vida, luchando, no solamente contra los primitivos dueños de la tierra sino contra los mismos Elementos de fiera grandeza. (…) A pesar de tan insegura existencia, el batallar constante entre la vida y la muerte, entre la ruda inteligencia y la materia, ejerce sobre el llanero una especie de fascinación… (…). El centauro moderno de desoladas comarcas del Nuevo Mundo: el llanero, gasta su vida a caballo, y éste lo acompaña en todas sus acciones y actividades. Nada más noble para él que recorrer las llanuras sin límites; echado sobre su ardiente corcel dominando los toros salvajes; o derribando sus enemigos.”[5]

Ramos nos dice entonces del gaucho, centuria y lustros de por medio, allá en un futuro distante que Páez no podrá nunca conocer:

“El sol y la lluvia, los animales cerriles y la holganza, el paisaje tremendo, la astucia derivada del conflicto con la naturaleza, la desconfianza y el desprecio hacia la ciudad febril y mercantil, la soledad, la fuerza y la destreza física que todo el medio le imponía hicieron del gaucho un admirable ejemplar humano. Conoció al caballo, libre como él, y lo hizo su lugarteniente, su camarada, su torre vigía, su carro de combate. Inventó sus armas, heredó otras del indio salvaje y se acopló a la naturaleza hostil hasta dominarla con una sabiduría que a los civilizados pareció milagrosa.”[6]

La naturaleza hostil; las inclemencias del tiempo; el dominio de lo cerril; la importancia cotidiana de las armas; el sentimiento incontenible de libertad; llaneros y gauchos de ese tiempo, suerte de centauros de orígenes comunes, que protagonizan su historia Patria de manera singular. Ambos hacen del caballo su “eterno camarada” con el cual recorren “la llanura sin límites”, como afirma Páez, siendo el noble bruto para ellos, como dice Ramos, “lugarteniente y torre vigía”. No parece haber distinción entre gaucho y llanero, entre llanero y gaucho: hijos de una misma tierra inhóspita y salvaje, la doman como al potro que han de montar mañana.

Dice Ramos del gaucho que “…la majestad del escenario y el ocio lo inclinaron a la meditación poética, al proverbio y a la seducción de la música”[7], mientras Páez parece ripostarle desde un pasado lejano y respecto del llanero venezolano, cuando expresa que no es de extrañar que “…el poeta que vive más o menos en todos los llaneros, exclame al perder su esposa y su caballo: Mi mujer y mi caballo, se me murieron a un tiempo, ¡Que mujer, ni que demonio!, mi caballo es lo que siento…”[8], añadiendo posteriormente, líneas más abajo, “Todos los llaneros aman apasionadamente la música, y despliegan en ella gran talento, y componen muchas lindas canciones de carácter nacional…”[9]

La poesía, la música y los afectos furtivos son compañeras de estos indómitos personajes. Guerreros feroces por naturaleza, acunan al propio tiempo sentimientos de particular ternura hacia la mujer, los caballos y su pampa querida. Reciedumbre y fortaleza, comparten lugar con los sentimientos más hondos.

Pero finalmente quien sorprende es Ramón Páez, con este conjunto de juicios de valor de un sorprendente valor histórico social:

“La vida del llanero, como la de su prototipo el gaucho, es singularmente interesante y recuerda en muchos aspectos la de las que como él habitan en el centro de extensas planicies. Se lo ha comparado con los cosacos y los árabes con quienes tienen muchos puntos de contacto, pero, más se parecen a los segundos.”[10]

Dos seres esenciales, inmanentes a la historia patria de dos pueblos distantes, pero habitantes de un mismo continente, hermanados por la misma tierra, las mismas soledades y los mismos apremios: el gaucho argentino y el llanero venezolano. Instrumentos eficaces en la lucha política, primero para independizarse del Imperio Español y luego para remover y entronizar jefes, gamonales, oligarcas o partidos. Desaparecidos de forma pero jamás de fondo, siguen cabalgando en cuerpo y alma, sobre sus briosos caballos, las planicies que un día domeñasen con amplitud. Dos visiones separadas por tiempo y espacio que se encontraron en sus personalidades, la de Ramón Páez, llanero venezolano, de y en la segunda mitad del siglo XIX; Jorge Abelardo Ramos, argentino porteño del siglo XX, académico, periodista y político; el otro, el venezolano, comerciante, hacendado y periodista, hijo de uno de los más grandes próceres de la gesta emancipadora venezolana, también parido sobre la misma tierra llanera. Singulares visiones de una herencia común que nos une como pueblos hispanoamericanos y que vemos reflejadas en sus expresiones escritas. Dios nos guarde como tierras y Dios guarde para siempre nuestras propias herencias culturales. En la sombra del horizonte infinito de la pampa, va el gaucho argentino sobre su caballo, cabalgando junto al llanero venezolano; las sombras de sus lanzas se recortan en la luz crepuscular; ambos cantan y versean, llevando en sus estrofas la fuerza incontenible de la libertad. ¡¡Viva la Patria!!




[1] Páez, Ramón; La vida en los llanos de Venezuela. CENTAURO. Caracas, 1980. Pág.5
[2] Ramos, Jorge Abelardo; Revolución y contrarrevolución en Argentina. Tomo I. DISTAL. Buenos Aires, 1999. Contraportada.
[3] Ramos…Op.Cit…Pág.28
[4] Páez…Op.Cit…Pág.53 y 56
[5] Páez…Idem…Pág.54.
[6] Ramos…Ibid…Pág.28
[7] Ramos…Ibid…Pág.28
[8] Páez…Ibid…Pág.54
[9] Páez…Ibid…Pág.118
[10] Páez…Ibid…Pág.55

29 de junio de 2018

El pueblo venezolano: entre padrinazgos políticos retóricos y el abandono endémico…

Dios, Patria y  Pueblo. Dios como concepto universal que sirve al propósito de dotar de providenciales albricias la presencia de los “salvadores de ocasión”: si estamos con Dios y Dios con nosotros ¿Quién contra nosotros?...

Patria y pueblo, dos conceptos que nos vienen del fondo del lenguaje republicano, enzarzado luego con fuerza en el llamado republicanismo bolivariano. La Patria de los ancestros, donde reposan sus huesos y dónde se ha visto la luz de la existencia; la Patria, tierra y ríos, mares y montañas; la Patria país, sueño de libertad y creación etérea; la Patria, riqueza saqueada y virginidad hollada; la Patria toda y todos.

El Pueblo; el eterno castigado; el engañado por “los engañadores de oficio” sin importar su procedencia. El pueblo empobrecido y escarnecido, “pata en el suelo”, “Juan Nadie”[1]; el pueblo campesino u obrero, casi siempre pobre y preterido, agostado por sus vicios más que engrandecido por sus virtudes; el pueblo “que ha de contar con la vida aun cuando sea culpable”; el “Pueblo víctima”, víctima de todos y de todo.

En suma y en un ejercicio retórico en primera persona “…una Patria que salvar, un Pueblo que hay que redimir, bajo el cielo de un Dios que  indudablemente protegerá nuestras ejecutorias, porque somos los dueños de la verdad y de la razón; porque la vida nos acompaña y la muerte, así como la culpa y la derrota, representan el patrimonio seguro de nuestros enemigos. La certeza de un camino y la voluntad indeclinable de transitarlo, cueste lo que nos cueste…”.

Los “salvadores providenciales” de Venezuela, pero por encima de todo y todos, del “pueblo venezolano” han asumido una suerte de “padrinazgo reivindicador” que han patentizado en su discurso político a lo largo del tiempo, tiempo que nos atrevemos a extender hasta nuestro albores como República. La concesión a ultranza de la razón a sus “verdades”, fueran políticas, ideológicas o ambas, siendo interpretadas además como “verdad única”, se ha visto siempre soportada por una argumentación que alude al “sufrimiento de ese pueblo”, al que además se atribuye la inocencia absoluta frente a sus males, pero el deseo incontrovertible de ser “salvado a toda costa”.

Sin embargo (y la evidencia empírica es abrumadora al respecto), tomado el poder político, la mayoría de ese “pueblo salvado” termina en el abandono, mientras una parte trata, montándose en las ideas de quienes asumieran su salvataje, por razones estrictamente instrumentales, de recibir una parte (aunque sea pírrica) del botín en el que se termina convirtiendo la “Patria” y que los “salvadores de ocasión” culminan vulgarmente por saquear “en el nombre de Dios” o, paradójicamente, “en nombre del mismo Pueblo”.

Sobre ese tema pretendemos pergeñar ideas en el artículo que corre inserto líneas abajo, presentando evidencia discursiva en lo político, en diversos tiempos históricos de la Patria, donde con emoción y resuelta convicción se habla del “Pueblo”, de su “protagonismo inequívoco” en los movimientos que sus “salvadores de ocasión” acaudillan, aunque jamás resulte cierto o sea apenas una pequeña participación de adeptos, previamente convocados a la confrontación o al encuentro tumultuario. 

Sí, ciertamente, el pueblo como “testigo” o “protagonista”; el pueblo como “actor pasivo” por su ignorancia o por su inocencia, o, acaso, ambas cosas; y, finalmente, “el pueblo triunfador” por su “empeño y sacrificio” aunque todo no sea más que una farsa, que sirve al propósito intencionado de construir un discurso acomodaticio, posiblemente a la justificación plena de los actos ilegítimos e ilegales cometidos, a los simples fines de alcanzar el poder político. Res non verba…luego de mucha “verba” terminan descuartizando “la res”…

Iniciemos con una cita textual del bando que lanzasen los alzados con ocasión de la llamada Revolución de las Reformas, en el año del señor de 1835. Habiendo previamente anunciado, con el dramatismo que la situación imponía, que “La sangre venezolana corre en el Zulia; el Oriente está al borde de la guerra civil y todas las ciudades de la República están clamando por reformas…” y de dejar clara la culpa inequívoca de la “actual administración”, en tanto su “sordera” en escuchar “el clamor de una Patria  que sufre”, el discurso de los alzados es admonitorio pero conciliador a la vez:

“Nadie tiene nada que temer salvo quienes pretendan oponerse al justo levantamiento del Ejército y del pueblo: que sean reformadas nuestra administración y peores leyes y que sea respetada la sangre del último de los venezolanos. Ay de aquel que derrame una sola gota de nuestra preciosa sangre.”[2]  

En principio y como veremos repetirse en cada ocasión “Ejército y Pueblo” marchan juntos en la conducción del alzamiento, asonada que busca, por el “legítimo” bien del pueblo, “…que sean reformadas nuestra administración y peores leyes”, no teniendo nada que temer quienes no se opongan a sus designios revolucionarios, pero advirtiendo, a quien así lo haga, el peor de los destinos. La Revolución de las Reformas, de fondo un movimiento militar que se oponía al gobierno de turno, básicamente porque al General José Antonio Páez Herrera no lo había sustituido el próximo gamonal con charreteras, aspirante de turno a su parte del botín, terminó por ser derrotada. El “Pueblo” reclutado a la fuerza por los bandos en pugna, se mató inútilmente en los campos de batalla abiertos por aquella ocasión bélica y el erario público, lleno de deudas atrasadas desde los tiempo de la Gran Gesta libertaria, magro como resultaba ser su condición corporal natural, recibió más sustracción a sus ya pocos haberes, en razón de los ingentes gastos militares que se derivaron de los combates entre gobierno y alzados. ¿Y el pueblo? Pues bien muerto se quedó. Bien muerto de hambre y mengua, además, siendo este su mayoritario y definitivo destino.

Veintidós años más tarde, “el Pueblo”, llevado por la ventolera de otros alzados, con el hartazgo propio de quien por lustros se siente engañado por una parte y, por la otra, los eternos aventureros que hacen parte de nuestra impronta, siempre tras la búsqueda de alguna pitanza que llevar raudos al saco, terminó por hacerse presa de la tremolina y en informe turbamulta, se entregó a una guerra cruenta, precedida claro por encuentros armados e insurrecciones más pequeñas, bajo nuevos “liderazgos salvadores” que, en el discurso propio de la reivindicación, prometieron, de nuevo, “villas y castillos”.

En plena guerra, conocida más tarde como la Guerra Larga o Guerra Federal, el General Antonio Guzmán Blanco, en artículo publicado en el “Eco del Ejército”, órgano oficial de divulgación del Ejército Federal, desliza esta perla discursiva:

“Sin la oligarquía los partidos de Venezuela amarán la libertad i practicarán la igualdad sin esfuerzo, por convicción, por hábito y hasta por conveniencia. Con la oligarquía eso es imposible, porque tal minoría cree al resto de sus compatriotas seres inferiores, en quienes el uso de la libertad es insubordinación i usurpación de derechos la igualdad. La oligarquía defiende sus preocupaciones con toda la ceguera de la injusticia del fanático, en contraposición al pueblo que defiende sus derechos con todo el despecho del Soberano ofendido.”[3]

El General Guzmán Blanco se convertiría luego en Presidente de la República ejerciendo el poder por vía directa o gobernando por mampuesto en otras tantas. En este momento de su carrera política es, realmente, el diligente secretario de quien será el Jefe Político y Militar de Venezuela, el General Juan Crisóstomo Falcón, en las primeras de cambio y finalizada la contienda. Identificando al enemigo (el otro venezolano “no pueblo” por supuesto) con la “oligarquía”, deja claro que su existencia misma es óbice para el entendimiento entre partidos y sin ella, “la oligarquía”, todo será paz y felicidad entre partidos. Adicionalmente, quiere dejar claro que para esa “oligarquía” el resto de sus compatriotas son “seres inferiores” y que, por añadidura, consideran “el uso de la libertad, expresión de insubordinación” así como suerte de “usurpación de los derechos de igualdad”.

El “otro” (reiteramos “no pueblo”) representa la imposibilidad de ser libres e iguales, dos principios medulares del republicanismo jacobino, una ofensa al pasado libertario de gloria bolivariana. Pero en términos de Juan Nadie, del “pata en el suelo”, los que no quieren que sea el pueblo libre e igual, son “los ricos, blancos y acomodaos”. Y culmina Guzmán identificando en la oligarquía a quien “…defiende sus preocupaciones con toda la injusta ceguera del fanático…” contrapuesta, sin la más mínima duda, “al Pueblo”, a quien identifica como el “Soberano ofendido” quien, como debe ser en justicia, defiende sus derechos hollados por la oligarquía. Una pieza magistral de manipulación discursiva; el “otro”, definitivamente, “es no-pueblo”, esa condición es privativa de “nosotros sus salvadores”. Es la “oligarquía” la culpable del sufrimiento del “Pueblo”, precisamente porque considera al “Pueblo” inferior y, por ende, no sujeto a ser libre.

El General Antonio José Ramón de la Trinidad y María Guzmán Blanco, como dijésemos en líneas previas, se convirtió en Presidente de la República, primero sustituyendo a Falcón en sus numerosas ausencias del poder. Luego, por “mérito propio”, durante el período que llevase por nombre “El Septenio”; más tarde, en otro que se conociese como “El Quinquenio”; y un tercer período, muy breve, que se conociese bajo el mote de “La Aclamación”. 
Enamorado de París, adonde viajase de joven a negociar los eternos empréstitos de Venezuela, lo que le permitiese acumular una inmensa fortuna, lograda a base del cobro de comisiones bancarias a las instituciones acreedoras del crédito público, abandonaba el país con frecuencia para aposentarse en sus bellas mansiones, ubicadas en los lugares más lujosos de la “ciudad luz”. Conocido más tarde como el “Autócrata Civilizador”, ciertamente introdujo al país importantes cambios aprendidos en su “Europa soñada” pero “el pueblo” ese “pueblo sufrido”, considerado inferior por la oligarquía (según su discurso de 1857), entre 1870 y 1880, específicamente durante sus gobiernos, sigue siendo igual de pobre y preterido, visto en adición y como nunca antes,  en condición tremendamente inferior, precisamente por esa oligarquía que se forma entorno a Guzmán y sus seguidores.

Guzmán fallece en París, en 1899, inmensamente rico, de muerte natural y en edad provecta. En Venezuela, en los años por venir, se sigue hablando de “pueblo preterido y sufrido”, una verdad más que retórica, realmente catedralicia.  

A cuarenta y seis años de la muerte de Guzmán, siendo Presidente de la República el General Isaías Medina Angarita (paradójicamente la misma cantidad de años más tarde de haber pasado por otra Revolución triunfante, esta vez, Liberal Restauradora y al mando del General José Cipriano Castro Ruiz, quien termina desempeñando la Primera Magistratura de la nación, para finalmente culminar defenestrado, en ausencia, en 1908); una larga permanencia en el poder del General Juan Vicente Gómez Chacón (quien también fallece plácidamente en su cama, luego de veintisiete años, con ingente fortuna hecha al amparo de la cosa pública y también en edad provecta) y una transición “democrática”  de cuatro años, bajo el gobierno del General Eleazar López Contreras, un grupo de jóvenes oficiales del Ejército Nacional se revela, por motivaciones que van desde lo profesional y lo socioeconómico, hasta la obsesión por gobernar. Llevan de la mano al partido Acción Democrática, a quien entregan el poder político  en la persona de su máximo líder Rómulo Ernesto Betancourt Bello, quien termina siendo, en consecuencia, Presidente de la Junta de gobierno, a la que militares y civiles bautizan ( en justicia merced de los políticos de AD): Junta Revolucionaria de Gobierno.

El 19 de octubre de 1945, el Presidente de la Junta Revolucionaria se dirige a la nación, al través de la radio. Dice el Presidente en su mensaje radial:

“Los enemigos de la Revolución Popular y Democrática triunfante querrán detenerla, para que de nuevo se entronicen la inmoralidad administrativa y la despreocupación ante los problemas públicos que secularmente han venido caracterizando a los gobiernos venezolanos. El pueblo venezolano, todas las clases sociales democráticas de la Nación, nos respaldarán con su fervor solidario; (…) para que de las limpias manos del pueblo surja un Presidente de la República lealmente asistido de la confianza nacional.”[4]    

Y más adelante agrega:

“Sabíamos que nos respaldaba el fervor colectivo, la fe y la confianza  del pueblo; y también que éramos capaces, unidos la Nación y el Ejército con lazo firme de solidaridad para hacer surgir del desbarajuste político y administrativo al que el personalismo autocrático condujo a Venezuela, un régimen estable, con la seguridad colectiva garantizada, con los servicios públicos normalizados, con la maquinaria estatal marchando de manera firme.”[5]

Una vez más encontramos en el discurso político de los “salvadores de ocasión”, las referencias al “fervor colectivo, la fe y confianza del pueblo”; a la unión, “con lazo firme” de “Nación y Ejército”, acto de habla equivalente a los que hicieran los revolucionarios reformistas de 1835 y los liberales federalistas en 1857, ambos siempre “pueblo” mediante. El “personalismo autocrático”, el “desbarajuste administrativo”, así como “…la despreocupación por los problemas públicos…” pertenecen, con exclusividad y como es lógico suponer, a quienes son sujetos de defenestración. Los beneficios de su acción: todos concebidos para la felicidad del “pueblo”. Y como siempre “de las manos limpias del pueblo”, porque jamás un “pueblo inocente” puede llegar a tenerlas con máculas, surja al fin un “…un Presidente de la República lealmente asistido de la confianza nacional.”

Una de las motivaciones políticas vertebrales de la llamada “civilidad democrática radical” desde inicios del siglo XX, es la creación por vía constitucional del derecho a elegir y ser elegido tanto a la Primera Magistratura de la nación, como a los cargos de representación legislativa, mediante el ejercicio del sufragio popular, universal, directo y secreto.

Ciertamente esta llamada “Revolución” lo logra y en 1947 es electa una Asamblea Constituyente que redacta y aprueba una nueva Constitución, que, definitivamente, consagra el derecho a la elección popular, directa, universal y secreta para todos los venezolanos, consagrando también el voto para la mujer, dado el carácter “universal” del derecho al voto. Por lo menos la oferta del sufragio personalísimo “se la ha cumplido al pueblo”, aunque “el pueblo” no lo haya pedido expresamente e, incluso, no tenga claro cuál es el alcance de esa prerrogativa. Parece ser que el pueblo lo que espera es “Pan, tierra y trabajo”.

“El Pueblo” alcanza importantes derechos largamente postergados en el pasado, gracias a la gesta de la “Revolución”. Lo hace por vía constitucional; ocurre así con el derecho al trabajo; a la protección social integral; a la asistencia médica gratuita. También, por vía constitucional, se decreta el derecho a la libre asociación con fines sindicales, que existiese previamente pero no con ese carácter.  Sin embargo, quien no sea adeco (militante de Acción Democrática) o simpatice con los adecos o se relacione con ellos, en esa suerte de colusión gansteril propia de las organizaciones italianas de tal ralea, se le impide el ejercicio de la función pública; se le ignora en tanto las ayudas y peticiones; se le margina en tanto opinión partidaria o política; se le ataca físicamente sin tregua y cuartel. Se acusa a estos “neo-revolucionarios” civiles de ser en extremo sectarios; ellos responden airadamente que quienes no están con ellos: “son enemigos del pueblo”…

¿Y “el Pueblo”?: bien, gracias…No obstante los logros políticos, la gente sigue pasando trabajo; las empresas, pocas a la fecha en Venezuela, empiezan a sufrir los embates de algunas organizaciones sindicales que, lejos de luchar por los derechos de los trabajadores, se dedican a la extorsión de los patronos y al “sinvergüenceo” de los empleados. Las Fuerzas Armadas se quejan de que dirigentes políticos de AD “pretenden dividirlas” y que su “autoritas” se ve menoscabada por algunos gobernadores, de militancia inequívoca en el partido de gobierno.

Otros ven con resquemor que quienes siendo militares profesionales, si muestran abiertas simpatías hacia el partido Acción Democrática, reciben, junto a “ayudas especiales”, tratos definitivamente “preferenciales”.

Para finales de 1947, cuando se produce la elección del primer Presidente civil, por vía universal, directa y secreta, en la historia republicana de Venezuela, recayendo esa distinción en un hombre de conducta impoluta y trayectoria intachable como el novelista y docente Rómulo Gallegos Freyre, las acusaciones de cohecho, concusión y tráfico de influencias hacia Acción Democrática-Gobierno, son abanico multicolor que lejos de adornar su gestión, la convierten en la carnavalesca versión de un dislate político colectivo.

El 24 de noviembre de 1948, los mismos militares que los habían llevado al poder en 1945, derrocan al Presidente Gallegos y, como resulta lógico suponer, al partido AD. Los militares ponen preso a Gallegos y lo expulsan del país vía aérea.  De nuevo nos asalta la misma interrogante: ¿Y “el Pueblo”?. La respuesta reiterada: bien, gracias. Eso no parece haber sido con él. Aquí no pasa nada…Los salvadores se trocan en villanos y como invitados no deseados al convite, salen por la puerta de atrás, perseguidos, expoliados y hasta traicionados por la razón de sus desvelos: “el Pueblo”…

Se instala entonces en el poder político una Junta Militar de gobierno. La preside el Comandante Carlos Román Delgado Chalbaud-Gómez. Dirige una alocución al país, días más tarde. En el último párrafo de su alocución, al hacer uso de un discurso que atribuye culpas, distribuye responsabilidades heroicas y, finalmente, une, en afecto inextricable, a Fuerzas Armadas y pueblo venezolano, culmina un esperanzado Comandante Delgado, allí y ahora en funciones de Primer Mandatario Nacional:

“Los conceptos y hechos presentados en esta oportunidad, tanto los que describen la situación que encontramos como en los que revelan el éxito alcanzado para superarla, contienen severa censura para la gestión de los hombres a quienes fue confiado el Gobierno en 1945 y constituyen plena justificación de la rectificación que, atendiendo al clamor nacional, nos impusimos el 24 de noviembre de 1948….”[6]

Una vez más: “atendiendo al clamor nacional”. “Severa censura” a los hombres a quienes se confió el gobierno en 1945 y la “plena justificación a la rectificación” materializada en el golpe militar de 1948.

En nuestro discurso político “el Pueblo” suele ser mudo, imberbe, parvulario, inocente e incapaz de defenderse: alguien tiene que asumir su tutela, la interpretación de sus deseos y, como consecuencia directa, conducir las acciones que deben acometerse para su rescate y  trágico salvamento.

En 1958, el General Marcos Evangelista Pérez Jiménez, Presidente de la República surgido de los militares de 1948, habiendo forjado unos resultados electorales a su favor en 1953 y luego, en 1957, pretender quedarse en el poder mediante un plebiscito, del que forja igualmente resultados fraudulentos, abandona el cargo cuando se persuade de que ha perdido todos los apoyos medulares para conservar el poder sin disparar. Ese mismo año, se realizan unas elecciones libres y resulta electo Rómulo Ernesto Betancourt Bello. Por segunda vez en su vida y a una distancia de trece años de su primera presidencia, por cierto de facto, es electo para tan importante posición.

Apenas cuatro años más tarde, Betancourt es sujeto de dos intentos de derrocamiento. Uno de ellos, el llamado “Carupanazo”, el 4 de mayo de 1962, es encabezado por un grupo de oficiales navales, en una lejana población al este del país, donde tiene su asiento en centro de adiestramiento de las unidades de la Infantería de Marina (la ciudad de Carúpano). Ese grupo de oficiales insurrectos, convoca a la población al alzamiento militar por “la traición de la que ha sido víctima el pueblo” y añade que debido a “…la implantación de un régimen de terror por Betancourt y su camarilla, la reiterada suspensión de garantías constitucionales, la farsa de la Reforma Agraria, se busca la restauración democrática y la reconstrucción del país” [7]
Una y otra; y otra vez más: porque hay un “…régimen de terror implantado por una camarilla”, existe en consecuencia “traición al pueblo”. La “Reforma Agraria” es una farsa; en tal sentido urge “la restauración democrática” (por cierto y curiosamente, mediante un golpe de Estado contra un gobierno libremente electo) y como consecuencia: “la reconstrucción del país” resulta deber ineludible. Sentencias equivalentes: camarillas, oligarquías, grupos anárquicos dueños absolutos de erráticas y condenables conductas públicas. La necesidad imperiosa: salvar al pueblo, engañado y preterido.

Cincuenta y un años más tarde de la asonada de Carúpano, el Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Comandante Hugo Chávez Frías, dirige a la nación una carta pública, al no poder asistir a los actos conmemorativos de la asonada militar del 4 de febrero de 1992, del cual él fuese importante figura y que le catapultase para llegar, por vía electoral y constitucional, a la Primera Magistratura de la nación, el 2 de diciembre de 1998. Dice Chávez en esa carta, refiriéndose a “su rebelión militar”:

“En aquella memorable jornada quedaron reivindicadas todas las luchas de nuestro pueblo; en aquella memorable jornada nuestras libertadoras y nuestros libertadores volvieron por todos los caminos; en aquella memorable jornada Bolívar se hizo razón de ser y entró en batalla por ahora y para siempre. Quienes de la mano de Bolívar, Robinson y Zamora, nos levantamos en armas y salimos aquella madrugada a jugarnos la vida por la patria y por el pueblo, teníamos plena conciencia de que en Venezuela había tocado fondo tres años atrás con la rebelión del 27 de febrero de 1989, que nos había marcado el camino; el pueblo en esa fecha ofrendó su vida combatiendo en las calles, el neoliberalismo salvaje que Washington pretendía imponernos.”[8]

Ciento setenta y ocho años después de la Revolución de las Reformas; ciento cincuenta y seis posteriores al artículo de Antonio Guzmán Blanco; a sesenta y ocho del mensaje radial de Rómulo Betancourt; desde cincuenta y uno del Carupanazo, las referencias a la “reivindicación de todas las luchas del pueblo”, a los “libertadores”, a Bolívar y a Zamora (caudillo federal);a la acción de “levantarse en armas” en sacrificio supremo “por la Patria y por el Pueblo”, se siguen invocando en el discurso político de ocasión, siempre además en beneficio del y para “el Pueblo”, un pueblo por cierto colocado en una suerte de “papel protagónico” en los combates contra el “neoliberalismo”, en este caso, configurando un escenario de "medias verdades", donde la borrosidad entre lucha política y saqueo por conveniencia y hambre, invaden la percepción de la realidad, pero benefician oportunamente al discurso político.

“El Pueblo” protagonista principal de una suerte de pieza teatral en la que su parlamento no se actúa por vía propia; en la que su papel, siempre escrito por otros, pretende declamar, por vía de emocionados terceros, cuáles son sus propias penurias, necesidades y aspiraciones.

“El Pueblo” protagonista mudo de sainetes fútiles, en oportunidades bien baratos, en los que se le ubica en el centro de los discursos políticos de quienes pretenden luego conducirlo, actuando como lo hace el ventrílocuo con su muñeco de oportunidad.

“El Pueblo” el mismo que en su pretendida “viveza criolla”, amanece más tarde con la confusión de una borrachera involuntaria de ideas, a la que lo han llevado aventureros y oportunistas de político templete, tras la pesadilla embaucadora de sus propios excesos discursivos “ideológicos y políticos”, pletóricos de sueños irrealizables pero favorecedores de sus intereses estratégicos y que, invariablemente, culminan siendo inmejorable oportunidad para apropiarse a manos llenas de su pobre patrimonio. 


Y así ha terminado siempre “El Pueblo Venezolano” lleno de padrinazgos retóricos, que ofrecen el paraíso por tres centavos, poco sacrificio y mucha dádiva; porque en su discapacidad inducida, es convencido de la necesidad de unas muletas, provistas siempre por un “defensor de los pobres y los desamparados”, desde lo esotérico-religioso, por ejemplo, por una María Lionza o un Negro Felipe, o, acaso, un Doctor José Gregorio Hernández; y desde lo político, por un Simón Bolívar, un José Antonio Páez, un Antonio Guzmán Blanco, un Cipriano Castro, un Juan Vicente Gómez, un Rómulo Betancourt y, finalmente, un Hugo Chávez. Un pueblo entre la medianía de la inocencia y las estribaciones de la culpabilidad por omisión; incapaz del ejercicio de una voluntad colectiva; en alguna medida egoísta; siempre hambreado y lleno de esperanzas vanas; esquilmado, engañado, abandonado  y sobre todo, invariablemente esperando, siempre esperando...




[1] “No olvides ni por un momento, eso sí, que el único inconsciente en esa mascarada, el único que no reclama sanción, es Juan-Nadie, es ese pobre pueblo analfabeta, alcoholizado, enfermo de todas las taras físicas y morales, enfermo sobre todo de ignorancia”….Rómulo Betancourt en carta a Germán Herrera Umérez. 1932. Betancourt, Rómulo, Antología política.1928-1935.EDITORIAL RB. Caracas, 1980. Pág.300. “Hoy, después de siglo y medio yo retomo esa frase: nuestra Patria hoy está herida en el corazón, nosotros estamos en una especie de fosa humana. Por todas partes hay niños hambrientos…” Hugo Chávez. Fragmento del discurso de toma de posesión. 2 de febrero de 1999. Recuperado de internet en www.vtv.gov.ve.
[2] Kerr Porter, Robert, Diario de un diplomático británico en Venezuela. 1825-1842. FUNDACIÓN POLAR. Caracas, 1997. Pág.701.
[3] “El Eco del Ejército. Barquisimeto, 7 de septiembre de 1859.
[4] Mensaje radial de la Junta Revolucionaria de Gobierno, dirigido al país por el Presidente Provisional Rómulo Betancourt, el 19 de octubre de 1945. Catalá, José Agustín; Papeles de Archivo. 1945-1947. Del Golpe Militar a la Constituyente. Cuaderno Nª9. CENTAURO. Caracas, 1992. Pág. 110.
[5] Op.Cit; Catalá;Pág.110.
[6] Alocución del señor Presidente de la Junta Militar de Gobierno, Teniente Coronel Carlos Delgado Chalbaud. Mayobre, Eduardo.EL DECENIO MILITAR. Fundación Rómulo Betancourt. Cuadernos. Caracas, 2010. Pag.95.
[7] Carupanazo, Proclama radial 04/05/2012.
[8] CARTA PÚBLICA DEL COMANDANTE HUGO CHÁVEZ A LA POBLACIÓN CON OCASIÓN DE UN ANIVERSARIO MÁS DE LA REBELIÓN MILITAR DEL 4/2/1992. TRANSCRIPCION VTV. 4/2/2013