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5 de mayo de 2017

LA INCONTINENCIA MILITAR…1948 -1953.

Como resultado natural de la aprobación de la Constitución Nacional “democrática y revolucionaria” de 1947, ese mismo año se realizan los primeros comicios “libres, universales, directos y secretos” de la historia republicana de Venezuela, con el objeto de elegir al Presidente de la República y a los representantes del pueblo venezolano al Congreso de la nación, proceso electoral en el que resulta vencedor el novelista y profesor Rómulo Gallegos Freyre, candidato presidencial de Acción Democrática. Nuevamente, “el partido del pueblo”, se anota, en esta democracia naciente, un importante triunfo, pero difiere del atronador millón de votos que habría obtenido un año antes en las elecciones a la Asamblea Constituyente.

En efecto, AD triunfa en las elecciones a la Asamblea con 1.099.601 votos; en 1947 lo hace para las elecciones presidenciales con 870.000 votos, lo cual implica una disminución de 229.601 votos en apenas un año transcurrido entre contiendas, resultado que se traduce en una caída del 21%, acaso cifra relativa pírrica si se considera el desgaste de una tumultuosa gestión de gobierno, sobre el partido únicamente gobernante. Pero si se le compara con su más cercano competidor, el partido COPEI (que representa además una tendencia radicalmente opuesta a AD), en las elecciones a la Asamblea Constituyente el “partido verde” obtiene 141.418 votos y en las presidenciales de 1947, se alza con 263.000 votos, un incremento de 86% y en el mismo tracto temporal. Aunque en términos absolutos AD sigue siendo el partido más votado, en términos relativos los números parecen contar otra historia. AD  luce estar perdiendo “el favor de los electores”, mientras su más cercano competidor, epítome del conservadurismo “curero”, para nada “revolucionario y popular”, parece capitalizar parte de ese descontento.

De hecho, AD sigue siendo, ahora con mayor intensidad, objeto de ataques, denuncias y acusaciones sobre mala administración de la cosa pública; malversación de fondos públicos por parte de muchos de sus funcionarios, la mayoría militantes del “partido blanco”; agresión, persecución e inquina contra quienes siendo funcionarios públicos, no comulgasen con AD en los organismos del Estado; violencia política contra sus opositores políticos; y como guinda en un magnífico pastel, es acusado, en la persona de algunos de sus más importantes líderes, de intentar realizar actividades proselitistas al interior de instalaciones militares, específicamente en varias regiones del país, creando (fomentando incluso) una división entre “oficiales adecos” y “oficiales no adecos”, denuncia que se hace a lo interno de la institución armada y que se manifiesta, además, en un evidente trato diferenciado y, en algunos casos, mediante tratativas “sutiles” de naturaleza “pecuniaria”.

Una importante acumulación de perturbaciones políticas, socioeconómicas y militares, han sido heredadas por el gobierno constitucional del Presidente Gallegos, quien carente de los atributos del líder carismático dominador, poseídos con suficiencia por su predecesor, aunado, como moral añadidura, a su condición de “repúblico clásico”, personalidad que se refleja en los héroes de sus novelas (como por ejemplo Santos Luzardo o Reinaldo Solar e incluso en ciertos rasgos de Hilario Guanipa), le colocan en un escenario de conflictos del cual acaso sea bien difícil salir indemne.

El 24 de noviembre de 1948, los mismos militares que llevasen al poder a Acción Democrática, Betancourt mediante, ponen preso al Presidente Gallegos y, a la mañana siguiente, es puesto a bordo de un avión y extrañado del país, posiblemente intentando materializar sus captores un destino que retratase un texto final de su obra maestra “Doña Bárbara”: “…más lejos que más nunca…”. No lo logran: aterriza en la República Dominicana y luego en la República de Cuba.

El Alto Mando Militar se ha hecho del poder político, decretando la asunción de un “Gobierno de las Fuerzas Armadas”. Este hecho constituye prueba irrefragable de que no existe “preservativo constitucional” que pueda contener el desfogue de las pasiones, sobre todo cuando estas son de naturaleza inmanente a un gentilicio como el nuestro, en el contexto de una lucha política caracterizada por una suerte de “toma y dame”, dónde aquel que “toma”, hace responsable exclusivo al que “da” de la naturaleza de lo que recibe y aquel que “da” responsabiliza con exclusividad a aquel que “toma” por lo que está recibiendo; una trifulca en la que no existen “culpables”, solo “inocentes”; donde hay siempre “agredidos” nunca “agresores”; y donde todos son “víctimas”, jamás “victimarios”. Pero hay que guardar “las formas”; la incontinencia tiene que ser “maquillada” y no hay mejor “rouge” que aquel que provee “la conveniente cita constitucional”.

Ante el hecho inocultable de que las Fuerzas Armadas se han obrado sobre el flamante texto constitucional “democrático” de 1947, la Junta Militar que se ha instalado, apela a un recurso discursivo que ellos creen particularmente apto para la ocasión, precisamente en su Acta constitutiva, para no dar lugar a duda alguna:

“Para todas las cuestiones de orden constitucional recibirá aplicación la Constitución Nacional promulgada el 20 de julio de 1936, reformada el 5 de mayo de 1945, sin perjuicio de que la Junta dé acatamiento a aquellas disposiciones de carácter progresista de la Constitución promulgada el 5 de julio de 1947, que las Fuerzas Armadas han prometido respetar en su citado manifiesto, y dictar todas aquellas medidas que aconseje o exija el interés nacional, inclusive a la organización de las ramas del Poder Público”[1]

El Doctor Miguel Moreno, Secretario de la Junta Militar de Gobierno, a quien se atribuye la redacción apresurada de los primeros comunicados que el gobierno militar emite, realmente parece denotar cierta “premura castrense” para cumplimentar su elaboración. Este párrafo es antológico: se aplicarán las normas de la Constitución de 1936, reformada el 5 de mayo de 1945, pero ¿Cuáles? Al propio tiempo se aplicarán las normas que convengan de la Constitución de 1947, “…que las Fuerzas Armadas han prometido respetar…” no obstante haber derrocado al gobierno constitucional, acción que parece no contar, pero además, se arroga el derecho (la Junta Militar) de “…organizar las ramas del Poder Público…”  una materia de carácter constitucional que no meramente administrativa y funcional. Firman el acta en calidad de testigos y como miembros del Alto Mando Militar,  los oficiales que a continuación se mencionan: Tte. Cnel. Mario Ricardo Vargas (Inspector General de las Fuerzas Armadas)[2]; Tte. Cnel. José León Rangel (Director General de los Servicios); Capitán de Fragata Wolfgang Larrazábal Ugueto (Comandante de las Fuerzas Navales); Tte. Cnel. Félix Román Moreno (Comandante de las Fuerzas Aéreas); Capitán Oscar Tamayo Suárez (Comandante de las Fuerzas Armadas de Cooperación).

Así las cosas, comienzan las primeras acciones de la Junta Militar “con arreglo a los textos constitucionales antes referidos”:

“…las primeras medidas de la Junta Militar incluyen la detención, y posterior expulsión, del Presidente Constitucional y los miembros del gabinete del gobierno depuesto; la disolución del Congreso Nacional y las Asambleas Legislativas (1 de diciembre de 1948), de los Concejos Municipales y del Consejo Supremo Electoral (7 de diciembre); la ilegalización de AD (…) (7 de diciembre); la renovación de la Corte Federal (8 de diciembre). Además se procedió a la clausura de varios medios de comunicación y la imposición de la censura de prensa y, posteriormente (7 de enero de 1949), al allanamiento de algunas organizaciones obreras y a la disolución de la Confederación de los Trabajadores de Venezuela (CTV), principal organización obrera del país (25 de febrero de 1949).”[3]

El párrafo anterior es palmariamente gráfico y la normativa constitucional parece ser, ante tales acciones, letra presa del más absoluto "rigor mortis". La vida del gobierno de la Fuerzas Armadas discurre sin mayores contratiempos, salvo aquel derivado del secuestro y posterior asesinato de su Presidente, el Comandante Carlos Delgado Chalbaud, ocurrido el 13 de noviembre de 1950, cosa que obliga a “remozar” la Junta Militar con “cierta presencia civil”, misma que asume el Doctor Germán Suárez Flamerich, motivo por el cual el nombre de “Junta Militar” se cambia por el de “Junta de Gobierno”. La parla popular también le cambia el nombre a la Junta: de “Los tres cochinitos” a “El 101”. No es difícil colegir dónde estaba el “0”.

El 1 de diciembre de 1952, dándole cumplimiento al ofrecimiento que le hiciese la Junta Militar y luego la Junta de Gobierno al “pueblo de Venezuela”, esto es, realizar un proceso electoral libre, directo, universal y secreto para la escogencia de un Presidente Constitucional para la República, se realiza en el país una jornada comicial previa para elegir los diputados a “otra” Asamblea Constituyente que le concediese al país “otra” Constitución Nacional, texto en el que se estableciesen “definitivamente” las bases de una “nueva República”. Se presentan tres organizaciones políticas a la contienda, a saber, la Fuerza Electoral Independiente, que representa al Coronel Marcos Pérez Jiménez y sus “acólitos”; Unión Republicana Democrática (URD) y el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI); Acción Democrática y el Partido Comunista  de Venezuela, se encontraban ilegalizados. Se realizan las elecciones con amplia participación popular. Todo es jolgorio y el “furor democrático” brilla en las calles. Al cerrarse las mesas y comenzar los escrutinios, rápidamente se extiende la especie de que URD encabeza las listas, con una abrumadora votación que lo perfila como el virtual ganador; lo sigue de cerca COPEI; la votación para el FEI es magra, contrariamente a la humanidad de su “líder”. Resuenan todavía las palabras del Doctor Germán Suárez Flamerich, Presidente de la Junta de Gobierno, respecto de la promesa hecha al pueblo venezolano: “Os prometo solemnemente, a nombre del Gobierno de la República, que vuestra voluntad será respetada.”[4]

En el transcurso de la tarde, se silencia toda información acerca del resultado electoral. Los miembros del Consejo Electoral renuncian en pleno. Las radios suspenden sus trasmisiones y, en lugar de narradores, noticias o programas variados, se difunde música clásica o de cadencia militar. En la madrugada del 2, se anuncia que el partido triunfante es el FEI y que contará con una abrumadora mayoría de diputados, en la “nueva” y “flamante” Asamblea Constituyente. El mismo 2 de diciembre, el Coronel Pérez Jiménez le envía el siguiente telegrama a los principales representante de URD:

“No cabe el desmentido categórico del grave hecho del acuerdo con partidos en la clandestinidad y antinacionales que a ustedes se les imputa, para probar la buena fe de la aseveración que ustedes hacen. Las ideas expuestas por los oradores de URD en diferentes mítines y la votación de los comunistas y de los de Acción Democrática por la tarjeta amarilla, ha venido corroborar el hecho señalado. La Institución Armada, tan escarnecida por ustedes,  no está dispuesta a admitir que por acuerdos torvos se vaya a lesionar el prestigio y el progreso de la Nación, seriamente comprometido por el triunfo de Acción Democrática y el Partido Comunista que URD ha propiciado.”[5]

Según Pérez Jiménez, no hay argumentos a favor. Insiste el Coronel que esta elección que ha dado el triunfo a URD, en las elecciones de la Asamblea Constituyente, es de naturaleza “fraudulenta” y lo es porque  las “ideas expuestas por los oradores de URD en diferentes mítines y la votación de los comunistas y de los de Acción Democrática por la tarjeta amarilla, ha venido corroborar el hecho señalado”. Esto significa que el discurso político del adversario y la votación mayoritaria de “adecos” (gente de Acción Democrática y del Partido Comunista) han decidido la elección, por lo que es colegible que la población en general parece no contar, de lo que también se deduce que la mayoría de los votantes son adecos o, acaso, los militantes de ambos partidos representan a la mayoría del padrón electoral, afirmación, lo menos, insólita, si se toma en consideración lo estrictamente secreto del voto. Todo parece indicar que la “promesa” de Suárez Flamerich, se ha ido por el albañal de las incontinencias.

El Coronel Pérez Jiménez se constituye en árbitro absoluto y en representación de la Institución Armada, le espeta verboso a la directiva de URD: “la Institución Armada, tan escarnecida por ustedes,  no está dispuesta a admitir que por acuerdos torvos se vaya a lesionar el prestigio y el progreso de la Nación”. Pérez Jiménez habla de “acuerdos torvos”, de la defensa del “prestigio y el progreso de la nación”, y lo que resulta más sorprendente es que reconoce “el triunfo” de Acción Democrática y del Partido Comunista de manera expresa, así como “la complicidad” de URD en la victoria de ambas agrupaciones políticas. Una vez más, como lo hiciesen en 1948, son confesos y convictos del asalto al poder político, asumen el triunfo electoral del adversario, pero estando en juego los “intereses de la nación”, tienen la obligación irrenunciable de proceder por esta vía de fuerza. De nuevo “el defenestrado” lo es por “su culpa” y los militares de ese tiempo, aunque los adversarios tienen razón, no se la  conceden como derecho. Pareciesen querer decir: “el acuerdo torvo es del otro, el nuestro es un acuerdo patriótico.”

Y no hay Constitución anterior que valga, ni la del 36 reformada el 45, menos la del 47: hay que hacer una nueva. Mientras tanto, los representantes electos de los partidos URD y COPEI, se niegan a incorporarse a la Asamblea Constituyente y amenazan con impugnar el resultado. El Doctor Laureano Vallenilla Lanz (realmente Planchart pero no hay manera de que Laureanito no se birle los apellidos de su afamado padre), “invita cordialmente” a los directivos de URD a una reunión en el Ministerio de Relaciones Interiores, del cual es titular. Los Doctores Jóvito Villalba e Ignacio Luis Arcaya se presentan. Tienen una muy breve reunión con Vallenilla, quien les informa, eso sí elegantemente, que “la decisión está tomada”. Al salir del despacho del Ministro, Villalba y Arcaya son puestos presos, montados en una camioneta de la Seguridad Nacional y conducidos finalmente al aeropuerto internacional de Maiquetía, siendo literalmente “depositados” a bordo de un avión, que parte con destino a la República de Panamá. Acaso un curso de acción “constitucionalmente potable” para el gobierno y de la misma calaña del que se sirviesen utilizar con Gallegos. Cosas de la incontinencia militar de entonces…

Finalmente, se convoca por compulsión a la Asamblea Nacional Constituyente y con “quorum absoluto”, por cierto impuesto con las persuasivas prácticas “no constitucionales” del munificente billete,  el adecuado planazo y la acerado cañón de la pistola, se ratifica el nombramiento de Pérez Jiménez (ungido previamente por las Fuerzas Armadas como Presidente Provisional) como “Presidente Constitucional de la República”. Así, con este bautizo de “fastos verdaderamente constitucionales”, propios de la incontinencia militar de ese tiempo, se da inicio a la Venezuela del “Nuevo Ideal Nacional”. ¡Viva la Patria! ¡Viva la Constitución!...¡A la tercera va la vencida!...






[1] GACETA OFICIAL DE LOS ESTADOS UNIDOS DE VENEZUELA. Acta de constitución del Gobierno Provisorio de la Junta Militar. Caracas, 25 de noviembre de 1948. Gaceta Oficial N°22.778.
[2] El Comandante Mario Ricardo Vargas Cárdenas es obligado a firmar el Acta Constitutiva del Gobierno Militar. Mandado a buscar por Rómulo Betancourt a los Estados Unidos de América (dónde se encontraba en tratamiento para la tuberculosis pulmonar, mal del que padecía desde hacía mucho tiempo), para que sirviese como mediador ante el resto del Alto Mando, dado su ascendiente sobre todos los demás oficiales, fue detenido en el aeropuerto a su llegada, trasladado a Caracas y presionado para rubricar el acta respectiva. Al día siguiente fue conminado a partir de nuevo a Estados Unidos, para no regresar nunca más y donde terminara falleciendo al año siguiente.
[3] Mayobre, Eduardo; Venezuela 1948-1958. La dictadura Militar. FUNDACIÓN RÓMULO BETANCOURT. Caracas, 2013. Pág.22
[4] Mayobre…Op.Cit…Pág.109
[5] Mayobre…Idem…..Pág.35

4 de mayo de 2017

LA INCONTINENCIA TRIENAL…1945-1948.

1945 se inicia con una Constitución Nacional reformada. Sin embargo, aquella que en 1936 fuese sujeta de reforma para lograr la elección popular de los diputados, ahora, en 1945, reformada una vez más (a los fines de eliminar el inciso VI y separar la función parlamentaria de la función pública), sigue siendo insuficiente en sus contenidos para la civilidad democrática radical, llegando a ser calificada por Rómulo Betancourt, uno de sus más conocidos líderes políticos, como una “reforma chucuta”.

Betancourt viene insistiendo. desde 1931, que el sistema electoral consagrado en nuestros textos constitucionales, es un sistema “antidemocrático y contrahecho” que sirve al único propósito de “perpetuar en el poder a la misma oligarquía oprobiosa al servicio de los dictadores que hasta entonces nos gobiernan”. La libertad de elegir del pueblo venezolano, según afirma la civilidad democrática radical, no se consagrará definitivamente, hasta que no se le conceda el derecho al ejercicio del voto universal, directo y secreto, para la escogencia de sus representantes al Congreso Nacional y, muy especialmente, al Primer Mandatario Nacional. Y en esa cruzada se empeñan Betancourt y el partido que, hijo del Partido Democrático Nacional, viese la luz el 13 de septiembre de 1941: Acción Democrática, el partido del pueblo.

El 6 de mayo de 1945, Rómulo Betancourt dicta una de sus ya conocidas conferencias en el Teatro Olimpia, tribuna que viene utilizando Acción Democrática y su líder fundamental, para arengar y educar tanto a su militancia como al pueblo llano que se acercase hasta allí. Betancourt toca en aquella ocasión y en su discurso político, el tema esencial que ocupa las mentes y corazones de los políticos venezolanos en aquellas horas: la sucesión presidencial de 1946. Lo curioso es que aborda un “asunto interesante” y en cierto sentido “premonitorio”. Dice Betancourt entonces:

“El proceso de democratización de la conciencia nacional no se ha detenido, como ante una muralla china, en las puertas de los cuarteles. Y por la mente y el corazón de la oficialidad, de los cabos y de los soldados de la aviación, la infantería y la marina circula ese mismo anhelo de dignificación política y de superación democrática del país, presente en el pensamiento de los núcleos civiles de la población nacional.”[1]

Y luego de esta intervención, acota emocionado:

“Y es por todo esto que desde aquí quiero hacer una profecía. Orgulloso como venezolano de poder expresarme así de las fuerzas armadas de mi país: si fuere un civil el próximo Presidente de la República, tendrá en el Ejército apoyo sin regateos, respaldo sin reservas…”[2]

En este exordio, Betancourt asegura que por la mente y corazones del personal militar, corre también ese mismo anhelo de “de dignificación política y de superación democrática del país” vale decir, en cierto modo de “renovación”, acaso una misma aspiración que vemos “condensada” en el Acta Constitutiva de la Unión Militar Patriótica (UMP), la logia de jóvenes oficiales de las Fuerzas Armadas Nacionales que, al interior de cuarteles, naves y aeronaves militares, se ha ido formando con ocasión del creciente malestar que se está dando al interior de la Institución Armada respecto de su funcionamiento, apresto operacional y desarrollo profesional. En el Acta constitutiva de esa asociación, que sirve al propósito de su secreta juramentación, dicen los oficiales comprometidos allí:

“…haciendo profesión de fe democrática y declarando enfáticamente que no defendemos intereses personales ni de clase y que propiciamos la formación de un gobierno que tenga por base el voto universal y directo de la ciudadanía venezolana, una reforma de la Constitución que sea asimismo expresión de la voluntad nacional…”.

La “fe democrática” a la que se refieren los oficiales de la UMP, acaso sea la misma “encendida fe democrática” que Rómulo Betancourt menciona con insistencia en sus intervenciones públicas o tal vez se trate de un discurso político equivalente que sugiere la identidad, también política, de ese discurso para ese específico tiempo histórico o bien como creencia sentida o como subterfugio discursivo de los jefes militares de la logia, a los fines de abarcar la mayor cantidad de “adhesiones” al hacer referencia a un concepto “sentido” y “emotivamente” vinculado a un amplio sector de la población, del que no pueden sustraerse los militares profesionales. Al propio tiempo, la referencia a una “reforma de la Constitución que sea reflejo de la voluntad nacional”, así como “la formación de un gobierno que tenga por base el voto universal y directo de la ciudadanía”, constituyen actos de habla que coinciden completamente con las más difundidas aspiraciones de la civilidad democrática radical, más específicamente, de Rómulo Betancourt y el partido Acción Democrática.

Pero lo que más llama la atención es ese “giro premonitorio” que hace Betancourt en su discurso, más específicamente, en un acto de habla ilocucionariamente muy preciso: “…si fuere un civil el próximo Presidente de la República, tendrá en el Ejército apoyo sin regateos, respaldo sin reservas…” Betancourt no dice “tendrá en las Fuerzas Armadas”, aunque breves instantes antes menciona el “legítimo orgullo” de expresarse así de “ellas”; el líder político habla específicamente del “Ejército”, afirmando categórico su apoyo “sin regateos” y respaldo “sin reservas”. La Unión Militar Patriótica tiene su origen en el Ejército y es dirigida por oficiales profesionales, activos y efectivos precisamente en el Ejército[3]. El 19 de octubre de ese mismo año, siendo las ocho de la noche de ese día, Rómulo Betancourt Bello es Presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno, luego que la UMP promoviera una rebelión militar que trajese como consecuencia la renuncia del General Isaías Medina Angarita a la Presidencia Constitucional de la República de Venezuela. Es, por consecuencia, Presidente de facto, atentando de hecho contra la Constitución Nacional vigente para el año 1945. La “superación democrática” y la “encendida fe democrática” parecen haber quedado de lado al momento de tomar esta decisión evidentemente “no constitucional” y para nada “democrática”; tal vez, se trate de un caso de incontinencia política o de la incontinente conveniencia política de la ocasión.

Por supuesto que un nuevo “orden político de cosas” exige su correspondiente Constitución Nacional. Si las reformas sucesivas resultaban “chucutas” e insuficientes para la “civilidad democrática radical”, de la cual Rómulo Betancourt era líder connotado, ahora, con más razón, se hace indispensable su acometimiento. Y así lo hace saber en las primeras de cambio, el 19 de octubre de 1945, al sugerir la implantación del voto directo, universal y secreto para la escogencia del Primer Magistrado Nacional, fórmula inexistente en la Constitución Nacional vigente para ese año:

“El pueblo venezolano, todas las clases sociales democráticas de la Nación, nos respaldarán con su fervor solidario; y ese respaldo hará posible el logro de nuestro objetivo central como Gobierno Provisional: garantizar unas elecciones libérrimas, sin imposición ni parcialización ejecutivista por ninguna de las corrientes en pugna, para que de las limpias manos del pueblo surja un Presidente de la República, lealmente asistido de la confianza nacional.”[4]

Así las cosas, los miembros de la Junta anuncian la convocatoria a una Asamblea Constituyente que permita la redacción y aprobación de una nueva Constitución, destinada esencialmente a la fundación de un Estado democrático. Posteriormente y con arreglo al nuevo orden constitucional, proceder a la convocatoria a un proceso electoral que permita la elección libre, directa y secreta del Primer Mandatario Nacional. Finalmente, los miembros de la Junta renuncian a su derecho a presentarse como candidatos al proceso electoral, que termine realizándose para la escogencia del Presidente Constitucional de la República de Venezuela.

 Las elecciones a la Asamblea Constituyente tienen lugar al filo postrimero de un tumultuoso 1946, entre intentos de golpe y crecientes acusaciones hacia el partido Acción Democrática, por la comisión reiterada de la concusión y el cohecho en el ejercicio de la función pública, así como del uso de la violencia política como arma consistente en la pugna interpartidaria cotidiana. Aun así, AD obtiene la mayoría en el cuerpo constituyente, luego de acumular 1.099.601 votos a favor, correspondiéndole la Presidencia y recayendo esta en el Doctor Andrés Eloy Blanco. En 1947 es aprobada la Constitución de la República por parte de la Asamblea Constituyente, organismo colegiado que además de reconocer a la Junta sus poderes, hasta que se realice el proceso electoral correspondiente, logra se consagre el voto directo, universal y secreto, el derecho a la sindicalización y la tierra para quien la trabaje, así como esenciales garantías laborales a los trabajadores, mediante la reforma de la Ley del Trabajo, misma que se realiza en el marco de las propias sesiones de la Asamblea. Sobre el particular, escribe Rómulo Betancourt, en su afamado libro titulado “Venezuela, política y petróleo”:

“La Asamblea Constituyente reformó también la Ley del Trabajo. Esas reformas se orientaron a procurar la estabilidad en el trabajo y garantizar el ejercicio al derecho de sindicación (…) se estableció el “auxilio de censatía” que se pagaba, además de la prima de antigüedad, en todos aquellos casos en los que el trabajador fuera despedido sin causa justificada o se retirara por causa justificada (…) Se establecieron también el pago remunerado de un día de descanso semanal (domingo) y el 1° de mayo, declarado fecha oficial del trabajo; y se fijó una prima de un 20% por lo menos, sobre el trabajo diurno para el que rendía en horas de la noche. Y se colocó “bajo protección del Estado” a los trabajadores que manifestaran al patrono, por la vía jurisdiccional correspondiente, su propósito de organizar un sindicato.”[5]

Con independencia de tratarse de la primera Constitución Nacional imaginada, discutida, redactada y aprobada en Asamblea Constituyente durante el siglo XX venezolano, con ella sumamos desde 1936, la segunda Constitución en el tracto de once años. Partimos ese año con la Constitución reformada de 1935. En 1944 volvimos a reformarla, para lograr la Constitución de 1945 y ahora, en 1947, queda sin efecto la de 1945, al tratarse este tiempo histórico de un “nuevo orden democrático y revolucionario”. Al sancionarse, tanto el Presidente de la Asamblea como el Presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno, hacen loas a su “perfección” y la bautizan como “la más moderna y última realización constitucional venezolana”, la misma que tendrá “la honra” de conducir al pueblo y a la Patria por la senda de la democracia, por supuesto con la consabida locución de esperanzadora intencionalidad teleológica “en los años por venir”. La estulticia política partidaria, la incomodidad militar no resuelta y una suerte de decepción popular, unida a intereses pecuniarios de viejas y nuevas oligarquías no sintonizadas, darán al traste con esta nueva experiencia constitucional. En 1948, una nueva incontinencia hará de las suyas: sonará la clarinada mañanera para la asonada militar, mientras para esta Constitución Nacional “democrática y revolucionaria”, que contemplaba la eternidad en 1947, sonará el clarín postrero del toque de silencio…




[1] Suárez Figueroa, Naudy; Rómulo Betancourt. Escritos Políticos.1931-1986. FUNDACIÓN RÓMULO BETANCOURT. Caracas, 1998. Pág.171.
[2] Suárez Figueroa…Op.Cit…Pág.171.
[3] De hecho Rómulo Betancourt reconocerá, años más tarde, haber recibido del entonces Mayor Marcos Pérez Jiménez, líder de la UMP junto al Mayor Julio César Vargas Cárdenas, el ofrecimiento de ser Presidente de la República, ante la eventualidad de una rebelión militar. Betancourt afirmó haber sostenido una reunión secreta con los oficiales antes mencionados, en la casa de habitación del Doctor Edmundo Fernández, a principios de junio de 1945, pero la conferencia del Teatro Olimpia la realiza un mes antes.
[4] Mensaje radial de la Junta Revolucionaria de Gobierno, dirigido al país por el Presidente Provisional Rómulo Betancourt, el 19 de octubre de 1945. Catalá, José Agustín; Papeles de Archivo. 1945-1947. Del Golpe Militar a la Constituyente. Cuaderno Nª9. CENTAURO. Caracas, 1992. Pág. 109.
[5] Betancourt, Rómulo; Venezuela, política y petróleo. SEIX BARRAL. Barcelona, 1979; Pág.263.

10 de enero de 2017

Venezuela, 23 de enero de 1958: TRES MITOS Y TRES REALIDADES…

Una cadena de sucesos que iniciase el 1 de enero y discurriese hasta el 23 de enero de 1.958, dio a su vez como resultado un conjunto variado de acontecimientos que, devenido el tiempo y en opinión de este investigador, fueron adquiriendo categoría de “mitos”. Para los actores políticos de ese tiempo, las borrosidades en el recuerdo, propias acaso de la senectud, la autocomprensión y, porque no, de la justa autocomplacencia, aquellos "mitos" hicieron parte (junto a otros) del amplio repertorio parlante de discursos de ocasión, propalados por aquellos interesados en construir una suerte de “gesta emancipadora popular”, relato discursivo que echaron a rodar en los años subsiguientes sus pretendidos protagonistas. Muchos de aquellos “mitos”, sus respectivas “borrosidades”, "relatos y gramáticas", como suele definir uno de los afamados "encuestólogos teóricos tarifados" de este tiempo actual, pretendieron hacerse "realidades catedralicias" de naturaleza cuasi religiosa.

En este breve pergeñado de ideas, se pretende poner de manifiesto algunos de esos “mitos” y parte de lo que consideramos “realidades”. Como han dejado de ser “fechas patrias” para los actuales actores políticos, especialmente aquellos que están en el usufructo del poder, acaso sea oportuno arrojar "otro tipo de luz" sobre aquellos acontecimientos, especialmente para los más jóvenes, particularmente en este mes que se cumplen 63 años de aquellas vivencias. Otro tanto harán a quienes les toque la tarea y llegado el momento, con las onomásticas de estos autodenominados “revolucionarios rojos” de hoy, tan acostumbrados a la creación insustancial de “mitos” como sus pares de ayer, ahora entelequias habitantes allá, en la pretérita, distante y siempre manipulada existencia político-histórica patria, lar dónde algún día, como lo hacen hoy aquellos "próceres del 58", habitarán estos "albaceas únicos del legado del Supremo y Eterno" porque nada, absolutamente nada, dura para siempre en nuestra historia política vernácula...

MITO UNO: “Pérez Jiménez fue derrocado…” Este primer mito fue una y otra vez propalado por quienes se presumieron actores principales o secundarios de los acontecimientos del 23 de enero de 1958, tanto civiles como militares y lo fue posteriormente, con mayor intensidad, por cuanto "político de oficio" que tuviese la ocasión de hacerlo, en calidad de militante de los partidos institucionales que hicieran vida protagónica en los años por venir. Basados, los más honestos, en su dolor de presos y torturados, perseguidos o humillados, siempre aprovecharon la oportunidad para poner de manifiesto que, virtud del sufrimiento y del “dolor compartido” por el “resto del pueblo”, sus torturas y vejámenes fueron vengados en una “heroica gesta popular”. Existen múltiples definiciones de lo que pudiese, en Teoría Política, conceptuarse como “derrocamiento”. De estas definiciones citaremos tres: el Coup d' Etat anglo francés, el Pustch alemán y el Pronunciamiento español. En dos de los tres, se prevé la participación militar; los tres suponen una suerte de sublevación o alteración con cierta participación colectiva; y los tres establecen la deposición, así como una suerte de posterior detención preventiva y, acaso, la sobrevenida muerte, de quien o quienes hubiesen detentado el poder.

Pérez Jiménez no fue puesto preso, tampoco los militares lo conminaron a renunciar y menos “una nutrida poblada en revuelta popular con apoyo militar” tomó el Palacio de Gobierno. Pérez Jiménez abandonó voluntariamente el cargo, en la madrugada del 23 de enero de 1958, sin mediar renuncia previa ante el Congreso Nacional o ante la Corte Suprema de Justicia. Menos hizo formal renuncia ante las Fuerzas Armadas Nacionales, específicamente ante cualquier alto personero investido de  su representación y tampoco fue “conminado” a renunciar por el Alto Mando Militar. La situación de Pérez Jiménez configura el abandono evidentemente voluntario del cargo; en términos más simples: una rehuida conveniente de sus responsabilidades de mando gubernamental.

MITO DOS: “Pérez Jiménez cae como consecuencia de una revuelta popular”. Las variadas manifestaciones de obreros y estudiantes a lo largo de 1957 (fueran de importante o pequeño porte), así como aquellas que se sucediesen por las actividades organizadas y emprendidas por la Junta Patriótica, los días posteriores a la asonada protagonizada por oficiales de las Fuerzas Aéreas (Mayor Martín Parada) y otros profesionales militares al servicio de las unidades moto blindadas (Coronel Hugo Trejo) en el Ejército, el día 1 de enero de 1958, son hechos aislados, sin solución de continuidad, que, dicho sea de paso, no comprometieron a grandes masas de población como acaso ocurriese en otras naciones (ergo La Habana, Cuba, en las postrimeras horas del año 1958 e inicios de 1959). La manifestación masiva, especialmente en Caracas, ocurre el 23 de enero, luego que una importante masa de población se enterara de la huida de Pérez Jiménez, información que se hizo pública en la ciudad capital, después de las 0400 horas de ese mismo día, como así lo confirman muchos de los medios impresos nacionales de ese entonces. Aun participando nutridos contingentes de población en las manifestaciones caraqueñas acaecidas en esa fecha, estas no se dirigieron a Palacio y tampoco tomaron instalaciones militares, como sí ocurriese el 18 y 19 de octubre de 1945, con el Cuartel San Carlos, en la ciudad de Caracas. Los sucesos a las puertas de la Seguridad Nacional, que condujeron a los linchamientos, asesinatos y persecución de esbirros al servicio de este cuerpo de seguridad del Estado por parte de las turbas enardecidas, así como el intercambio de disparos, tuvieron lugar luego del medio día del 23 de enero de 1958, cuando Pérez Jiménez ya tenía cerca de 10 horas de haberse marchado del país. Por otra parte, el intercambio de disparos se produjo entre agentes de la Seguridad Nacional y soldados del Ejército que hubiesen sitiado previamente aquella sede policial. La reacción tumultuaria de la población, especialmente, reiteramos, en la ciudad de Caracas, fue resultado más del calor del momento, producto del inercial arrebato vindicativo; el ansia oportunista del saqueo en algunos, natural históricamente en estos casos en Venezuela y la emoción por la libertad de los presos en otros. El resto, en nuestra muy particular forma de aproximarnos a los acontecimientos, fue más bien una combinación, insistimos, muy criolla, del afán de fiesta, jolgorio y el siempre oportunista deseo por y para la figuración épicamente protagónica en una "gesta heroica libertaria"…

MITO TRES: “Pérez Jiménez huye por la presión política de sus adversarios, la acción concertada de los militares que se le oponían y las acciones de calle planificadas (y conducidas) por connotados miembros de la Junta Patriótica”. Pérez Jiménez siempre despreció, además con el ademán y el gesto de quien se siente seguro en el poder, al estamento político partidista que, luego de 1952, se limitó al partido COPEI. Por segunda vez en su historia política y primera durante el llamado Decenio Militar, el partido socialcristiano fue sujeto de persecución en la persona de su principal fundador, Doctor Rafael Caldera Rodríguez, cuando este último lanzó su candidatura para el proceso electoral fallido de 1957. Preso y luego expulsado del país, pasó el atropello hacia el Dr. Caldera "sin pena ni gloria" hasta el plebiscito presidencial de ese año, salvo el reclamo airado que, sobre ese particular, hicieran al gobierno importantes personeros de la Jerarquía Eclesiástica venezolana, junto a la plañidera manifestación de una nutrida concurrencia de "damas conservadoras refistoleras". Los líderes clandestinos (PCV-AD) estaban en el exilio (el verdadero exilio, no un autoexilio mayamero vacacional), presos y torturados o muertos y enterrados. Ni la Junta Patriótica, ni las acciones de calle, preocuparon o amilanaron a Pérez Jiménez; antes por el contrario, respondió a ellas como siempre: con plan, cárcel, tortura y plomo...

La presión política (aquella ejercida por partidos políticos y organizaciones representativas de la sociedad venezolana, que hicieran vida en la Junta Patriótica), fue una variable perturbadora adicional (nunca "la variable perturbadora concluyente"), en un conjunto complejo de variables perturbadoras, integrado fundamentalmente por el inicio de una crisis económica inevitable, al perder Venezuela su condición de primer exportador de petróleo del mundo (tras el hallazgo por la industria petrolera anglo-norteamericana y holandesa de yacimientos petrolíferos de más calidad y cuantía, en manos de gobiernos más maleables y complacientes en el Oriente Medio), lo que implicó la reducción drástica del ingreso nacional por este concepto, frente a un gasto público cada vez más creciente, voraz y suntuario, dependiente totalmente del ingente y fructuoso comercio del hidrocarburo rey; como consecuencia de lo anterior, la negación reiterada de Pérez Jiménez a honrar sus compromisos financieros con sus “empresarios y banqueros socios venezolanos”, parte importante de su oligarquía prebendada cuyo crecimiento, paradójicamente, él mismo promoviera; la creciente división a lo interno de las Fuerzas Armadas (error garrafal que cometiesen también los adecos durante el Trienio 1945-1948), que terminara fraccionando a los oficiales entre "Perezjimenistas y No Perezjimenistas" siendo algunos de los últimos, objetivos de persecución y asesinato por parte de agentes de la Seguridad Nacional (casos como los del Capitán Wilfrido Omaña y el Teniente León Droz Blanco); la confrontación con la Iglesia Católica, tras la detención y posterior expulsión del Doctor Rafael Caldera (ya mencionado y que "reventase" de manera concluyente como acumulación en el sistema de conflictos políticos); y, finalmente, el doble desafío a los Estados Unidos, en tanto el establecimiento de políticas de corte cada vez más nacionalista y “la recepción a brazos abiertos” del General Juan Domingo Perón, mal visto por la Secretaría de Estado de los Estados Unidos y mantenido por PJ en Venezuela “a cuerpo de Rey aun en funciones monárquicas”. Inmensamente rico, con su Nuevo Ideal Nacional desecho en un instante, sin apoyo militar y, además, sin el indispensable soporte de su poderoso socio del Norte, PJ escogió el camino propuesto por su amigo, ministro de su gabinete y sempiterno compañero de armas, General Luis Felipe Llovera Páez: “Marcos vámonos, mira que pescuezo no retoña…”.  

El hartazgo de la gente por la suma cada vez mayor de los abusos y arbitrariedades del perezjimenismo (nada distinto de aquel que ejercieran adecos y copeyanos a su turno y hoy el chavismo carmesí) representó “la gota que derramó el vaso”. Y como suele ocurrir casi siempre en estos casos de huida repentina, la partida sorpresiva y, por ende, sin aviso del General, agarró a la oligarquía prebendada totalmente desnuda, madrugándola sin remedio, como novia siempre dispuesta, especialmente aquel 23, plácidamente dormida en el lecho, después de una larga noche de actos de "prometido" amor eterno…Se le fue “su General” dejándola sola en el estelero, tal como lo decía la letra de una afamada pieza musical de entonces: ...!Ay qué General!...¡Ay qué General!...

Aquellos que se empeñan en sostener el  mito revolucionario del 23 de enero, como definiría el Dr. Américo Martín en entrevista reciente "el espíritu hecho carne" no les faltan razones personales de peso: vivieron más de sesenta años de los mitos y terminaron creyendo ciegamente en ellos, como afirmación inequívoca de su propia realidad política, acaso, como aquel que pierde un brazo y argumenta auspicioso que se "siente más liviano" o "ha desarrollado en su cerebro" destrezas de las que no se sabía poseedor. Pero, incuestionablemente y respecto de la realidad de entonces y la actual, no queda la más mínima duda: la procesión va por dentro... 



23 de octubre de 2016

Historia Política de Venezuela y el Bolero de Ravel: ¿Variaciones sobre un mismo tema?....Segunda Parte

LA DEMOCRACIA llegó con aires de conciliación. Así lo registra el Profesor Juan Carlos Rey para la historia política venezolana, al bautizar ese período de "acuerdo político nacional" con la nominación con la que, de ahí en adelante, muchos conocieran y dieran a conocer ese acuerdo: "Pacto de conciliación de élites". Y, ciertamente, se trató de una conciliación elistesca: empresarios, banqueros, partidos tradicionales, militares adversos a Pérez Jiménez, Iglesia Católica e instituciones de la Clase Media emergente en tiempos de López Contreras y Medina, y para ese momento ya consolidadas, además con voz propia, incluso el Partido Comunista (a pesar de haber sido excluido de esta fiesta de "pactismo nacional"), suscribieron un gran pacto, explícito en unos casos (Pacto de Nueva York y Pacto de Punto Fijo) e implícito para  la gran mayoría, a los fines de hacer posible la vía democrática como tránsito futuro. Y el espíritu de "esta vez sí" y su correlato temporal "ahora sí", se adueñó de la nación, aunque ese "pueblo" por el que todos "luchan y se desgañitan" y que siempre encarna "el preterido" (porque al hacer parte de esas "élites" o sentirse parte de ellas, te excluye automáticamente de la condición de "pueblo") poco o nada participara de esas negociaciones, estuviese al tanto de sus extremos o finalmente le interesara apenas más allá de las pitanzas que pudiese recibir en el proceso.

Rómulo Betancourt representó al líder carismático que desde 1928, luego en 1936 y finalmente entre los años 1945 y 1948, se colocara al frente de la Civilidad Democrática Radical, tras la búsqueda de la senda democrática, primero marxista y luego socialista al estilo de la Alianza Popular Revolucionaria Peruana de Víctor Raúl Haya de la Torre. De hecho, en 1945, Betancourt intenta la instauración de un experimento aprista que las "equivalentes variaciones sobre un mismo tema" terminan llevándolo a un final no deseado. Ahora un Rómulo Betancourt más maduro, más experimentado, mucho más zamarro y consciente del papel del Gran Vecino del Norte y su "inefablemente inoportuna" presencia en las "experiencias revolucionarias" continentales, que trajeron personajes como Tacho Somoza y luego su engendro Tachito, y la caída del Coronel Jacobo Arbenz en la Guatemala de Asturias (además en el contexto de una Guerra Fría), lo hacen derivar hacia la "social democracia" como interpretación política de la realidad y hacia el capitalismo anglo-norteamericano como sistema económico, ambos más como requerimientos de supervivencia que de la propia convicción del entonces Primer Mandatario Nacional.

En medio de intentos de asesinato, golpes militares y finalmente una guerrilla comunista organizada, construida y conducida por aquellos quienes se sienten engañados por el rumbo que toma el nuevo experimento Betancourista, además con apoyo externo de la turbamulta cubana, que se ha propuesto hacer realidad el "internacionalismo proletario", embullados además por la "realidad notablemente más justa" que construye la Revolución Cubana en la próxima isla antillana,  Betancourt se bate como en sus mejores años de resistencia allá en los años 40, y desata una represión feroz contra sus enemigos, a los que somete como en la dictadura recién derrocada, con prisión, desapariciones, tortura y muerte. ¿Y la democracia? ¿Y la libre expresión de las ideas? ¿Y la libre participación política?...¡Al carajo de nuevo! (con perdón del tarascón poco o nada académico): la conservación del poder justifica todo.

Termina diciendo Betancourt en una declaración pública cuando es increpado sobre "los sufrimientos del pueblo" que le ha causado el Gobierno Democrático, amparado en una recién aprobada y "nueva" Constitución Nacional, misma que echa las bases de la igualmente "nueva República": "El Pueblo sin más, como concepto sin apellido, es una entelequia. El Pueblo es el Pueblo organizado en partidos políticos legales, organizaciones sindicales y gremiales e instituciones de variada índole. El Pueblo, como concepto aislado, ya no existe más..." Betancourt ha "rebautizado" el concepto de Pueblo y lo coloca del lado de su partido, expresión mayoritaria de la sociedad y que él viene organizando, bajo su mano férrea, al mejor estilo estalinista, desde 1941 y que en 1960 y 1963 amenaza con diluirse, tras enfrentar dos divisiones. Acción Democrática, el Partido del Pueblo, se mantendrá siendo la organización política más fuerte, grande y mejor organizada del país, hasta el comienzo de su agonía en 1986. Hoy es apenas una modesta finca en manos de un viejo aspirante a gamonal: Henry Ramos Allup.

La DEMOCRACIA no tarda en caer en las mismas "variaciones temáticas" de siempre: la corrupción, el tráfico de influencias, el clientelismo, la violencia política y su concusión, cohecho y artificios de sinvergüenzas, protagónicos o de bajo perfil, que las han acompañado al través de dos siglos y con las cuales nuestro propio "bolero histórico" o, acaso, un fenotipo oculto en los escombros de algún recodo pretérito, nos obliga a sepultarnos, más allá de las buenos deseos del inicio. En 1992 un grupo de militares acaudillados por un "por ahora" anónimo Comandante, intentan hacerse del Poder Político por la vía de la fuerza, en el peor momento de LA DEMOCRACIA. A pesar de haber hecho "todo lo bueno por allá" el Comandante conmina a "sus fuerzas" a la rendición, según sus propias palabras "...ya vendrán nuevos momentos y nuevas situaciones...". Y en 1998 llegan al fin "esos nuevos momentos y esas nuevas situaciones". En unas elecciones al estilo de LA DEMOCRACIA, con apego a su Derecho y preceptos constitucionales, resulta electo el antiguo "Comandante Golpista" como  Presidente Constitucional de la República de Venezuela, no sin antes haberle puesto todos los obstáculos posibles, los partidos tradicionales, los medios, las clases tributarias de LA DEMOCRACIA, parte de sus retículas oligárquicas construidas durante 8 lustros, merced de ese negociado corruptor.

En 1999, luego de aprobada en Asamblea Constituyente (una promesa electoral del Comandante) una "nueva" Constitución que rebautiza a Venezuela como REPÚBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA, en una reminiscencia (sexta vez en Venezuela) bolivariana, en la que se empeña el Comandante en "resucitar" a todo trance y según su real saber y entender los "verdaderos ideales bolivarianos", se inicia este periodo en cuyo filo (como una navaja) vivimos hoy. Con logros, aciertos y muchos desaciertos, un ingente ingreso petrolero de coyuntura que le da dinero a manos llenas, el Comandante transita de bolivariano, a revolucionario antillano y de allí a socialista con discurso marxista, pero repleto de cubanía en la creación de Nomenklaturas, prebendados y prebendarios a granel, "rial" mediante. Muere el Comandante en el intento y deja el "negocio" en manos del más incapaz (sin saberlo) de sus segundos y la patria de Bolívar; la misma de Páez; la propia de Guzmán; la que avilantó Castro; la que pacifica Gómez; la que enrumba Betancourt por la senda  de LA DEMOCRACIA y en un nuevo arresto revolucionario, lleva al sumun de la locura esta nueva REVOLUCIÓN BOLIVARIANA, se encuentra sumida de nuevo en la pobreza colectiva, siendo esta nueva edición revolucionaria acusada de corrupción, cohecho, tráfico de influencias, abuso, peculado, tanto de uso como de recursos financieros, arbitrariedad e imposición ilegal, inconsulta e ilegítima de "derechos políticos" contrahechos. En suma, las mismas acusaciones, acciones y ocurrencias que causaron la debacle de "las rutilantes creaciones anteriores" que en ejercicio retórico altisonante, prometieron villas y castillos al común.

En los acordes finales del "Bolero de Ravel", terminamos nosotros esta reflexión propia, escuchando a lo lejos lo que parece el inicio de una protesta a las puertas de la Asamblea Nacional, con ocasión de un evento que "los revolucionarios" llaman "intento de golpe" y su contraparte,"la defensa de los derechos políticos conculcados". El 24 de enero de 1848, en medio de uno de los gobiernos más corruptos y abusivos de la nación, para variar (el del General José Tadeo Monagas), Congreso y Ejecutivo se enfrentaron en una situación equivalente, más concretamente, en la demostración definitiva de quien "roncaba más duro". En aquella ocasión, el "Ejecutivo Monaguero" orquestó una agresión con saldo de diputados muertos y gente en la calle fallecida o mal herida. Se irguió Monagas sobre su triunfo, afirmando con convicción: "...la Constitución da para todo...". Y como lo sugiere el "Bolero de Ravel", las "variaciones sobre un mismo tema" dan para la construcción de una pieza plétora de matices, colores y cadencias. Lástima que la nuestra sea tan triste y haya "sonado", al menos hasta hoy, tan mal...