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19 de marzo de 2019

Los niveles de realidad política y la Venezuela actual.

Más allá del hecho de que la "realidad política actual" no pertenece a la historia hasta que, virtud de lo inexorable de la flecha del tiempo, se convierta en pasado, resulta crucial para nosotros utilizar cualquier espacio de difusión pública (bajo control nuestro, claro) para establecer nuestra propia interpretación teórica respecto de los niveles de la realidad y la situación política actual de Venezuela, sujeta en adición a nuestra particular idiosincrasia, característica social que aporta a nuestra vida una manera singular de aproximarnos a la realidad.

Hacer afirmaciones sobre la "conducta de los pueblos" sin el debido sustento científico, pudiese ser fácil y evidentemente reputable de empirismo. En tal sentido, nos limitaremos a emitir una conjetura inicial, con la única base empírica de nuestra propia experiencia personal, misma que data de más de sesenta y cinco años de existencia venezolana: los venezolanos no nos sentimos parte de la realidad, más bien la entendemos como "algo diverso" que nos circunda, en suerte de visión concéntrica, tal cual lo hace un actor principal sobre un escenario. Si partimos de una sentencia, también susceptible de prueba desde la visión empírica, cual es que "la realidad no es lo usted cree que ve, sino más bien la realidad es",  los venezolanos solemos creer que la realidad es lo que "exactamente vemos", acotada además, única e ineluctablemente, a lo que percibimos por los sentidos. Así se han construido buena parte de nuestras afirmaciones criollas, como por ejemplo: "los negros son malos"; "hombre que llora públicamente, es cruel en la privacidad"; "todo cura es bueno, porque es un hombre de Dios"; "no hay mujer que no lo dé, ni hombre que no lo pida", etc, etc, etc. Se trata de "juicios de valor" que aunque inofensivos, por la aparente intencionalidad inocente en su construcción, impulsan un mecanismo propio de creación de verdades, que sirve luego a cualquier propósito, especialmente en aquel que conduce a la creación de recortes de realidad, al interior de la realidad política.

En la pugna interpartidaria venezolana existen casos históricos; por ejemplo "los capacheros de Gómez son asesinos por naturaleza"; "los adecos son negros empingorotados"; "hay dos cosas bien difíciles, bien difíciles de ver: mujer orinando en frasco y negro inscrito en COPEI". Aunque estos tres ejemplos caían en las expresiones jocosas criollas en cada oportunidad histórica de su emisión, a medida que se iba descendiendo en el imaginario popular, aquellas consejas al principio, terminaban convirtiéndose en sólidas verdades, en ocasiones alimentadas con amargas prácticas de violencia política. De manera que idiosincrasia y formas de aproximación a la realidad, inducen lo que nosotros llamamos "niveles de realidad", siempre condicionados respecto a lo que "percibe el observador con visos de exclusividad" y no a la realidad política en su conjunto.


En la Venezuela actual, la evidencia empírica disponible permite identificar varios niveles de realidad política que transitan vertical y transversalmente la realidad total. Una percepción de la realidad que discurre en una suerte de estructura social de clases, hoy  comprimida por la cuasi práctica desaparición de las llamadas clases medias y otra transversal que, en lo político, va desde la extrema derecha a la extrema izquierda. Realidades que se superponen y se enfrentan en la medida en que avanzamos en la realidad política y que, desde nuestra muy humilde óptica de científicos políticos, entendemos colisionaran en algún momento, con la desgraciada conclusión que todos tememos: la guerra civil.

La primera de esas realidades es la que llamamos "roja-rojita". Ciertamente el chavismo existe, es sólido pero, en la actualidad, definitivamente minoritario, si se lo compara con "los gloriosos años del Supremo y Eterno". Hoy día recoge en su seno a cinco tipos de “seguidores duros” y de naturaleza mayoritaria: los militantes incondicionales, que contienen a los llamados “colectivos”; los círculos internos del Madurociliato, en cualquier nivel de gobierno; los militares a su servicio, en cualquier graduación militar; los funcionarios públicos y los prebendados de ocasión. Sin importar ya los "contenidos ideológicos" la existencia vital, entiéndase bien, "vital" de estos grupos, depende de la conservación del Poder Político y la administración directa de los recursos públicos; armas, dinero, poder, negociado, asistencia médica, protección física y, finalmente, alimento seguro, hacen parte de los ingentes "beneficios" de ser y hacer parte del "rojo establishment". No queda de otra: la vida depende de quedarse y conservar el poder a cualquier costo. La percepción de la realidad es que "no pueden salir de su mundo rojo-rojito", dicho en otros términos y en primera persona: "la realidad que veo, es mi única opción de realidad". Por otra parte e ideológicamente hablando, las revoluciones socialistas llegan para quedarse, dado que el socialismo desestima los mecanismos alternativos y representativos de la democracia burguesa. Así las cosas, en términos ideológicos, tampoco hay otra percepción, esto es y puesto de nuevo en primera persona: "la realidad que veo, es mi única opción de realidad". Sumando ambas situaciones: la realidad que veo, es la que es...No existe otra.

La "otra realidad" es la de aquellos que hacen el intento por sobrevivir "en la otra acera". Hoy mayoría, porque incluye ciudadanos de a pie, muchos de los cuales están alimentándose de la basura; chavismo disidente y oposición política; simpatizantes decepcionados y gente muy molesta, quienes, además, han visto morir a familiares por falta de medicamentos o asesinados en las calles, tanto por el "hampa roja colaboradora" organizada en los llamados "colectivos" como por el hampa común; gente que se ha arruinado porque ha perdido su negocio, su medio de vida, empleos y hasta vida cotidiana,  lanzados por fuerza a una pobreza que creían haber dejado muchos lustros atrás, van acumulando una suerte de desesperación agónica, porque la única realidad que "logran ver" es su "realidad de menesterosos por obligación". Cercada en sus posibilidades de inducir un cambio por aquellos que no quieren y no pueden ver cambiar su realidad "roja-rojita", no se le deja otra opción a esa mayoría que lanzarse por el primer despeñadero que vea o tras el primer líder con opción de que dispongan. Es fácil pedirle al enfermo terminal de cáncer que tenga paciencia frente al dolor físico, cuando no se padece; es sencillo pedirle al ciego que ha visto o al manco quien poseía ambas manos, resignación frente a su nueva situación de pérdida total. Pero no es fácil ni sencillo el sentir y menos el padecer. La realidad que mira esa mayoría es, dicho en primera persona: "la realidad que veo y, definitivamente, es la que es". Y esa mayoría desesperada se pregunta: ¿Es que no existe otra?...

La respuesta a la pregunta anterior es tremendamente preocupante: ambas realidades son mutuamente excluyentes. Los "rojos" sobre todo en los últimos cinco años, han hecho tanto daño, en su desesperación por aferrarse a ese poder y sus recursos, que han quemado sus naves en una hoguera de odio y venganza incontrolados, sembrándolo como ortigas en los otros, reiteramos, ahora mayoría, que sufren, cada vez con mayor desesperación, la sentencia que, el tribunal inexorable de “la roja realidad" (paradójicamente también en la desesperación que provoca la auto defensa y la sensación de caída), le ha impuesto al resto de la población que no los acompaña, sentencia además materializada en las más pasmosas condiciones de vida extrema: hambre, muerte, miseria y escasez.

Si lo vemos en términos de los niveles de realidad, “la realidad roja-rojita es la que es y no hay otra” y respecto del resto de la población “la realidad que veo no es la que quiero y la realidad roja-rojita me impide mirar la que quiero”. Puesto así, el razonamiento más elemental indica que “la realidad roja-rojita” es la negación de “la realidad que quiere ver el resto de la población”, ergo, la que quiere ver el resto de la población impide la existencia de aquella roja-rojita; en términos más simples y reiterando el razonamiento anterior: ambas son mutuamente excluyentes. Y ambas, por paradoja, si no se imponen en sus fueros, implican una lesión cancerígena en la vitalidad de cada grupo, ergo, la vida se va en ambas y la solución coloca a ambos grupos en modo de supervivencia.

Tal situación favorece intereses foráneos en uno y otro bando, que pretenden ganar en la contienda, dándole oxígeno (y combustible) a cada percepción de la realidad. Cubanos (sobre todo el castrismo, obstinado en seguir insuflando energía a un cuerpo agostado por el tiempo, la corrupción y la maldad), rusos, chinos, turcos e iraníes, en el contexto de su lucha geopolítica con los Estados Unidos republicanos y de Trump, así como sus propios (y particulares) intereses económicos; y los Estados Unidos republicanos y de Trump, con la UE, más sus aliados suramericanos, en su lucha geocontinental contra rusos, chinos, iraníes y turcos, por la recuperación de su papel hegemónico en el mundo. Ambos, como ya dijimos, alimentan su propio “recorte de realidad”, tratando de estimar sus ganancias luego que el cuerpo venezolano se termine destazando así mismo. Total la sangre ajena nunca ha importado cuando de oro se trata.

Así, los niveles mutuamente excluyentes de realidad, siguen avanzando uno contra el otro, en un curso de colisión inevitable, donde la acumulación de los odios y los deseos de venganza van en aumento y como carbón a calderas de vapor, chirriando las ruedas, emitiendo humo cada vez más negro, van rugiendo sobre los rieles de la estulticia, bajo la sombra del miedo-pánico a ser el próximo e inevitable descarrilado. No hay forma ni manera: vamos hacia un final impredecible…Dios tenga misericordia de nosotros…



28 de abril de 2018

¿POR QUÉ MADURO NO CAE?: un intento histórico político de explicación venezolana…

Los que vivimos en la Venezuela de hoy, escuchamos formularse la pregunta que titula este artículo, tanto a propios como a extraños, reiterada y obstinadamente. En el contexto de la peor crisis económica, política y social de nuestra historia contemporánea y una de las más graves (no la única por cierto) de nuestra historia republicana, cabe siempre preguntarse ¿Cómo es posible que no se haya producido en el país una importante conmoción nacional? ¿Por qué la gente opta por huir en lugar de luchar? ¿Qué mantiene a Nicolás Maduro, el peor presidente de la historia republicana contemporánea (con muchísimo), firme en el poder político? Esotéricas y de impronta hechicera muchas las explicaciones; histórico políticas algunas. Intentamos entonces con esta, pergeñar ideas empíricas respecto de  las segundas. Vayamos a su encuentro.

El General Juan Vicente Gómez Chacón fue Presidente de la República hasta su muerte y por la no menos módica suma de 27 años (1908-1935). El General Eleazar López Contreras lo sucedió y culminó su período sin conmociones sustantivas (1935-1940), no obstante haber enfrentado un primer año de gobierno con importantes conflictos políticos y sociales. El General Isaías Medina Angarita (1940-1945) renunció al cargo en medio de una rebelión militar sorpresiva (1945), promovida por menos del 20% de la oficialidad profesional de entonces, quienes en su mayoría aspiraban a reivindicaciones profesionales, sociales y económicas. Posiblemente de haberlos atendido a tiempo, acaso el General Medina hubiese culminado su mandato sin mayores inconvenientes, pero eso es ucronía y no pretendemos entrar en el nebuloso mundo de la lucubración.

Rómulo Gallegos (1947-1948) fue derrocado por esos mismos militares, en medio de una crisis política de importantes consecuencias, que hizo eclosión en 1948. Esos mismos oficiales de las Fuerzas Armadas gobernaron el país por 10 años consecutivos (1948-1958), cometiendo dos fraudes electorales sustantivos y con un período (1953-1958) que fuera caracterizado en Venezuela, hoy día e incluso por sus detractores, como uno de los más brillantes en términos económicos, sociales, de paz social y estabilidad política hasta su momento. Culminó con el abandono del cargo del General Marcos Pérez Jiménez,Presidente en funciones, en medio de una crisis económica, política y social de cierta magnitud, junto a un cerco internacional a los gobiernos militares suramericanos de su tiempo.

Ningún gobierno del tiempo de la Democracia de Partidos (1958-1998) resultó derrocado. Incluso los gobiernos de Rómulo Betancourt (1959-1964) y el segundo de Carlos Andrés Pérez (1989-1993), no pudieron ser defenestrados por rebeliones militares y en el caso del primero, aún con un intento fallido de magnicidio, que persiguiese finalmente un desenlace en esa dirección. Ambos se caracterizaron por contextos políticos, económicos y sociales muy complejos, si se les compara con sus contextos, reiteramos, políticos, económicos y sociales precedentes. Dicho en términos más simplistas: siempre se transitó la senda de “mal en peor” o al menos los adversarios políticos en cada tiempo histórico y sus  medios de comunicación social propaladores, así se dieron la tarea en señalar. Entonces ¿Tienen los venezolanos contemporáneos sangre de horchata? ¿Acunan en sus almas complejos profundos de mártires del Gólgota? O antes por el contrario ¿Han alcanzado una tan "ínclita madurez política" que no obstante la “crisis horribilis”, los hace pensar más en los votos que en las balas?

La explicación, según este investigador, parece tener que ver con tres componentes esenciales: una importante parte de la sociedad cómplice y promotora de la concusión y el cohecho, comportamiento de origen fonotípicamente histórico; la indiferencia colectiva frente al destino del país que se habita como "República", ignorando supina y mayoritariamente el significado del concepto; y, finalmente, el apoyo irrestricto del componente militar al sostenimiento del orden político, funcionando como lo hace un ejército de ocupación en un país derrotado.

Comencemos por la primera de esas componentes: las sociedades cómplices. Ciertamente, no es la venezolana la única de las sociedades cómplices en la historia política mundial. Como ejemplos palmarios tenemos a la sociedad alemana frente a los horrores del nazismo y la persecución judía; una importante parte de la francesa frente a la ocupación alemana, durante la Segunda Guerra Mundial y en la delación, además de persecución, de sus propios compatriotas en resistencia; la silente sociedad checa mientras duró el imperio del terror de Reinhard Heydrich; las sociedades argentina y chilena durante los gobiernos protagonizados por las Fuerzas Armadas como colectivos sociales corporativizados; parte de la sociedad siria frente a las matanzas de Duma y Guta oriental; una sustantiva representación social hebrea frente a la expoliación y matanza del pueblo palestino; además de un largo etcétera que la evidencia empírica, luz meridiana en las Ciencias Sociales, provee a manos llenas.

Las “sociedades cómplices” parecieran serlo por dos razones fundamentales: miedo y corrupción. Ambos son componentes esenciales de una misma motivación: la supervivencia. Existen gobiernos “especialistas” en el manejo de esos “instrumentos de naturaleza estrictamente humana”, tremendamente eficaces en el mantenimiento del control social. Durante el tiempo de la llamada (por la izquierda venezolana) “lucha armada”, específicamente durante el gobierno presidido por el Dr. Rafael Caldera Rodríguez, en el contexto de la aplicación práctica de su muy afamada "Política de Pacificación", a los “detenidos”, especialmente los más connotados guerrilleros, se les conducía a los llamados “vuelos de la muerte”, tal cual aquellos célebres de sus pares en los gobiernos australes, en este caso militares argentinos y chilenos, pero con una variante muy venezolana, además de una eficacia respaldada por argumentos de una indiscutible y "bien elocuente" solidez material. A bordo de un helicóptero Bell Ranger, con las compuertas de vuelo abiertas, se colocaba al “detenido” en la disyuntiva de “salir despedido al vacío” o aceptar una maleta rellena de billetes (variante criolla bien propia). Apenas unos pocos resultaron ser “Ícaros por convicción ideológica”, los demás, mirando de soslayo el esmeraldino color que dimana de la moneda estadounidense, “cayeron derrotados” en sus, hasta ese lucrativo momento, “férreas convicciones ideológicas”.

Lo que tratamos de mostrar en el párrafo anterior es que, antes de morir en lucha desigual, el venezolano contemporáneo común parece preferir asirse a cualquier oportunidad de hacer parte de la "lucrativa cadena de montaje", que rueda inexorable hacia “la magnífica oportunidad” de hacer dinero o, al menos, "manque sea fallo", obtener una prebenda, por pequeña que sea, por ejemplo, una bolsa de comida en un contexto general de hambre compartida. El gobierno de la gerontocracia cubana castrista es “un verdadero sabio experto” en la administración de estos miserables mecanismos de control social, mismos que ha extendido "con particular eficacia y eficiencia" a su provincia del sur, otrora llamada Venezuela independiente. Pero es que lo propio hizo con suficiencia magistral Pérez Jiménez en el período de oro (1953-1958); lo ejercitó también el General Gómez, siendo continuado, aunque en una pírrica medida, sobre todo en lo militar, por los Generales López y Medina. Los adecos se apropiaron del mismo accionar no solo en el Trienio (1945-1948) donde hicieron lujos de sus “mágicas aplicaciones” (siendo señalados por sus adversarios hasta la saciedad por corruptos, cohechadores y traficantes de influencias), sino durante todos los ocho lustros que se extendió la Democracia de Partidos, junto a sus adversarios políticos, pero sobre una misma acera de poder: los “católicos, apostólicos y romanos” copeyanos.

Hoy y aquí, así lo hace el gobierno del Presidente Maduro. Podríamos decir que de esa infortunada administración, por decir lo más benévolo, cuelga una “neo-oligarquía roja”, corrupta, cohechadora y concusiva, de la que se desprende una “clase media” de reciente data y un funcionariado que, aunque mal pagado, tiene al menos la posibilidad de “comer algo” respecto de una inmensa mayoría que compromete lo poco que le queda de ahorros en la única inversión significativa: “comprar comida”. En el peor de los casos, esa mayoría languidece hurgando dentro de la basura para buscar el diario sustento alimenticio, alternando esa práctica, los más osados y para sobrevivir, con el atraco a mano armada (hasta con pedazos de vidrio como arma punzo penetrante), para ver cómo se procuran al menos un mendrugo de algo informe, para engañar con triste descaro el vacío estómago. La tan mentada “Caja CLAP” o la posibilidad de ser preso, torturado o muerto en una ergástula, son mecanismos de una eficiencia incontrovertible para contener a las grandes mayorías. La prebenda directa, materializada en dólares, poder, camionetas, espalderos en motos de alta cilindrada y ambientes urbanos de lujosa habitación, libres de peligro, con asistencia médica de punta totalmente garantizada, además de vacaciones principescas, son algunos de los “disfrutes” que como miembro de esta “Nomenklatura roja criolla” esperan como incentivos a quien se rinda a las veleidades del poder. Un aproximado de 7,5 millones de venezolanos en ambas condiciones, sean oligarcas o funcionarios prebendados y sus familiares, balan tras el canto pastor de Nicolás Maduro. Los hubo ayer, los hay hoy y los habrá mañana. El asunto es de “pueblos” no de “sistemas políticos, económicos y sociales”.

El venezolano común, en su inmensa mayoría, pobre, preterido, presa de la ignorancia, muchas veces negligente y obnubilado por una suerte de sufrimiento inveterado, siempre ha sido indiferente al “destino de la Patria”. No habiendo tenido claro el concepto de República, ha marchado ciego tras los cantos de sirenas, vindicativos en la mayoría de los casos, de los líderes carismáticos de turno. El sueño por una “vida mejor” que nunca llega o llegará, lo hace terminar en la misma pobreza endémica de todas sus horas pasadas o haciendo parte de alguna banda local o nacional, que habita en la borrosidad de la política de albañal con la corrupción y el hampa común. Símil del crimen organizado (porque hoy día no hay parte de nuestro continente latinoamericano dónde prohombre y gusano no bailen de consuno, si de intereses pecuniarios se trata), sus capos y métodos de ascender, la política nuestra es un marasmo en cuyas miserias se regodean sus protagonistas. Pero no fue distinto en el pasado, solo con la única diferencia de que el hampa común “estaba allá” y se le “contrataba” para el “trabajo sucio” a cambio de hacerse la fuerza pública de la “vista gorda”; hoy hace parte del gobierno, de los cuerpos deliberantes y de todas las instancias de poder municipal, muy especialmente de aquel denominado con rimbombancia panfletaria “Poder Popular”.

La clase media intelectual, profesional, técnica y comercial-bancaria, al menos en la historia contemporánea y tras el inicio de la industria petrolera, no es más que un subproducto de las oligarquías de turno, más que una consecuencia natural del progreso económico y social de un colectivo llamado país, dotado desde un principio de un plan coherente de desarrollo económico, más allá de banderías partidarias y que impulse desde abajo el crecimiento de las grandes masas de preteridos. Antes por el contrario, surge de un determinado sistema político quien en el reparto del botín a sus seguidores, genera cierta actividad económica que permite la formación de retículas medias funcionariales, que dan vida al aparato económico y social del sistema político de turno. Esa forma de “construir país” nos persigue inclemente y cuando el sistema político que da origen a su dinámica social propia, fenece de muerte súbita o cáncer social, termina cayendo la estructura social, cuesta abajo en su rodada, especialmente la clase media, también de turno, para dar paso a la repetición del mismo mecanismo perverso de construcción de clases, una y otra vez...

Maduro está construyendo su “clase media roja”, aquella para quien (para nada) es indiferente el destino de la “Revolución Bonita”, pero para la moribunda clase media de la “IV República” solo hubo tres caminos: unirse a los pobres históricos;  conservar con gran sacrificio sus ya magros privilegios añosos; o, finalmente, huir hacia otros predios más promisorios fuera de su Patria, en suerte de exilio voluntario. Los primeros terminaron siendo indiferentes por la derrota y por la costumbre que ya existe entre los pobres históricos; los segundos se dieron a la tarea obsesiva de contar “los segundos” que les quedaban entre sus decadentes e inalcanzables privilegios añosos, dados los precios que la hiperinflación impuso, siendo ya, por mera constitución, indiferentes a su inexorable destino; los terceros, tienen por fuerza que ser indiferentes, al enfrentar la dureza del despertar de un sueño en tierras extrañas, siendo inmigrantes obligados, impelidos también por la supervivencia. La indiferencia también es cuestión de “pueblos”, que no de sistemas políticos y por muy lerdo que sea el Primer Magistrado Nacional, zoquete no es y él lo sabe, contimás su entorno, en particular la gerontocracia palera antillana, que lo sustenta cada vez con mayor fuerza, bajo el influjo de los "bawalaos" ideológicos.

El Ejército Nacional profesional fue una creación depurada, encuadrada y terminada por los Generales José Cipriano Castro Ruiz, Juan Vicente Gómez Chacón y Eleazar López Contreras. Un Ejército concebido, junto a una red carretera nacional, para “mantener el orden interno” condición sine cua non para lograr el tan ansiado (y nunca por desgracia alcanzado) “progreso nacional”. Dotado de los principios esenciales de su existencia, estos son, la disciplina, la obediencia y la subordinación (el famoso DOS sobre el que se basa toda la pirámide doctrinaria militar institucional venezolana), el Ejército Nacional sirvió de sostén de los tres primeros gobiernos del positivismo venezolano, que vio la luz en las primeras cuatro décadas del siglo XX en Venezuela. El glorioso Ejército Nacional, “heredero de las glorias épicas de la Patria Bolivariana”, encaminó al país hacia la modernidad, siendo dotado entonces de cierto poder arbitral sobre la vida política de la nación venezolana.

Pero, paradójicamente, fueron los civiles venezolanos (tanto la llamada civilidad radical democrática como la civilidad democrática conciliadora), los que confirieron al Ejército Nacional su papel de “actor de primer orden en la vida política nacional”, en lugar de su mera condición arbitral. Los civiles siempre convocaron a los militares para “obrar contra el orden viciado”, bajo el pretexto inexcusable de cumplir “su sagrado deber para con la Patria”. Y estando en el usufructo del poder, trataron de dividirlos o utilizarlos como si se tratara de eunucos intelectuales o brutos congénitos por aquello de haberse convertido en militares de profesión. Sobre las bayonetas de los soldados se han sostenido, en nuestra historia política nacional contemporánea, todos nuestros gobiernos. “Héroes y villanos”, alternativamente, han sido en los últimos 80 años.

Y cada vez que los han convocado, tienen plena certeza de su llegada pero su partida, más temprano que tarde, se torna en constante incertidumbre, pregunta obligante de imperiosa respuesta. De la misma consistencia moral que nos caracteriza a todos los venezolanos (nuestros militares no vienen de Marte), pero dotados del libérrimo arbitrio, así como del poder legítimo, derivados ambos de la posesión indiscutible del máximo poder de fuego, así como de la posibilidad de decidir, sin perjuicio de ninguna especie, sobre la vida y a muerte de cualquier cristiano en nuestros predios nacionales, son presas fáciles de la concusión, el cohecho y el inefable tráfico de influencias, cayendo aún más estrepitosamente que los civiles en la procelosa corriente del billete fácil. Eso también lo sabe Maduro; de hecho, son ellos los que, de alguna u otra forma, lo han puesto allí, porque fue uno de ellos, contimás líder carismático dominador, quien así lo dispusiese. A ellos parte y reparte, a saco lleno, la riqueza hoy día nada fácil, producto de la escasa comercialización del también escasamente disponible aceite negro.

De forma y manera que una sociedad cómplice o al menos buena parte de ella, un venezolano común indiferente a su suerte y una Fuerza Armada al servicio de sus intereses pecuniarios, profesionales y  técnicos “como garantes del orden interno” sostienen como pilares de piedra al gobierno de Nicolás Maduro Moros, Primer Mandatario Nacional quien, además, se reelegirá en los últimos comicios donde los venezolanos que concurran a las urnas (las electorales, porque a las funerarias ya concurrieron 135 jóvenes venezolanos sin que terminase ocurriendo absolutamente nada), culminarán ejerciendo, por última vez en nuestra historia política nacional, su derecho al voto “libre, universal, directo y secreto”, derecho político que no albergamos duda alguna, desaparecerá con la aprobación por parte de la Asamblea Nacional Constituyente, de su nuevo corpus constitucional de redacción estrictamente antillana, con aires de habanera sumisión. No hay manera: mediocritas lex, dura  lex…




4 de marzo de 2018

LA IMPRONTA POLÍTICA: auge, caída y olvido… (alegoría histórica para muchachos no tan muchachos)

En una nación dominada por eso que el escritor Gabriel García Márquez llamaba “realismo mágico”, podemos llegar a esbozar la idea de una suerte de número cabalístico en tanto los líderes que la han llevado como pasajera en sus carretas, algunas ruidosas y tumultuarias, otras bajo ataque y, finalmente, en unas tan derruidas, que apenas pudieron lidiar con los guijarros de caminos pedregosos.

Sí, ciertamente, se trata de mi Venezuela querida, a quien se me antoja imaginar como una morena bellísima, de curvilíneas formas, con ojos lánguidos y lágrimas secas de tanta decepción. Sentada en el borde de la puerta trasera, descalza y pobre, balanceando descuidada sus pies, al son de la marcha del rústico vehículo, sujeta además a las letanías del “amanecido” que la va llevando, promesas al viento por un futuro mejor; realidad que se troca en amargura por no lograrlo nunca. Allá va, dócil, lista para ser tomada por otro soñador, aventurero o loco de atar, quien se inicia con buenas intenciones y no tarda, transcurrido el tiempo, en maltratarla una vez logrados “sus favores”, para luego dejarla cuando la carreta desvencijada por el mal uso, reclama se apeen sus pasajeros y el carretero, muerto, ido o asesinado, los ha dejado allí a la espera de otro, con otra carreta y otros “cantos”. Ella es la sirena a quien engañan con sus cantos los carreteros, al contrario de la mar dónde es  la sirena quien engaña a los marinos con sus cuitas; y allí se monta, esperanzada, creyéndose el cuento…

Siete han sido esos “carreteros” y siete “sus carretas” de promesas. Simón Bolívar, José Páez, Antonio Guzmán, Cipriano Castro, Juan Gómez, Rómulo Betancourt y Hugo Chávez. Nombrados así sin tanta pompa, tienen realmente nombres simples, más allá de sus improntas. Deliberadamente les he nominado como podrían haberse llamado de ser carreteros de verdad y no los líderes carismáticos dominadores que llevaron a su nación al través de sus accidentadas vidas. Fueron ellos, sus ideas, su discurso político, sus ejecutorias y acciones, los que construyeron las vidas de esas “morenazas” que hoy siguen contemplando la llegada de otro “salvador engalanado”. No son ellas las que se buscan una vida: esperan confiadas a que se las construyan los viandantes, especialmente si llevan carretas y, porque no, automóviles.

En 1826, el señor General Simón Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar, Palacios y Ponte vive uno de sus mejores momentos. Es el líder carismático dominador de un movimiento que ha liberado del imperio español al entonces Virreinato de la Nueva Granada y a la Capitanía General de Venezuela. Pero da, acaso, un primer mal paso político: se empeña en convertir a Venezuela en provincia de una nueva nación que propone, bautizándola como Colombia y cuya capital debe ser, por aquello de la impronta virreinal, Santa Fe de Bogotá. Craso error, a nuestro muy humilde modo de ver; persuadido de su poder, de su ascendiente militar y de sus indiscutibles triunfos, trata de “imponer” su visión, esto es, “su rumbo a la carreta”, no dejando a la morena otro camino que embarcarse con él en la aventura.

No podía pretender el Libertador, como ya se le conocía, imponerle a una parte de la gente que había dejado el pellejo en un campo de batalla, algunos por la gloria que conceden las armas; otros por las prebendas que esperasen; aquellos, los olvidados, que aguardasen como aves de rapiña, una parte del botín que los sacara de la pobreza, su completa sumisión a una capital lejana, tal cual ocurriese en los tiempos de dominio del Imperio Español. Para cuando termina 1830, cuatro años más tarde, luego de haber liberado tres naciones más, intentado la aprobación de una nueva Constitución e incluso haberse proclamado dictador, el hombre cuya gloria fuese inmarcesible, la misma que crecería “como crecen las sombras cuando el sol declina” ha sido extrañado de su propia tierra y en la mayor miseria, se presenta ante la inevitable parca con camisón y cama prestados, abandonado a su suerte por todo aquel que un día le jurase “lealtad eterna”. Suerte de auge y caída; su carreta desvencijada por la ida tras caminos accidentados y ríos de cursos procelosos, yace a la vera del camino; a su lado, una bella morena con rebozo y magro saco de pertenencias, espera sentada la llegada de otra carreta y otro carretero.

A grupa de brioso corcel llega, atrabiliario y retador, sable en mano, arrogante y displicente, seguido por su gloria guerrera, con su carreta siguiéndolo, guiado además por llaneros mal encarados, de lanza y cuero curtido, otro hombre de charreteras bruñidas: José Antonio Páez Herrera, el Centauro de los Llanos. Y la muchacha se avienta a sus brazos y es llevada en volandas a su carreta. Vive años de gloria y lujuria; se entrega con pasión a la impronta del héroe; lo adora y, no contadas veces, lo idolatra. A pesar del plomo que a veces recibe, Páez lleva su carreta con acierto. Hasta que se acostumbra a tomar a la muchacha, cuando y como le viene en gana. Cuando han transcurrido por lo menos cuatro lustros, a Páez ya no lo quieren. Y la muchacha comienza despreciarlo. Para cuando frisa una edad avanzada, Páez transita a lomo de burro, llevado por sus captores, con humilde y gastado sombrero de fieltro amarillo, recibiendo cascotes de naranjas cual humillantes proyectiles y en lugar de vítores, insultos de variada índole de la misma gente que un día se rasgase las vestiduras por su honra. Al lado de los restos de su carreta, una muchacha que ya no lo es tanto, espera un “nuevo mesías”.

Levanta mucho polvo un tropel incontenible de locos enardecidos, guiados al frente por otro amanecido; tras él marchan los eternos oportunistas; no llevan carretas, solo sus famélicas cabalgaduras. Vienen gritando venganza y reclaman “tierra y hombres libres”. Sí, en efecto, se trata de los mientan “los liberales”. Vienen con ellos años de sufrimiento para la muchachona; todos la toman y termina con sus ropas raídas, golpeada y humillada. Hasta que un día, un hombre que parece culto (de hecho lo es y mucho) contrariamente a aquellos salvajes que sin fórmula de beso, toman lo que es suyo, subiéndose los calzones con la misma rapidez que consuman el acto, se allega hasta ella y le promete las bondades del romanticismo francés.

Y la mujer se sube a su calesa. La viste de sedas, brocados y gobelinos franceses. La hace llamar “ilustrada” cuando no lo es, acaso porque, a este nuevo carretero, lo nombran sus acólitos así: “El ilustre Americano”. Antonio de la Santísima Trinidad y María Guzmán Blanco, de tupida barba  y también General, se propone conducir a la carreta por derroteros de siembra provechosa, caminos pavimentados y palacetes de blanco mármol de Carrara. A estas alturas, Bolívar ha sido elevado a un sueño y Páez es apenas mal recuerdo. Uno es “Padre la Patria” y el otro “Padre de la Oligarquía”, pero en la práctica son apenas eso: meros recuerdos…

Transita la muchacha con Guzmán momentos de gloria; de auge. Guzmán la toma como quiere y cuando quiere. Está con ella siete años, luego la abandona. Más tarde son cinco y se va. Luego un día se aparece y lo aclaman, pero él ya no tiene ganas. Se ha enamorado de La Francia y sus encantos. La carreta anda a medias; demasiados carreteros la han llevado por comisión del propio Guzmán. Francisco Linares, quien muere en el intento; Juan Rojas, quien trata de robársela con todo y morena; Raimundo Andueza, quien se hace el loco y pretende birlarle vehículo y dama, prometiéndole villas y castillos. Y por último y esta vez por cuenta del propio Guzmán, un recio llanero de armas tomar: Joaquín Crespo.

Guzmán no vuelve un día. Se queda con la sofisticación de su francesa de tiempos del Segundo Imperio. Y muere sorprendido una mañana por quien no cree nunca se le allegará: la misma parca que se llevara a Bolívar y a Páez. Un lacónico “perdón” es su última palabra. La muchacha abandonada y perdida, se levanta otra tarde de juerga sin control, creyendo que aquella postrera despedida es con ella. Siempre anduvo soñando…

Crespo la monta con pasión una tarde calenturienta de verano y mientras se acomoda los blancos calzones de dril, se arrequinta su sombrero alón, se pone su cobija de pelo de azul intenso y tomando su revólver niquelado, le promete regresar pronto. En su caballo árabe de gran alzada, sale aquel hombrón que es Crespo a batir a sus enemigos allá en la llanura que mientan “La Mata Carmelera”. Se pone al frente de su mesnada famélica a combatir a unos “enemigos” famélicos por igual. Blanco fácil resulta aquella rutilante presencia entre tanto gris y marrón, de polvo y miseria. Cae ruidosa su ampulosa y elegante humanidad, luego de que un certero balazo le destroza el pecho. Se fue Crespo y con él “la Crespera”. Ya puede ponerse el pelo lizo a quien no le guste “crespo”…

Una vez más, Venezuela queda inerme, si es que alguna vez no lo ha estado. Al pie de la ensangrentada carreta que dejara Crespo, vuelve a esperar, con sus viejos vestidos franceses raídos por el uso y el abuso, calzado un pie y otro no. Sin arrestos de dama ilustrada y perdida en el camino, como parece haberlo estado desde que se montase con el primer carretero. Esta vez la acompaña una niña que ha parido al descampado y con ayuda de una comadrona; la ha visto crecer entre arrieros, aventureros y sinvergüenzas de cuello con corbatas. De militares, la muchachita ha visto todos los grados y escuchado todos los cuentos. Esta Venezuela ya vieja y cansada, recibe un día una carreta que viene de lejos. La lleva uno que se hace llamar Cipriano Castro y también viene con aires de Revolución, con su respectiva titulación de General. Castro la toma sin miramientos. La asalta, la hace suya en presencia de su compadre Juan, quien se limita a contemplar.

Castro le promete que será un nuevo hombre, quien, además, procederá de buenas maneras. La vieja Venezuela está en trance de muerte, la hija, ya adolescente, ha heredado por desgracia las costumbres de la madre: cree y es querendona sin condiciones. A Castro que le gustan las muchachitas, hace caso omiso de los ruegos de la madre. Una noche se hace de su virginidad, la misma oportunidad nocturnal en que la madre, Venezuela liberal, muere entre estertores agónicos. Sin embargo Castro se empeña en “honrarla” y llama a esta muchacha que la noche anterior ha tomado con lascivia: Venezuela Liberal Restauradora.
Son casi 10 años en los que la muchacha, heredera de la misma figura curvilínea de la madre, ha sido llevada por Castro en su carreta. Lo han detenido en el camino; se ha fajado a tiros con los que intentan asaltarlo; ha desafiado a sus poderosos enemigos europeos, más fuertes y mejor armados que él; y los ha vencido a todos, pero, especialmente, gracias a su aliado, socio y compadre leal: Don Juan.

Pero Castro es díscolo y de bragueta libérrima, terminando esta práctica por perderlo. Se enferma y abandona a su Venezuela Liberal Restauradora. El 19 de diciembre de 1908, el compadre leal, palurdo y aparentemente dócil, le coge el maíz volteado por la orilla. Se le mete a la cama a la muchacha una fría madrugada y la toma con firmeza. Ahora carreta y muchacha le pertenecen. Castro termina languideciendo en Puerto Rico, tierra para entonces lejana. No lo quiere ni Venezuela, quien ha cambiado de dueño y menos sus enemigos por fuera. Gómez le hace cambiar el nombre: ahora es Venezuela, la Rehabilitadora. Bolívar ha trascendido la realidad; Páez ocupa un sitial en el panteón de los héroes; y de Linares, Rojas, Andueza y Crespo, ya nadie quiere oír hablar, al fin y al cabo, son apenas carreteros menores.

Una nueva carreta y un nuevo dueño, quien, dicho sea de paso, no duerme mucho con ella. Se limita a cuidarla y sacarle provecho mientras pueda. Pero él nuevo dueño, General también, la encadena; no la deja expresarse. La toma en silencio como si fuera un frío íncubo; pero eso sí: la alimenta y se preocupa por su prole. Tiene una hija irreductible a quien le han puesto Venezuela también, pero ella, clandestina, se hace llamar Democracia. Gómez es duro con esta muchacha pero ni el cuero, ni la cadena, logran domeñarla. Cinco lustros y par, corren; Gómez muere en paz en su cama. Carreta intacta, se le ha dotado de nuevos aditamentos, gracias a la ingente nueva riqueza que provee el lucrativo negocio del aceite negro. Ya no es carreta, es rutilante automóvil. Democracia se reúne en secreto con sus seguidores; ella no quiere vivir más el humillante cautiverio de la madre y de la abuela. Furtivamente se hace tomar por jóvenes luchadores; ella no tiene dueños, antes por el contrario: ella es su propia dueña.

Rómulo Betancourt la conoce ya mujer. Ha tratado de conducir su propio automóvil y está harta de gamonales de uniforme, chopo y machete. Quiere ser libre. El negro de Guatire la convence que puede serlo y el propio amante es él. La toma revolucionario entre versos de Neruda y retórica republicana que viaja de un marxismo de tierra caliente a una social democracia peruana naciente. “Le mete chola” al automóvil y va con ella, vestida alegremente de blanco y sin corpiño, luciendo sus hermosos atributos sin ambages. Rómulo la hace sentir libre, le ha permitido decidir su propio destino y le promete un futuro mejor, del que ella puede palpar tangiblemente algunos logros. Pero los que andan con Rómulo (y él mismo por arrogancia juvenil) meten la pata. Y un día voltean el carro. Democracia queda mal y muere. Deja una hija que apenas frisa los cinco años. La llaman, al principio, igual que las abuelas pero, huérfana, queda bajo la tutela de quienes siempre han mandado a las Venezuelas que la precedieron: los militares.

Por paradoja, Libertad le han puesto a la niña. Dicen que es hija de Rómulo, pero no se sabe. Diez años pasa la niña bajo tutela militar y no le va para nada mal. Pero cada vez que abre la boca, algún gendarme de guardia le recuerda la trágica muerte de la madre, a manos del loco del negro Betancourt, el mismo “comunista miserable” que descarrilara el carro.

A Libertad le celebran sus quince años,  en el Salón que lleva el nombre de su abuela, al son de la orquesta Billo`s Caracas Boys, llevada del brazo por su padrino el General Marcos Pérez Jiménez. Es por todo lo alto. Sus amiguitas del Country están allí, pero no las muchachas más pobres. Ella no pregunta; como siempre se limita a disfrutar y callar. Su padrino es el hombre del momento. Lo ensalzan hasta en las publicaciones del exterior. Todos parecen estar pasándola de maravilla y la plata corre a raudales por las recién inauguradas calles de Caracas. Nada parece presagiar lo que vendrá.

Para cuando Libertad se apresta a recibir su grado de bachiller, la cosa no pinta bien. El carro rojo nuevecito que le regaló su padrino, un MG último modelo, se lo obliga a guardar. Le prohíbe inscribirse en la Universidad Central de Venezuela y la encierra en la casa de su tío Juan en el Country Club. Ese año la cosa luce fea. Una madrugada, Libertad es despertada por un tumulto. Su padrino la dejó y se fue. Su tío Juan se fue de la casa. Entre temerosa y sorprendida, encuentra los portones abiertos. Es el 23 de enero de 1958. Corre hacia las avenidas y allí se encuentra con un hombre humilde quien, al reconocerla, le grita, voz en cuello: “¡¡¡Buenos días, Libertad!!!” Y allí se queda la muchacha, la hija de Democracia, nieta de la Rehabilitadora y la Restauradora, petrificada, ausente, temerosa y, como siempre, esperando.


Bolívar es una gloriosa borrosidad; Páez, el ejemplo del coraje guerrero; Guzmán, epítome decimonónico del civilizador, con la astucia de un truhan; Castro y Gómez, las últimas figuras de la historia política tumultuaria, que logra tras la paz por la vía de los sepulcros, el orden y el progreso. Atrás quedaron sus carretas, sus cuitas y sus dolores; sus proclamas y sus órdenes; sus ergástulas y sus muertos. Todos vivieron sus auges y sus caídas pero al fin terminaron siendo eso: apenas recuerdos. El tiempo los convertirá en olvido o, en el mejor de los casos, rememoraciones de ocasión. Y Venezuela continuará su vida, porque todos al fin pasaron con sus carretas y automóviles. Y los de hoy  con sus camionetas importadas,  sus espalderos mal encarados, a bordo de motos de alta cilindrada, junto a sus arrogantes seguidores en la adulancia, también, inexorablemente: también pasarán…

24 de febrero de 2018

LA IMPRONTA DE LA POBREZA

Los venezolanos siempre hemos sido de origen humilde, en el tracto temporal de un “siempre” que podríamos hacer comenzar (por aquello de las “periodizaciones ineluctables”) desde el inicio de nuestra historia republicana, esto es, de la República de Venezuela, en el año del Señor de 1830. Ese afán por remontarnos a glorias familiares pasadas, donde la riqueza y el poder orlaron a nuestros antepasados, son la mayoría de las veces “cuentos de camino” o exageraciones propias de quienes se amarran obsesivamente a la existencia pasada de “tiempos mejores”, acaso vanos espejismos, fruto más de una narrativa familiar amarrada al realismo mágico propio de nuestro gentilicio, que una “historia familiar” comprobable empíricamente.

Y sí, ciertamente, aunque algunas de nuestras familias venezolanas hayan tenido en su impronta ricos terratenientes, importantes generales o almirantes, tribunos de impecable palabra, juristas, médicos o emprendedores de brillante trayectoria, es prueba irrefragable de su origen un campo vetusto, la espléndida llanura criolla, la huerta andina o, tal vez, la pensión (casa de vecindad), la humilde morada y el plato breve al momento del condumio, en especial en tiempos de libros y trasnochos.

Si se hizo parte o se hace parte de alguna “oligarquía histórica” (reitero una vez más en el sentido aristotélico del concepto), nacida como todas las nuestras al abrigo de un gamonal, su mesnada o un partido y su líder, todas pasan o desaparecen inexorablemente cuando el sistema político que les da origen, trasciende su umbral de inestabilidad, dando nacimiento a un nuevo líder, un nuevo grupo y un nuevo sistema.

En Venezuela (y damos gracias a la Providencia), las oligarquías no son históricas y tampoco devienen en aristocracias. Hablar de “apellidotes” como lo hacía el Presidente Hugo Chávez cada vez que le pegaban las “ventoleras del resentimiento” es, lo menos, absurdo. Ninguno de esos apellidos sobrevive hoy día. Acaso lo hagan provistos del camuflaje que les proporciona algún patronímico tan sencillo como “Pérez o Rodríguez o Gonzálezo o Silva”, obligando a quien, amarrado a la estupidez social de un tiempo ido, insiste en hacerlo “sonar” por propia satisfacción. “Pérez Rendiles”, “Noguera Pietri”, “González Boulton”, “Silva Sucre” son algunas de esas combinaciones que parecen vestir aquellos otrora sonoros apellidos de su tiempo, con los sencillos ropajes (en ocasiones harapos) de apellidos posiblemente más comunes  y corrientes que la suela gastada en el  zapato del sempiterno viandante.

No hay, no hubo (ya lo dijimos pero insistimos que esperamos en Dios que no las haya nunca) aristocracias. Y si se habla de un tiempo mejor, se hace atado al privilegio que otorgó la prebenda del gamonal o la conchupancia, directa o indirecta, con el grupo en el poder, quienes, cada quien a su turno, dilapidaron (y aún dilapidan) la riqueza de la República, creación política que, por cierto, termina casi siempre yaciendo exánime en el suelo de la ignominia, con los ojos vacíos y sin vida, siendo lo más deleznable: “en nombre del bien común”.

De modo que para aquellos compatriotas o para quienes alguna vez se allegaron a estas tierras venezolanas y echaron raíces en el pasado como Jean Fleury o John Boulton, el uno aventurero y contrabandista francés, el otro capitán de un barco dedicado a los mismos fines, cuyos descendientes “convenientemente” se fueron columpiando de “oligarquía en oligarquía” y de “gamonal en gamonal” para luego hacerlo de “Presidente en Presidente”, hasta que “no hubo más de dónde agarrarse o terminaron pelando el gajo”, me permito recordarles que todos, absolutamente todos, los más “prístinamente blancos europeos” y los que menos, tenemos un obrero, un aventurero o un campesino; una madre abandonada y sola; un negro esclavo; un pata en el suelo; una india y su indio encomendado; un portugués o un italiano o un español en la mayor pobreza, con sus maletas diestramente amarradas con cabuyas, mirando perplejos la magnificencia del Ávila por primera vez; un judío o un árabe, ya sin lágrimas para llorar, con una moneda en el único bolsillo sano de su raído paltó, jugando distraídamente con el ala del sombrero, mientras soñaba vencer las olas del puerto de La Guaira; un pescador sin camisa, con “viejo calzón de playa” de color indefinible; una madre pegada a un fogón o una máquina de coser o ambos, rindiendo como pudiera los pocos centavos disponibles, mientras el marido hubiese de languidecer preso en alguna ergástula, cumpliendo, sin sentencia, una pena sin término, por el único delito de consagrarse a la lucha por un mundo mejor; todos, absolutamente todos, tenemos esos “ancestros” y fueron ellos los que construyeron nuestros pasados y los “pasados ilustres” quienes así los hubiesen logrado.

No hay palacio o castillo que no tenga en nuestra tierra su doblez o su historia de auge y caída, atada a un General, un Presidente o un partido. No pareciera existir en nuestra Patria una riqueza familiar que pueda exhibirse impoluta, sin una “conexión oportuna” o un “soborno conveniente”, padrinazgo poderoso mediante. Toda nuestra impronta histórica es plétora de esas ocurrencias, mismas que, paradoja, son descubiertas cuando una vez “caído el árbol”  los “nuevos leñadores” (especialmente los aspirantes a “nuevos oligarcas”), intentan trocarlo en útil leña. Probablemente hoy ocurra algo ligeramente diferente; sin haberse desplomado aun “el árbol”, siendo tan vulgar la apropiación pública indebida, la dentina a podredumbre es tan grande que obliga a los propios conchupantes de su “savia nutritiva” a montar el sainete de la “acusación y la persecución de sus propios culpables” utilizando como fondo el  “rojo telón” de la “moral socialista revolucionaria”.

La pobreza nos precede y hoy, para todos, con la única excepción de los “conchupantes rojos” y  sus socios de oportunidad (como pareciera inmanente a nuestro metabolismo histórico, político y social) nos vemos sujetos al terror que infunde el fantasma de la miseria. Decía el General Perú de la Croix en alguna parte de la carta que a veces suele escribir todo aquel que decide optar a la muerte por propia mano, “me suicido para escapar de la peor de las tiranías: la pobreza”. Sin embargo, quienes en la pobreza nos precedieron, como ancestros, aguantaron con hidalguía los avatares de aquella tiranía y la vencieron con el tiempo o, al menos, le sobrevivieron para beneplácito de todos nosotros. Prudencia, resistencia y buen juicio demandan estos tiempos, así como humildad para reconocer quienes somos y de dónde venimos. Recordemos a ese grande poeta español Antonio Machado: “Caminante no hay camino: se hace camino al andar…”





17 de septiembre de 2017

Del “Partido del Pueblo” al “Partido de Ramos”: 76 años de avatares políticos…

Con esta construcción gramatical que no sé si definir como conjunto ilocucionario de actos de habla o como título, inicio estas letras en homenaje al  partido Acción Democrática. Aunque todo homenaje es por naturaleza exegético, no es sin embargo esa nuestra intención. Siento decepcionar a quienes así lo esperan, pero un partido político dista con mucho de esa clase de organizaciones humanas que se prestan para líneas desprovistas de críticas, algunas amargas, contimás si le tocó ejercer el poder político de una nación. Sin embargo, “la tolda blanca”, “el partido adeco”, “la casa de Rómulo Betancourt”, el sitio donde se hicieron, vivieron y murieron “aquellos los hombres de Acción Democrática”, es, con mucho, el partido político más grande e importante en la vida política nacional de la Venezuela del siglo XX, el siglo en el cual vio la luz por vez primera, el partido político venezolano, con vida, organización y acción propia.

Acción Democrática y su génesis partidaria expresada en el PDN (el Partido Democrático Nacional), fue la primera expresión política organizativa nacional con expresa vocación de poder. Así lo manifestó en más de una ocasión y durante sus prolegómenos, su líder fundador (y sin duda creador) Rómulo Ernesto Betancourt Bello. “Acción Democrática tiene voluntad de mandar”; “Somos un partido con vocación de poder”; “Acción Democrática quería gobernar”, son algunos de los actos de habla expresados por Betancourt en su discurso político que, “plétora de ritornelos” como el mismo los calificara, expresa el líder político entre 1941 y 1944, reiterándolo el 17 de octubre de 1945, cuando en aquel mitin del Nuevo Circo, insiste, “AD va a ser gobierno…”. Y concluye siendo realidad inconfutable; el 19 de octubre de 1945, cuando la rebelión militar triunfa, al formar su “Junta Revolucionaria de Gobierno”, nombra como su presidente a Rómulo y van a ese organismo colegiado, los doctores Gonzalo Barrios Bustillos, Luis Beltrán Prieto Figueroa y Raúl Leoni Otero, miembros de la dirección nacional de AD. Hasta la mañana del 18, los militantes de base desconocen del acuerdo Betancourt- Unión Militar Patriótica. El propio presidente de AD, Rómulo Gallegos, desconoce del trato y es informado cuando los fuegos se han abierto en la Escuela Militar. Es una de las tantas decisiones que el máximo líder tomará por propia cuenta y riesgo. De todas formas, el partido es él y lo llevará hasta donde pueda, merced de su voluntad.

Así nace y se consolida, en apenas cuatro años, el que será, de ahí en adelante, “el partido del pueblo”. El partido de los “negros empigorotados” como los llamará con despectivo arresto el líder ultramontano de COPEI, Rodolfo José Cárdenas. De mucho “liqui-liqui” y “obreros que se creen empresarios”, ratificará el mismo Cárdenas, a título de insulto, no reparando en que esa será siempre la fortaleza de AD. Con independencia de que sus primeros tres años de ejercicio de poder se convierten en práctica hegemónica y de uso (y abuso) de la violencia política como forma “legítima” de acción contra el contrario, caracterizados además por una gestión pública plagada de una corrupción galopante, aunada al más vulgar de los tráficos de influencias, defectos de los cuáles Betancourt ha venido afirmando en su discurso se trata de “vicios inextricablemente unidos” al adversario derrocado, es gracias a AD que el trabajo se hace derecho constitucional; la mujer, el analfabeto, el negro, el indio y todos los preteridos hasta ese momento, adquieren el derecho al voto directo, universal y secreto para elegir al Primer Magistrado Nacional y los representantes al Congreso Nacional.

Es durante ese trienio (1945-1948) que se elaboran sendos planes de viviendas y de vialidad, así como se afinan las previsiones legales que conceden al país un disfrute mayor sobre la riqueza petrolera, que, por paradoja, ya se habían iniciado durante el gobierno del General Isaías Medina Angarita, con la sanción en el Congreso Nacional de la llamada Reforma Petrolera de 1943. Es también el período donde no existen en el país organizaciones políticas proscritas y el derecho a la asociación sindical y la expansión de las organizaciones que de su ejercicio se deriva, se hace amplia, extensiva e intensiva, llegando, en el caso de los partidos políticos, a desarrollarse una pugna interpartidaria tan agraz, que el propio Betancourt  llega a calificarla como “una manera brutal de embestirse mutuamente”.

Pero el poder es una enfermedad y a resultas de sus dolencias, AD termina interpretándose así misma casi como una organización mafiosa. Se obliga al funcionariado público a ser militante del partido; se exige su membresía para todo e incluso en algunos cuarteles, dirigentes de AD hacen labor proselitista con el consecuente desagrado de los mandos militares. El clero tiene “curas de AD” y “curas contrarios a AD”; y los mítines de COPEI, el partido ultramontano que agrupa los sectores más conservadores de la sociedad venezolana, son objeto de sabotaje por parte de bandas armadas de AD. El Dr. Rafael Caldera Rodríguez, el máximo líder de COPEI, es víctima de varias acciones violentas que terminan por hacerlo renunciar a la Procuraduría General de la Nación, puesto para el cual el propio Betancourt había solicitado su concurso.

No obstante esa marea en contra, AD obtiene en las elecciones directas, universales y secretas hechas en el país por primera vez en su historia (1948) para elegir al Primer Magistrado Nacional, la nada de despreciable suma de más de 800.000 votos, pero no repara en que, apenas el año anterior, había obtenido casi un millón al momento de elegir a los diputados a la Asamblea Nacional Constituyente. El apoyo popular decae, pero en la arrogancia que solo produce la ceguera del poder, AD continúa con sus prácticas sectarias, no obstante ser el Presidente de la República acaso uno de los hombres más respetados del mundo de habla hispana, el maestro, escritor, novelista y cuentista Don Rómulo Gallegos Freyre. Pero que hacer: así es el poder.

El 24 de noviembre de 1948, el primer Presidente electo, reiteramos, por vía directa, universal y secreta del país, se convierte también en el primer mandatario de su tiempo, derrocado por un golpe militar (Medina habría renunciado y, años más tarde, Pérez Jiménez habrá de abandonar el cargo al huir abiertamente), preso posteriormente y expulsado del país. Identifica el maestro Gallegos en quienes lo derrocan, a las fuerzas más conservadoras de la sociedad venezolana, quienes temerosas de las reformas que AD había introducido por vía democrática, vieran en peligro su antañón mundo de privilegios y reparto inmoral de la riqueza nacional. Olvida el ofendido literato que AD se ha estado defecando sobre todos y todas, privilegiando a sus “amistades próximas y simpatizantes incuestionables”, tratando de sustituir a una oligarquía defenestrada por una neo-oligarquía "sin abolengo y raíz", algo imperdonable en la dinámica social venezolana, una suerte de metabolismo ínsito a nuestra forma de percibir la realidad, que parece seguir viva hoy día.

Y así comienza el “vía crucis” de una aguerrida militancia de base quien, con un contado número de valientes dirigentes de AD, permanecen en el país para hacerle resistencia al gobierno militar. Leonardo Ruíz Pineda, Luis Hurtado Higuera, Alberto Pinto Salinas, Luis Tovar, Simón Sáez Mérida, Carlos Andrés Pérez Rodríguez, son algunos de los miembros de la dirigencia que hacen resistencia, incluso armada, contra el gobierno militar que se instala, luego de derrocado el maestro Gallegos. Luis y Alberto mueren en prisión o bajo el signo del secuestro, anónimamente, en medio del oprobio y el rigor de la tortura, pero en silencio estoico. Leonardo es muerto en la calle de un tiro en la cabeza, cuando intenta burlar, con identidad falsa, a sus perseguidores. El otro Luis y Simón son presos, torturados, perseguidos y hostigados, pero no cejan en su lucha. Es el AD clandestino, luchador y tenaz. El AD que junto al PCV, se gana el honor se ser llamado por los capitostes de la ergástula, el rin y la panela de hielo: ADECO. Es una contracción gramatical que como sustantivo adjetivado, sirve al propósito de identificar tanto al militante de AD como aquel del Partido Comunista de Venezuela, que hacen resistencia activa al gobierno militar. Luego de 1953, el gobierno de facto se convierte en “Constitucional” gracias a una Asamblea Nacional Constituyente, amañada electoralmente y reunida gracias a la persuasiva gestión de “Mr. Máuser” y su hermana “ la señora Gran Potencia”. Cuando la familia de acero empavonado no logra su propósito, ese “gran compañero que es don dinero” actúa como convincente interlocutor. Acaso Gianbattista Vico tendría razón, digo yo, por aquello de las Asambleas Nacionales Constituyentes amañadas…

En 1956 AD está postrada. Sus mejores cuadros, sus militantes más combativos, sus escondites, sus correos, toda su estructura ha sido muerta, destruida o disuelta a fuer de tortura, prisión o asesinato. Los reales, mi hermano, los reales son la ocupación nacional y el detritus del diablo, el fructuoso aceite negro, corre a raudales por las calles de las principales ciudades nacionales, pero en particular en Caracas; lo hace convertido en petrodólares para realizar obras rutilantes,  adquirir automóviles de último modelo; hacerse de pieles de visón,  vestidos de satén y abrigos de armiño. A quien le importa la democracia, a quien le importa AD: aquí el negocio es la danza de la fortuna y como meterse en ella. Como solía decir José Ignacio Cabrujas: “todos éramos perezjimenistas sin saberlo”.

Pero como son todas las cosas en esta tierra de gracia, 1957 llega con una crisis económica. La rutilancia deja de existir. La burguesía sigue bailando, pero se siente que los reales, ya no, ya como que no corren con el borbotón de la corriente procelosa. Pérez Jiménez no paga las deudas. Se cogen los reales hasta los porteros y el país un día ejemplo de la región, empieza a acusar estertores de enfermedad mortal. Por añadidura, se empiezan a caer “las espadas de la confederación suramericana” y asume la primera magistratura del gran socio del norte, un presidente a quienes no gustan ciertos gobiernos militares. Y Pérez Jiménez, ser menor y por eso jamás inmune a la enfermedad del poder, desafía a los americanos recibiendo a Juan Domingo Perón en estas tierras, como si se tratara de un rey defenestrado: con alfombra roja, séquito y arrestos de magistrado victimado.

Inadmisible; el Ford de Michelena, Constantino de las cumbres andinas, pierde el apoyo de “Mr. Danger”; de la burguesía que ha ayudado a construir; de amplios sectores de las Fuerzas Armadas que él con su esfuerzo de viejo soldado, ha logrado modernizar y hacer subir sobre todas las escalas y remilgos sociales, hasta convertirla en casta propia y cerrada, además de parte de ella en guardia pretoriana personal. Finalmente, en el último estertor que provoca la arrogancia del poder, se birla las elecciones y las hace trocar por un plebiscito. Y el 23 de enero de 1958, luego de un par de asonadas fallidas y un mar de protestas populares, decide irse de madrugada, por aquello de que “pescuezo no retoña”.

“¡Buenos días, libertad!” rezan los titulares de la prensa escrita. Gritan las calles en júbilo extraño: hasta ayer esta misma gente desfilaba disciplinadamente, dando vítores al General, en las festividades de la Semana de la Patria. Acaso sea esa extraña condición inmanente a la venezolanidad cada vez que cae un gobierno. Todos se abalanzan a hacer leña del árbol caído y todos recuerdan con “lágrimas en los ojos” a “los caídos en la lucha”. Una actitud equivalente tuvieron los venezolanos de entonces con Bolívar expulsado de Venezuela, cubriéndolo de humillantes cáscaras de naranjas en su camino al exilio; otro tanto los que vieron desfilar a Páez a lomo de burro, con burda cobija de pelo, azul y roja, sombrero de fieltro amarillo, avejentado y derrotado. Guzmán no les dio chance: murió en Francia. Gómez menos: murió en sana paz en su cama, cadena, tortol y espía, velándole el sueño eterno, tal cual lo hicieran en vida. Aquí, en Venezuela, malo, astuto y nunca descuidado: el poder no perdona displicencias.

El 2 de diciembre de 1958, AD, Rómulo mediante y por una segunda vez, se hace gobierno de nuevo. Pero Rómulo trae otra agenda; una que viene preparando desde 1956, año en el que termina su obra orgánica más completa “Venezuela, política y petróleo”. Ya no es el Negro Betancourt, osado, in-pensante y atrabiliario epidérmico. Este es un Betancourt curtido en treinta años de lucha política, en un país caribe. Sigue siendo osado y atrabiliario pero hoy más que nunca pensante. Al enemigo ni agua, como lo demostrará sin dobleces, pero hay que hacerse de socios poderosos en el contexto de una nueva forma de guerra entre hegemones mundiales. No se mete en pelea de tigres pero figura y se sabe poseedor de una riqueza estratégica que ha hecho su objeto de estudio por más de 32 años. Rómulo convierte a Acción Democrática, en el partido del pueblo; pero de lo que él mismo llama “el pueblo organizado” porque “el pueblo” así a secas, a lo “marxista de tierra caliente”, él mismo se encarga de propalarlo: “es una entelequia”.
  
Y “el pueblo organizado” lo está en sindicatos, federaciones, organizaciones estudiantiles, colegios profesionales, asociaciones civiles sin fines de lucro, organizaciones de padres y representantes, etc., etc., etc. Y AD, porque su líder fundamental así lo ha establecido más de una vez en sus discursos, “¡tiene vocación de dirigir!”. “Y allá vamos, nosotros los hombres de Acción Democrática” a los que en justa retribución de la mujer adeca que dejó los ovarios en la resistencia (verbi gracia la Dra. Serra de Carmona), se le unen ahora “nosotras las mujeres de Acción Democrática”  a la lucha política por la representación popular en todas su formas. Y para 1969, AD es el partido más grande de Venezuela, con más seccionales que ningún otro, que mide su correlación de fuerzas no por curules en un Congreso, ni por escaños edilicios en Consejos y Asambleas Legislativas, lo hace por sindicatos, federaciones, organizaciones gremiales y campesinas que controla directamente. Pero regresa a las antiguas prácticas o más bien a una práctica nacional sempiterna: el tráfico de influencias, la concusión y el cohecho. Ahora si no se es adeco, no se entra en la dirección de un sindicato; se es posible candidato a un consejo municipal, solo con el padrinazgo blanco; es imposible obtener limpiamente un contrato de bienes o servicios con el gobierno en cualquiera de sus instancias, sin pagar una comisión, que por cierto se cobra, en el colmo del descaro, en algunas seccionales del partido. Y cuando AD gana una elección, la seccional del partido, doquiera que esté, se transforma en lugar de negociado de puestos, contratos y prebendas.

Los copeyanos tratan de imitar a AD, pero existe una gran diferencia que, dicen los adecos, Andrés Eloy Blanco deja graficada en una estrofa lapidaria:

“Hay dos cosas imposibles,
siempre imposibles de ver:
mujer orinando en frasco
y negro inscrito en COPEI”


Los “adecos” han adquirido una forma de ser, de vestir, de conducirse que se transforma poco a poco en suerte de “enseña nacional”. La parla popular le arrequinta contenidos “pareces un adeco”, “tienes pinta de adeca”, “ese tipo que va ahí, segurito es un adeco”, “mi pana, salieron en la foto como los propios adecos”; y Rómulo Betancourt le descerraja el tiro de gracia a esa identidad, manifestando en un apasionado discurso ante su militancia “adeco es adeco hasta que se muere”. AD deja de ser un partido político para transformarse en una forma de “identidad nacional”  y no existe familia vernácula alguna (incluso las de los comunistas enemigos acérrimos y congénitos de los adecos, con más de una razón mortal de por medio), donde no haya por lo menos “un adeco”.

Quien termina al frente del todopoderoso CEN de AD, es una suerte procónsul al margen de todo gobierno y cuando Betancourt parte a su retiro merecido, otros se disputan esa suerte de “derecho de pernada”. Y así un día es de Carlos Andrés Pérez Rodríguez, antes ha sido de Luis Piñerúa Ordaz, quien deja por mampuesto a Luis Alfaro Ucero “calentando en el bull pen”. Cuando CAP cae en desgracia, Alfaro se apropia del partido y luego lo hacen los delfines de Alfaro. Un joven abogado de ascenso meteórico, muy ambicioso y merced de un suegro constructor (todo adeco moderno que se precie de serlo tiene su constructor particular, contimás si es diputado), está entre los tiburones de Alfaro o al menos parece serlo. Henry Ramos Allup, a quien algunos viejos adecos critican ese afán por parecerse a Rómulo Betancourt, en los ademanes y la construcción discursiva, terminará apropiándose del partido, expulsando raudo y veloz todo  cuanto vestigio de CAP y su mesnada, quede debajo de la tolda blanca. Los pondrá a buscar “pan, tierra y trabajo” porque allí: más nunca.
Pero el poder es una enfermedad. De tanto ser poder, AD se hace organización mafiosa. Se descuida; se troca en eficiente maquinaria electoral, pero descuida el principal deber de un partido: “catequizar por las buenas y con doctrina”. Lo hace de nuevo con billete o con la interposición de otros dos inefables socios americanos “Mr. Smith and Mr. Wesson”. Y, en el paroxismo de la vulgaridad, algunos de sus más conspicuos funcionarios exhiben su riqueza mal habida frente a una población que, en medio de una de las tantas crisis recurrentes de una economía débil y rentista, sufre de mengua (nunca claro  como hoy), pasando más trabajo que ratón en ferretería.

Y así llega 1998. Un nuevo líder carismático mesiánico, quien por añadidura le ha dado un golpe militar a CAP quien, caído en desgracia por delitos relacionados con el tráfico de influencias, la concusión y el cohecho (acaso no cometidos por él, sino por su ambiciosa secretaria aprovechando las bondades de la cama y los secretos de alcoba, para medrar), vive fuera del país en un auto-exilio forzado, triunfa electoralmente al frente de una “nueva promesa de justicia y progreso para todos”. Hugo Chávez Frías, el Comandante de una nueva Revolución que promete a raudales, en el país que nació en una; pasó todo el siglo XIX de brazo en brazo de otras y ha visto pasar una nueva en el siglo XX, en 1945, todas además fallidas para su “paz y progreso” aunque se disfrace esa paz de “orden con progreso”.

AD se disminuye, se atomiza, se fraccionaliza. Henry en su camino indetenible hacia el control absoluto, se consume y consume al “partido del pueblo” (o más bien lo que queda de él) para transformarlo en el “partido de Ramos”. Mientras, las seccionales van cerrando y el proyecto de Chávez avanzando, con un discurso que la gente más vieja no deja de asociarlo al discurso de Betancourt en tiempos del  “octubrismo revolucionario”. Y funda un partido, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), más un movimiento que obedece a la vieja consigna cubana, heredada de los viejos arrestos moscovitas, de la creación de un sistema político dónde solo exista “un hombre, una ideología, un partido”. Pero el PSUV es tan “adeco de fondo” que sus más enconados adversarios lo llaman “pomarrosa o pomagas” un fruto nacional que es “rojo por fuera y blanco por dentro”. Pero Chávez no es Rómulo y el PSUV solo llega a ser movimiento informe ideológicamente, colcha de retazos políticos, un Frankstein torpe hecho con “partes y piezas” de aventureros de todos los minipartidos o grandes partidos, hoy parte de la cripta política nacional. Nunca sólido como AD; jamás con su impronta de muerte y lucha; ausente de tradiciones, pero sobre todo de algo que pesa mucho en Venezuela: de Historia Política densa.

Y el hoy “partido de Ramos” con las enseñas y los símbolos de AD, para cuando este servidor escribe estas líneas, ha “renacido como el Ave Fénix” de sus cenizas, lo que parece demostrar que donde hubo amor, en ellas se queda. Ha triunfado en unas plenarias para elegir candidatos en 15 gobernaciones de 23 a nivel nacional, en medio de la más pasmosa crisis económica y social de la Venezuela contemporánea, haciendo posiblemente realidad el nacimiento de una nueva “pomarrosa” pero esta vez, de las que llaman “inmaduras”: rosadas por fuera y blancas por dentro.

¡¡¡ Pan, tierra y trabajo. Por una Venezuela libre y de los venezolanos!!!

Feliz aniversario, Acción Democrática: el partido de Ramos…¿O será de nuevo del Pueblo?...Quien sabe...









12 de agosto de 2017

Venezuela y el Sistema Político Cubano: relato de un estupro (II)

El Sistema Cubano. Breve reseña histórica, identificación y caracterización.

Sin pretender hacer una larga reláfica acerca de la historia política cubana, resulta sin embargo menester imprescindible hacer algunas precisiones acerca del devenir político de la isla, luego del reconocimiento de su independencia por parte de los Estados Unidos en 1906, condición absurda pero tristemente real: Cuba fue uno de los  “trofeos” obtenidos por el poderoso vecino del norte, en su guerra bufa con el entonces moribundo y decadente imperio español. Una guerra provocada por los americanos, mediante la voladura del navío de guerra Maine, en la bahía de La Habana y del cual culpasen directamente a los españoles (pudiendo años más tarde demostrarse, en investigaciones sucesivas, ser producto de un acto intencionado de sabotaje, perpetrado por manos criminales desde el interior del buque), fue  alimentada por las campañas guerreristas de la prensa amarillista (especialmente del complejo de prensa del editor  Randolph Hearst) dejando a su fin, tras una victoria contundente de los americanos, las posesiones insulares de las Filipinas, Cuba y Puerto Rico.

En el tiempo histórico que media entre 1908 y 1958, Cuba tuvo 20 presidentes; 10 de ellos definidos como “constitucionales”, en razón de haber sido electos o nombrados con arreglo a algún texto constitucional vigente en la ocasión de su ascensión al poder, y 10 de ellos de naturaleza provisoria, interina o de facto. Dos de esos gobiernos correspondieron a dictaduras sangrientas, corruptas y criminales, ambas coludidas con organizaciones hamponiles de contrabandistas y asesinos. La primera lo hizo con contrabandistas y criminales a su servicio, actuando como asesinos por encargo; la otra con miembros distinguidos de organizaciones criminales internacionales como la llamada “Comisión” de Nueva York y que presidiese Salvatore Lucania, mejor conocido como Lucky Luciano.

Se trató de las dictaduras de Gerardo Machado y Fulgencio Bastista; la primera comenzando como “gobierno constitucional electo” y culminando (1929-1933) en una feroz dictadura. La segunda iniciándose en un golpe de Estado contra el Presidente Constitucional electo, Carlos Prío Socarrás y acaudillada por Fulgencio Batista, el sargento devenido en coronel virtud también de la sempiterna peripecia golpista que dominara su carrera militar. De manera que, entre Tomás Estrada Palma, primer Presidente de Cuba Libre y Manuel Urrutia Lleó, primer Presidente de la Cuba Revolucionaria (esta misma de hoy), pasaron 18 primeros mandatarios más, en marchas y contramarchas de sistemas políticos amañados, caracterizados por la corrupción generalizada; la presencia criminal como instrumento de violencia política; el fraude electoral como práctica comicial; y la siempre poderosamente presente identidad de intereses norteamericanos con los gobiernos “electos” o “impuestos”. Acaso de ahí provenga el “arrastre humillante” en unos y el “odio inveterado”  en otros hacia la bandera de las “barras y estrellas”.

También y de nuevo en un mismo “acaso” porque habría que probarlo formalmente, haya provenido ese afán por la “estabilidad política”, expresada en un Estado fuerte, formal y organizado, al servicio de la población en general y no de una oligarquía nacida a la sombra de un gobierno y de una riqueza fruto más del cohecho y la expoliación, que del trato comercial honesto, mediante la obtención acumulativa de bienes por la vía del trabajo creador. Para cuando Fidel Castro y sus “barbudos” entran a La Habana, el 8 de enero de 1959, esa parece ser la expectativa general. Al verlos tan jóvenes, con sus uniformes harapientos y sus armas herrumbrosas, en transportes de toda índole y hasta a pie, un aura de “libertadores de pueblo” rodeó a aquella muchachada. Y los momentos eternizados en las gráficas de prensa y los noticieros de cine, ensalzan a Fidel y sus acompañantes, a bordo de blindados (Fidel, Huber Matos, Camilo Cienfuegos y el Negro Almeida), como los “futuros creadores de la estabilidad por la que tanto hemos luchado” dirá un artículo de prensa. Pero Fidel hubo de robarse el show; días antes habían entrado otras columnas guerrilleras de su mismo “Movimiento 26 de julio” y otras varias de también otros movimientos políticos en armas como “La Quinta del Escambray” y el “Directorio Revolucionario”. La N°8 del “Movimiento 26 de julio”, al mando del Comandante Ernesto “Che” Guevara, se estaciona en el habanero Cuartel de La Cabaña, mientras la gente de la Quinta y el Directorio se “estacionan” en hoteles de primera o en las lujosas vecindades de Miramar y el Vedado.

Algo huele mal en estos comportamientos y para finales de 1959, se han producido diversos acomodos al interior del poder gobernante, así como en las habaneras calles de rumba. Los “barbudos” son ahora los abusivos. Pretenden apropiarse de viviendas, vehículos y comercios de lujo. Entran, beben y se van si pagar de los lujosos cabarets. El periodista José Pardo Llada que terminará por muchos años al servicio de la Jefatura de Prensa del “Comandante en Jefe”, narra como una noche el afamado “Tenor de las Antillas”, René Cabell (cuyo nombre real fuese Rene Cabezas), dedica en uno de sus actos un bolero que gustase mucho a Prío Socarrás, de quien fuera amigo personal, siendo abucheado con vulgaridades por un grupo de barbudos presente. René, ignorándolos, obsequió a la audiencia con una de sus más brillantes interpretaciones de aquel recordado número tan admirado por Prío. Al final de la pieza, los barbudos intentaron su aprehensión por el desafío, siendo persuadidos por el dueño del nocturno local. Ese incidente resolvió la salida de Cabell de su Cuba natal. Cabell fue por muchos años empresario de espectáculos en Colombia y Director de Variedades del Hotel Tequendama en la ciudad de Bogotá. Murió en Colombia casi a la novena de abriles. Jamás volvió a Cuba.

El Movimiento 26 de Julio liquida a sus rivales políticos. Asesina, encarcela y expulsa a sus contrapartes políticas de toda índole. Fortalece al Partido Comunista Cubano, al ser esta organización leal absolutamente a las disposiciones del ahora autodenominado “Gobierno Revolucionario”. Al interior del mismo movimiento, la dupla Fidel y su hermano menor, Raúl, hacen una razzia de todo aquel dirigente incómodo o capaz de hacerles “sombra”. Comienzan por el prestigioso y carismático Camilo Cienfuegos. Muere “misteriosamente” en un accidente aéreo; la aeronave que él mismo tripula explota en el aire; extrañamente, nadie lo observa abordarla. Un tiempo más tarde lo hacen Faure Chomón y Antonio Santiago, muertos en combate “contra los bandidos” como hacen llamar a quienes enfrentan a la Revolución. Mucho antes Huber Matos es encarcelado por “insubordinación” (se dice que la primera fricción entre Camilo y Fidel se da por esta detención) y Eloy Gutiérrez Menoyo un cubano español que lucha en la Sierra, es declarado “enemigo” del Estado. Para finales de 1959, Fidel ha hecho modificar la Constitución hecha una vez por ellos y esta modificación le concede, por su vía ejecutiva, más poder al Primer Ministro, posición que él ocupa y convierte al Presidente de Cuba en una suerte de “jarrón chino”: sirve al único propósito de adornar.

Toca a Oswaldo Dorticós este triste papel, hasta que, en 1976, la Constitución es modificada de nuevo para crear el Consejo de Estado, eliminar las figuras de Primer Ministro y Presidente, y fusionarlas a la de Presidente del Consejo de Estado, cargos que, por supuesto, terminan recayendo en Fidel Castro. Es el final de un largo camino desde el Cuartel Moncada, donde en aquel asalto fallido se hiciese figura conocida (allá en un lejano 26 de julio de 1953), a este que lo convierte “de derecho” en algo que ha estado ejerciendo “de hecho” desde que Camilo hizo de almuerzo de tiburones; el Ché se trocó en estatua cerúlea en una escuelita perdida en los Andes Bolivianos; Antonio y Faure comida de hormigas y grandes combatientes como Universo Sánchez, se entregasen inconscientes a la embriaguez y la vida disipada, por aquellas veleidades incontrolables del poder: “el dueño y señor de Cuba”. Las sombras de Machado y de Batista parecen reflejarse por paradoja en el maderamen de la lujosa oficina del socialista Comandante en Jefe. No hay remedio: de casta le viene al perro. Raúl es fiel  y permanece adosado como “la cola al can” y Ramiro Valdés, hechura casi niño del Che, se hace la vista gorda, entra en la jugada y se convierte en eficiente y eficaz verdugo. El Negro Almeida, Ortuzi (u Ortuckzi), Machado Ventura etc., etc., etc., “hacen parte de la moña, mi hermano, de la moña…”. El Sistema Político estable, formal y con orden se ha instalado al fin en Cuba. Desde 1959 hasta 2017, Cuba ha tenido 4 Presidentes, 2 de adorno, Urrutia Lleó y Dorticós, 2 de hecho, derecho y acción: Fidel y Raúl Castro.

Pero cabe preguntarse ¿Qué clase de Sistema Político existe en Cuba? ¿Cómo lo urdieron Fidel y Raúl? Vayamos tras las respuestas a esas preguntas. Fidel fue el “supremo constructor de lo político-ideológico” desde 1959 hasta 1986. Raúl lo ha sido del aparato político, militar y represivo, junto a la inteligencia cubana. Más recientemente ha urdido el sistema económico pero ¿Cómo es de hecho? Basándose en un discurso político marxista, socialista y revolucionario (según opinión de un servidor más por conveniencia que por convicción), Fidel hubo de buscar aliados en otras potencias durante la Guerra Fría, luego de haberse enfrentado abiertamente a los intereses norteamericanos en Cuba, que cooptaban prácticamente todas las actividades comerciales e industriales en la isla, con franco demérito de la población en general y el aprovechamiento casi exclusivo de unas oligarquías cubanas corruptas que se “remozaban” cada vez que había cambio de gamonal. No pudieron lograrlo con Castro; enemigo acérrimo de los americanos, posiblemente desde el derrocamiento de Grau San Martín, urdido desde la legación diplomática de esa nación (y del que Fidel joven fuese partidario), Castro siempre buscó romper la dependencia de su antillana isla de la fuerza gravitatoria de su gigante planetario del norte. Luego del intento fallido de Bahía de Cochinos, Fidel se echó en brazos de los rusos, creando un remedo soviético de Sistema Político en la isla, confirmado con vehemencia mediante la declaración del “carácter socialista de la Revolución Cubana”.

Un Sistema Político marxista leninista y revolucionario, con una economía de planificación centralizada, única ideología, único partido, único gobierno sin variabilidad representativa. Una Nomenklatura gobernante de la cual hacen parte solo la alta jerarquía del Partido Comunista y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Una burocracia funcionarial de gobierno que proviene de las organizaciones de base del partido y de las organizaciones sindicales, políticas y sociales controladas por aquel, garantizan el ascenso económico y social solo de los más fieles y, en consecuencia, del disfrute de privilegios cada vez más escasos, que hacen de la población en general “una caterva de fieles borregos” porque no servir al Sistema Político “te condena al hambre y la exclusión”. La caracterización del disidente como “enemigo interno” y del “imperialismo” como enemigo externo, permite la ubicación de las penurias en el “otro” y las posibles y muchas ineficiencias del Sistema Político, en las acciones “traicioneras” de esos enemigos, tanto externos como internos, es decir, una suerte de un “querer el bien común” pero no poder “lograrlo” por las “acciones destructivas del enemigo”.

El “Bloqueo Norteamericano” se convirtió en el esperado momentum para justificar una cada vez más cerrada sociedad, en permanente “estado de guerra”, lo que disparó el racionamiento de bienes básicos, imposible de ser disminuido por una cada vez mayor improductividad interna aunado a una redistribución de los escasos recursos disponibles para destinarlos a un expansivo gasto militar y policial. Esa realidad aplastante, convirtió al Ministerio del Interior (MININ) en un poderoso “tramitador de incentivos” y por ende “controlador de la cada vez más escasa actividad  económica”, digitando así, igualmente, una cada vez más anquilosada movilidad social. Desde el comienzo del llamado “Período Especial” hasta su final ya avanzado el tiempo sobre el filo del siglo XXI, Fidel se hizo cada vez más viejo y más incompetente para el ejercicio del poder y, por el contrario, Raúl, quien había estructurado el Estado, entrenado relevos y fortalecido el Ministerio del Interior, junto a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba, había adquirido una invaluable experticia para el manejo de su feudo antillano.

Así asumió definitivamente el Poder Ejecutivo, al convertirse en Presidente del Consejo de Estado, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y Secretario General del Partido Comunista de Cuba. Economía, sociedad e ideología, se pusieron al servicio de Raúl y sus proyectos, marchando inexorablemente hacia un destino contradictorio que los chinos parecen haber demostrado en la praxis socialista: “la etapa superior del socialismo no es el comunismo, es el Capitalismo de Estado…”

Raúl ha construido en pocos años un Sistema Político que conservando el discurso político marxista revolucionario, organiza sin embargo la economía sobre la base de un cada vez más creciente capitalismo de Estado, donde la Nomenklatura no es solo política, ahora lo es social y económica (asemejándose más a una oligarquía económica y política de las que tenían durante sus primeros cincuenta años de historia independiente), al convertir a los altos mandos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias en empresarios, grandes administradores financieros y comerciales, así como asesores de inversiones internacionales en la isla. GAESA, el poderoso grupo empresarial militar cubano, tiene amplias inversiones en hotelería, establecimientos comerciales, importaciones, registros comerciales, transporte marítimo y terrestre, así como en la escasa minería de la nación antillana. Su burocracia funcionarial (suerte de clase media cubana), proviene de los sindicatos controlados por el MININ o las FARC, así como de las propias filas profesionales de las FARC, convirtiendo su pertenencia en una opción segura de ascenso a privilegios a los que la población común, jamás podría tener acceso. Es ese el Sistema Cubano real, el mismo que, gracias a los alcahuetes locales, pretende “acostar” a Venezuela y tomarla “a la fuerza” tantas veces como su “libido por la supervivencia” le exija cabalgarla. El “trapo” más bien “el bombillo rojo” está encendido: la morena venezolana está amarrada al catre.