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5 de mayo de 2017

LA INCONTINENCIA MILITAR…1948 -1953.

Como resultado natural de la aprobación de la Constitución Nacional “democrática y revolucionaria” de 1947, ese mismo año se realizan los primeros comicios “libres, universales, directos y secretos” de la historia republicana de Venezuela, con el objeto de elegir al Presidente de la República y a los representantes del pueblo venezolano al Congreso de la nación, proceso electoral en el que resulta vencedor el novelista y profesor Rómulo Gallegos Freyre, candidato presidencial de Acción Democrática. Nuevamente, “el partido del pueblo”, se anota, en esta democracia naciente, un importante triunfo, pero difiere del atronador millón de votos que habría obtenido un año antes en las elecciones a la Asamblea Constituyente.

En efecto, AD triunfa en las elecciones a la Asamblea con 1.099.601 votos; en 1947 lo hace para las elecciones presidenciales con 870.000 votos, lo cual implica una disminución de 229.601 votos en apenas un año transcurrido entre contiendas, resultado que se traduce en una caída del 21%, acaso cifra relativa pírrica si se considera el desgaste de una tumultuosa gestión de gobierno, sobre el partido únicamente gobernante. Pero si se le compara con su más cercano competidor, el partido COPEI (que representa además una tendencia radicalmente opuesta a AD), en las elecciones a la Asamblea Constituyente el “partido verde” obtiene 141.418 votos y en las presidenciales de 1947, se alza con 263.000 votos, un incremento de 86% y en el mismo tracto temporal. Aunque en términos absolutos AD sigue siendo el partido más votado, en términos relativos los números parecen contar otra historia. AD  luce estar perdiendo “el favor de los electores”, mientras su más cercano competidor, epítome del conservadurismo “curero”, para nada “revolucionario y popular”, parece capitalizar parte de ese descontento.

De hecho, AD sigue siendo, ahora con mayor intensidad, objeto de ataques, denuncias y acusaciones sobre mala administración de la cosa pública; malversación de fondos públicos por parte de muchos de sus funcionarios, la mayoría militantes del “partido blanco”; agresión, persecución e inquina contra quienes siendo funcionarios públicos, no comulgasen con AD en los organismos del Estado; violencia política contra sus opositores políticos; y como guinda en un magnífico pastel, es acusado, en la persona de algunos de sus más importantes líderes, de intentar realizar actividades proselitistas al interior de instalaciones militares, específicamente en varias regiones del país, creando (fomentando incluso) una división entre “oficiales adecos” y “oficiales no adecos”, denuncia que se hace a lo interno de la institución armada y que se manifiesta, además, en un evidente trato diferenciado y, en algunos casos, mediante tratativas “sutiles” de naturaleza “pecuniaria”.

Una importante acumulación de perturbaciones políticas, socioeconómicas y militares, han sido heredadas por el gobierno constitucional del Presidente Gallegos, quien carente de los atributos del líder carismático dominador, poseídos con suficiencia por su predecesor, aunado, como moral añadidura, a su condición de “repúblico clásico”, personalidad que se refleja en los héroes de sus novelas (como por ejemplo Santos Luzardo o Reinaldo Solar e incluso en ciertos rasgos de Hilario Guanipa), le colocan en un escenario de conflictos del cual acaso sea bien difícil salir indemne.

El 24 de noviembre de 1948, los mismos militares que llevasen al poder a Acción Democrática, Betancourt mediante, ponen preso al Presidente Gallegos y, a la mañana siguiente, es puesto a bordo de un avión y extrañado del país, posiblemente intentando materializar sus captores un destino que retratase un texto final de su obra maestra “Doña Bárbara”: “…más lejos que más nunca…”. No lo logran: aterriza en la República Dominicana y luego en la República de Cuba.

El Alto Mando Militar se ha hecho del poder político, decretando la asunción de un “Gobierno de las Fuerzas Armadas”. Este hecho constituye prueba irrefragable de que no existe “preservativo constitucional” que pueda contener el desfogue de las pasiones, sobre todo cuando estas son de naturaleza inmanente a un gentilicio como el nuestro, en el contexto de una lucha política caracterizada por una suerte de “toma y dame”, dónde aquel que “toma”, hace responsable exclusivo al que “da” de la naturaleza de lo que recibe y aquel que “da” responsabiliza con exclusividad a aquel que “toma” por lo que está recibiendo; una trifulca en la que no existen “culpables”, solo “inocentes”; donde hay siempre “agredidos” nunca “agresores”; y donde todos son “víctimas”, jamás “victimarios”. Pero hay que guardar “las formas”; la incontinencia tiene que ser “maquillada” y no hay mejor “rouge” que aquel que provee “la conveniente cita constitucional”.

Ante el hecho inocultable de que las Fuerzas Armadas se han obrado sobre el flamante texto constitucional “democrático” de 1947, la Junta Militar que se ha instalado, apela a un recurso discursivo que ellos creen particularmente apto para la ocasión, precisamente en su Acta constitutiva, para no dar lugar a duda alguna:

“Para todas las cuestiones de orden constitucional recibirá aplicación la Constitución Nacional promulgada el 20 de julio de 1936, reformada el 5 de mayo de 1945, sin perjuicio de que la Junta dé acatamiento a aquellas disposiciones de carácter progresista de la Constitución promulgada el 5 de julio de 1947, que las Fuerzas Armadas han prometido respetar en su citado manifiesto, y dictar todas aquellas medidas que aconseje o exija el interés nacional, inclusive a la organización de las ramas del Poder Público”[1]

El Doctor Miguel Moreno, Secretario de la Junta Militar de Gobierno, a quien se atribuye la redacción apresurada de los primeros comunicados que el gobierno militar emite, realmente parece denotar cierta “premura castrense” para cumplimentar su elaboración. Este párrafo es antológico: se aplicarán las normas de la Constitución de 1936, reformada el 5 de mayo de 1945, pero ¿Cuáles? Al propio tiempo se aplicarán las normas que convengan de la Constitución de 1947, “…que las Fuerzas Armadas han prometido respetar…” no obstante haber derrocado al gobierno constitucional, acción que parece no contar, pero además, se arroga el derecho (la Junta Militar) de “…organizar las ramas del Poder Público…”  una materia de carácter constitucional que no meramente administrativa y funcional. Firman el acta en calidad de testigos y como miembros del Alto Mando Militar,  los oficiales que a continuación se mencionan: Tte. Cnel. Mario Ricardo Vargas (Inspector General de las Fuerzas Armadas)[2]; Tte. Cnel. José León Rangel (Director General de los Servicios); Capitán de Fragata Wolfgang Larrazábal Ugueto (Comandante de las Fuerzas Navales); Tte. Cnel. Félix Román Moreno (Comandante de las Fuerzas Aéreas); Capitán Oscar Tamayo Suárez (Comandante de las Fuerzas Armadas de Cooperación).

Así las cosas, comienzan las primeras acciones de la Junta Militar “con arreglo a los textos constitucionales antes referidos”:

“…las primeras medidas de la Junta Militar incluyen la detención, y posterior expulsión, del Presidente Constitucional y los miembros del gabinete del gobierno depuesto; la disolución del Congreso Nacional y las Asambleas Legislativas (1 de diciembre de 1948), de los Concejos Municipales y del Consejo Supremo Electoral (7 de diciembre); la ilegalización de AD (…) (7 de diciembre); la renovación de la Corte Federal (8 de diciembre). Además se procedió a la clausura de varios medios de comunicación y la imposición de la censura de prensa y, posteriormente (7 de enero de 1949), al allanamiento de algunas organizaciones obreras y a la disolución de la Confederación de los Trabajadores de Venezuela (CTV), principal organización obrera del país (25 de febrero de 1949).”[3]

El párrafo anterior es palmariamente gráfico y la normativa constitucional parece ser, ante tales acciones, letra presa del más absoluto "rigor mortis". La vida del gobierno de la Fuerzas Armadas discurre sin mayores contratiempos, salvo aquel derivado del secuestro y posterior asesinato de su Presidente, el Comandante Carlos Delgado Chalbaud, ocurrido el 13 de noviembre de 1950, cosa que obliga a “remozar” la Junta Militar con “cierta presencia civil”, misma que asume el Doctor Germán Suárez Flamerich, motivo por el cual el nombre de “Junta Militar” se cambia por el de “Junta de Gobierno”. La parla popular también le cambia el nombre a la Junta: de “Los tres cochinitos” a “El 101”. No es difícil colegir dónde estaba el “0”.

El 1 de diciembre de 1952, dándole cumplimiento al ofrecimiento que le hiciese la Junta Militar y luego la Junta de Gobierno al “pueblo de Venezuela”, esto es, realizar un proceso electoral libre, directo, universal y secreto para la escogencia de un Presidente Constitucional para la República, se realiza en el país una jornada comicial previa para elegir los diputados a “otra” Asamblea Constituyente que le concediese al país “otra” Constitución Nacional, texto en el que se estableciesen “definitivamente” las bases de una “nueva República”. Se presentan tres organizaciones políticas a la contienda, a saber, la Fuerza Electoral Independiente, que representa al Coronel Marcos Pérez Jiménez y sus “acólitos”; Unión Republicana Democrática (URD) y el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI); Acción Democrática y el Partido Comunista  de Venezuela, se encontraban ilegalizados. Se realizan las elecciones con amplia participación popular. Todo es jolgorio y el “furor democrático” brilla en las calles. Al cerrarse las mesas y comenzar los escrutinios, rápidamente se extiende la especie de que URD encabeza las listas, con una abrumadora votación que lo perfila como el virtual ganador; lo sigue de cerca COPEI; la votación para el FEI es magra, contrariamente a la humanidad de su “líder”. Resuenan todavía las palabras del Doctor Germán Suárez Flamerich, Presidente de la Junta de Gobierno, respecto de la promesa hecha al pueblo venezolano: “Os prometo solemnemente, a nombre del Gobierno de la República, que vuestra voluntad será respetada.”[4]

En el transcurso de la tarde, se silencia toda información acerca del resultado electoral. Los miembros del Consejo Electoral renuncian en pleno. Las radios suspenden sus trasmisiones y, en lugar de narradores, noticias o programas variados, se difunde música clásica o de cadencia militar. En la madrugada del 2, se anuncia que el partido triunfante es el FEI y que contará con una abrumadora mayoría de diputados, en la “nueva” y “flamante” Asamblea Constituyente. El mismo 2 de diciembre, el Coronel Pérez Jiménez le envía el siguiente telegrama a los principales representante de URD:

“No cabe el desmentido categórico del grave hecho del acuerdo con partidos en la clandestinidad y antinacionales que a ustedes se les imputa, para probar la buena fe de la aseveración que ustedes hacen. Las ideas expuestas por los oradores de URD en diferentes mítines y la votación de los comunistas y de los de Acción Democrática por la tarjeta amarilla, ha venido corroborar el hecho señalado. La Institución Armada, tan escarnecida por ustedes,  no está dispuesta a admitir que por acuerdos torvos se vaya a lesionar el prestigio y el progreso de la Nación, seriamente comprometido por el triunfo de Acción Democrática y el Partido Comunista que URD ha propiciado.”[5]

Según Pérez Jiménez, no hay argumentos a favor. Insiste el Coronel que esta elección que ha dado el triunfo a URD, en las elecciones de la Asamblea Constituyente, es de naturaleza “fraudulenta” y lo es porque  las “ideas expuestas por los oradores de URD en diferentes mítines y la votación de los comunistas y de los de Acción Democrática por la tarjeta amarilla, ha venido corroborar el hecho señalado”. Esto significa que el discurso político del adversario y la votación mayoritaria de “adecos” (gente de Acción Democrática y del Partido Comunista) han decidido la elección, por lo que es colegible que la población en general parece no contar, de lo que también se deduce que la mayoría de los votantes son adecos o, acaso, los militantes de ambos partidos representan a la mayoría del padrón electoral, afirmación, lo menos, insólita, si se toma en consideración lo estrictamente secreto del voto. Todo parece indicar que la “promesa” de Suárez Flamerich, se ha ido por el albañal de las incontinencias.

El Coronel Pérez Jiménez se constituye en árbitro absoluto y en representación de la Institución Armada, le espeta verboso a la directiva de URD: “la Institución Armada, tan escarnecida por ustedes,  no está dispuesta a admitir que por acuerdos torvos se vaya a lesionar el prestigio y el progreso de la Nación”. Pérez Jiménez habla de “acuerdos torvos”, de la defensa del “prestigio y el progreso de la nación”, y lo que resulta más sorprendente es que reconoce “el triunfo” de Acción Democrática y del Partido Comunista de manera expresa, así como “la complicidad” de URD en la victoria de ambas agrupaciones políticas. Una vez más, como lo hiciesen en 1948, son confesos y convictos del asalto al poder político, asumen el triunfo electoral del adversario, pero estando en juego los “intereses de la nación”, tienen la obligación irrenunciable de proceder por esta vía de fuerza. De nuevo “el defenestrado” lo es por “su culpa” y los militares de ese tiempo, aunque los adversarios tienen razón, no se la  conceden como derecho. Pareciesen querer decir: “el acuerdo torvo es del otro, el nuestro es un acuerdo patriótico.”

Y no hay Constitución anterior que valga, ni la del 36 reformada el 45, menos la del 47: hay que hacer una nueva. Mientras tanto, los representantes electos de los partidos URD y COPEI, se niegan a incorporarse a la Asamblea Constituyente y amenazan con impugnar el resultado. El Doctor Laureano Vallenilla Lanz (realmente Planchart pero no hay manera de que Laureanito no se birle los apellidos de su afamado padre), “invita cordialmente” a los directivos de URD a una reunión en el Ministerio de Relaciones Interiores, del cual es titular. Los Doctores Jóvito Villalba e Ignacio Luis Arcaya se presentan. Tienen una muy breve reunión con Vallenilla, quien les informa, eso sí elegantemente, que “la decisión está tomada”. Al salir del despacho del Ministro, Villalba y Arcaya son puestos presos, montados en una camioneta de la Seguridad Nacional y conducidos finalmente al aeropuerto internacional de Maiquetía, siendo literalmente “depositados” a bordo de un avión, que parte con destino a la República de Panamá. Acaso un curso de acción “constitucionalmente potable” para el gobierno y de la misma calaña del que se sirviesen utilizar con Gallegos. Cosas de la incontinencia militar de entonces…

Finalmente, se convoca por compulsión a la Asamblea Nacional Constituyente y con “quorum absoluto”, por cierto impuesto con las persuasivas prácticas “no constitucionales” del munificente billete,  el adecuado planazo y la acerado cañón de la pistola, se ratifica el nombramiento de Pérez Jiménez (ungido previamente por las Fuerzas Armadas como Presidente Provisional) como “Presidente Constitucional de la República”. Así, con este bautizo de “fastos verdaderamente constitucionales”, propios de la incontinencia militar de ese tiempo, se da inicio a la Venezuela del “Nuevo Ideal Nacional”. ¡Viva la Patria! ¡Viva la Constitución!...¡A la tercera va la vencida!...






[1] GACETA OFICIAL DE LOS ESTADOS UNIDOS DE VENEZUELA. Acta de constitución del Gobierno Provisorio de la Junta Militar. Caracas, 25 de noviembre de 1948. Gaceta Oficial N°22.778.
[2] El Comandante Mario Ricardo Vargas Cárdenas es obligado a firmar el Acta Constitutiva del Gobierno Militar. Mandado a buscar por Rómulo Betancourt a los Estados Unidos de América (dónde se encontraba en tratamiento para la tuberculosis pulmonar, mal del que padecía desde hacía mucho tiempo), para que sirviese como mediador ante el resto del Alto Mando, dado su ascendiente sobre todos los demás oficiales, fue detenido en el aeropuerto a su llegada, trasladado a Caracas y presionado para rubricar el acta respectiva. Al día siguiente fue conminado a partir de nuevo a Estados Unidos, para no regresar nunca más y donde terminara falleciendo al año siguiente.
[3] Mayobre, Eduardo; Venezuela 1948-1958. La dictadura Militar. FUNDACIÓN RÓMULO BETANCOURT. Caracas, 2013. Pág.22
[4] Mayobre…Op.Cit…Pág.109
[5] Mayobre…Idem…..Pág.35

22 de marzo de 2017

El gobierno provisorio. 1958: El asunto de la “UNIDAD NACIONAL”…

La “unidad” es voz permanente en el discurso político venezolano desde hace 200 años.  La invoca el Libertador Simón Bolívar como desesperado llamado a la preservación de la integridad de su creación colombiana. La invoca José Antonio Páez, tras la creación de una nación independiente y su preservación más allá de las apetencias regionales. La invocan los revolucionarios reformistas, tras su proyecto de reformas constitucionales. Lo hacen hasta la saciedad los que terminan abrevando de las mieles de la oligarquía, que nace en torno a Páez y se acrecienta tras los generales de la Independencia que lo suceden. Lo hacen obstinadamente los liberales en tiempos de la Guerra Federal, convocando a la “unión revolucionaria”, seguida luego por la invocación que hace de ella cuanto gamonal se coloca al frente de las múltiples turbamultas que plagan el siglo XIX. Lo hace Antonio Guzmán Blanco en torno a su “ideal civilizatorio” para terminar haciéndolo también Cipriano Castro alrededor de su “Restauración Liberal Restauradora”.

La convoca Juan Vicente Gómez en aras de la construcción de una Patria “que se coloque a la par de sus hermanas del continente”  como uno de los ideales señeros de la “Rehabilitación” y luego la proclama Eleazar López Contreras para “construir una Patria en paz”. Lo propio hace Isaías Medina Angarita, tras la intencionalidad de “hacer Patria mediante el trabajo creador” y lo hace Rómulo Betancourt, luego de hacer parte de una rebelión contra Medina, pero en función de defender “la Revolución y los logros de una democracia perfecta”. Finalmente la invocan Carlos Delgado Chalbaud, al frente de un gobierno militar que derrocara a los adecos, “para derrotar el desbarajuste y dedicarse a la producción y el trabajo enriquecedor” y luego Marcos  Pérez Jiménez en torno a la necesaria construcción de su “Nuevo Ideal Nacional”.

Desde luego que no se trata de la misma “unidad”, pero es posible argumentar se trata de “una intencionalidad similar”, esto es, nuclear a la población, a los partidos, a las facciones oponentes e incluso a los enemigos “conversos”, en torno a un proyecto de nación que pasa, en principio, por la cristalización de un sistema político común. A ese criterio de “unidad nacional” apela el gobierno “de facto” que se inicia en 1958, luego de la partida de Marcos Pérez Jiménez.

El 22 de febrero de 1958, a casi un mes de fallecido el “Nuevo Ideal Nacional”, el Doctor Numa Quevedo, connotado miembro de la Junta Patriótica, es nombrado Ministro de Relaciones Interiores por el Contralmirante Wolfgang Larrazábal Ugueto, Presidente de la Junta de Gobierno en funciones. En su acto de juramentación, el Doctor Quevedo se expresa en nombre de la Junta en los siguientes términos:

“Tenemos por delante una tremenda empresa dentro de la cual no podemos desmayar un solo instante. Esta empresa es la echar las bases morales y materiales sobre las cuales debe levantarse el prestigio de una Patria integral, sin mezquinas parcelaciones. En este orden de ideas es imperativo que todos los venezolanos, de todos los climas, de todas las ideologías organizados o no en partidos políticos, pongamos nuestro esfuerzo, nuestro pensamiento, y hasta una buena dosis de nuestro sacrificio personal, para llevar a cabo con honor y con orgullo la obra de grandeza del destino venezolano.”[1]
Con tono parecido a todos sus predecesores en la tarea de “convocar a la unidad”, el Doctor Quevedo profiere actos de habla ilocucionarios unos, tendentes a lo perlocucionario otros, que reflejan en conjunto la intencionalidad de la Junta y que el Ministro hace suya en esta declaración de prensa. La “tremenda empresa” de “echar las bases morales y materiales” para afianzar con seguridad “el prestigio de una Patria integral” para lo cual hay que renunciar a “mezquinas parcelaciones” y por estas razones “es imperativo que todos los venezolanos” más allá de ideologías y/o partidos políticos “pongamos nuestro esfuerzo, nuestro pensamiento, y hasta una buena dosis de nuestro sacrificio personal, para llevar a cabo con honor y con orgullo la obra de grandeza del destino venezolano”. A esta “nueva unidad nacional” de todas las voluntades, empeñadas en la construcción de una nueva Patria democrática, integral, pero a la vez plural, convoca el “Gobierno Provisorio”, como él mismo Ejecutivo en funciones culmina auto bautizándose.

Cinco días más tarde, el 28 de febrero de 1958, el diario El Universal reseña las declaraciones de cuatro de los más importantes líderes políticos de la nación, en torno a la convocatoria a la “unidad nacional” que ha hecho el Gobierno Provisorio. Dice Rómulo Betancourt Bello, en representación del partido Acción Democrática (AD):

“…el franco entendimiento entre los partidos y gobierno, no debe ser acción consecuencial de una etapa de transitoriedad, sino es necesario establecerlo como norma permanente para mantener el clima de una unidad que fue consigna de la Junta Patriótica, en el desarrollo del movimiento que derrocó a la dictadura perezjimenista. Hago un llamado a gobernantes y gobernados, gente de partidos e independientes, a lograr una efectiva colaboración en favor del mantenimiento perenne de la unidad.”[2]

Por su parte, el Doctor Jóvito Villalba, como máximo representante del partido Unión Republicana Democrática (URD), se pronuncia sobre el llamado de la Junta a la “unidad nacional”:

“…todos debemos estar sinceramente interesados y dispuestos a llevar a nuestro país al logro de una verdadera vida institucional y que el divorcio entre partidos políticos y gobierno solo produce malos entendidos y funestas consecuencias. Se necesita el libre juego de los partidos para demostrar que ya están curados de ese terrible mal del cual sufrieron durante tantos años en Venezuela.”[3]

El Doctor Rafael Caldera, hablando por el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI), añade a las declaraciones anteriores, no sin antes advertir que no es mucho lo que tiene que abundar respecto a lo que han señalado sus pares en las otras organizaciones políticas:

“…los partidos políticos dan magnífico ejemplo de sacrificada unidad, que desvirtúa la propaganda que tiende a presentarnos como factor de discordia. Ponemos el interés nacional por encima de nuestras aspiraciones y aceptamos, complacidos, este discreto papel, por considerar que es nuestra valiosa colaboración, hacia la conquista de los ideales señalados como meta para el futuro sano y libre de la Patria.”[4]

Y cierra las intervenciones el Doctor Gustavo Machado, actuando en nombre de su partido, el Partido Comunista de Venezuela (PCV), siendo escueto en su intervención para señalar que “….el grupo político que represento siempre será factor de unidad, ya que hay la disposición de sacrificar conveniencias personales y partidistas en aras de este fundamental principio de la actualidad política venezolana.”[5] Cuatro de los más importantes líderes políticos del momento (acaso los cuatro más importantes) parecen suscribir la propuesta de “unidad nacional” del gobierno, aun cuando no lo hagan de manera formal, esto es, por escrito y en presencia de los medios. Actos de habla como “norma permanente para mantener el clima de una unidad”; “efectiva colaboración en favor del mantenimiento perenne de la unidad”; “el libre juego de los partidos”; “el interés nacional por encima de nuestras aspiraciones”; “sacrificar conveniencias personales”, todos sugieren sacrificio, compromiso y entendimiento para hacer fructificar la “unidad nacional”, de hecho, tres de los cuatro dirigentes hacen referencia expresa a la “unidad”, entendida como la subrogación de sus intereses políticos, partidistas y de poder, en favor de la construcción de un sistema político común. Y los cuatro suscriben la tesis de “entenderse” con el gobierno no solo en este tema, sino en todos aquellos que supongan la preservación de un “futuro sano y libre para la Patria.”.

El 9 de mayo de 1958, el diario La Religión ofrece una versión taquigráfica de la intervención que hace el Doctor Numa Quevedo en la ciudad de Maracaibo, con ocasión de la visita que realiza a esa entidad federal, en el marco de la gira que hacen por el país los ministros del despacho ejecutivo, a los fines de informar, a los diversos sectores de cada estado, la marcha de las actividades que realiza el “Gobierno Provisorio”, en atención a la solución de los ingentes problemas nacionales. Dice allí en nombre propio y representación de la Junta de Gobierno, respecto de lo que se ha conversado con los asistentes al acto:

“Hemos conversado de la unidad nacional, como fórmula histórica, mejor dicho, como salvación del futuro democrático de la República; la unidad entendida, no como especie inerme, sino unidad política expresada en forma dinámica, no quietista, bajo cuyo imperio deben realizarse los grandes acontecimientos y deben resolverse los grandes problemas nacionales”[6]

Considera el Ministro que la “unidad nacional” es definitivamente “la fórmula histórica” que representa “la salvación del futuro democrático de la República” y, acto seguido, procede a definirla más ampliamente no como la simple cohesión en torno a la idea democrática, sino como “unidad nacional” dinámica y “no quietista”, actos de habla que pudiesen significar la coincidencia de las distintas corrientes de opinión, por diversas que sean, en una identidad de objetivos que conduzca a la solución de “los grandes problemas nacionales” mediante la realización, en consecuencia, de “grandes acontecimientos” para lograrlo.

De modo que en estos primeros meses de gestión del “Gobierno Provisorio”, partidos, gobierno y diversos factores de la vida nacional, parecen haberle dado una oportunidad a la democracia de la que tanto se ha hablado (especialmente la “civilidad democrática” desde 1936) y, más aún, luego del malhadado episodio del Trienio (1945-1948). Parece demostrar lo que el Profesor Juan Carlos Rey definió más tarde y en términos  teóricos-políticos, como “pacto de conciliación de élites”.

Pero llama poderosamente la atención que en esa misma localidad, el Dr. Quevedo hace la siguiente aseveración: “Necesitamos, en definitiva, una conciencia nacional, un país nacional”[7]. Nueve años antes, el 13 de marzo de 1949, el Coronel Marcos Pérez Jiménez les dice a los gobernadores de estado, con ocasión de una convención nacional de mandatarios regionales: “…nos ha faltado ese elemento fundamental en la vida de los pueblos que consiste en la formulación clara y precisa de un ideal nacional, capaz de obligarnos a un acuerdo de voluntades para su plena realización…”. O Pérez Jiménez se equivocó en la construcción de su “ideal nacional” o el Doctor Quevedo tiene otra “idea” de lo que significa el “país nacional”. En cualquier caso, consignamos ambas “propuestas” para ejemplificar que en el discurso político venezolano, aún entre partes irreconciliables, sin identidad de métodos, medios y fines, la invocación de la “unidad en torno a un ideal nacional” parece ser una constante. Las preguntas que surgen son: ¿Por qué no la logramos? ¿A qué clase de “unidad nacional” apunta quien la propone? ¿No será que cada quién tiene su propia y conveniente visión de la “unidad nacional”?

En junio de 1958, cinco meses después de la “partida” de Pérez Jiménez, cuatro del nombramiento del Dr. Quevedo y una misma cantidad de meses de la “manifestación de apoyo a la unidad nacional” expresada públicamente por los más importantes dirigentes políticos de entonces, el Ministro de Relaciones Interiores se dirige al pueblo venezolano en alocución de radio y televisión, persuadido de que la prédica de la “unidad” está dando frutos. Con absoluto optimismo y en el marco de una exposición filosófica-jurídica que debería sustentar la ley electoral, dice el Ministro a la nación:

“Dentro de este clima de unidad, propicio a las grandes realizaciones, a la sinceridad y al entendimiento, la Nación debe buscar y hallar una fórmula que al integrar o abarcar por igual a todas las corrientes políticas, sea prenda de estabilidad republicana. Esta fórmula nos permitirá deponer las ambiciones, los exclusivismos partidistas y las arrogancias personales o regionalistas y contemplar sin pupilas empañadas por el rencor, la impaciencia ni la precipitación, la imagen verdadera de la Patria…”[8]

En límpido lenguaje político republicano, el Dr. Quevedo hace manifestación de la búsqueda que debe motivar a los venezolanos ahora que se encuentran disfrutando de un clima “de sinceridad y entendimiento” propicio a las “grandes realizaciones”. Se trata de una “fórmula” que permita “deponer ambiciones, exclusivismos partidistas o regionales” y también las viejas “arrogancias”, y en una figura de giro elegantemente literario que utiliza el Ministro: “contemplar sin pupilas empañadas por el rencor, la impaciencia ni la precipitación, la imagen verdadera de la Patria…”. La fórmula se quedará en el laboratorio de las ideas y el rencor, las arrogancias, la impaciencia y la precipitación, harán su eterno trabajo nacional. Lo poético se quedará en las pupilas empañadas, pero por la tristeza que conlleva el desencanto: el 7 de septiembre de 1958, se produce el alzamiento de la Policía de Caracas, con la intencionalidad de hacer “definitivo” un gobierno distinto al “provisorio”.

Ocho días antes, el 29 de agosto de 1958, el Ministro, dentro de un discurso más amplio, hace esta declamación admonitoria, otra vez por radio y televisión, en virtud de que el gobierno tiene serios indicios de que se está preparando una “posible asonada”:

“Ahora sí podemos sin labio avergonzado decir con el Libertador: “Unidad, Unidad, Unidad, debe ser nuestra divisa”, recordando a la vez conforme al mayor de nuestros oráculos, que solo un Gobierno temperado puede ser libre, que esta libertad legítima ha sido usada para honrar al hombre venezolano y perfeccionar su suerte y que, sin vacilaciones, nos hemos armado de una firmeza igual a los peligros cuando estos se han presentado amenazando la nobleza de las Instituciones, siendo así en todo, fieles a la visión del Padre de la Patria.”[9]

Echando mano, una vez más, del más puro lenguaje político republicano y con la invocación que pareciese colocar a todos los venezolanos (seamos políticos, militares, académicos o científicos, adversarios o enemigos) por encima de nuestras “pre-disposiciones”, esto es, en aquella "pre-disposición" construida al mejor estilo del “Padre de la Patria”, Simón Bolívar, Libertador, el Doctor Quevedo, no obstante sus denodados esfuerzos discursivos, luce como el Quijote de Don Miguel de Cervantes, advirtiendo a los gigantes hechos molinos, de sus sinceras intenciones unitarias. Nada logra y ya veremos cuando abordemos el punto, que ese “madrugonazo policial” casi le cuesta el puesto, la honra política e incluso su libertad. Fracasan estos nuevos “libertadores de ocasión” y la corriente fragosa continúa.

El 3 de octubre de 1958, apenas a un par de meses de la contienda electoral, la revista Momento se lanza con un editorial de antología, con motivo de la pugna agraz que se libra entre los partidos y en ocasión de la proximidad de la “campaña electoral”. Dice allí el editorialista:

“…en los partidos políticos empieza a despertarse una beligerancia peligrosa, una pugnacidad que puede precipitar la violencia con resultados imprevisibles. Las grietas que se venían observando en la Unidad son cada vez más profundas e irreparables. La esperanza del pueblo, acerca de un acuerdo de organizaciones políticas, se ha desvanecido justificando – lamentablemente – la desconfianza que surgió al dilatarse las conversaciones de mesa redonda.”[10]

Se estrelló “la identidad de propósitos” contra la férrea pared de la estulticia. Feneció “la unidad sacrificada por la Patria” que expresase escuetamente el Doctor Caldera. La “unidad que fue consigna de la Junta Patriótica”, según Betancourt, ha venido a parar, en solo cinco meses, al arcón de los trastos inútiles. El “entendimiento entre partidos” de Jóvito Villalba, es palabra que el viento se llevó. Y “el factor de unidad” que ofreció Gustavo Machado, se ha transformado más bien en “factor de discordia”. El editorialista de la revista Momento es admonitorio:

“Frente a esta situación se requiere – antes de que sea demasiado tarde – un solemne acuerdo de todas las fuerzas políticas para encaminar las actividades electorales en un ambiente de orden, de mutuo respeto y de serenidad. (…) Es absurdo y antivenezolano reeditar la encarnizada pugna del pasado. El desbordamiento de las pasiones puede dividir al país en facciones irreconciliables. La siembra del odio llevaría a extremos suicidas haciendo peligrar la libertad tan sangrientamente reconquistada el 23 de enero. Los partidos deben reflexionar ante esta tremenda responsabilidad evitando, con todos los medios a su alcance, la agitación y el tumulto. (…) La propaganda insidiosa y soez, la intimidación brutal y desenfrenada, el ataque a mansalva, la emboscada sangrienta, son frutos de una época que ha cancelado la historia.”[11]

Rodó la prédica del Ministro y la Junta; de nada valieron las promesas de los principales líderes de los partidos en liza. El desbordamiento de las pasiones”; “las facciones irreconciliables”; “la sombra del odio” todos estos signos expresados en contundentemente ilocucionarios actos de habla, se materializan en “la propaganda soez e insidiosa” que trae consigo “la agitación y el tumulto”, pudiendo venir con ellos “el ataque a mansalva” y “la emboscada sangrienta”. La proximidad al poder, así sea por vía electoral, resucita el mismo lenguaje que constituyó uno de los factores del desastre en la experiencia democrática, entre los años 1945 y 1948. Y el fablistán lo advierte.

A pesar del encono y lo contumaz de la pugna interpartidaria, en diciembre de ese año (1958) se efectúa el proceso electoral, siendo electo por amplia mayoría Rómulo Betancourt Bello. Sin embargo, en Caracas y en las primeras horas de concluidas las elecciones, grupos de votantes del candidato contrario con más chance de ganar, se niegan a reconocer el resultado. Se trata de algunos seguidores del Contralmirante Wolfgang Larrazábal Ugueto, quien previamente hubiese renunciado a la Junta para lanzarse a la contienda electoral y hubiese reconocido públicamente, desde un principio, el triunfo de Betancourt. “A venezolano no le gusta anotarse a perdedor” diría un viejo caudillejo decimonónico…

Como puede verse en este corto artículo, el camino del “Gobierno Provisorio” dista con mucho de haber sido un “lecho de rosas”. De aquellas, de las rosas de la “unidad nacional”, Quevedo y los que en Venezuela creyeron en sus encarnados y brillantes colores, terminaron obteniendo más bien las dolorosas espinas de la frustración. Pero aún queda camino por recorrer en este ejercicio evocador sobre el tiempo del “Gobierno Provisorio” de 1958 y habrá que expresar como el Quijote: “….Cosas veredes, Sancho…cosas veredes…”





[1] Quevedo, Numa; El gobierno provisorio. 1958. PENSAMIENTO VIVO. LIBBRERIA HISTORIA. Caracas, 1963. Pág.100.
[2] Quevedo…Op.Cit…Pág.104.
[3] Quevedo…Idemes…Pág.104.
[4] Quevedo…Ibíd…Pág.104
[5] Quevedo…Ibíd…Pág.104
[6] Quevedo…Ibid…Pág.34
[7] Quevedo…Ibid…Pág.37
[8] Quevedo…Ibid…Pág.42
[9] Quevedo…Ibid…Pág.55
[10] Quevedo…Ibid…Pág.70
[11] Quevedo…Ibid…Pág.71