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4 de mayo de 2017

LA INCONTINENCIA TRIENAL…1945-1948.

1945 se inicia con una Constitución Nacional reformada. Sin embargo, aquella que en 1936 fuese sujeta de reforma para lograr la elección popular de los diputados, ahora, en 1945, reformada una vez más (a los fines de eliminar el inciso VI y separar la función parlamentaria de la función pública), sigue siendo insuficiente en sus contenidos para la civilidad democrática radical, llegando a ser calificada por Rómulo Betancourt, uno de sus más conocidos líderes políticos, como una “reforma chucuta”.

Betancourt viene insistiendo. desde 1931, que el sistema electoral consagrado en nuestros textos constitucionales, es un sistema “antidemocrático y contrahecho” que sirve al único propósito de “perpetuar en el poder a la misma oligarquía oprobiosa al servicio de los dictadores que hasta entonces nos gobiernan”. La libertad de elegir del pueblo venezolano, según afirma la civilidad democrática radical, no se consagrará definitivamente, hasta que no se le conceda el derecho al ejercicio del voto universal, directo y secreto, para la escogencia de sus representantes al Congreso Nacional y, muy especialmente, al Primer Mandatario Nacional. Y en esa cruzada se empeñan Betancourt y el partido que, hijo del Partido Democrático Nacional, viese la luz el 13 de septiembre de 1941: Acción Democrática, el partido del pueblo.

El 6 de mayo de 1945, Rómulo Betancourt dicta una de sus ya conocidas conferencias en el Teatro Olimpia, tribuna que viene utilizando Acción Democrática y su líder fundamental, para arengar y educar tanto a su militancia como al pueblo llano que se acercase hasta allí. Betancourt toca en aquella ocasión y en su discurso político, el tema esencial que ocupa las mentes y corazones de los políticos venezolanos en aquellas horas: la sucesión presidencial de 1946. Lo curioso es que aborda un “asunto interesante” y en cierto sentido “premonitorio”. Dice Betancourt entonces:

“El proceso de democratización de la conciencia nacional no se ha detenido, como ante una muralla china, en las puertas de los cuarteles. Y por la mente y el corazón de la oficialidad, de los cabos y de los soldados de la aviación, la infantería y la marina circula ese mismo anhelo de dignificación política y de superación democrática del país, presente en el pensamiento de los núcleos civiles de la población nacional.”[1]

Y luego de esta intervención, acota emocionado:

“Y es por todo esto que desde aquí quiero hacer una profecía. Orgulloso como venezolano de poder expresarme así de las fuerzas armadas de mi país: si fuere un civil el próximo Presidente de la República, tendrá en el Ejército apoyo sin regateos, respaldo sin reservas…”[2]

En este exordio, Betancourt asegura que por la mente y corazones del personal militar, corre también ese mismo anhelo de “de dignificación política y de superación democrática del país” vale decir, en cierto modo de “renovación”, acaso una misma aspiración que vemos “condensada” en el Acta Constitutiva de la Unión Militar Patriótica (UMP), la logia de jóvenes oficiales de las Fuerzas Armadas Nacionales que, al interior de cuarteles, naves y aeronaves militares, se ha ido formando con ocasión del creciente malestar que se está dando al interior de la Institución Armada respecto de su funcionamiento, apresto operacional y desarrollo profesional. En el Acta constitutiva de esa asociación, que sirve al propósito de su secreta juramentación, dicen los oficiales comprometidos allí:

“…haciendo profesión de fe democrática y declarando enfáticamente que no defendemos intereses personales ni de clase y que propiciamos la formación de un gobierno que tenga por base el voto universal y directo de la ciudadanía venezolana, una reforma de la Constitución que sea asimismo expresión de la voluntad nacional…”.

La “fe democrática” a la que se refieren los oficiales de la UMP, acaso sea la misma “encendida fe democrática” que Rómulo Betancourt menciona con insistencia en sus intervenciones públicas o tal vez se trate de un discurso político equivalente que sugiere la identidad, también política, de ese discurso para ese específico tiempo histórico o bien como creencia sentida o como subterfugio discursivo de los jefes militares de la logia, a los fines de abarcar la mayor cantidad de “adhesiones” al hacer referencia a un concepto “sentido” y “emotivamente” vinculado a un amplio sector de la población, del que no pueden sustraerse los militares profesionales. Al propio tiempo, la referencia a una “reforma de la Constitución que sea reflejo de la voluntad nacional”, así como “la formación de un gobierno que tenga por base el voto universal y directo de la ciudadanía”, constituyen actos de habla que coinciden completamente con las más difundidas aspiraciones de la civilidad democrática radical, más específicamente, de Rómulo Betancourt y el partido Acción Democrática.

Pero lo que más llama la atención es ese “giro premonitorio” que hace Betancourt en su discurso, más específicamente, en un acto de habla ilocucionariamente muy preciso: “…si fuere un civil el próximo Presidente de la República, tendrá en el Ejército apoyo sin regateos, respaldo sin reservas…” Betancourt no dice “tendrá en las Fuerzas Armadas”, aunque breves instantes antes menciona el “legítimo orgullo” de expresarse así de “ellas”; el líder político habla específicamente del “Ejército”, afirmando categórico su apoyo “sin regateos” y respaldo “sin reservas”. La Unión Militar Patriótica tiene su origen en el Ejército y es dirigida por oficiales profesionales, activos y efectivos precisamente en el Ejército[3]. El 19 de octubre de ese mismo año, siendo las ocho de la noche de ese día, Rómulo Betancourt Bello es Presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno, luego que la UMP promoviera una rebelión militar que trajese como consecuencia la renuncia del General Isaías Medina Angarita a la Presidencia Constitucional de la República de Venezuela. Es, por consecuencia, Presidente de facto, atentando de hecho contra la Constitución Nacional vigente para el año 1945. La “superación democrática” y la “encendida fe democrática” parecen haber quedado de lado al momento de tomar esta decisión evidentemente “no constitucional” y para nada “democrática”; tal vez, se trate de un caso de incontinencia política o de la incontinente conveniencia política de la ocasión.

Por supuesto que un nuevo “orden político de cosas” exige su correspondiente Constitución Nacional. Si las reformas sucesivas resultaban “chucutas” e insuficientes para la “civilidad democrática radical”, de la cual Rómulo Betancourt era líder connotado, ahora, con más razón, se hace indispensable su acometimiento. Y así lo hace saber en las primeras de cambio, el 19 de octubre de 1945, al sugerir la implantación del voto directo, universal y secreto para la escogencia del Primer Magistrado Nacional, fórmula inexistente en la Constitución Nacional vigente para ese año:

“El pueblo venezolano, todas las clases sociales democráticas de la Nación, nos respaldarán con su fervor solidario; y ese respaldo hará posible el logro de nuestro objetivo central como Gobierno Provisional: garantizar unas elecciones libérrimas, sin imposición ni parcialización ejecutivista por ninguna de las corrientes en pugna, para que de las limpias manos del pueblo surja un Presidente de la República, lealmente asistido de la confianza nacional.”[4]

Así las cosas, los miembros de la Junta anuncian la convocatoria a una Asamblea Constituyente que permita la redacción y aprobación de una nueva Constitución, destinada esencialmente a la fundación de un Estado democrático. Posteriormente y con arreglo al nuevo orden constitucional, proceder a la convocatoria a un proceso electoral que permita la elección libre, directa y secreta del Primer Mandatario Nacional. Finalmente, los miembros de la Junta renuncian a su derecho a presentarse como candidatos al proceso electoral, que termine realizándose para la escogencia del Presidente Constitucional de la República de Venezuela.

 Las elecciones a la Asamblea Constituyente tienen lugar al filo postrimero de un tumultuoso 1946, entre intentos de golpe y crecientes acusaciones hacia el partido Acción Democrática, por la comisión reiterada de la concusión y el cohecho en el ejercicio de la función pública, así como del uso de la violencia política como arma consistente en la pugna interpartidaria cotidiana. Aun así, AD obtiene la mayoría en el cuerpo constituyente, luego de acumular 1.099.601 votos a favor, correspondiéndole la Presidencia y recayendo esta en el Doctor Andrés Eloy Blanco. En 1947 es aprobada la Constitución de la República por parte de la Asamblea Constituyente, organismo colegiado que además de reconocer a la Junta sus poderes, hasta que se realice el proceso electoral correspondiente, logra se consagre el voto directo, universal y secreto, el derecho a la sindicalización y la tierra para quien la trabaje, así como esenciales garantías laborales a los trabajadores, mediante la reforma de la Ley del Trabajo, misma que se realiza en el marco de las propias sesiones de la Asamblea. Sobre el particular, escribe Rómulo Betancourt, en su afamado libro titulado “Venezuela, política y petróleo”:

“La Asamblea Constituyente reformó también la Ley del Trabajo. Esas reformas se orientaron a procurar la estabilidad en el trabajo y garantizar el ejercicio al derecho de sindicación (…) se estableció el “auxilio de censatía” que se pagaba, además de la prima de antigüedad, en todos aquellos casos en los que el trabajador fuera despedido sin causa justificada o se retirara por causa justificada (…) Se establecieron también el pago remunerado de un día de descanso semanal (domingo) y el 1° de mayo, declarado fecha oficial del trabajo; y se fijó una prima de un 20% por lo menos, sobre el trabajo diurno para el que rendía en horas de la noche. Y se colocó “bajo protección del Estado” a los trabajadores que manifestaran al patrono, por la vía jurisdiccional correspondiente, su propósito de organizar un sindicato.”[5]

Con independencia de tratarse de la primera Constitución Nacional imaginada, discutida, redactada y aprobada en Asamblea Constituyente durante el siglo XX venezolano, con ella sumamos desde 1936, la segunda Constitución en el tracto de once años. Partimos ese año con la Constitución reformada de 1935. En 1944 volvimos a reformarla, para lograr la Constitución de 1945 y ahora, en 1947, queda sin efecto la de 1945, al tratarse este tiempo histórico de un “nuevo orden democrático y revolucionario”. Al sancionarse, tanto el Presidente de la Asamblea como el Presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno, hacen loas a su “perfección” y la bautizan como “la más moderna y última realización constitucional venezolana”, la misma que tendrá “la honra” de conducir al pueblo y a la Patria por la senda de la democracia, por supuesto con la consabida locución de esperanzadora intencionalidad teleológica “en los años por venir”. La estulticia política partidaria, la incomodidad militar no resuelta y una suerte de decepción popular, unida a intereses pecuniarios de viejas y nuevas oligarquías no sintonizadas, darán al traste con esta nueva experiencia constitucional. En 1948, una nueva incontinencia hará de las suyas: sonará la clarinada mañanera para la asonada militar, mientras para esta Constitución Nacional “democrática y revolucionaria”, que contemplaba la eternidad en 1947, sonará el clarín postrero del toque de silencio…




[1] Suárez Figueroa, Naudy; Rómulo Betancourt. Escritos Políticos.1931-1986. FUNDACIÓN RÓMULO BETANCOURT. Caracas, 1998. Pág.171.
[2] Suárez Figueroa…Op.Cit…Pág.171.
[3] De hecho Rómulo Betancourt reconocerá, años más tarde, haber recibido del entonces Mayor Marcos Pérez Jiménez, líder de la UMP junto al Mayor Julio César Vargas Cárdenas, el ofrecimiento de ser Presidente de la República, ante la eventualidad de una rebelión militar. Betancourt afirmó haber sostenido una reunión secreta con los oficiales antes mencionados, en la casa de habitación del Doctor Edmundo Fernández, a principios de junio de 1945, pero la conferencia del Teatro Olimpia la realiza un mes antes.
[4] Mensaje radial de la Junta Revolucionaria de Gobierno, dirigido al país por el Presidente Provisional Rómulo Betancourt, el 19 de octubre de 1945. Catalá, José Agustín; Papeles de Archivo. 1945-1947. Del Golpe Militar a la Constituyente. Cuaderno Nª9. CENTAURO. Caracas, 1992. Pág. 109.
[5] Betancourt, Rómulo; Venezuela, política y petróleo. SEIX BARRAL. Barcelona, 1979; Pág.263.

22 de marzo de 2017

El gobierno provisorio. 1958: El asunto de la “UNIDAD NACIONAL”…

La “unidad” es voz permanente en el discurso político venezolano desde hace 200 años.  La invoca el Libertador Simón Bolívar como desesperado llamado a la preservación de la integridad de su creación colombiana. La invoca José Antonio Páez, tras la creación de una nación independiente y su preservación más allá de las apetencias regionales. La invocan los revolucionarios reformistas, tras su proyecto de reformas constitucionales. Lo hacen hasta la saciedad los que terminan abrevando de las mieles de la oligarquía, que nace en torno a Páez y se acrecienta tras los generales de la Independencia que lo suceden. Lo hacen obstinadamente los liberales en tiempos de la Guerra Federal, convocando a la “unión revolucionaria”, seguida luego por la invocación que hace de ella cuanto gamonal se coloca al frente de las múltiples turbamultas que plagan el siglo XIX. Lo hace Antonio Guzmán Blanco en torno a su “ideal civilizatorio” para terminar haciéndolo también Cipriano Castro alrededor de su “Restauración Liberal Restauradora”.

La convoca Juan Vicente Gómez en aras de la construcción de una Patria “que se coloque a la par de sus hermanas del continente”  como uno de los ideales señeros de la “Rehabilitación” y luego la proclama Eleazar López Contreras para “construir una Patria en paz”. Lo propio hace Isaías Medina Angarita, tras la intencionalidad de “hacer Patria mediante el trabajo creador” y lo hace Rómulo Betancourt, luego de hacer parte de una rebelión contra Medina, pero en función de defender “la Revolución y los logros de una democracia perfecta”. Finalmente la invocan Carlos Delgado Chalbaud, al frente de un gobierno militar que derrocara a los adecos, “para derrotar el desbarajuste y dedicarse a la producción y el trabajo enriquecedor” y luego Marcos  Pérez Jiménez en torno a la necesaria construcción de su “Nuevo Ideal Nacional”.

Desde luego que no se trata de la misma “unidad”, pero es posible argumentar se trata de “una intencionalidad similar”, esto es, nuclear a la población, a los partidos, a las facciones oponentes e incluso a los enemigos “conversos”, en torno a un proyecto de nación que pasa, en principio, por la cristalización de un sistema político común. A ese criterio de “unidad nacional” apela el gobierno “de facto” que se inicia en 1958, luego de la partida de Marcos Pérez Jiménez.

El 22 de febrero de 1958, a casi un mes de fallecido el “Nuevo Ideal Nacional”, el Doctor Numa Quevedo, connotado miembro de la Junta Patriótica, es nombrado Ministro de Relaciones Interiores por el Contralmirante Wolfgang Larrazábal Ugueto, Presidente de la Junta de Gobierno en funciones. En su acto de juramentación, el Doctor Quevedo se expresa en nombre de la Junta en los siguientes términos:

“Tenemos por delante una tremenda empresa dentro de la cual no podemos desmayar un solo instante. Esta empresa es la echar las bases morales y materiales sobre las cuales debe levantarse el prestigio de una Patria integral, sin mezquinas parcelaciones. En este orden de ideas es imperativo que todos los venezolanos, de todos los climas, de todas las ideologías organizados o no en partidos políticos, pongamos nuestro esfuerzo, nuestro pensamiento, y hasta una buena dosis de nuestro sacrificio personal, para llevar a cabo con honor y con orgullo la obra de grandeza del destino venezolano.”[1]
Con tono parecido a todos sus predecesores en la tarea de “convocar a la unidad”, el Doctor Quevedo profiere actos de habla ilocucionarios unos, tendentes a lo perlocucionario otros, que reflejan en conjunto la intencionalidad de la Junta y que el Ministro hace suya en esta declaración de prensa. La “tremenda empresa” de “echar las bases morales y materiales” para afianzar con seguridad “el prestigio de una Patria integral” para lo cual hay que renunciar a “mezquinas parcelaciones” y por estas razones “es imperativo que todos los venezolanos” más allá de ideologías y/o partidos políticos “pongamos nuestro esfuerzo, nuestro pensamiento, y hasta una buena dosis de nuestro sacrificio personal, para llevar a cabo con honor y con orgullo la obra de grandeza del destino venezolano”. A esta “nueva unidad nacional” de todas las voluntades, empeñadas en la construcción de una nueva Patria democrática, integral, pero a la vez plural, convoca el “Gobierno Provisorio”, como él mismo Ejecutivo en funciones culmina auto bautizándose.

Cinco días más tarde, el 28 de febrero de 1958, el diario El Universal reseña las declaraciones de cuatro de los más importantes líderes políticos de la nación, en torno a la convocatoria a la “unidad nacional” que ha hecho el Gobierno Provisorio. Dice Rómulo Betancourt Bello, en representación del partido Acción Democrática (AD):

“…el franco entendimiento entre los partidos y gobierno, no debe ser acción consecuencial de una etapa de transitoriedad, sino es necesario establecerlo como norma permanente para mantener el clima de una unidad que fue consigna de la Junta Patriótica, en el desarrollo del movimiento que derrocó a la dictadura perezjimenista. Hago un llamado a gobernantes y gobernados, gente de partidos e independientes, a lograr una efectiva colaboración en favor del mantenimiento perenne de la unidad.”[2]

Por su parte, el Doctor Jóvito Villalba, como máximo representante del partido Unión Republicana Democrática (URD), se pronuncia sobre el llamado de la Junta a la “unidad nacional”:

“…todos debemos estar sinceramente interesados y dispuestos a llevar a nuestro país al logro de una verdadera vida institucional y que el divorcio entre partidos políticos y gobierno solo produce malos entendidos y funestas consecuencias. Se necesita el libre juego de los partidos para demostrar que ya están curados de ese terrible mal del cual sufrieron durante tantos años en Venezuela.”[3]

El Doctor Rafael Caldera, hablando por el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI), añade a las declaraciones anteriores, no sin antes advertir que no es mucho lo que tiene que abundar respecto a lo que han señalado sus pares en las otras organizaciones políticas:

“…los partidos políticos dan magnífico ejemplo de sacrificada unidad, que desvirtúa la propaganda que tiende a presentarnos como factor de discordia. Ponemos el interés nacional por encima de nuestras aspiraciones y aceptamos, complacidos, este discreto papel, por considerar que es nuestra valiosa colaboración, hacia la conquista de los ideales señalados como meta para el futuro sano y libre de la Patria.”[4]

Y cierra las intervenciones el Doctor Gustavo Machado, actuando en nombre de su partido, el Partido Comunista de Venezuela (PCV), siendo escueto en su intervención para señalar que “….el grupo político que represento siempre será factor de unidad, ya que hay la disposición de sacrificar conveniencias personales y partidistas en aras de este fundamental principio de la actualidad política venezolana.”[5] Cuatro de los más importantes líderes políticos del momento (acaso los cuatro más importantes) parecen suscribir la propuesta de “unidad nacional” del gobierno, aun cuando no lo hagan de manera formal, esto es, por escrito y en presencia de los medios. Actos de habla como “norma permanente para mantener el clima de una unidad”; “efectiva colaboración en favor del mantenimiento perenne de la unidad”; “el libre juego de los partidos”; “el interés nacional por encima de nuestras aspiraciones”; “sacrificar conveniencias personales”, todos sugieren sacrificio, compromiso y entendimiento para hacer fructificar la “unidad nacional”, de hecho, tres de los cuatro dirigentes hacen referencia expresa a la “unidad”, entendida como la subrogación de sus intereses políticos, partidistas y de poder, en favor de la construcción de un sistema político común. Y los cuatro suscriben la tesis de “entenderse” con el gobierno no solo en este tema, sino en todos aquellos que supongan la preservación de un “futuro sano y libre para la Patria.”.

El 9 de mayo de 1958, el diario La Religión ofrece una versión taquigráfica de la intervención que hace el Doctor Numa Quevedo en la ciudad de Maracaibo, con ocasión de la visita que realiza a esa entidad federal, en el marco de la gira que hacen por el país los ministros del despacho ejecutivo, a los fines de informar, a los diversos sectores de cada estado, la marcha de las actividades que realiza el “Gobierno Provisorio”, en atención a la solución de los ingentes problemas nacionales. Dice allí en nombre propio y representación de la Junta de Gobierno, respecto de lo que se ha conversado con los asistentes al acto:

“Hemos conversado de la unidad nacional, como fórmula histórica, mejor dicho, como salvación del futuro democrático de la República; la unidad entendida, no como especie inerme, sino unidad política expresada en forma dinámica, no quietista, bajo cuyo imperio deben realizarse los grandes acontecimientos y deben resolverse los grandes problemas nacionales”[6]

Considera el Ministro que la “unidad nacional” es definitivamente “la fórmula histórica” que representa “la salvación del futuro democrático de la República” y, acto seguido, procede a definirla más ampliamente no como la simple cohesión en torno a la idea democrática, sino como “unidad nacional” dinámica y “no quietista”, actos de habla que pudiesen significar la coincidencia de las distintas corrientes de opinión, por diversas que sean, en una identidad de objetivos que conduzca a la solución de “los grandes problemas nacionales” mediante la realización, en consecuencia, de “grandes acontecimientos” para lograrlo.

De modo que en estos primeros meses de gestión del “Gobierno Provisorio”, partidos, gobierno y diversos factores de la vida nacional, parecen haberle dado una oportunidad a la democracia de la que tanto se ha hablado (especialmente la “civilidad democrática” desde 1936) y, más aún, luego del malhadado episodio del Trienio (1945-1948). Parece demostrar lo que el Profesor Juan Carlos Rey definió más tarde y en términos  teóricos-políticos, como “pacto de conciliación de élites”.

Pero llama poderosamente la atención que en esa misma localidad, el Dr. Quevedo hace la siguiente aseveración: “Necesitamos, en definitiva, una conciencia nacional, un país nacional”[7]. Nueve años antes, el 13 de marzo de 1949, el Coronel Marcos Pérez Jiménez les dice a los gobernadores de estado, con ocasión de una convención nacional de mandatarios regionales: “…nos ha faltado ese elemento fundamental en la vida de los pueblos que consiste en la formulación clara y precisa de un ideal nacional, capaz de obligarnos a un acuerdo de voluntades para su plena realización…”. O Pérez Jiménez se equivocó en la construcción de su “ideal nacional” o el Doctor Quevedo tiene otra “idea” de lo que significa el “país nacional”. En cualquier caso, consignamos ambas “propuestas” para ejemplificar que en el discurso político venezolano, aún entre partes irreconciliables, sin identidad de métodos, medios y fines, la invocación de la “unidad en torno a un ideal nacional” parece ser una constante. Las preguntas que surgen son: ¿Por qué no la logramos? ¿A qué clase de “unidad nacional” apunta quien la propone? ¿No será que cada quién tiene su propia y conveniente visión de la “unidad nacional”?

En junio de 1958, cinco meses después de la “partida” de Pérez Jiménez, cuatro del nombramiento del Dr. Quevedo y una misma cantidad de meses de la “manifestación de apoyo a la unidad nacional” expresada públicamente por los más importantes dirigentes políticos de entonces, el Ministro de Relaciones Interiores se dirige al pueblo venezolano en alocución de radio y televisión, persuadido de que la prédica de la “unidad” está dando frutos. Con absoluto optimismo y en el marco de una exposición filosófica-jurídica que debería sustentar la ley electoral, dice el Ministro a la nación:

“Dentro de este clima de unidad, propicio a las grandes realizaciones, a la sinceridad y al entendimiento, la Nación debe buscar y hallar una fórmula que al integrar o abarcar por igual a todas las corrientes políticas, sea prenda de estabilidad republicana. Esta fórmula nos permitirá deponer las ambiciones, los exclusivismos partidistas y las arrogancias personales o regionalistas y contemplar sin pupilas empañadas por el rencor, la impaciencia ni la precipitación, la imagen verdadera de la Patria…”[8]

En límpido lenguaje político republicano, el Dr. Quevedo hace manifestación de la búsqueda que debe motivar a los venezolanos ahora que se encuentran disfrutando de un clima “de sinceridad y entendimiento” propicio a las “grandes realizaciones”. Se trata de una “fórmula” que permita “deponer ambiciones, exclusivismos partidistas o regionales” y también las viejas “arrogancias”, y en una figura de giro elegantemente literario que utiliza el Ministro: “contemplar sin pupilas empañadas por el rencor, la impaciencia ni la precipitación, la imagen verdadera de la Patria…”. La fórmula se quedará en el laboratorio de las ideas y el rencor, las arrogancias, la impaciencia y la precipitación, harán su eterno trabajo nacional. Lo poético se quedará en las pupilas empañadas, pero por la tristeza que conlleva el desencanto: el 7 de septiembre de 1958, se produce el alzamiento de la Policía de Caracas, con la intencionalidad de hacer “definitivo” un gobierno distinto al “provisorio”.

Ocho días antes, el 29 de agosto de 1958, el Ministro, dentro de un discurso más amplio, hace esta declamación admonitoria, otra vez por radio y televisión, en virtud de que el gobierno tiene serios indicios de que se está preparando una “posible asonada”:

“Ahora sí podemos sin labio avergonzado decir con el Libertador: “Unidad, Unidad, Unidad, debe ser nuestra divisa”, recordando a la vez conforme al mayor de nuestros oráculos, que solo un Gobierno temperado puede ser libre, que esta libertad legítima ha sido usada para honrar al hombre venezolano y perfeccionar su suerte y que, sin vacilaciones, nos hemos armado de una firmeza igual a los peligros cuando estos se han presentado amenazando la nobleza de las Instituciones, siendo así en todo, fieles a la visión del Padre de la Patria.”[9]

Echando mano, una vez más, del más puro lenguaje político republicano y con la invocación que pareciese colocar a todos los venezolanos (seamos políticos, militares, académicos o científicos, adversarios o enemigos) por encima de nuestras “pre-disposiciones”, esto es, en aquella "pre-disposición" construida al mejor estilo del “Padre de la Patria”, Simón Bolívar, Libertador, el Doctor Quevedo, no obstante sus denodados esfuerzos discursivos, luce como el Quijote de Don Miguel de Cervantes, advirtiendo a los gigantes hechos molinos, de sus sinceras intenciones unitarias. Nada logra y ya veremos cuando abordemos el punto, que ese “madrugonazo policial” casi le cuesta el puesto, la honra política e incluso su libertad. Fracasan estos nuevos “libertadores de ocasión” y la corriente fragosa continúa.

El 3 de octubre de 1958, apenas a un par de meses de la contienda electoral, la revista Momento se lanza con un editorial de antología, con motivo de la pugna agraz que se libra entre los partidos y en ocasión de la proximidad de la “campaña electoral”. Dice allí el editorialista:

“…en los partidos políticos empieza a despertarse una beligerancia peligrosa, una pugnacidad que puede precipitar la violencia con resultados imprevisibles. Las grietas que se venían observando en la Unidad son cada vez más profundas e irreparables. La esperanza del pueblo, acerca de un acuerdo de organizaciones políticas, se ha desvanecido justificando – lamentablemente – la desconfianza que surgió al dilatarse las conversaciones de mesa redonda.”[10]

Se estrelló “la identidad de propósitos” contra la férrea pared de la estulticia. Feneció “la unidad sacrificada por la Patria” que expresase escuetamente el Doctor Caldera. La “unidad que fue consigna de la Junta Patriótica”, según Betancourt, ha venido a parar, en solo cinco meses, al arcón de los trastos inútiles. El “entendimiento entre partidos” de Jóvito Villalba, es palabra que el viento se llevó. Y “el factor de unidad” que ofreció Gustavo Machado, se ha transformado más bien en “factor de discordia”. El editorialista de la revista Momento es admonitorio:

“Frente a esta situación se requiere – antes de que sea demasiado tarde – un solemne acuerdo de todas las fuerzas políticas para encaminar las actividades electorales en un ambiente de orden, de mutuo respeto y de serenidad. (…) Es absurdo y antivenezolano reeditar la encarnizada pugna del pasado. El desbordamiento de las pasiones puede dividir al país en facciones irreconciliables. La siembra del odio llevaría a extremos suicidas haciendo peligrar la libertad tan sangrientamente reconquistada el 23 de enero. Los partidos deben reflexionar ante esta tremenda responsabilidad evitando, con todos los medios a su alcance, la agitación y el tumulto. (…) La propaganda insidiosa y soez, la intimidación brutal y desenfrenada, el ataque a mansalva, la emboscada sangrienta, son frutos de una época que ha cancelado la historia.”[11]

Rodó la prédica del Ministro y la Junta; de nada valieron las promesas de los principales líderes de los partidos en liza. “El desbordamiento de las pasiones”; “las facciones irreconciliables”; “la sombra del odio” todos estos signos expresados en contundentemente ilocucionarios actos de habla, se materializan en “la propaganda soez e insidiosa” que trae consigo “la agitación y el tumulto”, pudiendo venir con ellos “el ataque a mansalva” y “la emboscada sangrienta”. La proximidad al poder, así sea por vía electoral, resucita el mismo lenguaje que constituyó uno de los factores del desastre en la experiencia democrática, entre los años 1945 y 1948. Y el fablistán lo advierte.

A pesar del encono y lo contumaz de la pugna interpartidaria, en diciembre de ese año (1958) se efectúa el proceso electoral, siendo electo por amplia mayoría Rómulo Betancourt Bello. Sin embargo, en Caracas y en las primeras horas de concluidas las elecciones, grupos de votantes del candidato contrario con más chance de ganar, se niegan a reconocer el resultado. Se trata de algunos seguidores del Contralmirante Wolfgang Larrazábal Ugueto, quien previamente hubiese renunciado a la Junta para lanzarse a la contienda electoral y hubiese reconocido públicamente, desde un principio, el triunfo de Betancourt. “A venezolano no le gusta anotarse a perdedor” diría un viejo caudillejo decimonónico…

Como puede verse en este corto artículo, el camino del “Gobierno Provisorio” dista con mucho de haber sido un “lecho de rosas”. De aquellas, de las rosas de la “unidad nacional”, Quevedo y los que en Venezuela creyeron en sus encarnados y brillantes colores, terminaron obteniendo más bien las dolorosas espinas de la frustración. Pero aún queda camino por recorrer en este ejercicio evocador sobre el tiempo del “Gobierno Provisorio” de 1958 y habrá que expresar como el Quijote: “….Cosas veredes, Sancho…cosas veredes…”





[1] Quevedo, Numa; El gobierno provisorio. 1958. PENSAMIENTO VIVO. LIBBRERIA HISTORIA. Caracas, 1963. Pág.100.
[2] Quevedo…Op.Cit…Pág.104.
[3] Quevedo…Idemes…Pág.104.
[4] Quevedo…Ibíd…Pág.104
[5] Quevedo…Ibíd…Pág.104
[6] Quevedo…Ibid…Pág.34
[7] Quevedo…Ibid…Pág.37
[8] Quevedo…Ibid…Pág.42
[9] Quevedo…Ibid…Pág.55
[10] Quevedo…Ibid…Pág.70
[11] Quevedo…Ibid…Pág.71

20 de marzo de 2017

El gobierno provisorio de 1958... Introducción.

En la historia política contemporánea de Venezuela, si nos detenemos en el tracto temporal que discurre en los últimos ochenta y dos años, hay hitos que la gente recuerda (posiblemente una honrosa minoría) con particular claridad. La muerte del General Juan Vicente Gómez y la llamada “Transición” que devino luego, al frente de la cual “tócale en gracia” al General Eleazar López Contreras estar. La renuncia del General Isaías Medina Angarita y la “Revolución” (bautizo adeco mediante) sobrevenida el 18 de octubre de 1945. La caída del primer Presidente electo por vía universal, directa y secreta, el 24 de noviembre de 1948: el maestro, novelista y hombre de integridad indiscutible Don Rómulo Gallegos. Y, finalmente, por llegar solo hasta 1958, el abandono del puesto por parte del  General Marcos Pérez Jiménez, evento que hizo sobrevenir otra suerte de “fantasía revolucionaria” hecha realidad a fuer de tanto decirlo, más ciertos acontecimientos posteriores que permitieron ratificarla.

La evidencia empírica parece demostrar que la inmensa mayoría del país, sobre todo los más jóvenes, incluso los que tuviesen corta edad para 1958 (a menos que se haya sido “sufriente directo”), poco recuerdan el gobierno que discurrió entre el 23 de enero de ese año y el 13 de febrero de 1959, día de la toma de posesión del segundo Presidente Constitucional de la República de Venezuela, electo en comicios libres, directos y secretos para el año referido: Rómulo Betancourt Bello. Algunas personas tal vez piensen que se trató de un tiempo breve, en el que se vivió una suerte de "luna de miel" entre partidos, no hubo grandes acontecimientos que mencionar y los Presidentes Provisionales de ese período (Contralmirante Wolfgang Larrazábal y Doctor Edgar Sanabria), solo hubieron de enfrentarse a los avatares “normales” de una gestión “de facto” mientras se alcanzaba la tan ansiada “constitucionalidad”.

Los artículos que en lo sucesivo publicaremos, descorren el velo sobre esas apreciaciones. El asunto de la “Unidad Nacional” en pos de la preservación de la “construcción democrática” en ciernes. Las intentonas y las culpas. La otra cara económica del “Nuevo Ideal Nacional” y el rostro cotidiano del peculado. Las apetencias, las dudas y las expectativas. Las esperanzas y las “fantasías”. En fin, una historia que acaso, en algunos de los aspectos mencionados, viniese a colación respecto de los tiempos que hoy se viven. Ya tendremos la oportunidad de “mirarnos” en su discurso político, además con el imponderable valor de haberse producido en ese tiempo, hecho constatable gracias a la recopilación de editoriales, exordios, intervenciones y artículos de prensa que hiciese el Doctor Numa Quevedo, miembro de la llamada Junta Patriótica y a quien tocase, durante ese gobierno, la importante responsabilidad de ocupar el Ministerio de Relaciones Interiores.

Para quienes se acerquen a este blog y tengan la gentileza en detenerse para leernos, delicadeza que sabemos algunos de los paseantes por estos predios cibernéticos, han tenido con este humilde investigador de la historia política de Venezuela, acaso experimenten la misma sorpresa que, hace ya más de cincuenta años (1965), un servidor experimentase al tomar contacto con los documentos recopilados por el Doctor Quevedo, abogado trujillano de amplia trayectoria jurídica y de particular respeto entre los juristas de su generación, a quien además de ocupar la cartera referida en 1958, como informáramos previamente, tocase ser Ministro del Trabajo y Presidente del Estado Trujillo, durante el gobierno del señor General Isaías Medina Angarita (1941-1945).


Si usted es venezolano y llegase hasta aquí, recuerde que no hay, no ha habido y nos atrevemos (posiblemente por aquello de los “abriles sobrevividos”),  a afirmar que no habrá tracto de nuestra historia política donde no hayan existido “conflictos de cualquier naturaleza”, “tiempos difíciles” y “sorpresas desagradables”. Los únicos que no viviesen esos altibajos, quizás hayan sido aquellos a quienes hubiese tocado en turno, hacer parte de los “prebendados” o estar próximos a “las vecindades del poder”, al menos mientras este hubiese sobrevivido (el poder) sin tropiezos o irremediablemente caído, discreta o estrepitosamente. Solo ellos pueden sucumbir a la tentación de decir, amparados en esa meliflua expresión común, que “todo tiempo pasado fue mejor”. En los países débiles institucionalmente, siempre hay alguien que “goza ganando” mientras otros “sufren perdiendo” y desafortunadamente en el nuestro, los segundos  siguen siendo la gran mayoría. Las ocurrencias en nuestra historia parecen demostrarlo, al tiempo que la noria política sigue, pausadamente, lo que parece ser su inexorable marcha cíclica. Así que si usted es un postor a la cosa pública o a la vida política como quehacer (o tal vez conoce alguno):… ¡Carpe diem!...porque aquí nunca se sabe…
 


10 de enero de 2017

Venezuela, 23 de enero de 1958: TRES MITOS Y TRES REALIDADES…

Una cadena de sucesos que iniciase el 1 de enero y discurriese hasta el 23 de enero de 1.958, dio a su vez como resultado un conjunto variado de acontecimientos que, devenido el tiempo y en opinión de este investigador, fueron adquiriendo categoría de “mitos”. Para los actores políticos de ese tiempo, las borrosidades en el recuerdo, propias acaso de la senectud, la autocomprensión y, porque no, de la justa autocomplacencia, aquellos "mitos" hicieron parte (junto a otros) del amplio repertorio parlante de discursos de ocasión, propalados por aquellos interesados en construir una suerte de “gesta emancipadora popular”, relato discursivo que echaron a rodar en los años subsiguientes sus pretendidos protagonistas. Muchos de aquellos “mitos”, sus respectivas “borrosidades”, "relatos y gramáticas", como suele definir uno de los afamados "encuestólogos teóricos tarifados" de este tiempo actual, pretendieron hacerse "realidades catedralicias" de naturaleza cuasi religiosa.

En este breve pergeñado de ideas, se pretende poner de manifiesto algunos de esos “mitos” y parte de lo que consideramos “realidades”. Como han dejado de ser “fechas patrias” para los actuales actores políticos, especialmente aquellos que están en el usufructo del poder, acaso sea oportuno arrojar "otro tipo de luz" sobre aquellos acontecimientos, especialmente para los más jóvenes, particularmente en este mes que se cumplen 63 años de aquellas vivencias. Otro tanto harán a quienes les toque la tarea y llegado el momento, con las onomásticas de estos autodenominados “revolucionarios rojos” de hoy, tan acostumbrados a la creación insustancial de “mitos” como sus pares de ayer, ahora entelequias habitantes allá, en la pretérita, distante y siempre manipulada existencia político-histórica patria, lar dónde algún día, como lo hacen hoy aquellos "próceres del 58", habitarán estos "albaceas únicos del legado del Supremo y Eterno" porque nada, absolutamente nada, dura para siempre en nuestra historia política vernácula...

MITO UNO: “Pérez Jiménez fue derrocado…” Este primer mito fue una y otra vez propalado por quienes se presumieron actores principales o secundarios de los acontecimientos del 23 de enero de 1958, tanto civiles como militares y lo fue posteriormente, con mayor intensidad, por cuanto "político de oficio" que tuviese la ocasión de hacerlo, en calidad de militante de los partidos institucionales que hicieran vida protagónica en los años por venir. Basados, los más honestos, en su dolor de presos y torturados, perseguidos o humillados, siempre aprovecharon la oportunidad para poner de manifiesto que, virtud del sufrimiento y del “dolor compartido” por el “resto del pueblo”, sus torturas y vejámenes fueron vengados en una “heroica gesta popular”. Existen múltiples definiciones de lo que pudiese, en Teoría Política, conceptuarse como “derrocamiento”. De estas definiciones citaremos tres: el Coup d' Etat anglo francés, el Pustch alemán y el Pronunciamiento español. En dos de los tres, se prevé la participación militar; los tres suponen una suerte de sublevación o alteración con cierta participación colectiva; y los tres establecen la deposición, así como una suerte de posterior detención preventiva y, acaso, la sobrevenida muerte, de quien o quienes hubiesen detentado el poder.

Pérez Jiménez no fue puesto preso, tampoco los militares lo conminaron a renunciar y menos “una nutrida poblada en revuelta popular con apoyo militar” tomó el Palacio de Gobierno. Pérez Jiménez abandonó voluntariamente el cargo, en la madrugada del 23 de enero de 1958, sin mediar renuncia previa ante el Congreso Nacional o ante la Corte Suprema de Justicia. Menos hizo formal renuncia ante las Fuerzas Armadas Nacionales, específicamente ante cualquier alto personero investido de  su representación y tampoco fue “conminado” a renunciar por el Alto Mando Militar. La situación de Pérez Jiménez configura el abandono evidentemente voluntario del cargo; en términos más simples: una rehuida conveniente de sus responsabilidades de mando gubernamental.

MITO DOS: “Pérez Jiménez cae como consecuencia de una revuelta popular”. Las variadas manifestaciones de obreros y estudiantes a lo largo de 1957 (fueran de importante o pequeño porte), así como aquellas que se sucediesen por las actividades organizadas y emprendidas por la Junta Patriótica, los días posteriores a la asonada protagonizada por oficiales de las Fuerzas Aéreas (Mayor Martín Parada) y otros profesionales militares al servicio de las unidades moto blindadas (Coronel Hugo Trejo) en el Ejército, el día 1 de enero de 1958, son hechos aislados, sin solución de continuidad, que, dicho sea de paso, no comprometieron a grandes masas de población como acaso ocurriese en otras naciones (ergo La Habana, Cuba, en las postrimeras horas del año 1958 e inicios de 1959). La manifestación masiva, especialmente en Caracas, ocurre el 23 de enero, luego que una importante masa de población se enterara de la huida de Pérez Jiménez, información que se hizo pública en la ciudad capital, después de las 0400 horas de ese mismo día, como así lo confirman muchos de los medios impresos nacionales de ese entonces. Aun participando nutridos contingentes de población en las manifestaciones caraqueñas acaecidas en esa fecha, estas no se dirigieron a Palacio y tampoco tomaron instalaciones militares, como sí ocurriese el 18 y 19 de octubre de 1945, con el Cuartel San Carlos, en la ciudad de Caracas. Los sucesos a las puertas de la Seguridad Nacional, que condujeron a los linchamientos, asesinatos y persecución de esbirros al servicio de este cuerpo de seguridad del Estado por parte de las turbas enardecidas, así como el intercambio de disparos, tuvieron lugar luego del medio día del 23 de enero de 1958, cuando Pérez Jiménez ya tenía cerca de 10 horas de haberse marchado del país. Por otra parte, el intercambio de disparos se produjo entre agentes de la Seguridad Nacional y soldados del Ejército que hubiesen sitiado previamente aquella sede policial. La reacción tumultuaria de la población, especialmente, reiteramos, en la ciudad de Caracas, fue resultado más del calor del momento, producto del inercial arrebato vindicativo; el ansia oportunista del saqueo en algunos, natural históricamente en estos casos en Venezuela y la emoción por la libertad de los presos en otros. El resto, en nuestra muy particular forma de aproximarnos a los acontecimientos, fue más bien una combinación, insistimos, muy criolla, del afán de fiesta, jolgorio y el siempre oportunista deseo por y para la figuración épicamente protagónica en una "gesta heroica libertaria"…

MITO TRES: “Pérez Jiménez huye por la presión política de sus adversarios, la acción concertada de los militares que se le oponían y las acciones de calle planificadas (y conducidas) por connotados miembros de la Junta Patriótica”. Pérez Jiménez siempre despreció, además con el ademán y el gesto de quien se siente seguro en el poder, al estamento político partidista que, luego de 1952, se limitó al partido COPEI. Por segunda vez en su historia política y primera durante el llamado Decenio Militar, el partido socialcristiano fue sujeto de persecución en la persona de su principal fundador, Doctor Rafael Caldera Rodríguez, cuando este último lanzó su candidatura para el proceso electoral fallido de 1957. Preso y luego expulsado del país, pasó el atropello hacia el Dr. Caldera "sin pena ni gloria" hasta el plebiscito presidencial de ese año, salvo el reclamo airado que, sobre ese particular, hicieran al gobierno importantes personeros de la Jerarquía Eclesiástica venezolana, junto a la plañidera manifestación de una nutrida concurrencia de "damas conservadoras refistoleras". Los líderes clandestinos (PCV-AD) estaban en el exilio (el verdadero exilio, no un autoexilio mayamero vacacional), presos y torturados o muertos y enterrados. Ni la Junta Patriótica, ni las acciones de calle, preocuparon o amilanaron a Pérez Jiménez; antes por el contrario, respondió a ellas como siempre: con plan, cárcel, tortura y plomo...

La presión política (aquella ejercida por partidos políticos y organizaciones representativas de la sociedad venezolana, que hicieran vida en la Junta Patriótica), fue una variable perturbadora adicional (nunca "la variable perturbadora concluyente"), en un conjunto complejo de variables perturbadoras, integrado fundamentalmente por el inicio de una crisis económica inevitable, al perder Venezuela su condición de primer exportador de petróleo del mundo (tras el hallazgo por la industria petrolera anglo-norteamericana y holandesa de yacimientos petrolíferos de más calidad y cuantía, en manos de gobiernos más maleables y complacientes en el Oriente Medio), lo que implicó la reducción drástica del ingreso nacional por este concepto, frente a un gasto público cada vez más creciente, voraz y suntuario, dependiente totalmente del ingente y fructuoso comercio del hidrocarburo rey; como consecuencia de lo anterior, la negación reiterada de Pérez Jiménez a honrar sus compromisos financieros con sus “empresarios y banqueros socios venezolanos”, parte importante de su oligarquía prebendada cuyo crecimiento, paradójicamente, él mismo promoviera; la creciente división a lo interno de las Fuerzas Armadas (error garrafal que cometiesen también los adecos durante el Trienio 1945-1948), que terminara fraccionando a los oficiales entre "Perezjimenistas y No Perezjimenistas" siendo algunos de los últimos, objetivos de persecución y asesinato por parte de agentes de la Seguridad Nacional (casos como los del Capitán Wilfrido Omaña y el Teniente León Droz Blanco); la confrontación con la Iglesia Católica, tras la detención y posterior expulsión del Doctor Rafael Caldera (ya mencionado y que "reventase" de manera concluyente como acumulación en el sistema de conflictos políticos); y, finalmente, el doble desafío a los Estados Unidos, en tanto el establecimiento de políticas de corte cada vez más nacionalista y “la recepción a brazos abiertos” del General Juan Domingo Perón, mal visto por la Secretaría de Estado de los Estados Unidos y mantenido por PJ en Venezuela “a cuerpo de Rey aun en funciones monárquicas”. Inmensamente rico, con su Nuevo Ideal Nacional desecho en un instante, sin apoyo militar y, además, sin el indispensable soporte de su poderoso socio del Norte, PJ escogió el camino propuesto por su amigo, ministro de su gabinete y sempiterno compañero de armas, General Luis Felipe Llovera Páez: “Marcos vámonos, mira que pescuezo no retoña…”.  

El hartazgo de la gente por la suma cada vez mayor de los abusos y arbitrariedades del perezjimenismo (nada distinto de aquel que ejercieran adecos y copeyanos a su turno y hoy el chavismo carmesí) representó “la gota que derramó el vaso”. Y como suele ocurrir casi siempre en estos casos de huida repentina, la partida sorpresiva y, por ende, sin aviso del General, agarró a la oligarquía prebendada totalmente desnuda, madrugándola sin remedio, como novia siempre dispuesta, especialmente aquel 23, plácidamente dormida en el lecho, después de una larga noche de actos de "prometido" amor eterno…Se le fue “su General” dejándola sola en el estelero, tal como lo decía la letra de una afamada pieza musical de entonces: ...!Ay qué General!...¡Ay qué General!...

Aquellos que se empeñan en sostener el  mito revolucionario del 23 de enero, como definiría el Dr. Américo Martín en entrevista reciente "el espíritu hecho carne" no les faltan razones personales de peso: vivieron más de sesenta años de los mitos y terminaron creyendo ciegamente en ellos, como afirmación inequívoca de su propia realidad política, acaso, como aquel que pierde un brazo y argumenta auspicioso que se "siente más liviano" o "ha desarrollado en su cerebro" destrezas de las que no se sabía poseedor. Pero, incuestionablemente y respecto de la realidad de entonces y la actual, no queda la más mínima duda: la procesión va por dentro... 



5 de noviembre de 2016

“El Mar y El Cielo, “Los Panchos” y el asunto de las “dobles agendas” en la historia política venezolana contemporánea.

El trío mejicano de cantantes “Los Panchos” legó una importante cantidad de piezas inolvidables  al repertorio de la música popular hispanoamericana. Una de ellas titulada “El Mar y El Cielo” servirá, a través de los versos que componen la segunda parte de su letra, al propósito de graficar el asunto de las “dobles agendas” en la contienda política venezolana contemporánea, misma que nutre casi permanentemente la historia política nacional. Sí, en efecto, la cadencia musical de “Los Panchos” provee también a nuestra histórica conflictividad política hispanoamericana, no solo del fondo trágico que sus ocurrencias tienen, cuando se trata de situaciones tumultuosas y atrabiliarias, sino cuando, “alegres” por su impronta, adquieren la naturaleza de verdadero “corrido mejicano”.

El Mar y el Cielo se ven igual de azules y en la distancia, parece que se unen…

 Al ritmo de la cadenciosa voz de “Los Panchos” comenzamos a transitar nuestra historia política contemporánea, específicamente desde 1936, año tumultuoso del gobierno del General Eleazar López Contreras. Luego de haber enfrentado un final de año (19 al 31 de diciembre de 1935) con 26 conflictos, que dieron como resultado algunos muertos y buen número de heridos, además de propiedad pública y privada saqueada y destruida, el General López enfrenta entonces la turbamulta de 14 de febrero de 1936, la manifestación vespertina multitudinaria de ese día y la recepción en Palacio de una comisión que le presenta un pliego de peticiones. A lo largo de esa apretada ocurrencia de sucesos, se han venido manifestando dos formas de “civilidad”, entendiendo por esta última denominación, aquel movimiento que aspira darle al país (y a su conducción) un peso “civil”  mucho mayor, esto es, una presencia de “civiles” que por oposición a los “militares” (que representan la dupla tiranía-despotismo) pudiese representar lo “más capaz e idóneo” para sacar al país del tutelaje castrense semifeudal en que ha estado por más de 40 años e introducirlo a la definitiva modernidad, era en la que, desde antes de las postrimerías del siglo XIX, ya vivían las naciones más civilizadas del continente.
Esas dos formas de civilidad bien pudiesen ser definidas como la Civilidad Democrática Conservadora y la Civilidad Democrática Radical. A la primera se adhiere lo más granado de la intelectualidad caraqueña, integrada  por artistas, literatos, afamados profesionales universitarios, pequeños y medianos comerciantes; a la segunda, estudiantes, líderes obreros de actuación colectiva clandestina, políticos de partidos proscritos (caso del entonces recientemente fundado Partido Comunista de Venezuela) y jóvenes líderes políticos en proceso de eclosión que sin tener militancia alguna, ya despuntaban en el firmamento, todavía vacío de estrellatos, en cuanto a líderes políticos nacionales.
La Civilidad Democrática Conservadora está dispuesta a negociar con el General López Contreras e incluso ayudarlo en su gestión de Transición, si con ello allana el camino hacia un gobierno democrático, pulcro en el manejo de los bienes nacionales y dispuesto a introducir elementos modernizantes en la conducción de la cosa pública. La Civilidad Democrática Radical no hace concesiones: la “Revolución” es su camino. López es un capitoste del Gomezalato y debe “morder el polvo” con sus “torturadores, carceleros y sigüises” quienes, junto a él, “deben sucumbir en sus ergástulas antes de echarlas abajo”. Dos expresiones de Civilidad que, como el mar y el cielo se ven igual de azules, y en la distancia parece que se unen, pero sus “agendas” son distintas y ambas las perseguirán con obstinación.

…Mejor es que recuerdes que el cielo siempre es cielo…

El General López Contreras logra que el Congreso Nacional (logro al que restan sus enemigos todo valor, al ser aquel una expresión artificial de un verdadero Poder Legislativo, tratándose los parlamentarios de funcionarios públicos al servicio del Ejecutivo y el Poder Judicial) apruebe un estatuto electoral para convocar a la población a la elección directa, secreta y universal del Poder Municipal, que luego de constituirse, deberá escoger de su seno los Diputados y Senadores que habrán de constituir a su vez un nuevo Congreso Nacional, cuerpo legislativo que, finalmente, tendrá la responsabilidad de elegir al próximo Presidente de la República para 1941. Mientras la Civilidad Democrática Conservadora se incorpora activamente a la campaña electoral que se inicia, a la difusión de sus “bondades” de cara al futuro e incluso alguno de sus más connotados representantes hacen parte del tren ejecutivo, la Civilidad Democrática Radical, en uso de una “doble agenda” participa con candidatos en el proceso electoral que se avecina, organiza partidos políticos, funda sindicatos y hace campaña, mientras, por debajo, organiza huelgas, una de ellas de carácter general, actividades tumultuarias y una paralización de la industria petrolera foránea, confesando más tarde por boca de sus más importantes dirigentes, que todas estas actividades tienen por objeto afectar la gobernabilidad nacional e incluso provocar el derrocamiento del General López.
Los comicios se realizan. Juan Oropeza, Gonzalo Barrios y Jóvito Villalba, relevantes figuras de la Civilidad Democrática Radical, son electos parlamentarios bajo el esquema expuesto en el párrafo anterior. Barrios y Oropeza como Diputados y Villalba, Senador, termina su elección siendo anulada por “haberse comprobado fehacientemente” su militancia comunista, expresamente prohibida por el inciso VI, del Artículo 32, de la Constitución Nacional reformada y vigente. El 13 de marzo de 1937, el Gobierno Nacional por intermedio de su Primer Mandatario, decreta la expulsión de 42 líderes de la Civilidad Radical (entre ellos, por supuesto, Barrios, Villalba y Oropeza) por la misma “flagrante violación” a un precepto constitucional, incompatible con el ejercicio pleno de los derechos políticos en el contexto de una “Democracia Moderna”. A pesar de su “doble agenda” la Civilidad Democrática Radical, tiene que recordar con amargura  que “…el cielo siempre es cielo…”

…Que nunca, nunca, nunca, el mar lo alcanzará…

Corre el mes de septiembre de 1945. El flamante partido Acción Democrática, llevado por su líder máximo y más importante fundador, Rómulo Betancourt Bello, celebra sus primeros cuatro años de vida política. Betancourt, vuelto a Venezuela luego de su exilio en 1939, para 1945 disfruta plenamente de sus derechos políticos, libre además de presión y apremio. AD es el partido que lidera buena parte del acontecer político nacional y es adversario contumaz del Partido Democrático Venezolano, el partido gobernante fundado por el General Isaías Medina Angarita. Betancourt, a espaldas de su militancia y en uso de la “doble agenda”, hace rato que ha hecho contacto con la Unión Militar Patriótica, un grupo de jóvenes oficiales del Ejército que, en la eventualidad de una rebelión contra el gobierno del General Isaías Medina Angarita, han propuesto al líder accióndemocratista asumir la Primera Magistratura Nacional. Rómulo hace uso eficiente de su ya referida “doble agenda”: por arriba participa en política, organizando mítines, dando conferencias, concediendo entrevistas, escribiendo en la prensa, buscando y juramentando prosélitos. Por debajo: preparándose con los  militares para el asalto al poder en la primera oportunidad que se presente.
El 19 de octubre de 1945, Betancourt, como resultado de una rebelión militar producida al borde de su aborto por accidente, es el flamante Presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno. Emprende importantes reformas nacionales, bajo el apremio permanente de los militares, algunos de los cuales tratan de derrocarlo. Todo el tiempo ha hecho uso de la “doble agenda”; con sus adversarios políticos, por ejemplo COPEI; con sus contrapartes en las oligarquías aún no fenecidas;  con los grupos sociales y la Iglesia Católica: a todos los llama, por arriba, a cooperar, al entendimiento y la cooperación. Por debajo, su partido los presiona, los persigue y, en no pocas ocasiones, hace uso de la violencia política sin tasa y medida. A todo lo largo de su Trienio (1945-1948), aún después de electo el Maestro Rómulo Gallegos, primer Presidente Constitucional de la República por elección directa, universal y secreta de todos los venezolanos, Betancourt ha tratado de influir políticamente en las Fuerzas Armadas, generando a su interior una campaña soterrada de división. El 24 de noviembre de 1948, Betancourt, su partido y, tristemente, el Maestro Gallegos, como pasajero sin culpas directas en este buque de bandera difusamente filibustera, entienden con amargura que el cielo siempre será el cielo y “…nunca, nunca, nunca, el mar lo alcanzará…”  

“…permíteme igualarme con el cielo que a ti te corresponde ser el mar…”

Desde 1959 hasta su muerte en los inicios de los años 80, Rómulo utilizará su esquema de “doble agenda” tanto en las pugnas internas de su partido, donde enfrenta con éxito dos importantes divisiones, como con sus sempiternos enemigos “los comunistas”, quienes también en su larga confrontación con los adecos (y luego con los copeyanos) harán uso permanente de la “doble agenda”. Mientras por un lado “convocan al respeto por los derechos del pueblo” y “la integridad física de sus pacíficos militantes”, por el otro organizan rebeliones, asonadas, atentados y acciones de terror, que culminan en una abierta lucha armada contra los gobiernos sucesivos. En todo el tiempo que permanece en el poder la Democracia de Partidos, la “doble agenda” se ejerce contra sus enemigos “comunistas” y vencidos estos por la “persuasiva vía metálica”, ejercida mediante la repartición ingente de “plomo y  plata”, la usan los partidos consistentemente durante sus propias pugnas interpartidarias. Siempre quien tuvo el poder y vencida su contraparte mediante el esquema de la “doble agenda”, se “igualó al cielo” y su adversario, inexorablemente, “le correspondió ser el mar…”
Hoy estamos en una situación equivalente. El gobierno del Presidente Nicolás Maduro (y particularmente él) son obsesivos en el uso de la “doble agenda”. Tras innúmeras convocatorias a la paz, al respeto por “los derechos humanos” y, adicionalmente, en una letanía constante hacia el “respeto por el orden constitucional”, encarcelan, allanan, persiguen, ilegalizan y conculcan los derechos políticos tanto de la oposición política como de los venezolanos. Y sus contrapartes oposicionistas, en una súplica constante por la “integridad del hilo constitucional”, por debajo han organizado paros, golpes, sabotajes de diversa índole y acciones paramilitares en contubernio con sus “aliados por convención” del otro lado de la frontera occidental de Venezuela.
Cada uno, a su tiempo, sueña con culminar el bolero de “Los Panchos” con los dos últimos versos de su estrofa final:
“…permíteme igualarme con el cielo,
que a ti te corresponde ser el mar…

Mientras los venezolanos de a pie, siguen implorando al cielo por una solución y ahogándose en el mar de la incertidumbre, a l no ver ninguna esperanza a la vista. Mientras tanto en el cielo como en el mar, vuela y navega una excelente nave multipropósito: la sempiterna “doble agenda”…

23 de octubre de 2016

Historia Política de Venezuela y el Bolero de Ravel: ¿Variaciones sobre un mismo tema?....Segunda Parte

LA DEMOCRACIA llegó con aires de conciliación. Así lo registra el Profesor Juan Carlos Rey para la historia política venezolana, al bautizar ese período de "acuerdo político nacional" con la nominación con la que, de ahí en adelante, muchos conocieran y dieran a conocer ese acuerdo: "Pacto de conciliación de élites". Y, ciertamente, se trató de una conciliación elistesca: empresarios, banqueros, partidos tradicionales, militares adversos a Pérez Jiménez, Iglesia Católica e instituciones de la Clase Media emergente en tiempos de López Contreras y Medina, y para ese momento ya consolidadas, además con voz propia, incluso el Partido Comunista (a pesar de haber sido excluido de esta fiesta de "pactismo nacional"), suscribieron un gran pacto, explícito en unos casos (Pacto de Nueva York y Pacto de Punto Fijo) e implícito para  la gran mayoría, a los fines de hacer posible la vía democrática como tránsito futuro. Y el espíritu de "esta vez sí" y su correlato temporal "ahora sí", se adueñó de la nación, aunque ese "pueblo" por el que todos "luchan y se desgañitan" y que siempre encarna "el preterido" (porque al hacer parte de esas "élites" o sentirse parte de ellas, te excluye automáticamente de la condición de "pueblo") poco o nada participara de esas negociaciones, estuviese al tanto de sus extremos o finalmente le interesara apenas más allá de las pitanzas que pudiese recibir en el proceso.

Rómulo Betancourt representó al líder carismático que desde 1928, luego en 1936 y finalmente entre los años 1945 y 1948, se colocara al frente de la Civilidad Democrática Radical, tras la búsqueda de la senda democrática, primero marxista y luego socialista al estilo de la Alianza Popular Revolucionaria Peruana de Víctor Raúl Haya de la Torre. De hecho, en 1945, Betancourt intenta la instauración de un experimento aprista que las "equivalentes variaciones sobre un mismo tema" terminan llevándolo a un final no deseado. Ahora un Rómulo Betancourt más maduro, más experimentado, mucho más zamarro y consciente del papel del Gran Vecino del Norte y su "inefablemente inoportuna" presencia en las "experiencias revolucionarias" continentales, que trajeron personajes como Tacho Somoza y luego su engendro Tachito, y la caída del Coronel Jacobo Arbenz en la Guatemala de Asturias (además en el contexto de una Guerra Fría), lo hacen derivar hacia la "social democracia" como interpretación política de la realidad y hacia el capitalismo anglo-norteamericano como sistema económico, ambos más como requerimientos de supervivencia que de la propia convicción del entonces Primer Mandatario Nacional.

En medio de intentos de asesinato, golpes militares y finalmente una guerrilla comunista organizada, construida y conducida por aquellos quienes se sienten engañados por el rumbo que toma el nuevo experimento Betancourista, además con apoyo externo de la turbamulta cubana, que se ha propuesto hacer realidad el "internacionalismo proletario", embullados además por la "realidad notablemente más justa" que construye la Revolución Cubana en la próxima isla antillana,  Betancourt se bate como en sus mejores años de resistencia allá en los años 40, y desata una represión feroz contra sus enemigos, a los que somete como en la dictadura recién derrocada, con prisión, desapariciones, tortura y muerte. ¿Y la democracia? ¿Y la libre expresión de las ideas? ¿Y la libre participación política?...¡Al carajo de nuevo! (con perdón del tarascón poco o nada académico): la conservación del poder justifica todo.

Termina diciendo Betancourt en una declaración pública cuando es increpado sobre "los sufrimientos del pueblo" que le ha causado el Gobierno Democrático, amparado en una recién aprobada y "nueva" Constitución Nacional, misma que echa las bases de la igualmente "nueva República": "El Pueblo sin más, como concepto sin apellido, es una entelequia. El Pueblo es el Pueblo organizado en partidos políticos legales, organizaciones sindicales y gremiales e instituciones de variada índole. El Pueblo, como concepto aislado, ya no existe más..." Betancourt ha "rebautizado" el concepto de Pueblo y lo coloca del lado de su partido, expresión mayoritaria de la sociedad y que él viene organizando, bajo su mano férrea, al mejor estilo estalinista, desde 1941 y que en 1960 y 1963 amenaza con diluirse, tras enfrentar dos divisiones. Acción Democrática, el Partido del Pueblo, se mantendrá siendo la organización política más fuerte, grande y mejor organizada del país, hasta el comienzo de su agonía en 1986. Hoy es apenas una modesta finca en manos de un viejo aspirante a gamonal: Henry Ramos Allup.

La DEMOCRACIA no tarda en caer en las mismas "variaciones temáticas" de siempre: la corrupción, el tráfico de influencias, el clientelismo, la violencia política y su concusión, cohecho y artificios de sinvergüenzas, protagónicos o de bajo perfil, que las han acompañado al través de dos siglos y con las cuales nuestro propio "bolero histórico" o, acaso, un fenotipo oculto en los escombros de algún recodo pretérito, nos obliga a sepultarnos, más allá de las buenos deseos del inicio. En 1992 un grupo de militares acaudillados por un "por ahora" anónimo Comandante, intentan hacerse del Poder Político por la vía de la fuerza, en el peor momento de LA DEMOCRACIA. A pesar de haber hecho "todo lo bueno por allá" el Comandante conmina a "sus fuerzas" a la rendición, según sus propias palabras "...ya vendrán nuevos momentos y nuevas situaciones...". Y en 1998 llegan al fin "esos nuevos momentos y esas nuevas situaciones". En unas elecciones al estilo de LA DEMOCRACIA, con apego a su Derecho y preceptos constitucionales, resulta electo el antiguo "Comandante Golpista" como  Presidente Constitucional de la República de Venezuela, no sin antes haberle puesto todos los obstáculos posibles, los partidos tradicionales, los medios, las clases tributarias de LA DEMOCRACIA, parte de sus retículas oligárquicas construidas durante 8 lustros, merced de ese negociado corruptor.

En 1999, luego de aprobada en Asamblea Constituyente (una promesa electoral del Comandante) una "nueva" Constitución que rebautiza a Venezuela como REPÚBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA, en una reminiscencia (sexta vez en Venezuela) bolivariana, en la que se empeña el Comandante en "resucitar" a todo trance y según su real saber y entender los "verdaderos ideales bolivarianos", se inicia este periodo en cuyo filo (como una navaja) vivimos hoy. Con logros, aciertos y muchos desaciertos, un ingente ingreso petrolero de coyuntura que le da dinero a manos llenas, el Comandante transita de bolivariano, a revolucionario antillano y de allí a socialista con discurso marxista, pero repleto de cubanía en la creación de Nomenklaturas, prebendados y prebendarios a granel, "rial" mediante. Muere el Comandante en el intento y deja el "negocio" en manos del más incapaz (sin saberlo) de sus segundos y la patria de Bolívar; la misma de Páez; la propia de Guzmán; la que avilantó Castro; la que pacifica Gómez; la que enrumba Betancourt por la senda  de LA DEMOCRACIA y en un nuevo arresto revolucionario, lleva al sumun de la locura esta nueva REVOLUCIÓN BOLIVARIANA, se encuentra sumida de nuevo en la pobreza colectiva, siendo esta nueva edición revolucionaria acusada de corrupción, cohecho, tráfico de influencias, abuso, peculado, tanto de uso como de recursos financieros, arbitrariedad e imposición ilegal, inconsulta e ilegítima de "derechos políticos" contrahechos. En suma, las mismas acusaciones, acciones y ocurrencias que causaron la debacle de "las rutilantes creaciones anteriores" que en ejercicio retórico altisonante, prometieron villas y castillos al común.

En los acordes finales del "Bolero de Ravel", terminamos nosotros esta reflexión propia, escuchando a lo lejos lo que parece el inicio de una protesta a las puertas de la Asamblea Nacional, con ocasión de un evento que "los revolucionarios" llaman "intento de golpe" y su contraparte,"la defensa de los derechos políticos conculcados". El 24 de enero de 1848, en medio de uno de los gobiernos más corruptos y abusivos de la nación, para variar (el del General José Tadeo Monagas), Congreso y Ejecutivo se enfrentaron en una situación equivalente, más concretamente, en la demostración definitiva de quien "roncaba más duro". En aquella ocasión, el "Ejecutivo Monaguero" orquestó una agresión con saldo de diputados muertos y gente en la calle fallecida o mal herida. Se irguió Monagas sobre su triunfo, afirmando con convicción: "...la Constitución da para todo...". Y como lo sugiere el "Bolero de Ravel", las "variaciones sobre un mismo tema" dan para la construcción de una pieza plétora de matices, colores y cadencias. Lástima que la nuestra sea tan triste y haya "sonado", al menos hasta hoy, tan mal...



22 de octubre de 2016

Historia Política de Venezuela y el Bolero de Ravel: ¿Variaciones sobre un mismo tema?....Primera Parte

La historia política de Venezuela es plétora de nuevos descubrimientos. Un documento por aquí; una carta por allá; un texto incunable o un escrito perdido de un alguien, acaso anónimo, pero protagonista de algún evento trascendente sin saberlo, nos acerca a un “nuevo descubrimiento” o a una “novedosa interpretación” de un proceso, ocurrencia o tiempo histórico, en una acepción más dilatada. Pero al “alejarnos” del detalle y ver el contexto, el escenario y al quitar las caras y los nombres, nos sorprende en todo su esplendor, el “Bolero de Ravel”. Sí, en efecto, la composición que hiciese inmortal el grande músico francés de las postrimerías del siglo XIX y principios del XX; la misma que no aplaudiesen el día de su estreno, pero como la “Gloria de Bolívar”, fuese creciendo en admiración como “crecen las sombras cuando el sol declina” a decir del poeta Choquehuanca. El “Bolero de Ravel” es una composición prolífica en compases, marchas y contramarchas, en un crescendo continuo que emociona a quien la escucha en la medida en que, precisamente, la escucha. Pero tiene una estructura constante: se trata de variaciones sobre un mismo tema melódico. Eso era lo que aspiraba probar Ravel: la construcción posible de una pieza musical extraordinariamente rica en reflejos y tonalidades, pero como resultado de variaciones sobre un mismo tema.

Partimos un día de una gesta emancipadora guiada por un líder carismático, el Libertador Simón Bolívar, tras la búsqueda obsesiva de la libertad, gloria mediante también y para la construcción de una República. Sangre, tierra, lodo y llanto; lanzas partidas, sables mellados, olor a pólvora y cuerpos descompuestos. Destrucción, fuego y matanza. Rostros desencajados, viudas, huérfanos y medio país en ruinas con media población famélica luchando para vivir. Pero solo la libertad fue su  fruto. Aún con el retumbar de cañones de fondo, se quejaba amargamente Tomás Lander que para 1823, aún se seguían odiando los pocos caraqueños sobrevivientes. En 1830 nacimos realmente como República y de la mano de otro líder carismático, José Antonio Páez Herrera, comenzamos a transitar la senda de una patria “libre y soberana”. Apenas un lustro nos separó de la guerra: en 1835, otros “incómodos” con otros a quienes veían como “cómodos”, encendieron la tea del combate entre nosotros: solo la sangre lava las afrentas de sangre. Y volvió el líder carismático (porque podía) y restituyó el orden. Pero los vicios continuaron y para 1859, apenas 14 años después de la partida de la vida política activa del “Centauro de los Llanos”, por una senda no muy bendita debemos decir, nos comenzamos a matar en masa. Durante 5 largos años, destruimos de nuevo la Patria y más huérfanos, más madres llorosas, más muerte, más candela de por medio, nos llevaron a un nuevo líder carismático y otro tránsito esquivo e incierto: Antonio Guzmán Blanco.

Y vinieron las promesas de una nueva “Revolución”. Tras la enseña de “Muerte al oligarca” se trató de construir aquella nación. Ensayos institucionales, mucha retórica verbosa en lo legal, poco pragmática real; mucha cosmética arquitectónica francesa, a lo Napoleón III y poca realización cultural. Blancos y pardos criollos aquí en el liderazgo; negros, zambos y mulatos allá, al filo de las quebradas. ¿Y las reparticiones? ¿Los premios sociales de la revolución? ¿La igualación que nos ofrecieron por dejar el cuero en la gesta emancipadora, luego en la Revolución de las Reformas, en la insurrección campesina de 1846  y luego en la Guerra Larga, dónde quedó? Las mismas acusaciones de latrocinio, concusión y corrupción; la misma apropiación indebida; el mismo desprecio y abuso que observaron de los “oligarcas", fueron señalados los revolucionarios  de cometer, ahora con mayor intensidad. Y el liberalismo amarillo, la panacea de la justicia, la única forma de salvación nacional, mordió el polvo una tarde, allá en La Victoria de Aragua, allá dónde Ribas, en 1814, se hiciese inmortal. Lo hizo caer una triunfante Revolución Liberal que se auto-proclamó “restauradora” tanto del “liberalismo real” como de los “sueños de Bolívar”. Y un nuevo líder carismático se presentó frente a ella: José Cipriano Castro Ruiz. “Nuevos hombres, nuevos sistemas, nuevos procedimientos” fue la enseña de esta nueva concepción, precedida de su turbamulta respectiva. 

Mayores los abusos, inconmensurable la apropiación del público erial. Vinieron las potencias a cobrarse lo siempre solicitado en préstamo para matarse y lo nunca pagado para resarcirse. Vinieron, como suelen decir los españoles “a por lo suyo”. Los batieron, en alguna medida, pero el Tío Sam que ya campeaba por sus fueros, los asustó con un nuevo poderío en ciernes y el líder carismático trocado en gamonal (como debía ser) se cubrió de gloria por su "denodada resistencia heroica". Pero había venido con un compadre a quien se solazaba en humillar y una madrugada, luego de haber partido el gamonal a curarse de los efectos destructivos de una sífilis propia de cabalgatas de cama sin tasa y medida, el compadre, Juan Vicente Gómez, le “cogió el maíz volteao por la orilla” y se encaramó en el coroto. Una nueva clase de líder carismático, nos llevó por el camino de una amarga “Rehabilitación”. Ergástulas, espalderos, sigüises, adulantes, baños en escuálidas multitudes rastreras, merced del dinero ahora a manos llenas por el descubrimiento del fructuoso aceite negro. Más miseria, más enfermedad y abandono. “Asociaciones convenientes para el impulso del progreso” llamaron a la entrega de concesiones petroleras a perpetuidad al acreciente estamento petrolero mundial, quien viera en esta presa caribeña “buena carne morena a quien hincarle el diente”. Otra enseña, otro gamonal y otro engaño.

27 años presa estuvo Venezuela, eso sí, con “orden y progreso”; hasta la vieja deuda que un día viniesen a cobrarnos por la vía de la invasión punitiva, la pagamos completica y hasta plata nos sobró, luego de un ingente reparto del botín a sus nuevos salvadores. Pero “todo lo bueno tiene que acabar” y el líder trocado, una vez más, en gamonal, eso sí de charretera reluciente, botas pulidas y sable de borlas encarnadas, partió plácido en su cama como habría de corresponder a su “benemérita presencia”. Duro fue el camino de sus sucesores y sincero el intento por construir, más que una "República" o una "Patria", una "Nación" dónde fuese posible que todos compartieran un “ideal colectivo”. Cuando apenas parecía se saboreaban los frutos de esa construcción, tenía que llegar un nuevo "arreo de reinosos", con su carga de nuevas ideas y su recua de apetencias personales, acaso propias de un fenotipo oculto que parece remontarse a algún recóndito pretérito. Trunco quedó aquel esfuerzo, los apremios por “elegir y ser elegido”, por traer una “modernidad más moderna” que la exhibida hasta ahora, impuso un nuevo cambio, un nuevo norte y un nuevo líder carismático: Rómulo Betancourt Bello. Las mismas acusaciones de latrocinio, de oprobio, de abuso en quienes los precedieron e iguales promesas de vida mejor, salvataje de la miseria y justicia redistributiva. La cantaleta reminiscente de la Revolución Liberal, de la Restauradora, de la Rehabilitación, es más, la verídica realización del sueño bolivariano, viene con la Revolución de Octubre, auténtico apremio por la lucha por lo “venezolano” y por lo que le es propio: el pueblo venezolano. No hay duda, este vez si será lo que no ha sido y verdad lo que ha sido falso.

Tres años entre ruidos de sables, tableteo ocasional de ametralladoras e intentos de golpe, junto a acusaciones de latrocinio, peculado doloso, tráfico de influencias, violencia política, abuso y desprecio por el adversario, contra estos nuevos salvadores de la patria, que llevados al inicio de la mano de los militares, llegasen con sus cantos de sirena, caen al suelo de la derrota, luego de una nueva militarada. Y vuelven, en una suerte de “regreso al futuro”, los hombres de uniforme, hoy ya no con machetes y sombreros de hule, sino con rutilantes uniformes, tanques y aviones. Se inicia entonces el intento por construir un “Nuevo Ideal Nacional”, una suerte de “idea colectiva” de “motivación nacional” que anclada en las antiguas glorias patrias y una “identidad histórica común”, nos permita avanzar como "Nación", la "República es poética" y "la Patria romántica",  pero sin embargo numen de la existencia de todos. Y como la cornucopia de la fortuna petrolera se derrama sin presa o represa, como río desbordado, hay “rial” para todo, pero sobre para todos. Pero ese “todo y todos” está limitado al entorno del gamonal militar, su oligarquía inmanente y su clase media tributaria. Los mismos que salieron pobres de la independencia, de las revoluciones intermedias, de la guerra larga, de las revoluciones de ocasión, de la Restauración, la Rehabilitación, la Transición, la Modernidad y de la Revolución de Octubre, parecen ser los mismos que siguen siendo pobres,a pesar de la danza de la fortuna petrolera de charretera y morrión. Similares los preteridos, símiles los olvidos e iguales las cargas criollas.

Y un día el gamonal se auto-convence de su necesaria permanencia en el poder. El afán por la democracia, la nueva religión política nacional, le obliga a hacer un remedo electoral que él, por su impronta, se ve imposibilitado de negar, pero, finalmente, hace remendar convenientemente para resultar ganador. Pero las viejas envidias, las apetencias emergentes, la pérdida de las alianzas poderosas y una crisis económica en ciernes que amenaza la fuente de “rial”, lo ponen en el trance de decidir si vive rico “en el exilio voluntario” o “muere preso” en su paraíso tropical caído. Que se vaya bien largo al carajo su “Nuevo Ideal Nacional”, definitivamente, "...en el mar la vida es más sabrosa...". Y de nuevo en una madrugada, se va el gamonal de turno, a bordo de una vaca no tan sagrada, cargada de mieles y pieles, oro y mirra, incienso y, por supuesto “rial”. Abandonado el trono, corre la voz como pólvora encendida: "córranle, mis compadres, que el palacio está solo". Y la nueva religión se impone. Los mejores votos, la voluntad de todos, el deseo colectivo, nos une en torno a la democracia, LA DEMOCRACIA: la nueva tierra del verde jengibre...o acaso ¿Un engaño más...? Cosas veredes...