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13 de octubre de 2018

18 de octubre de 1945: entre leyendas urbanas, construcciones discursivas y realidades contundentes.

Decía mi dilecto maestro Profesor Doctor Fernando Falcón Veloz que las palabras, especialmente en el discurso político, tienen fuerza vital. En elaboraciones más complejas tales como juicios de valor o su construcción en actos de habla intencionales, hablados a su vez en un lenguaje político particular, en un tiempo determinado y según prácticas sociales e históricas también determinadas por ese tiempo, suelen tener naturaleza petrificante, en el sentido de crear, como monolitos, conceptos, ocurrencias y eventos, hasta convertirlos en “realidades inconmovibles”, realidades que adquieren características de “verdades históricas” que, de tanto repetirlas “como loros”  (tanto los adeptos al discurso de ocasión como los inertes a todo estudio y lectura, también, incluso, no pocos de los denominados "expertos"), terminan haciendo parte del léxico político de generaciones.

Estas líneas tienen por objeto “desmitificar” parte de algunas de esas “verdades históricas” que se repitieron durante un tiempo en Venezuela, sobre todo entre los militantes y simpatizantes del partido Acción Democrática o por los seguidores de Rómulo Betancourt Bello, especialmente sus exégetas. Persuadidos de que esta fecha ya no tiene significación alguna en las generaciones de hoy, por una parte debido a la negligencia supina que rodea al conocimiento (y en alguna medida la enseñanza) de nuestra historia política patria y, por la otra, la creciente deformación por vía del trancazo improvisador y los burdos intentos de ideologización “roja-rojita”, imperativa obligación pedagógica significar que desde nuestra propia perspectiva metodológica y sus correspondientes modelos teóricos políticos de análisis, el 18 de octubre de 1945 se produjo la definitiva trascendencia del Sistema Político Militar Positivista (nacido en 1899 y viviente de fondo, no obstante importantes cambios estructurales y funcionales), hacia el Sistema Político Democrático, en su primer intento, llamado luego por algunos historiógrafos “República Liberal Democrática” (Simón Alberto Consalvi, por ejemplo), aunque entonces, especialmente para sus protagonistas políticos, se tratara más bien de una suerte de “revolución socialista con sordina” o de “socialdemocracia revolucionaria radical a la criolla”.

Entre el 18 de octubre de 1945 (del cual en esta fecha se conmemoran 75 años) y su correspondiente 24 de noviembre de 1948, media un período que en nuestra historia política, se suele definir como el “Trienio Adeco” o simplemente el “Trienio”, período que representa, en alguna medida, un compendio (bien concentrado por cierto) de algunas de las ocurrencias que, durante los últimos 22 años, los venezolanos hemos estado viviendo y sufriendo de manera impenitente. En el entendido de que se trata de dos naciones venezolanas bien distintas, histórica, moral, cultural, social y económicamente, los conflictos políticos allí vividos tuvieron cierta naturaleza equivalente con los actuales. Sin embargo hoy, tal como podemos constatarlo cotidianamente, sus “actos conclusivos” han sido, hasta ahora, totalmente opuestos.

No obstante, volviendo a nuestra temática fundamental, la idea medular de este artículo es tratar de desmontar las “leyendas urbanas”[1] que rodearon a ese período y que nos hemos atrevido a descomponer en dos aspectos esenciales (que hemos tratado de manera conjunta, en aras del tiempo y el espacio exigido por estas redes sociales, con la esperanza de ser alguna vez leídos), a saber, “la conspiración y la rebelión” y “la gestión y el derrocamiento”. Vayamos pues a su encuentro.

1.- La conspiración y la rebelión…

La logia militar conspirativa que promueve los eventos del 18 de octubre de 1945, es aquella bautizada por sus fundadores como Unión Militar Patriótica (UMP). Dirigen y fundan esta agrupación los mayores Julio César Vargas Cárdenas y Marcos Evangelista Pérez Jiménez; los capitanes Horacio López Conde, Miguel Nucete Paoli y Mario Ricardo Vargas Cárdenas; los tenientes Rafael Alfonso Ravard y Martín Márquez Añez, entre otros. De los 925 oficiales que hacen parte del Ejército, Armada y Aviación Militar de Venezuela para el momento de los hechos, al menos 123 hacen parte de la logia. Es la UMP la que conduce las primeras acciones militares, siendo además esta organización (por cierto y reiteramos, estrictamente militar), la que promueve antes de las acciones de armas, los contactos iniciales para reclutar adeptos. Sin embargo, a lo largo de los primeros meses de instalada la Junta Revolucionaria de Gobierno (asimismo en años posteriores), Rómulo Betancourt se hace a la tarea de singularizar el movimiento como una “conspiración cívico-militar”.

De hecho en una entrevista que sostiene Betancourt en la Embajada de los Estados Unidos, el 21 de noviembre de 1945, con Allan Dawson, funcionario de la Secretaría de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica (del que se ha dicho estaba en Venezuela con la intención de “mediar” para la realización de la rebelión militar), Rómulo afirma categóricamente, según cita el mismo Dawson en informe a su dependencia de adscripción, que “este no fue un movimiento improvisado rápidamente. Había sido planeado por años. Siempre tuvimos confianza en el Ejército.”

Todo parece indicar, si se toma como cierta esta afirmación de Betancourt, que la conspiración entre civiles y militares era un hecho continuado en el tiempo, toda vez que se trataba de un movimiento “…planeado por años…”. Sin embargo, en declaraciones dadas por el capitán Mario Ricardo Vargas a la escritora y periodista Ana Mercedes Pérez (que esta última hiciera públicas en su libro titulado “La verdad inédita”), el citado oficial hubiese afirmado que “nuestro primer contacto con los dirigentes de Acción Democrática, lo tuvimos entre el 21 y el 25 de mayo de 1945”. El propio Marcos Pérez Jiménez en varias oportunidades habría afirmado lo mismo. Cinco meses, ciertamente, no representan un plan fraguado “…por años…”.

La rebelión militar del 18 de octubre de 1945 fue una situación sorpresiva e inesperada. Se dispara tras la detención del mayor Marcos Pérez Jiménez y el intento de detención del mayor Carlos Delgado Chalbaud- Gómez, así como del capitán Mario Vargas Cárdenas en la Escuela Militar, la mañana del 18 de octubre de 1945, lo que sugería la delación o el conocimiento por parte del gobierno en funciones, de una “conspiración militar en marcha”; de hecho y en días previos (entre el 16 y el 17 de octubre), el general Medina Angarita hubiese recibido una lista de ocho oficiales comprometidos en una probable asonada y en la que figurasen los nombres de ambos hermanos Vargas Cárdenas, Pérez Jiménez y Delgado Chalbaud-Gómez. 

Los primeros hechos de armas se dan en la Escuela Militar de La Planicie, el Palacio de Miraflores y el cuartel Gral. José Antonio Páez, ubicado en la ciudad de Maracay, estado Aragua. Todos los participantes en esos hechos, así como sus líderes, son oficiales del Ejército, así como de la Aviación Militar, miembros todos de la Unión Militar Patriótica. La incorporación de civiles, fuesen o no militantes del partido Acción Democrática, se va dando mucho después de iniciados los combates y concretamente en la ciudad de Caracas. De hecho, el maestro Rómulo Gallegos Freyre, a la sazón Presidente de AD, se entera de la participación de ese partido en la conspiración, por boca del propio Rómulo Betancourt y pasadas las 1300 horas (una de la tarde), el mismo día 18 de octubre. Hasta la detención sorpresiva de Pérez Jiménez, los únicos miembros de Acción Democrática que conocen de una conspiración  castrense son, además de Betancourt, el doctor Gonzalo Barrios Bustillos y, casi al filo de su transformación en rebelión, el doctor Raúl Leoni Otero.

De modo que mal puede hablarse de esa conjunción de “Pueblo y Ejército”; de una conspiración fraguada “desde años atrás” y de una rebelión “planificada estratégica y tácticamente como acción de armas”. Todas las afirmaciones anteriores (porque dudo que hoy existan dudas al respecto) hicieron parte del desarrollo de meras “leyendas urbanas”. La conspiración fue de origen estrictamente militar. Fue, además, la UMP, por conducto de Pérez Jiménez, quien le ofrece la Primera Magistratura Nacional a Rómulo Betancourt, de producirse una rebelión, como de hecho y de derecho termina ocurriendo el día 19 de octubre, pasadas las 1800 horas (6 de la tarde), según el testimonio del mayor Celestino Velazco, firmante del acta de creación de la Junta Revolucionaria de Gobierno y quien dirigiese no solo la toma del Palacio de Miraflores, sino, más tarde y en compañía del mayor Enrique Rincón Calcaño, la defensa de la posición de palacio, así como el reclutamiento de reservistas en la zona cercana a la iglesia de Pagüita. Rómulo Betancourt no participa en ninguna acción de armas y se mantiene a buen recaudo hasta la finalización de los combates. El resto hace parte de “la leyenda urbana” sobre el 18 de octubre, esto es y más concretamente: del cuento político truculento, propio de la propagación de la  "épica-patética  revolucionaria"…

Lo que sí no hace parte de la leyenda y salva al país de una sangría inútil, es la renuncia del general Isaías Medina Angarita, Presidente Constitucional de la República de Venezuela, hecho verificado a las 1500 horas (3 de la tarde), del día 19 de noviembre de 1945 y en el cuartel de caballería Gral. Ambrosio Plaza. El General Medina, bien categórico por cierto, hace saber a quienes reciben su declinación al ejercicio del cargo (a saber los mayores Julio César Vargas Cárdenas y Marcos Evangelista Pérez Jiménez), que lo hace, precisamente, para “…evitar al país la desgracia de una guerra civil…”[2]. De manera que mal puede hablarse de un “Medina derrocado”, más bien se está en presencia de un "Medina renunciante" de manera absolutamente voluntaria. Luego, Medina ratifica su renuncia al cargo, ya estando detenido en la Escuela Militar y ante la presencia del oficial de más alto rango, miembro (a última hora de paso) de la Unión Militar Patriótica: el mayor Carlos Román Delgado Chalbaud-Gómez.


2.- La gestión y el derrocamiento…

La Junta se inicia con el verbo tremendista del ahora flamante Presidente de la República, funcionario por vía de hecho, que no electo mediante ningún proceso constitucional previo, ni previsto tampoco por la misma vía, en ninguna fórmula equivalente. El movimiento ha sido hábilmente titulado “Revolución de Octubre”, acaso con el doble propósito de darle “connotación revolucionaria” a lo soviético y para tapar la mácula del golpe de Estado[3]. El 30 de octubre de 1945, el Presidente Betancourt se dirige a la nación por mensaje radial y para explicar la naturaleza del movimiento:

“La finalidad básica de nuestro movimiento es la de liquidar, de una vez por todas, los vicios de la administración, el peculado y el sistema de imposición personalista y autocrática, sin libre consulta de la voluntad popular, que fueron características de los gobiernos de López Contreras y Medina Angarita. En consecuencia, la Junta Revolucionaria de Gobierno está dispuesta a proceder con serena, pero inquebrantable y resuelta energía, contra quienes pretendan propiciar el retorno a las condiciones político-administrativas frente a las cuales surgió la protesta armada de Pueblo y Ejército.”

Regresando al sentido colegiado de la rebelión, esto es, “Pueblo y Ejército” unidos en la “protesta armada”, la Junta se inicia admonitoria, por intermedio de su Presidente, contra los defenestrados y advirtiendo la acción enérgica contra quienes se les opongan, sobre todo aquellos quienes piensen retrotraerse a las condiciones “político-administrativas” del pasado reciente. La “imposición” personalista y autocrática, sin libre consulta popular” práctica sujeta a liquidación. El “peculado” y los “vicios administrativos”  pasan a ser costumbres deleznables cotidianas, propias del pasado recientemente muerto y los culpables de su ocurrencia, presos convertidos en reos de justicia mayor.

Treinta y seis conflictos de intensidad entre media y alta, de variada naturaleza política, económica y social, así como militar, persiguen esa gestión trienal desde el mismo 19 de octubre de 1945, cuando Pérez Jiménez y Vargas Cárdenas (Julio César, el mayor de los dos hermanos y Mayor del Ejército) son deliberadamente excluidos de la Junta Revolucionaria de Gobierno, provocando la insurrección de Vargas Cárdenas. Discurre proceloso este “río revolucionario” hasta el 24 de noviembre de 1948, fecha en la que el primer gobierno electo por votación popular, directa y secreta en la historia republicana de Venezuela hasta ese momento, resulta efectiva y por clara definición en Teoría Política, derrocado a manos del mismo sector militar que lo llevase al poder.

Sectarismo en la gestión pública; intentos de división de las Fuerzas Armadas; cooptación de todos los espacios políticos; uso de la violencia física contra el adversario partidista; pugna interpartidaria que el mismo Betancourt define como “guerra civil no declarada”; confrontación con la Iglesia Católica; confrontación sindical; choque frontal con los intereses de la industria, banca y comercio tanto locales como foráneos, especialmente aquella dedicada al negocio internacional del fructuoso aceite negro; enfrentamiento con la clase media emergente, por el intento de control sobre la educación primaria y secundaria, particularmente aquella bajo administración privada; totalitarismo ideológico; y, finalmente, peculado, cohecho y corrupción, son las acusaciones (algunas de ellas comprobables por vía empírica) que se le endilgan al partido Acción Democrática y al sector militar que simpatiza con esa organización política, en el desempeño de la función pública.

Más allá de lograr una Constitución Nacional sin pécora; alcanzar votaciones nunca antes vistas en la historia del país hasta ese momento, por su inequívoca amplia y bajo ningún concepto constreñida (por vía jurídica o de hecho) participación electoral del pueblo; decretar derechos políticos y ciudadanos a la población en general, jamás previamente consagrados en ordenamiento constitucional alguno antes del aprobado en 1947, las máculas corruptoras previamente citadas y un estado cotidiano de tensión política, aunado a otro de permanente enfrentamiento social, así como el peligro estratégico que significaba para la institución armada la pérdida de la cohesión (lograda con la defenestración de los viejos mandos y la creación de las Fuerzas Armadas Nacionales), dan al traste con el gobierno trienal. La obstinada convicción de poseer “todos los hilos en la mano” y de que “cobre y caña” podrían conspirar contra el propósito de la institución armada de alcanzar su modernización, así como su definitiva profesionalización, condujeron a AD a un destino nunca esperado, pero alguna vez imaginado en ese devenir trienal, mientras persistió esa “malhadada sociedad revolucionaria” entre el partido del pueblo y el joven sector militar complotado.

A despecho de que banca, incipiente industria local y empresa petrolera norteamericana, desde el primer año, se confabularan para ver caer a los "adecos" del poder, su propia estulticia, su ceguera y su arrogancia (muy propia de quien se siente seguro del ejercicio poder político, verbi gracia hoy), prepararon el terreno para su derrocamiento, para dolor de buena parte de los venezolanos de ese tiempo y aún hoy, al verse materializado en la persona de un republicano decente e íntegro como lo fuese Rómulo Gallegos Freyre. Destituido, preso y expulsado del país, Rómulo Gallegos constituye el único Primer Magistrado Nacional civil, defenestrado en funciones y en su tiempo histórico, mediante un golpe militar activo y triunfante, además sin disparar un solo tiro. Como se expresara en líneas previas, plétora es la teoría política en definiciones sobre esa situación, pero su tratamiento, reiteramos teórico, escapa a este corto artículo.

Respecto de ese golpe del 24 de noviembre de 1948 y del que este año se cumplen setenta y dos años exactos de su ocurrencia, importante hacer notar que existe un testimonio gráfico por demás elocuente, en la llamada colección Pozueta, con asiento en la Biblioteca Nacional y que ha sido sujeto de reproducción en muchas y muy afamadas publicaciones de circulación nacional. Se trata de una fotografía tomada en horas del mediodía y en las adyacencias de la esquina de Las Monjas, al sur oeste de la Plaza Bolívar de Caracas, precisamente en la misma fecha del golpe militar.

Un blindado hace guardia allí y su tripulación, distraída, ve pasar a los viandantes, mientras un par de soldados degustan sendos vasos de chicha al pie del tanque; en la torreta, un tercer soldado hace lo propio. Un espigado moreno, agente de policía, mira al fotógrafo de soslayo, mientras a la vera del blindado, pasa un señor, también desprevenido, quien disfruta del último “jalón” de un cigarrillo, ya casi extinto. Junto a él o acaso un poco más allá, un muchacho, embutido en lo que parece un “guarda polvos” escolar o posiblemente una bata de dependiente, pasa mirando con curiosidad juvenil a la potente pieza de artillería mecanizada, acaso solo conocida por aquel durante la realización de algún desfile militar, con ocasión de alguna fecha patria. Al frente del Capitolio Federal Legislativo, tres viandantes conversan y un poco más acá, un albañil camina en dirección oeste.  En suma, todos parecen estar pasando la faena de un “Golpe Militar” con absoluta tranquilidad, vale decir, en suerte de que “aquí no ha pasado nada”. Brillan por su ausencia los “5.000 compañeros armados” con los que los dirigentes de Acción Democrática, han amenazado previamente a los militares, “si acaso se atreviesen a darle un golpe a Gallegos”.

Años faltan para que aparezca en las letras castellanas, ese inmortal de la novela colombiana que fuese Gabriel García Márquez. Unos cuantos lustros más para que hagan aparición algunos de sus más brillantes cuentos. Pero en este caso, valga el uso de uno de sus afamados títulos: la caída de Rómulo Gallegos no se trató más que de la “crónica de una muerte anunciada”.  Y las acciones vengadoras de grupos de obreros “ofendidos por el ataque artero a la democracia”, armados con los fusiles “tomados en los cuarteles  de las manos callosas de soldados campesinos, arrancados de los arados por la voluntad atrabiliaria del militar reclutador y  dotados aquellos, además, de teas encendidas de fervor patriótico y democrático”, meros actos de habla de naturaleza tremendista, propias del discurso político de un tiempo “revolucionario” para esos instantes ya en plena e inequívoca agonía.

Leyendas urbanas, cuentos de camino, porque en nuestra tierra de gracia cuando el sable grita y canta, el birrete calla y escucha; y parecemos estar interpretando esa tonada desde 1830. Y cuando la obstinación toca su límite, "las hordas vengadoras" prefieren una chicha bien fría en lugar del escurrir de la sangre cálida. Para quien ejerce el poder político, la sorpresa no existe, hasta que alguna mañana aciaga, toca a su puerta, gélida como la parca, vestida de lóbrego color y con la guadaña roja en tinta, seguida inexorablemente por la traición. Y como el viejo programa de aquel afamado locutor y periodista, quien fuera en vida nuestro siempre recordado Luis Brito Arocha, afirmaremos sin empacho alguno: Así es mi tierra, compadre...¡Urpia, Dolores!... ¡Maestro arpisto, arránquese, que una nueva tonada acaso está esperando...!







[1] “…historia nunca sucedida pero contada como si hubiese realmente ocurrido…”. Neologismo acuñado por el folclorista estadounidense Richard Dorson (1916-1981), Doctor en Historia por la Universidad de Harvard y catedrático de Historia del Folclore en las universidades de Michigan e Indiana respectivamente.
[2] Hay dos testimonios que permiten presumir que la rebelión militar promovida por la UMP, presionada por las circunstancias, pudo haberse resistido, acaso con cierto éxito. El primero es el de Don Mario Briceño Iragorry, quien testimonia el nerviosismo vespertino de Delgado Chalbaud respecto de una “posible derrota” y la solicitud de este último al General Eleazar López Contreras para que fungiese como mediador, ante una posible rendición de la Escuela Militar. El otro, es del General Juan de Dios Celis Paredes, quien, en el propio cuartel Plaza, solicitase al General Medina su restitución al mando militar (Celis Paredes fungiría a la sazón como un ministro civil del despacho ejecutivo), con la garantía de tener éxito militar a muy corto plazo.
[3] “La intención de presentar la Revolución desde su origen como un acto popular, o al menos como resultado de la unión cívico-militar tiene-dentro del tiempo revolucionario- el propósito de eludir la carga significativa de la expresión golpe de Estado, cuya mención queda contenida para los actores en el solo uso de revolución.” Ramírez, Sócrates; Decir una Revolución. ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA. FUNDACIÓN BANCARIBE. Caracas, 2104. Pág.80.

28 de abril de 2018

¿POR QUÉ MADURO NO CAE?: un intento histórico político de explicación venezolana…

Los que vivimos en la Venezuela de hoy, escuchamos formularse la pregunta que titula este artículo, tanto a propios como a extraños, reiterada y obstinadamente. En el contexto de la peor crisis económica, política y social de nuestra historia contemporánea y una de las más graves (no la única por cierto) de nuestra historia republicana, cabe siempre preguntarse ¿Cómo es posible que no se haya producido en el país una importante conmoción nacional? ¿Por qué la gente opta por huir en lugar de luchar? ¿Qué mantiene a Nicolás Maduro, el peor presidente de la historia republicana contemporánea (con muchísimo), firme en el poder político? Esotéricas y de impronta hechicera muchas las explicaciones; histórico políticas algunas. Intentamos entonces con esta, pergeñar ideas empíricas respecto de  las segundas. Vayamos a su encuentro.

El General Juan Vicente Gómez Chacón fue Presidente de la República hasta su muerte y por la no menos módica suma de 27 años (1908-1935). El General Eleazar López Contreras lo sucedió y culminó su período sin conmociones sustantivas (1935-1940), no obstante haber enfrentado un primer año de gobierno con importantes conflictos políticos y sociales. El General Isaías Medina Angarita (1940-1945) renunció al cargo en medio de una rebelión militar sorpresiva (1945), promovida por menos del 20% de la oficialidad profesional de entonces, quienes en su mayoría aspiraban a reivindicaciones profesionales, sociales y económicas. Posiblemente de haberlos atendido a tiempo, acaso el General Medina hubiese culminado su mandato sin mayores inconvenientes, pero eso es ucronía y no pretendemos entrar en el nebuloso mundo de la lucubración.

Rómulo Gallegos (1947-1948) fue derrocado por esos mismos militares, en medio de una crisis política de importantes consecuencias, que hizo eclosión en 1948. Esos mismos oficiales de las Fuerzas Armadas gobernaron el país por 10 años consecutivos (1948-1958), cometiendo dos fraudes electorales sustantivos y con un período (1953-1958) que fuera caracterizado en Venezuela, hoy día e incluso por sus detractores, como uno de los más brillantes en términos económicos, sociales, de paz social y estabilidad política hasta su momento. Culminó con el abandono del cargo del General Marcos Pérez Jiménez,Presidente en funciones, en medio de una crisis económica, política y social de cierta magnitud, junto a un cerco internacional a los gobiernos militares suramericanos de su tiempo.

Ningún gobierno del tiempo de la Democracia de Partidos (1958-1998) resultó derrocado. Incluso los gobiernos de Rómulo Betancourt (1959-1964) y el segundo de Carlos Andrés Pérez (1989-1993), no pudieron ser defenestrados por rebeliones militares y en el caso del primero, aún con un intento fallido de magnicidio, que persiguiese finalmente un desenlace en esa dirección. Ambos se caracterizaron por contextos políticos, económicos y sociales muy complejos, si se les compara con sus contextos, reiteramos, políticos, económicos y sociales precedentes. Dicho en términos más simplistas: siempre se transitó la senda de “mal en peor” o al menos los adversarios políticos en cada tiempo histórico y sus  medios de comunicación social propaladores, así se dieron la tarea en señalar. Entonces ¿Tienen los venezolanos contemporáneos sangre de horchata? ¿Acunan en sus almas complejos profundos de mártires del Gólgota? O antes por el contrario ¿Han alcanzado una tan "ínclita madurez política" que no obstante la “crisis horribilis”, los hace pensar más en los votos que en las balas?

La explicación, según este investigador, parece tener que ver con tres componentes esenciales: una importante parte de la sociedad cómplice y promotora de la concusión y el cohecho, comportamiento de origen fonotípicamente histórico; la indiferencia colectiva frente al destino del país que se habita como "República", ignorando supina y mayoritariamente el significado del concepto; y, finalmente, el apoyo irrestricto del componente militar al sostenimiento del orden político, funcionando como lo hace un ejército de ocupación en un país derrotado.

Comencemos por la primera de esas componentes: las sociedades cómplices. Ciertamente, no es la venezolana la única de las sociedades cómplices en la historia política mundial. Como ejemplos palmarios tenemos a la sociedad alemana frente a los horrores del nazismo y la persecución judía; una importante parte de la francesa frente a la ocupación alemana, durante la Segunda Guerra Mundial y en la delación, además de persecución, de sus propios compatriotas en resistencia; la silente sociedad checa mientras duró el imperio del terror de Reinhard Heydrich; las sociedades argentina y chilena durante los gobiernos protagonizados por las Fuerzas Armadas como colectivos sociales corporativizados; parte de la sociedad siria frente a las matanzas de Duma y Guta oriental; una sustantiva representación social hebrea frente a la expoliación y matanza del pueblo palestino; además de un largo etcétera que la evidencia empírica, luz meridiana en las Ciencias Sociales, provee a manos llenas.

Las “sociedades cómplices” parecieran serlo por dos razones fundamentales: miedo y corrupción. Ambos son componentes esenciales de una misma motivación: la supervivencia. Existen gobiernos “especialistas” en el manejo de esos “instrumentos de naturaleza estrictamente humana”, tremendamente eficaces en el mantenimiento del control social. Durante el tiempo de la llamada (por la izquierda venezolana) “lucha armada”, específicamente durante el gobierno presidido por el Dr. Rafael Caldera Rodríguez, en el contexto de la aplicación práctica de su muy afamada "Política de Pacificación", a los “detenidos”, especialmente los más connotados guerrilleros, se les conducía a los llamados “vuelos de la muerte”, tal cual aquellos célebres de sus pares en los gobiernos australes, en este caso militares argentinos y chilenos, pero con una variante muy venezolana, además de una eficacia respaldada por argumentos de una indiscutible y "bien elocuente" solidez material. A bordo de un helicóptero Bell Ranger, con las compuertas de vuelo abiertas, se colocaba al “detenido” en la disyuntiva de “salir despedido al vacío” o aceptar una maleta rellena de billetes (variante criolla bien propia). Apenas unos pocos resultaron ser “Ícaros por convicción ideológica”, los demás, mirando de soslayo el esmeraldino color que dimana de la moneda estadounidense, “cayeron derrotados” en sus, hasta ese lucrativo momento, “férreas convicciones ideológicas”.

Lo que tratamos de mostrar en el párrafo anterior es que, antes de morir en lucha desigual, el venezolano contemporáneo común parece preferir asirse a cualquier oportunidad de hacer parte de la "lucrativa cadena de montaje", que rueda inexorable hacia “la magnífica oportunidad” de hacer dinero o, al menos, "manque sea fallo", obtener una prebenda, por pequeña que sea, por ejemplo, una bolsa de comida en un contexto general de hambre compartida. El gobierno de la gerontocracia cubana castrista es “un verdadero sabio experto” en la administración de estos miserables mecanismos de control social, mismos que ha extendido "con particular eficacia y eficiencia" a su provincia del sur, otrora llamada Venezuela independiente. Pero es que lo propio hizo con suficiencia magistral Pérez Jiménez en el período de oro (1953-1958); lo ejercitó también el General Gómez, siendo continuado, aunque en una pírrica medida, sobre todo en lo militar, por los Generales López y Medina. Los adecos se apropiaron del mismo accionar no solo en el Trienio (1945-1948) donde hicieron lujos de sus “mágicas aplicaciones” (siendo señalados por sus adversarios hasta la saciedad por corruptos, cohechadores y traficantes de influencias), sino durante todos los ocho lustros que se extendió la Democracia de Partidos, junto a sus adversarios políticos, pero sobre una misma acera de poder: los “católicos, apostólicos y romanos” copeyanos.

Hoy y aquí, así lo hace el gobierno del Presidente Maduro. Podríamos decir que de esa infortunada administración, por decir lo más benévolo, cuelga una “neo-oligarquía roja”, corrupta, cohechadora y concusiva, de la que se desprende una “clase media” de reciente data y un funcionariado que, aunque mal pagado, tiene al menos la posibilidad de “comer algo” respecto de una inmensa mayoría que compromete lo poco que le queda de ahorros en la única inversión significativa: “comprar comida”. En el peor de los casos, esa mayoría languidece hurgando dentro de la basura para buscar el diario sustento alimenticio, alternando esa práctica, los más osados y para sobrevivir, con el atraco a mano armada (hasta con pedazos de vidrio como arma punzo penetrante), para ver cómo se procuran al menos un mendrugo de algo informe, para engañar con triste descaro el vacío estómago. La tan mentada “Caja CLAP” o la posibilidad de ser preso, torturado o muerto en una ergástula, son mecanismos de una eficiencia incontrovertible para contener a las grandes mayorías. La prebenda directa, materializada en dólares, poder, camionetas, espalderos en motos de alta cilindrada y ambientes urbanos de lujosa habitación, libres de peligro, con asistencia médica de punta totalmente garantizada, además de vacaciones principescas, son algunos de los “disfrutes” que como miembro de esta “Nomenklatura roja criolla” esperan como incentivos a quien se rinda a las veleidades del poder. Un aproximado de 7,5 millones de venezolanos en ambas condiciones, sean oligarcas o funcionarios prebendados y sus familiares, balan tras el canto pastor de Nicolás Maduro. Los hubo ayer, los hay hoy y los habrá mañana. El asunto es de “pueblos” no de “sistemas políticos, económicos y sociales”.

El venezolano común, en su inmensa mayoría, pobre, preterido, presa de la ignorancia, muchas veces negligente y obnubilado por una suerte de sufrimiento inveterado, siempre ha sido indiferente al “destino de la Patria”. No habiendo tenido claro el concepto de República, ha marchado ciego tras los cantos de sirenas, vindicativos en la mayoría de los casos, de los líderes carismáticos de turno. El sueño por una “vida mejor” que nunca llega o llegará, lo hace terminar en la misma pobreza endémica de todas sus horas pasadas o haciendo parte de alguna banda local o nacional, que habita en la borrosidad de la política de albañal con la corrupción y el hampa común. Símil del crimen organizado (porque hoy día no hay parte de nuestro continente latinoamericano dónde prohombre y gusano no bailen de consuno, si de intereses pecuniarios se trata), sus capos y métodos de ascender, la política nuestra es un marasmo en cuyas miserias se regodean sus protagonistas. Pero no fue distinto en el pasado, solo con la única diferencia de que el hampa común “estaba allá” y se le “contrataba” para el “trabajo sucio” a cambio de hacerse la fuerza pública de la “vista gorda”; hoy hace parte del gobierno, de los cuerpos deliberantes y de todas las instancias de poder municipal, muy especialmente de aquel denominado con rimbombancia panfletaria “Poder Popular”.

La clase media intelectual, profesional, técnica y comercial-bancaria, al menos en la historia contemporánea y tras el inicio de la industria petrolera, no es más que un subproducto de las oligarquías de turno, más que una consecuencia natural del progreso económico y social de un colectivo llamado país, dotado desde un principio de un plan coherente de desarrollo económico, más allá de banderías partidarias y que impulse desde abajo el crecimiento de las grandes masas de preteridos. Antes por el contrario, surge de un determinado sistema político quien en el reparto del botín a sus seguidores, genera cierta actividad económica que permite la formación de retículas medias funcionariales, que dan vida al aparato económico y social del sistema político de turno. Esa forma de “construir país” nos persigue inclemente y cuando el sistema político que da origen a su dinámica social propia, fenece de muerte súbita o cáncer social, termina cayendo la estructura social, cuesta abajo en su rodada, especialmente la clase media, también de turno, para dar paso a la repetición del mismo mecanismo perverso de construcción de clases, una y otra vez...

Maduro está construyendo su “clase media roja”, aquella para quien (para nada) es indiferente el destino de la “Revolución Bonita”, pero para la moribunda clase media de la “IV República” solo hubo tres caminos: unirse a los pobres históricos;  conservar con gran sacrificio sus ya magros privilegios añosos; o, finalmente, huir hacia otros predios más promisorios fuera de su Patria, en suerte de exilio voluntario. Los primeros terminaron siendo indiferentes por la derrota y por la costumbre que ya existe entre los pobres históricos; los segundos se dieron a la tarea obsesiva de contar “los segundos” que les quedaban entre sus decadentes e inalcanzables privilegios añosos, dados los precios que la hiperinflación impuso, siendo ya, por mera constitución, indiferentes a su inexorable destino; los terceros, tienen por fuerza que ser indiferentes, al enfrentar la dureza del despertar de un sueño en tierras extrañas, siendo inmigrantes obligados, impelidos también por la supervivencia. La indiferencia también es cuestión de “pueblos”, que no de sistemas políticos y por muy lerdo que sea el Primer Magistrado Nacional, zoquete no es y él lo sabe, contimás su entorno, en particular la gerontocracia palera antillana, que lo sustenta cada vez con mayor fuerza, bajo el influjo de los "bawalaos" ideológicos.

El Ejército Nacional profesional fue una creación depurada, encuadrada y terminada por los Generales José Cipriano Castro Ruiz, Juan Vicente Gómez Chacón y Eleazar López Contreras. Un Ejército concebido, junto a una red carretera nacional, para “mantener el orden interno” condición sine cua non para lograr el tan ansiado (y nunca por desgracia alcanzado) “progreso nacional”. Dotado de los principios esenciales de su existencia, estos son, la disciplina, la obediencia y la subordinación (el famoso DOS sobre el que se basa toda la pirámide doctrinaria militar institucional venezolana), el Ejército Nacional sirvió de sostén de los tres primeros gobiernos del positivismo venezolano, que vio la luz en las primeras cuatro décadas del siglo XX en Venezuela. El glorioso Ejército Nacional, “heredero de las glorias épicas de la Patria Bolivariana”, encaminó al país hacia la modernidad, siendo dotado entonces de cierto poder arbitral sobre la vida política de la nación venezolana.

Pero, paradójicamente, fueron los civiles venezolanos (tanto la llamada civilidad radical democrática como la civilidad democrática conciliadora), los que confirieron al Ejército Nacional su papel de “actor de primer orden en la vida política nacional”, en lugar de su mera condición arbitral. Los civiles siempre convocaron a los militares para “obrar contra el orden viciado”, bajo el pretexto inexcusable de cumplir “su sagrado deber para con la Patria”. Y estando en el usufructo del poder, trataron de dividirlos o utilizarlos como si se tratara de eunucos intelectuales o brutos congénitos por aquello de haberse convertido en militares de profesión. Sobre las bayonetas de los soldados se han sostenido, en nuestra historia política nacional contemporánea, todos nuestros gobiernos. “Héroes y villanos”, alternativamente, han sido en los últimos 80 años.

Y cada vez que los han convocado, tienen plena certeza de su llegada pero su partida, más temprano que tarde, se torna en constante incertidumbre, pregunta obligante de imperiosa respuesta. De la misma consistencia moral que nos caracteriza a todos los venezolanos (nuestros militares no vienen de Marte), pero dotados del libérrimo arbitrio, así como del poder legítimo, derivados ambos de la posesión indiscutible del máximo poder de fuego, así como de la posibilidad de decidir, sin perjuicio de ninguna especie, sobre la vida y a muerte de cualquier cristiano en nuestros predios nacionales, son presas fáciles de la concusión, el cohecho y el inefable tráfico de influencias, cayendo aún más estrepitosamente que los civiles en la procelosa corriente del billete fácil. Eso también lo sabe Maduro; de hecho, son ellos los que, de alguna u otra forma, lo han puesto allí, porque fue uno de ellos, contimás líder carismático dominador, quien así lo dispusiese. A ellos parte y reparte, a saco lleno, la riqueza hoy día nada fácil, producto de la escasa comercialización del también escasamente disponible aceite negro.

De forma y manera que una sociedad cómplice o al menos buena parte de ella, un venezolano común indiferente a su suerte y una Fuerza Armada al servicio de sus intereses pecuniarios, profesionales y  técnicos “como garantes del orden interno” sostienen como pilares de piedra al gobierno de Nicolás Maduro Moros, Primer Mandatario Nacional quien, además, se reelegirá en los últimos comicios donde los venezolanos que concurran a las urnas (las electorales, porque a las funerarias ya concurrieron 135 jóvenes venezolanos sin que terminase ocurriendo absolutamente nada), culminarán ejerciendo, por última vez en nuestra historia política nacional, su derecho al voto “libre, universal, directo y secreto”, derecho político que no albergamos duda alguna, desaparecerá con la aprobación por parte de la Asamblea Nacional Constituyente, de su nuevo corpus constitucional de redacción estrictamente antillana, con aires de habanera sumisión. No hay manera: mediocritas lex, dura  lex…




21 de mayo de 2017

VENEZUELA CONTEMPORÁNEA: golpes, lenguajes y el discurso político militar.

A las puertas del sepulcro de la primera década del siglo XX, Venezuela ha traspuesto un cuantos lustros de contiendas civiles, con combatientes de a caballo, armados de lanza y machete; del “roba gallina” de pluma amarilla en el sombrero;  del caudillo decimonónico de “tabaco en la vejiga”; de revolución en revolución, saco y puñal mediante.

Sin embargo persiste, la evidencia empírica pareciera sugerirlo, la turbamulta política de origen castrense en la vida política venezolana, trocando el pendón acomodaticio de la informe montonera, por la elaborada práctica del Golpe de Estado. Fechas como el 19 de diciembre de 1908 y el 7 de abril de 1928; y ya andado el siglo, aquellas correspondientes al 18 de octubre de 1945,  el 24 de noviembre de 1948, el 23 de enero de 1958, el 4 de mayo y el 2 de junio de 1962, el 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992; culminando en la más reciente, esto es, el 11 de abril de 2002, son muestras palmarias de aquellas efemérides que pareciesen ser de mayor figuración en nuestro "calendario golpista venezolano", lo que no resulta óbice para mencionar, de pasada, la ocurrencia de múltiples de pequeñas intentonas a un mismo tenor y en el tiempo histórico contenido en el siglo XX, así como en los primeros años del siglo XXI.

El Golpe de Estado, expresión material de lo que Rómulo Gallegos llamó el “republicanismo del ademán y del gesto” ha sido actor singularísimo en las expeditas “soluciones” de las crisis sistémicas de lo político en Venezuela, y los militares, esto es, el Ejército Nacional en un tiempo, Fuerzas Armadas Nacionales en otro y hoy Fuerza Armada Nacional Bolivariana, árbitros de principal figuración en la jugada entre facciones en pugna, cuando no parte activa de ellas.

Una búsqueda incesante entre militares y civiles, unas veces los unos y otras veces los otros, ha creado asociaciones por conveniencia, donde dominan  los conceptos de “pueblo” y “patria” como sujetos protagónicos, definiciones que como lazos de futuro, amarran a agentes de ambos mundos, a saber, aquel de sable y uniforme, y el otro de traje de paisano (e inmerso en trance de banderías partidarias), ambos en pos de un objetivo: el Gobierno Nacional y el control del Estado.

Es posible argumentar, siempre empíricamente, que aquellos de traje de civil pero alma con charreteras, parecieran ir tras una expectativa de reivindicación de “pueblo” , esa suerte de constructo “ideal” al que pertenecen, en la vorágine del golpe, además de ellos y sus copartidarios, todos los que quepan en el saco de los “preteridos de siempre”  según sea la ocasión, los mismos que también, indefectiblemente, asumen la condición de víctimas a las que hay que salvar, a todo evento, de su inequívoco victimario: el gobierno en funciones. 

Comparte ese pensamiento, en una aproximación también empírica en este artículo, lo que definimos como "el civil ideólogo",  entendiendo a este como aquel que pergeña en ideas políticas una doctrina, así como todo el andamiaje teórico que la soporta, para racionalizar la necesaria acción de fuerza como única solución política para las “grandes mayorías postergadas”; tras ellos marcha "el civil romántico", aquel que con canciones alegóricas, enarbolar de banderas y carne expuesta ante el cañón rugiente, aporta la sangre para blasonar, con una enseña más convincente, tan expedita solución.

 Otra conceptualización, en el mismo orden de ideas propias, es aquella que caracteriza al  "civil político de oficio" - equivalente al que define Max Weber como aquel que vive “de y para la política” - y que en nuestra modelo, es quien calcula, azuza con su verbo encendido, pero a la vez procura una conveniente ruta de escape, junto a requiebros de madrigueras a retaguardia “porque la lucha, de sobrevenir la derrota, reclama de mentes lúcidas para su continuación”. Y cierra esta gama de protagonistas civiles, uno singular que definimos nosotros como "el civil negociante", esto es, el que se lucra, se lucrará o servirá de fuente de lucro para quien resulte ganador en el bando que “golpea” o, finalmente y por mampuesto, en el bando “golpeado”  que, dicho sea de paso y a pesar de la asonada, pudiera salir ileso y airoso.

Por la misma vía empírica, argumentamos que "el protagonista militar" en la acción de fuerza, viene vestido de “Patria”, esa otra creación impersonal y atemporal propicia para la contención de todo y de todos, acaso aquella misma construcción que Ramón Díaz Sánchez identificase como “creación romántica” en contraposición de la república como “creación política”. La Patria "siempre en peligro" y por consecuencia, "la impronta de su incuestionable padre: Simón Bolívar".

Y si la “Patria” peligra, peligra el “Pueblo” y, por consecuencia, peligra la institución armada, cuya sangre "es la savia del pueblo”. "El soldado", con independencia de su rango, personifica ese quinto protagonista militar y como los cuatro anteriores, pudiese gravitar en mundos distintos de intereses posiblemente contrapuestos, a saber, la lógica defensa de la amada “Patria”, "su razón de ser y de existir", creída en peligro; la defensa de sus propios intereses profesionales a través de la “Patria”, es  decir, de una “Patria” que los favorezca; sus intereses pecuniarios disfrazados de amor conveniente a la “Patria”; o, acaso y finalmente, el odio a sus superiores, aquellos que, indefectiblemente, representan la patria que no favorece, ni persigue la misma idea de “Patria”, numen de sus deseos o a la “Patria” que no lo favorece en lo estrictamente personal.

Son estos cinco protagonistas construidos, reiteramos, como definiciones empíricas en el presente artículo, los que estimamos se encuentran en ese "nódulo de conflicto" que representa el golpe, antes, durante y luego de su ocurrencia. Y los agentes, sean militares o civiles, obedecen a un pensamiento político, pensamiento que se hace discurso, discurso que se convierte, como afirma el profesor J.G.A Pocock, en conjunto articulado de actos del habla.

Ahora bien, la evidencia empírica también parece sugerir que desde la deposición del general Cipriano Castro por el general Juan Vicente Gómez (19 de diciembre de 1908) hasta el golpe de Estado intentado contra el Presidente Hugo Chávez (11 de abril de 2002)  no ha existido asonada, intento de golpe o golpe que no esté dirigido por soldados, aunque con posterioridad ese comando quedase soterrado por la figuración civil, colocando a la fuerza militar bajo un mando colegiado o de estricto carácter civil. Durante la dirección castrense (y luego de esta, sea que el intento termine en victoria o derrota) pareciera producirse un necesario discurso de origen militar, encarnado acaso en proclamas o comunicados.

En tal sentido cabe preguntarse ¿Es el discurso de los agentes castrenses involucrados en los golpes de Estado en Venezuela un discurso propio, único y estructurado por actos de habla equivalentes o semejantes más allá del tiempo histórico de su ocurrencia? ¿Es esta equivalencia, si existe, producto de la naturaleza de clerecía que toda corporación militar tiene o acaso resultado derivado de algún lenguaje pre-existente? ¿Es el resultado de una relación civil y militar condicionante e histórica, previa al golpe o nace de manera espontánea del propio seno del mundo militar con la anuencia - o acaso conveniente complacencia -  del sector civil que participa en y de la asonada?

Será en los artículos subsiguientes que pretenderemos dar respuesta a esas interrogantes, acotando sin embargo nuestra investigación al examen de un conjunto específico de documentos públicos de, a su vez, un conjunto igualmente específico de golpes de Estado, hayan sido exitosos o no. Los golpes o rebeliones (y los documentos públicos que de ellos se derivan) que representan la muestra sujeta a estudio, a saber, aquella que tuvo lugar el 18 de octubre de 1945, conocido a posteriori como Revolución de Octubre; luego, el protagonizado por la Fuerzas Armadas (más bien el alto mando de entonces) y que diese origen al llamado Gobierno de las Fuerzas Armadas, el 24 de noviembre de 1948; de seguidas, el golpe mediante el cual se pone fin al gobierno de las Fuerzas Armadas, mismo que tiene lugar el 23 de enero de 1958; se continua con los golpes-rebeliones militares del 4 de mayo y el 2 de junio de 1962, conocidos luego como El Carupanazo y El Porteñazo respectivamente; luego, las asonadas militares del 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992; y se culmina con el golpe del 11 de abril de 2002. Vayamos pues a su encuentro...





7 de febrero de 2017

Acerca de “Militares” y “Militarólogos”: impronta patria contemporánea.

Nuestras Fuerzas Armadas (hoy en el caso de Venezuela, por definición constitucional, Fuerza Armada Nacional Bolivariana) han sido fundamentales protagonistas en Venezuela, con una figuración muy particular en nuestra historia contemporánea que discurre en los últimos 80 años.  Desde el inicio de su estructuración formal, modernización, profesionalización y encuadramiento por iniciativa indiscutible de los Generales José Cipriano Castro Ruiz, Juan Vicente Gómez Chacón, Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita, cada uno de ellos en funciones de Primeros Mandatarios Nacionales entre 1899 y 1945, hasta su definitiva consolidación como institución armada de primer orden durante la gestión del General Marcos Evangelista Pérez Jiménez, creador del Nuevo Ideal Nacional y jefe indiscutido del decenio militar, además de las más recientes gestiones aisladas de los diversos mandatarios de la Democracia de Partidos, la Institución Armada venezolana ha sido “personaje actuante, árbitro y gran decisor de nuestra vida nacional”. Y hoy, en los tiempos que corren, para nadie es un secreto que la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, sin lugar a la menor duda, constituye el soporte material del autodenominado “Gobierno Bolivariano”.

 Ahora bien, con independencia del contenido de “verdad catedralicia” que carga la expresión previa, existen en el mundo equipos militares y armamentos de guerra desarrollados por la tecnología dominante en estos tiempos; también se aprecian elementos propios del protocolo y el ceremonial militar; otro tanto puede hablarse de una “psicología militar” y existen especialistas que hablan hasta de una “sociología militar”. La Planificación Estratégica, tan en boga hoy día, así como su derivación táctica, son fruto de la Ciencia y el Arte Militar; y, también, hay importantes estudiosos de la relación civil-militar, tanto fuera como dentro del país. En fin, el “mundo militar” da para todo, sobre todo en los países hispanoparlantes donde su actuación ha sido tan decisiva en la marcha de nuestras vidas nacionales.

Los aspectos antes nombrados, están debidamente circunscritos a campos del conocimiento de naturaleza académica y cuentan con reconocidas figuras en el “mundo civil” dedicadas a su estudio científico. Empíricamente es posible afirmar que dentro de esos estudiosos existen prominentes figuras del “mundo militar” que, cumplido su servicio activo en calidad de profesionales de las armas, se dedican luego al estudio sistemático de tales temas. La Historia Militar uno de los campos más amplios y que, en nuestra humilde opinión, abreva de las fuentes ofrecidas por todos los demás, tiene y ha tenido importantísimas figuras del “mundo militar” dedicadas a su investigación. Y es precisamente desde este rumbo particular que viramos hacia la existencia de ese personaje que, birlando un vocablo de nuestro dilecto maestro Doctor Fernando Falcón Veloz, nos atrevemos a definir como “el militarólogo”. Pero veamos antes que definimos como “militar profesional” yendo un paso más allá respecto de su definición académica formal.

Más allá de los equipos, los aspectos de planificación, tanto táctica como estratégica y el largo etcétera correspondiente, existe un temática muy amplia de la que solo conocen los “militares”, entendiendo por este último al profesional que permanece buena parte de su vida útil al servicio de la carrera de las armas, sea tropa profesional, suboficial u oficial dentro de una organización militar. Solo ellos, sean morales o inmorales, púdicos o impúdicos, líderes o rastreros, ladrones o prístinamente honrados (como los hay en cualquier organización humana), conocen sus interioridades, su vida cotidiana y sus realidades. Solo ellos están en capacidad de saber lo que ocurre “adentro” y solo ellos pueden estar en capacidad de explicar el tamaño de las cuotas morales que hay que pagar en el ejercicio de sus deberes. Luego de ellos, están sus familiares inmediatos, quienes los acompañan o terminan siendo acaso las víctimas involuntarias de una vida difícil, por mucho que desde afuera se estime lo contrario o parezca lo contrario. Dicho en términos jurídico- académicos: solo los militares tienen conocimiento de causa, respecto de la vida militar.

Pero en nuestras sociedades estructuradas sobre la base del poder como motivación, dónde las búsquedas de vida se circunscriben al esfuerzo en lograr mando, riqueza y reconocimiento, uno de los componentes del “reconocimiento” lo constituye la “figuración” y esta última tiene correlato directo con la “exposición en los medios”. Y allí sale a relucir el protagonista de estas líneas: “el militarólogo”. Por esta categoría entendemos a aquel profesional liberal, con independencia de su titulación académica, que, con una sapiencia cuasi monástica, opina de la “vida militar y sus ocurrencias” con absoluta propiedad y de manera pública. El “militarólogo” pudiera ser “militar” en cuyo caso su existencia, empíricamente de nuevo, pudiese ser justificada porque “nadie sabe más de zapatos que un zapatero”. La media estadounidense suele ser en particular cuidadosa en esos temas: la mayoría de sus “militarólogos” son “militares profesionales” en situación de retiro. Pero en Hispanoamérica es amplia la fauna de “militarólogos” civiles que quieren “calzar” el oficio, no habiendo calzado otro par de botas que aquellas deportivas para lavar un automóvil o de hule para trascender un pantano.

En Venezuela, hoy más que nunca, hay “militarólogos políticos”, “militarólogos académicos”, “periodistas militarólogos” y “analistas políticos militarólogos”. Los primeros tienen un discurso político que siempre gira en torno al “clima interno de la Fuerza Armada”; parecen soñar con “golpes y conspiraciones ocultas”; argumentan reiteradamente acerca de la “incomodidad en los cuarteles” y creen interpretar el “sentir de la oficialidad subalterna y sobre todo de la tropa”; comúnmente hablan con absoluta propiedad de la dureza de la “vida militar en las actuales condiciones” y sobre los “desaciertos de los mandos superiores”. En fin el “militarólogo político” vive de la “vida militar” sin haberla vivido jamás y lo más sorprendente: sin estarla viviendo.

Nuestra segunda categoría es el “militarólogo académico”. Siendo acaso la más inocua de las categorías prenombradas, representa al estudiante o al estudioso académico, que dedica todo su esfuerzo investigador a tratar de encontrar “elementos ocultos” casi “esotéricos” en la “vida militar”. No debe confundirse con el investigador en Historia Militar o en relaciones civiles-militares, campos científicos especializados con métodos y doctrina para su abordaje desde hace importante cantidad de luengos lustros. Se trata de aquellos que, obstinadamente, tratan de encontrar “comportamientos crípticos universalizables a los Tenientes” o “miradas sospechosas en los Generales” o “indisposiciones visibles en las tropas respecto de la presencia de un Presidente” basándose en la observación empírica. 

Alguno de los “militarólogos académicos” pudieran serlo, de nuevo empíricamente, acaso porque fueron cadetes y no culminaron sus carreras, quedando en consecuencia “picados de culebra”; otros, por una sed insaciable de figuración y este tema, en particular “esotérico” (por lo secreto), los convierte necesariamente en “libros públicos de obligante consulta”; y finalmente, porque habiendo sido militares profesionales, dedicaron sus esfuerzos académicos posteriores a estudiar acerca de su ámbito de existencia, esfuerzo por demás legítimo si se ha pasado una vida tratando de “corregir entuertos”. En todo caso, reiteramos, es la más inocua de las categorías y en algunos casos, algunos de sus protagonistas, ejercen o han ejercido actuaciones honrosas, produciendo en su devenir trabajos de investigación igualmente honrosos.

La segunda y tercera categorías son las más “peligrosas”, abundantemente verbosas y de discurso convenientemente confuso. Se trata de los llamados “periodistas militarólogos” o “periodistas que cubren la fuente militar” y de los inefables “analistas políticos militarólogos”. Por lo general profesionales del mundo civil, de esa parte del mundo civil de la periferia más distante del mundo militar, se dedican a teorizar sobre lo que “ocurre al interior de los cuarteles” presuntamente basados en “fuentes confiables”, buscando todas las interpretaciones susceptibles de ser utilizadas como convenientes “tubazos periodísticos”. Con el eterno “se dice en los cuarteles” o “desde una fuente militar de las más altas” arman sus tramoyas respecto de lo que deseen lograr ellos (o sus jefes). El “periodista militarólogo” constituye el ave agorera del “eterno golpe militar silencioso, suave y en marcha”.

Los “analistas políticos” por su parte, una suerte de fauna multiétnica dónde concurre cualquier “bicho de uña” que sin empleo conocido o fuente de ingreso constante, acude a los abrevaderos de la opinión mediática, a “manifestar su experta opinión” sobre cualquier tema político en boga, tienen su componente sustantiva de “militarólogos”. Cuando se “canchan el uniforme de tales” resultan verdaderamente peligrosos. Para hacerse notar, dicen cualquier disparate acerca de la vida militar, de la que conocen solo tres partes: nada, cero o la suma de los dos primeros. La “opinión erudita” tras la búsqueda del reconocimiento o el indispensable estipendio diario, constituye la herramienta del “militarólogo del análisis político ocasional”.

Así, mis estimados lectores, cuídense de los “militarólogos”, en la acepción que nos hemos atrevido a definir a partir de la voz expresada originalmente por el Doctor Falcón Veloz, especialmente atribuible a aquellos que deseando ser “faroles”, no llegasen ni a “farolillos”. Y si quieren saber de los “militares” búsquense a un “militar de carrera” cualquiera que sea su situación en términos del servicio. Porque en este caso, nunca ha pesado más, reiteramos, el contenido del  viejo refrán: “zapatero a su zapato”. Los “militarólogos”, sobre todo los fablistanes de arrestos castrenses o los analistas de “sesuda opinión”  acaso no sean más que “simples briznas de paja en el viento” especialmente “…de pura paja…”







5 de noviembre de 2016

“El Mar y El Cielo, “Los Panchos” y el asunto de las “dobles agendas” en la historia política venezolana contemporánea.

El trío mejicano de cantantes “Los Panchos” legó una importante cantidad de piezas inolvidables  al repertorio de la música popular hispanoamericana. Una de ellas titulada “El Mar y El Cielo” servirá, a través de los versos que componen la segunda parte de su letra, al propósito de graficar el asunto de las “dobles agendas” en la contienda política venezolana contemporánea, misma que nutre casi permanentemente la historia política nacional. Sí, en efecto, la cadencia musical de “Los Panchos” provee también a nuestra histórica conflictividad política hispanoamericana, no solo del fondo trágico que sus ocurrencias tienen, cuando se trata de situaciones tumultuosas y atrabiliarias, sino cuando, “alegres” por su impronta, adquieren la naturaleza de verdadero “corrido mejicano”.

El Mar y el Cielo se ven igual de azules y en la distancia, parece que se unen…

 Al ritmo de la cadenciosa voz de “Los Panchos” comenzamos a transitar nuestra historia política contemporánea, específicamente desde 1936, año tumultuoso del gobierno del General Eleazar López Contreras. Luego de haber enfrentado un final de año (19 al 31 de diciembre de 1935) con 26 conflictos, que dieron como resultado algunos muertos y buen número de heridos, además de propiedad pública y privada saqueada y destruida, el General López enfrenta entonces la turbamulta de 14 de febrero de 1936, la manifestación vespertina multitudinaria de ese día y la recepción en Palacio de una comisión que le presenta un pliego de peticiones. A lo largo de esa apretada ocurrencia de sucesos, se han venido manifestando dos formas de “civilidad”, entendiendo por esta última denominación, aquel movimiento que aspira darle al país (y a su conducción) un peso “civil”  mucho mayor, esto es, una presencia de “civiles” que por oposición a los “militares” (que representan la dupla tiranía-despotismo) pudiese representar lo “más capaz e idóneo” para sacar al país del tutelaje castrense semifeudal en que ha estado por más de 40 años e introducirlo a la definitiva modernidad, era en la que, desde antes de las postrimerías del siglo XIX, ya vivían las naciones más civilizadas del continente.
Esas dos formas de civilidad bien pudiesen ser definidas como la Civilidad Democrática Conservadora y la Civilidad Democrática Radical. A la primera se adhiere lo más granado de la intelectualidad caraqueña, integrada  por artistas, literatos, afamados profesionales universitarios, pequeños y medianos comerciantes; a la segunda, estudiantes, líderes obreros de actuación colectiva clandestina, políticos de partidos proscritos (caso del entonces recientemente fundado Partido Comunista de Venezuela) y jóvenes líderes políticos en proceso de eclosión que sin tener militancia alguna, ya despuntaban en el firmamento, todavía vacío de estrellatos, en cuanto a líderes políticos nacionales.
La Civilidad Democrática Conservadora está dispuesta a negociar con el General López Contreras e incluso ayudarlo en su gestión de Transición, si con ello allana el camino hacia un gobierno democrático, pulcro en el manejo de los bienes nacionales y dispuesto a introducir elementos modernizantes en la conducción de la cosa pública. La Civilidad Democrática Radical no hace concesiones: la “Revolución” es su camino. López es un capitoste del Gomezalato y debe “morder el polvo” con sus “torturadores, carceleros y sigüises” quienes, junto a él, “deben sucumbir en sus ergástulas antes de echarlas abajo”. Dos expresiones de Civilidad que, como el mar y el cielo se ven igual de azules, y en la distancia parece que se unen, pero sus “agendas” son distintas y ambas las perseguirán con obstinación.

…Mejor es que recuerdes que el cielo siempre es cielo…

El General López Contreras logra que el Congreso Nacional (logro al que restan sus enemigos todo valor, al ser aquel una expresión artificial de un verdadero Poder Legislativo, tratándose los parlamentarios de funcionarios públicos al servicio del Ejecutivo y el Poder Judicial) apruebe un estatuto electoral para convocar a la población a la elección directa, secreta y universal del Poder Municipal, que luego de constituirse, deberá escoger de su seno los Diputados y Senadores que habrán de constituir a su vez un nuevo Congreso Nacional, cuerpo legislativo que, finalmente, tendrá la responsabilidad de elegir al próximo Presidente de la República para 1941. Mientras la Civilidad Democrática Conservadora se incorpora activamente a la campaña electoral que se inicia, a la difusión de sus “bondades” de cara al futuro e incluso alguno de sus más connotados representantes hacen parte del tren ejecutivo, la Civilidad Democrática Radical, en uso de una “doble agenda” participa con candidatos en el proceso electoral que se avecina, organiza partidos políticos, funda sindicatos y hace campaña, mientras, por debajo, organiza huelgas, una de ellas de carácter general, actividades tumultuarias y una paralización de la industria petrolera foránea, confesando más tarde por boca de sus más importantes dirigentes, que todas estas actividades tienen por objeto afectar la gobernabilidad nacional e incluso provocar el derrocamiento del General López.
Los comicios se realizan. Juan Oropeza, Gonzalo Barrios y Jóvito Villalba, relevantes figuras de la Civilidad Democrática Radical, son electos parlamentarios bajo el esquema expuesto en el párrafo anterior. Barrios y Oropeza como Diputados y Villalba, Senador, termina su elección siendo anulada por “haberse comprobado fehacientemente” su militancia comunista, expresamente prohibida por el inciso VI, del Artículo 32, de la Constitución Nacional reformada y vigente. El 13 de marzo de 1937, el Gobierno Nacional por intermedio de su Primer Mandatario, decreta la expulsión de 42 líderes de la Civilidad Radical (entre ellos, por supuesto, Barrios, Villalba y Oropeza) por la misma “flagrante violación” a un precepto constitucional, incompatible con el ejercicio pleno de los derechos políticos en el contexto de una “Democracia Moderna”. A pesar de su “doble agenda” la Civilidad Democrática Radical, tiene que recordar con amargura  que “…el cielo siempre es cielo…”

…Que nunca, nunca, nunca, el mar lo alcanzará…

Corre el mes de septiembre de 1945. El flamante partido Acción Democrática, llevado por su líder máximo y más importante fundador, Rómulo Betancourt Bello, celebra sus primeros cuatro años de vida política. Betancourt, vuelto a Venezuela luego de su exilio en 1939, para 1945 disfruta plenamente de sus derechos políticos, libre además de presión y apremio. AD es el partido que lidera buena parte del acontecer político nacional y es adversario contumaz del Partido Democrático Venezolano, el partido gobernante fundado por el General Isaías Medina Angarita. Betancourt, a espaldas de su militancia y en uso de la “doble agenda”, hace rato que ha hecho contacto con la Unión Militar Patriótica, un grupo de jóvenes oficiales del Ejército que, en la eventualidad de una rebelión contra el gobierno del General Isaías Medina Angarita, han propuesto al líder accióndemocratista asumir la Primera Magistratura Nacional. Rómulo hace uso eficiente de su ya referida “doble agenda”: por arriba participa en política, organizando mítines, dando conferencias, concediendo entrevistas, escribiendo en la prensa, buscando y juramentando prosélitos. Por debajo: preparándose con los  militares para el asalto al poder en la primera oportunidad que se presente.
El 19 de octubre de 1945, Betancourt, como resultado de una rebelión militar producida al borde de su aborto por accidente, es el flamante Presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno. Emprende importantes reformas nacionales, bajo el apremio permanente de los militares, algunos de los cuales tratan de derrocarlo. Todo el tiempo ha hecho uso de la “doble agenda”; con sus adversarios políticos, por ejemplo COPEI; con sus contrapartes en las oligarquías aún no fenecidas;  con los grupos sociales y la Iglesia Católica: a todos los llama, por arriba, a cooperar, al entendimiento y la cooperación. Por debajo, su partido los presiona, los persigue y, en no pocas ocasiones, hace uso de la violencia política sin tasa y medida. A todo lo largo de su Trienio (1945-1948), aún después de electo el Maestro Rómulo Gallegos, primer Presidente Constitucional de la República por elección directa, universal y secreta de todos los venezolanos, Betancourt ha tratado de influir políticamente en las Fuerzas Armadas, generando a su interior una campaña soterrada de división. El 24 de noviembre de 1948, Betancourt, su partido y, tristemente, el Maestro Gallegos, como pasajero sin culpas directas en este buque de bandera difusamente filibustera, entienden con amargura que el cielo siempre será el cielo y “…nunca, nunca, nunca, el mar lo alcanzará…”  

“…permíteme igualarme con el cielo que a ti te corresponde ser el mar…”

Desde 1959 hasta su muerte en los inicios de los años 80, Rómulo utilizará su esquema de “doble agenda” tanto en las pugnas internas de su partido, donde enfrenta con éxito dos importantes divisiones, como con sus sempiternos enemigos “los comunistas”, quienes también en su larga confrontación con los adecos (y luego con los copeyanos) harán uso permanente de la “doble agenda”. Mientras por un lado “convocan al respeto por los derechos del pueblo” y “la integridad física de sus pacíficos militantes”, por el otro organizan rebeliones, asonadas, atentados y acciones de terror, que culminan en una abierta lucha armada contra los gobiernos sucesivos. En todo el tiempo que permanece en el poder la Democracia de Partidos, la “doble agenda” se ejerce contra sus enemigos “comunistas” y vencidos estos por la “persuasiva vía metálica”, ejercida mediante la repartición ingente de “plomo y  plata”, la usan los partidos consistentemente durante sus propias pugnas interpartidarias. Siempre quien tuvo el poder y vencida su contraparte mediante el esquema de la “doble agenda”, se “igualó al cielo” y su adversario, inexorablemente, “le correspondió ser el mar…”
Hoy estamos en una situación equivalente. El gobierno del Presidente Nicolás Maduro (y particularmente él) son obsesivos en el uso de la “doble agenda”. Tras innúmeras convocatorias a la paz, al respeto por “los derechos humanos” y, adicionalmente, en una letanía constante hacia el “respeto por el orden constitucional”, encarcelan, allanan, persiguen, ilegalizan y conculcan los derechos políticos tanto de la oposición política como de los venezolanos. Y sus contrapartes oposicionistas, en una súplica constante por la “integridad del hilo constitucional”, por debajo han organizado paros, golpes, sabotajes de diversa índole y acciones paramilitares en contubernio con sus “aliados por convención” del otro lado de la frontera occidental de Venezuela.
Cada uno, a su tiempo, sueña con culminar el bolero de “Los Panchos” con los dos últimos versos de su estrofa final:
“…permíteme igualarme con el cielo,
que a ti te corresponde ser el mar…

Mientras los venezolanos de a pie, siguen implorando al cielo por una solución y ahogándose en el mar de la incertidumbre, a l no ver ninguna esperanza a la vista. Mientras tanto en el cielo como en el mar, vuela y navega una excelente nave multipropósito: la sempiterna “doble agenda”…