20 de marzo de 2017

El gobierno provisorio de 1958... Introducción.

En la historia política contemporánea de Venezuela, si nos detenemos en el tracto temporal que discurre en los últimos ochenta y dos años, hay hitos que la gente recuerda (posiblemente una honrosa minoría) con particular claridad. La muerte del General Juan Vicente Gómez y la llamada “Transición” que devino luego, al frente de la cual “tócale en gracia” al General Eleazar López Contreras estar. La renuncia del General Isaías Medina Angarita y la “Revolución” (bautizo adeco mediante) sobrevenida el 18 de octubre de 1945. La caída del primer Presidente electo por vía universal, directa y secreta, el 24 de noviembre de 1948: el maestro, novelista y hombre de integridad indiscutible Don Rómulo Gallegos. Y, finalmente, por llegar solo hasta 1958, el abandono del puesto por parte del  General Marcos Pérez Jiménez, evento que hizo sobrevenir otra suerte de “fantasía revolucionaria” hecha realidad a fuer de tanto decirlo, más ciertos acontecimientos posteriores que permitieron ratificarla.

La evidencia empírica parece demostrar que la inmensa mayoría del país, sobre todo los más jóvenes, incluso los que tuviesen corta edad para 1958 (a menos que se haya sido “sufriente directo”), poco recuerdan el gobierno que discurrió entre el 23 de enero de ese año y el 13 de febrero de 1959, día de la toma de posesión del segundo Presidente Constitucional de la República de Venezuela, electo en comicios libres, directos y secretos para el año referido: Rómulo Betancourt Bello. Algunas personas tal vez piensen que se trató de un tiempo breve, en el que se vivió una suerte de "luna de miel" entre partidos, no hubo grandes acontecimientos que mencionar y los Presidentes Provisionales de ese período (Contralmirante Wolfgang Larrazábal y Doctor Edgar Sanabria), solo hubieron de enfrentarse a los avatares “normales” de una gestión “de facto” mientras se alcanzaba la tan ansiada “constitucionalidad”.

Los artículos que en lo sucesivo publicaremos, descorren el velo sobre esas apreciaciones. El asunto de la “Unidad Nacional” en pos de la preservación de la “construcción democrática” en ciernes. Las intentonas y las culpas. La otra cara económica del “Nuevo Ideal Nacional” y el rostro cotidiano del peculado. Las apetencias, las dudas y las expectativas. Las esperanzas y las “fantasías”. En fin, una historia que acaso, en algunos de los aspectos mencionados, viniese a colación respecto de los tiempos que hoy se viven. Ya tendremos la oportunidad de “mirarnos” en su discurso político, además con el imponderable valor de haberse producido en ese tiempo, hecho constatable gracias a la recopilación de editoriales, exordios, intervenciones y artículos de prensa que hiciese el Doctor Numa Quevedo, miembro de la llamada Junta Patriótica y a quien tocase, durante ese gobierno, la importante responsabilidad de ocupar el Ministerio de Relaciones Interiores.

Para quienes se acerquen a este blog y tengan la gentileza en detenerse para leernos, delicadeza que sabemos algunos de los paseantes por estos predios cibernéticos, han tenido con este humilde investigador de la historia política de Venezuela, acaso experimenten la misma sorpresa que, hace ya más de cincuenta años (1965), un servidor experimentase al tomar contacto con los documentos recopilados por el Doctor Quevedo, abogado trujillano de amplia trayectoria jurídica y de particular respeto entre los juristas de su generación, a quien además de ocupar la cartera referida en 1958, como informáramos previamente, tocase ser Ministro del Trabajo y Presidente del Estado Trujillo, durante el gobierno del señor General Isaías Medina Angarita (1941-1945).


Si usted es venezolano y llegase hasta aquí, recuerde que no hay, no ha habido y nos atrevemos (posiblemente por aquello de los “abriles sobrevividos”),  a afirmar que no habrá tracto de nuestra historia política donde no hayan existido “conflictos de cualquier naturaleza”, “tiempos difíciles” y “sorpresas desagradables”. Los únicos que no viviesen esos altibajos, quizás hayan sido aquellos a quienes hubiese tocado en turno, hacer parte de los “prebendados” o estar próximos a “las vecindades del poder”, al menos mientras este hubiese sobrevivido (el poder) sin tropiezos o irremediablemente caído, discreta o estrepitosamente. Solo ellos pueden sucumbir a la tentación de decir, amparados en esa meliflua expresión común, que “todo tiempo pasado fue mejor”. En los países débiles institucionalmente, siempre hay alguien que “goza ganando” mientras otros “sufren perdiendo” y desafortunadamente en el nuestro, los segundos  siguen siendo la gran mayoría. Las ocurrencias en nuestra historia parecen demostrarlo, al tiempo que la noria política sigue, pausadamente, lo que parece ser su inexorable marcha cíclica. Así que si usted es un postor a la cosa pública o a la vida política como quehacer (o tal vez conoce alguno):… ¡Carpe diem!...porque aquí nunca se sabe…
 


16 de marzo de 2017

Peculado en Venezuela. Las causas. El decálogo del peculado...

Los esbozos que hemos presentado a quienes han tenido la inmensa gentileza en leernos y que han excedido el ofrecimiento original de cuatro para convertirse en seis artículos, debían producir, como de hecho lo ofrecimos, un cuerpo de conclusiones que permitiese, desde la evidencia empírica mostrada, ubicar al menos algunas causas de la pervivencia del peculado en nuestro ámbito público. Este trabajo que presentamos a continuación, tiene esa pretensión.

Las causas que estimamos concurren para hacer pervivir el peculado en la función pública venezolana a lo largo del tiempo son, a nuestro juicio, las siguientes:

1.- “La sombra del botín de guerra”; la presencia de la “guerra” en nuestra impronta, acaso nos ha dejado eso como herencia. El afán de pensar que toda forma de propiedad, sobre todo si se trata de bienes materiales, es “apropiable” por cualquiera, en cualquier instante, según sean las necesidades a satisfacer, es muy propio de nuestra cultura basada, precisamente, en la satisfacción de la necesidad perentoria por cualquier medio. Al tratarse de la propiedad pública, pareciese que esa percepción del “botín de guerra” se hace más intensa.

2.- “La recompensa por los servicios prestados y la impunidad por consecuencia”; esta percepción tiene dos componentes, una que se deriva de los “servicios efectivamente prestados y su remuneración” y los “servicios prestados por convicción”. Los primeros se refieren a los servidores públicos per se y las remuneraciones que reciben. El servicio público en Venezuela tradicionalmente ha pagado sueldos muy bajos, en ocasiones pírricos, que hacen prácticamente imposible la supervivencia. Ante esa pasmosa realidad, el servidor público pudiese llegar a considerar que no siendo justamente remunerado, la concusión, el cohecho y, como último recurso, la apropiación de bienes públicos “pudiesen compensar” la diferencia salarial o la remuneración que, efectivamente, por servicios prestados, debiese corresponderle en justicia.

La otra está referida a los “servicios prestados por convicción”; se supone que la lucha en la guerra, la prisión, la construcción de las instituciones y el trabajo sistemático por la consolidación de ellas, una vez logrado el triunfo de una idea que se hace poder, son sufrimientos causados por “convicción propia”, no existiendo compromiso alguno de la Patria, vale decir, lo que se hizo por ella, el mero triunfo de la idea lo compensa. Parece ser que en Venezuela, sobre todo en figuras que alcanzan el poder político, existe la convicción (explotada ad nauseam por los acólitos de quienes terminan detentando el poder) de que “la Patria debe retribuir a sus benefactores”. En ambos casos se genera la convicción de la “impunidad” como corolario. No puede haber culpa, ni comisión de delito si el Estado me obliga al “rebusque” y tampoco si he servido “con sacrificio” para lograr su bienestar. La impunidad es flexible según de quién, cuándo, dónde y cómo se trate, pero siempre priva sobre cualquier otra consideración. Todo pudiese ser reducido a un solo acto de habla: “…la Patria es un deudor eterno…”

3.- “La cosa pública siempre es pública cosa”; pareciera existir en nuestro país la convicción de que la “cosa pública” es “pública cosa”. Esta convicción pareciese basarse en un silogismo simple de definir: “…si la Patria es de todos y de la Patria es la cosa pública, entonces si nosotros somos la Patria, la cosa pública es nuestra, sin límite alguno”. Un razonamiento más elemental se traduce en un acto de habla ilocucionario de relativa sencillez y que hemos escuchado hasta la saciedad desde niños: “la calle es de todos”. Pero si la ensuciamos y hay que limpiarla: “… la limpia el gobierno…”.

Son actos de habla de una pasmosa simpleza pero sugiere un mecanismo mental de interpretación respecto de todo lo que tenga que ver con “el gobierno”. Desde aquí se produce otro silogismo de evidente simpleza pero de gran contundencia: “…si el Gobierno es de la Patria y la Patria es de todos, el Gobierno es de todos; y si el Gobierno es de todos, los bienes del Gobierno son de todos…”.

Botín de guerra, sentido de acreencia de la Patria hacia su servidor y la cosa pública como pública cosa, se intersectan para formar una percepción más compleja, que favorece una conducta motivada por la concurrencia de tales causales, en detrimento de los bienes del Estado y en provecho de la aspiración particular del funcionariado público.

4.- “El ejercicio arbitrario del mando”; hemos dicho que la venezolana es una sociedad estructurada sobre la base del poder como motivación. De allí que Mando y Riqueza sean esenciales para lograr el tan ansiado Reconocimiento. Ahora bien, la guerra y el gobierno de fuerza, nos lega como herencia el mando militar arbitrario e inmoral. La convicción de que “la Patria me debe”, sus bienes “son de todos”, contimas “míos porque le sirvo” y la “impunidad” me asiste porque “yo mando”, todo eso concurre para llegar a producir la convicción de que “puedo apropiarme de lo que deseé cuándo así lo deseé”.

5.- “El afán por la riqueza y fácil”; la Riqueza es esencial para el Reconocimiento. La exhibición de la posesión de bienes materiales y la creencia del “éxito indiscutible” asociado a tal posesión, produce el tan ansiado Reconocimiento de manera inmediata. La atención que se le presta a su portador y el trato que se le dispensa, es distintivo en Venezuela. Pero hay solo dos vías para acceder a la Riqueza: el trabajo y la apropiación. El primero es solo posible si se realiza una actividad legítima y legal de naturaleza lucrativa; el segundo, más fácil, implica solo la apropiación de los bienes o la oportunidad de obtenerlos con el mínimo esfuerzo. La evidencia empírica muestra que aquí ansiamos la riqueza por ser una vía expedita al Reconocimiento pero aspiramos obtenerla por la vía de menor resistencia y sacrificio.

6.- “La impronta del Saco y el Puñal”; se trata de otro resabio que nos queda de la “guerra” y de la “reacción natural” frente a las inflexiones de nuestros Sistemas Políticos. Cada vez que se ha presentado una tensión social como respuesta a presiones de naturaleza económica, conmoción política momentánea o cambio abrupto de Sistema Político, sectores de la población han reaccionado saqueando a la fuerza tanto la propiedad pública como la propiedad privada, actuando bajo la lógica que impone la convicción del “botín de guerra”. Y de manera natural se hace en relación a los bienes del Estado dejados “a buen recaudo”.

El ejercicio arbitrario del mando, el afán por la riqueza fácil y la impronta del saco y el puñal, pareciesen concurrir de manera permanente frente a la administración de los bienes del Estado.  Al propio tiempo, pareciesen ser inmanentes a nuestra impronta histórica y acaso actúan de manera automática si ciertas condiciones se dan simultáneamente, al ser parte constitutiva de nuestro imaginario nacional.

7.- “La imperiosa necesidad de Reconocimiento”; esencial para todo individuo que hace parte de una sociedad estructurada sobre la base del Poder como motivación, ya hemos mencionado en las seis anteriores la necesidad, prácticamente básica, que implica “ser reconocido”. La sensación de que “no existo” o “nadie me reconoce” produce miedo, tras aquel, resentimiento y, finalmente, odio, que culmina reproduciéndose en violencia. La falta de Reconocimiento, nutre convenientemente el discurso político de la vindicación, sobre todo si puede ubicarse su falta como consecuencia de la acción voluntaria de un “enemigo interno” a quien conviene que “tú no seas reconocido”.

8.- “La pobreza crónica”; la evidencia empírica muestra, ampliamente, que en Venezuela ningún Sistema Político, y, por consecuencia quienes los han dirigido, ha resuelto el problema de la pobreza estructural colectiva. El metabolismo de nuestros Sistemas Políticos supone la existencia o irrupción de un líder carismático, alrededor del cual se forma una célula pentagonal de poder (ideólogos, románticos, políticos de oficio, soldados y negociantes), que termina reproduciéndose hasta lograr la existencia vital de retículas oligárquicas, que colonizan el Sistema Político y sus Subsistemas, a saber, el subsistema político Estado (que les es connatural), el subsistema político societal con quien se relaciona e intersecta y su correspondiente correlato económico.  De esa estructura nace una oligarquía (en el sentido aristotélico del término) y de esta nace, por consecuencia de la decantación de recursos financieros (también definida por nosotros en otra oportunidad como "goteo prebendario"), una clase media administradora y tributaria. Menos del 17% de la población, en cada tiempo histórico, termina en esa posición y solo el 2% hace parte de las oligarquías. Más del 70% y en ocasiones en números que superan el 85%, permanece en la pobreza. Buena parte de esa pobreza lo es en condiciones de indignidad y genera en su existencia un permanente resentimiento que abona a favor del discurso vindicador, por una parte y, por la otra, la convicción de que “alguien me debe”. Sea por necesidad real o por convicción, el asalto de la “pública cosa” resuelve ambas situaciones. El peculado de uso nace, en buena medida, de la pobreza crónica.

9.- “El trabajo para mí es un enemigo”; este acto de habla, que corresponde a un verso de la letra de un merengue dominicano, ejemplifica gráficamente lo que se quiere mostrar. Al buscar la riqueza por la vía de la menor resistencia y sacrificio, pero, además, al ser los salarios (tanto en el sector público como privado) tradicionalmente bajos o asignados a dedo según sea la proximidad a los “Jefes”, el trabajo remunerado no ofrece incentivos para su ejercicio. La concusión, el cohecho, el tráfico de influencias, la apropiación indebida de los bienes públicos y su negociado, ofrecen muchísimas más oportunidades de hacerse de riqueza que el ejercicio honrado de la función pública. La honestidad y la rectitud parecen no pagar en Venezuela. La violación de la ley, el arrime a un grupo concusional, la pertenencia a una banda o la sombra conveniente de un Jefe, se traduce en beneficios inmediatos, ratificando en el tiempo y por vía empírica, el verso de la melodía antillana.

10.- “Amo a la Patria, pero de lejos…”; la Patria es sujeto de versos, canciones, marchas y saludos, y, frecuentemente, se loa en el discurso político. Pero cabe preguntarse ¿Entiende el común su significado? ¿Se internaliza el significado del “bien común” cómo el bien de la Patria? ¿Más allá de los símbolos patrios, qué entiende el común por la Patria? El amor a la Patria que siente un japonés no es el mismo que siente un venezolano. Pareciese no existir el daño a la Patria. Acaso, en medio de una sociedad pletórica de carencias culturales, sociales y económicas, la Patria no pase de ser una abstracción casi inexistente, propia de construcciones retóricas pero jamás realidad tangible. Por eso “amo a la Patria” pero cuando mis intereses coliden con ese sentimiento: “…hasta allí llegó mi amor…”

De las diez causales expuestas, nos atrevemos a presentar, como producto final, lo que hemos definido como “El decálogo del peculado”, acaso como ejercicio entre jocoso y triste de lo que suponemos llevamos en el alma y pareciese estar allí, marcado como fierro candente en sus inicios y sin aparente solución:

1.- Toda propiedad, sea pública o privada, constituye botín de guerra.
2.- La Patria siempre “debe” a sus “benefactores”, por tanto no es punible ninguna forma de apropiación de lo “debido”.
3.- Toda “cosa pública” es “pública cosa”.
4.- Todo mando es “sagrado” y el que lo ejerce, tiene derecho y discrecionalidad sobre todo y todos.
5.- Todos tenemos derecho a la “riqueza” pero sin esfuerzo alguno.
6.- Toda riqueza o posesión del “dominado” es propiedad discrecional del “dominador”.
7.- Todo el que tiene mando y riqueza debe ser reconocido, no importa el origen de ese mando o de esa riqueza o de ambos.
8.- El funcionario público, en especial si es pobre, tiene derecho a todo aun sin cumplir con su deber.
9.- El trabajo para mi es un enemigo.
10.- El amor a la Patria no implica deberes hacia ella.

24 de febrero de 2017

Historia de un intento. Peripecias sobre la construcción de un “ideal de país”.

En fecha reciente tuvimos la oportunidad de mirar en televisión una entrevista que le hiciese el Licenciado Pedro Penzini López (Globovisión) a la Señora Cipriana Ramos, presidenta del organismo empresarial que lleva por nombre CONSECOMERCIO, institución que agremia a un nutrido sector de empresarios del comercio de bienes y servicios en Venezuela. A una pregunta que le formulase el Licenciado Penzini respecto de un libro que portase la entrevistada, la Sra. Ramos le indicó se trataba de un texto publicado por FEDECAMARAS, otro organismo venezolano de agremiación empresarial, en el año 1993 y donde señalase algo que para ella resultaba en particular novedoso: “la coincidencia nacional en torno a un ideal común de progreso y, por ende, de país”.

Decía la Sra. Ramos, además y en torno a esta “novedosa concepción de su organismo empresarial hermano”, que era eso lo que nos hacía falta en estos tiempos que corren y que ella se había enterado, gracias al texto en referencia, que en la Venezuela de 1958, aquella que se asomaba a la democracia representativa, se había vivido un momento crucial “… en el que empresarios, líderes de múltiples sectores, obreros, políticos y Fuerzas Armadas…” se habían puesto de acuerdo para “…echar hacia adelante al país…”. El entrevistador “la acompañó en el sentimiento” y aquello quedó como si jamás en Venezuela se hubiesen hecho formulaciones equivalentes y desde una óptica, también equivalente, de concertación cívica.

Este artículo está dedicado a la Sra. Ramos, al Licenciado Penzini, a todos los venezolanos que se acerquen hasta este predio virtual y a todos aquellos quienes, aquende o allende nuestros mares, desconocedores además de nuestra historia, pensasen que las formulaciones por un país mejor y aglutinadas en torno a una concepción común, solo existiesen en la segunda mitad del siglo XX, bajo el amparo y por auspicio de la Democracia de Partidos. Daremos varios ejemplos apenas constreñidos a la primera mitad del Siglo XX, sin tocar las veces que en nuestra historia republicana anterior a ese período, innúmeros venezolanos de distintos gremios, pensamientos o actividades, hiciesen en sus tiempos históricos respectivos.

Iniciamos nuestro artículo con una cita textual del discurso que el General Juan Vicente Gómez Chacón, dirigiese al Congreso de la República en la oportunidad de su instalación, en el año de 1909. Decía entonces el General Gómez:

“Hace algún tiempo que nuestra Patria oscila entre dos extremos: la tiranía oficial y la intolerancia de los partidos políticos. Esos extremos nos han llevado siempre a la muerte de las libertades, a la guerra civil, y a la desolación de la República: males terribles que pueden curarse radicalmente en el actual momento histórico...(…) A ustedes tocará la envidiable dicha de extinguir para siempre las guerras civiles, de crear la atmósfera de la tolerancia, de fundar el respeto entre los partidos, de acrecentar el buen trato entre los hombres, de robustecer el imperio de la ley, de abrir corrientes del trabajo, de impulsar las productoras industrias, de guiar a la prensa periódica por derroteros de luz y de llevar, en fin, a Venezuela a igualarse con sus hermanas del Continente en vida civilizada y progresos de todo linaje.”[1]




[1] Salazar Martínez, Francisco; Tiempo de Compadres. LIBRERÍA PIÑANGO. Caracas, 1971.Págs.156 y 157
Sí, ciertamente, se trata del General Gómez quien se asoma al poder absoluto, luego de que apenas, en diciembre del año anterior, depusiese el gobierno de su compadre General Cipriano Castro con un golpe sagaz, rápido e incruento. Y expresa en su discurso los principios de un “ideal común de nación” donde existan “tolerancia, respeto entre los partidos, buen trato entre los hombres bajo el imperio de la ley” además de “productoras industrias” con una prensa guiada “por derroteros de luz” para llevar finalmente a Venezuela “…a igualarse con sus hermanas del Continente en vida civilizada y progresos de todo linaje”. Así parecía pensar el General Gómez, al menos en 1909 y este párrafo de su discurso, deja delineada la Venezuela meta a la que apuntaran luego, con el correr de los años, los intelectuales positivistas que lo acompañarán.

Lamentablemente, luego del año 14, se acabó la tolerancia, la aceptación de los partidos y el único “imperio de la ley” que superara al discurso, lo termina constituyendo aquel del General Gómez: “o estás conmigo o contra mí”. Buena parte de la corrección de ese rumbo inicial, se lo dio la pasmosa realidad del poder. Pero, para 1930, Venezuela no tenía deuda externa, se habían echado las bases de un modesto sector comercial y el país, luego de un siglo de guerras, a pesar del incidente del Falke (1929) y el pírrico alzamiento militar del Cuartel San Carlos (1928), estaba totalmente en paz. Ergástula, espaldero, espía, tortol, grillete  e informante pagado mediante, pero en paz.

Veintiún años más tarde, en 1930, el Doctor Alberto Adriani, el primer economista de la modernidad venezolana, escribía: “Debemos constituirnos, si nos es permitido ese lenguaje, para tener población (…) para ver ricos y opulentos nuestros Estados (…) La Patria nos agradecería que encontráramos- y nuestro deber es buscarlas- las vías seguras de su prosperidad…”. Carecería de relevancia aquella cita del Doctor Adriani (en tanto  simple intencionalidad discursiva de un intelectual ), si no fuese porque en 1936, el propio General Eleazar López Contreras, Presidente de la República, le designase Ministro de Agricultura y Cría, cartera ministerial que por cierto fundase el mismo Doctor Adriani y del que surgiese un semanario sobre temas económicos bautizado como “El Agricultor Venezolano”, publicación periódica que por su estatura técnica y el prestigio de su “editor”, contase con la colaboración de Rómulo Betancourt, para entonces enemigo jurado del gobierno. 

Adriani, junto al Doctor Manuel Egaña, también fue redactor del Plan de Febrero de 1936, instrumento rector para la reconducción del país que se proponía poner en práctica el General López Contreras para resolver, de la manera más expedita posible, los ingentes problemas nacionales y en el cual se establecían las líneas maestras para mejorar, entre otras asignaciones pendientes, la salubridad, la educación, la producción nacional, en particular aquella relativa a la industria agropecuaria y nuestras relaciones con la industria petrolera foránea. Desafortunadamente, Adriani fallece en condiciones muy extrañas: el 10 de agosto de 1936 es hallado muerto en su habitación, sin existir causa aparente para su deceso.

El General López hace un llamado a la nación para nuclearse en torno al gobierno que preside, a los fines de “hacer avanzar a la Patria por un camino seguro” invocando su confianza en torno a una “idea común”:

“Cada uno de vosotros, así sea el más humilde o el extraviado por pasiones políticas, tiene que confiar en esa palabra porque mi fe, jamás vacilante, en los destinos de la República y mi honor militar, la garantizan. (…) Considero un deber en mi Gobierno pedir esa colaboración amplia, y aún como ineludible obligación, pues, de conformidad con las ideas del Libertador, los hombres honrados, útiles y de mayor capacidad deben ser obligados a servir a la Causa Pública.”[2]




[1] Olavarría, Jorge; Un enigma llamado Gómez. FUNDACIÓN OLAVARRIA. Caracas, 2002. Pág.884.

La “Causa Pública”, “…los destinos de la República…”, “…la colaboración amplia…” son actos de habla que invocan la necesidad de “nuclearse” en torno a un ideal común de país y al que apuntará más tarde el Plan de Febrero. La realidad política también golpeó a López y no obstante alcanzar algunos logros en materia económica y social, los avatares derivados de y por la conservación del poder, consumieron en buena medida su mandato.

Electo Presidente Constitucional de la República el General Isaías Medina Angarita, se inicia una tumultuosa gestión de gobierno que discurre entre 1941 y 1945. Paradójicamente, es durante el gobierno del General Medina dónde se produce, luego de casi cincuenta años, la primera gran apertura política nacional, haciendo militante “la tolerancia” de la que hablase Gómez treinta seis años antes. Como consecuencia de esa apertura, el 13 de septiembre de 1941, un grupo de venezolanos, liderados por Rómulo Betancourt, funda el partido Acción Democrática, autodenominado “el partido del Pueblo”, organización política que deviene de la oposición más acérrima a los gobiernos predecesores de Medina. En ese acto fundacional, declama Betancourt ante la población que lo escucha entre vítores y aplausos:

“Consumir lo que producimos y empeñarnos en producir cada vez más (…) para hacer producir la tierra, se necesita de la tierra. Y tierra está necesitando y esperando este pueblo (…)… se ha acentuado la decadencia de nuestra producción agrícola y pecuaria (…) Que tengamos orgullo en andar vestidos con la tela que fabricó la mano de obra nacional en la empresa textil de capital nacional; de curarnos con la medicina que elaboró en los laboratorios nacionales, el técnico nacional; de construir nuestras casas con las maderas que aserraron, en las montañas venezolanas, los peones de Venezuela.”[3]

“Consumir lo que producimos”, “empeñarnos en producir más”, “tierra para el pueblo” son actos de habla que denotan gráficamente una intencionalidad que apunta a un “ideal de país” independiente y autoabastecido, numen de nación que se consolida con el siguiente conjunto de actos de habla “orgullo en andar vestidos con la tela que fabricó la mano de obra nacional en la empresa textil de capital nacional”, proposición inequívoca acerca de la existencia de una industria textil propia, que no solo fabrique lo que necesitemos, sino que sirva de fuente de empleo para los propios venezolanos; voluntad que se hace patente en la siguiente construcción discursiva “…curarnos con la medicina que elaboró en los laboratorios nacionales, el técnico nacional…” lo que sugiere la creación de una industria farmacéutica nacional; y que culmina con la construcción de nuestras casas “…con las maderas que aserraron, en las montañas venezolanas, los peones de Venezuela…”, sugiriendo así el establecimiento de una importante industria maderera, que sirva a su vez de apoyo a una pujante industria nacional de la construcción. De todo lo anterior, es indiscutible la presentación de una “propuesta de país” nucleado en torno a un ideal: “el progreso nacional”.

La propuesta que hiciese Betancourt en el acto fundacional de AD, la reitera, una vez más paradójicamente, el General Isaías Medina Angarita, en acto público realizado en Maracaibo, el 14 de noviembre de 1942, ante un auditórium de obreros petroleros y sus dirigentes sindicales. Dice allí el General Medina:

“…es necesario producir lo que consumimos; vayamos a la tierra, que ella pródigamente retribuye nuestro trabajo, volvamos al campo con cariño, que sus frutos colmarán nuestros mercados, cuidemos y mejoremos nuestros ganados para lograr que la carne sea de nuevo producto de exportación, aprovechemos esa gran riqueza nuestra que animadamente vive en nuestros ríos, en nuestros mares, a fin de que por el trabajo de los hombres de la costa, el pescado nuestro vaya pregonando por los mercados extraños la laboriosidad venezolana; vistamos nuestras telas, aprovechemos los productos de nuestra naciente industria y sintamos noble orgullo de todo lo que sea venezolano.”[1]




[1] Academia Nacional de la Historia. Textos Históricos.  Recuperado de internet en http://www.anhvenezuela.org/. 
Una vez más, ahora mediante el verbo del General Medina, Presidente de la República en funciones y de quien Betancourt, cada vez que se le ofreciese, despotricase impenitentemente de su gestión, se delinea una intención de país. “Producir lo que consumismos”; “volver a la tierra”; “productos nuestros colmando los mercados”; “la carne como producto de exportación merced del cuido de nuestros ganados”; “la prosperidad derivada de la riqueza nacional”; todos actos de habla que sugieren un ideal de nación, signada por la prosperidad colectiva, para concluir en una sentencia sorprendentemente equivalente: “sintamos noble orgullo de todo lo que sea venezolano”.

No obstante estar de acuerdo en un “ideal de país” equivalente, según sugieren ambos discursos, el 18 de octubre de 1945 se produce una rebelión militar que conduce a la renuncia del General Medina Angarita y a la ascensión de Rómulo Betancourt a la Primera Magistratura Nacional, virtud de la acción de armas y por ofrecimiento previo de quienes conducen el golpe. En los prolegómenos, los oficiales del Ejército que conducen la rebelión, han creado una logia castrense que lleva por nombre Unión Militar Patriótica. En el acta de juramentación que exigen firmar los líderes del movimiento para hacer parte de la UMP, los oficiales declaran:

“Los suscritos, Oficiales del Ejército, compenetrados con la necesidad en que se encuentra el país de renovar sus instituciones y métodos de Gobierno, introduciendo en ellos normas y hombres que con sentido de verdadero patriotismo y decencia política, hagan efectivo el progreso de la Nación, llevándola a ocupar un puesto de avanzada a que tiene derecho por su pasado glorioso; convencidos de que ya es hora de acabar para siempre con la incompetencia, el peculado y la mala fe que presiden los actos de nuestros gobiernos…”[5]

“El progreso de la nación”; “… ocupar un puesto de avanzada…”; “…renovar instituciones y métodos de Gobierno, introduciendo en ellos normas y hombres que con sentido de verdadero patriotismo y decencia política hagan efectivo el progreso de la Nación”; “…la incompetencia, el  peculado y la mala fe…” actos de habla que sugieren que (no obstante la intención que el General Gómez expresase en 1909, López Contreras hiciera material en el Plan de Febrero de 1936, expresase Medina en su discurso del 14 de noviembre de 1942, además de hacerla material en los logros alcanzados), se requiere una acción de fuerza por no haber sido suficiente la gestión de los gobiernos previos para cumplimentar ese “ideal de país” al que parecen apuntar quienes ahora reclaman el papel protagónico en el poder. Y esa sensación colectiva parece quedar de manifiesto con la amplia adhesión que recibe el gobierno de facto, ahora autodenominado “revolucionario”. Según hace saber Jesús Ramón Avendaño Lugo:

“La recién creada Federación de Cámaras de Comercio y Producción (…) – que aglutina los nuevos sectores patronales – da su respaldo al gobierno de la Junta. Desde el primer momento el resto de los partidos políticos la reconocen, de la misma forma los gremios profesionales, sindicatos, prensa, estudiantes, banca y el sector industrial, acuden a ofrecer su ayuda al gobierno. Los comunistas – antiguos colaboradores de Medina – un poco sorprendidos porque esperaban un golpe militar de derecha - declaran su apoyo a los avances progresistas.”[6]

Ahora barruntan que “sí”. A juzgar por la adhesión que recibe la Junta, “todos parecen estar de acuerdo” que con estos nuevos personeros en el poder político, si es posible alcanzar el ideal de nación que se ha manifestado con reiteración previamente y en el que se han concertado “todos los intereses”.

Esa intencionalidad queda manifestada expresamente el 30 de octubre de 1945, cuando el flamante Presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno, Rómulo Betancourt Bello, se dirige al país para expresar:

“Sembrar el petróleo fue la palabra de orden escrita, demagógicamente en las banderas del régimen. Nosotros comenzaremos a sembrar el petróleo. En créditos baratos y a largo plazo, haremos desaguar hacia la industria, la agricultura y la cría, una apreciable parte de esos millones de bolívares esterilizados, como superávit fiscal no utilizados, en las cajas de la Tesorería Nacional.”[7]

En franca alusión a la frase que hiciese famosa el Secretario General del partido depuesto, quien fungiese además como ministro del gobierno renunciante y figura eminente de aquel (Doctor Arturo Uslar Pietri), Betancourt afirma que ellos “sí comenzaran a sembrar el petróleo” y lo harán en forma de “créditos baratos” que harán “desaguar hacia la industria” así como hacia la “agricultura y la cría”, invirtiendo el superávit financiero que duerme el sueño de los justos en la Tesorería Nacional. De modo que el “ideal de país” en progreso continuo que tanto se ha soñado hasta ahora, “sí, ahora sí”, será posible hacerlo realidad.

Tres años más tarde, concretamente el 14 de junio de 1948, el Doctor Arturo Uslar Pietri, el mismo citado con sorna por Betancourt, treinta y seis meses antes, escribe en el diario El Nacional y desde el exilio respecto de la gestión del Gobierno Revolucionario:

“Mucha gente sencilla, o reaccionaria, piensa que el Gobierno no gobierna o que los gobernados no acatan. Que todo parece ir a la buena de Dios sin rumbo ni concierto. (…) Lo que la gente advierte que falta es un rumbo. Es que sienten vagamente como si el país estuviera dando vueltas en un círculo vicioso del que no pudiera desprenderse. (…) El país está viviendo horas de mortal peligro. Si no se hace un grande y sincero esfuerzo por restablecer el verdadero rumbo, por hallar el camino, por ganar el tiempo, por organizarse efectivamente para el porvenir, resbalaremos ciegos, unos engolosinados en su festín y otros amurallados en sus rencores, a la ruina y a la desintegración.”[8]

 Con apenas tres años de horizonte, estos juicios de valor hechos por el Doctor Uslar reflejan todo lo contrario a lo que se pensaba en octubre de 1945. “El gobierno no gobierna”; “los gobernados no acatan”; “la gente advierte la falta de rumbo”; “sienten que el país estuviese dando vueltas en un círculo vicioso”; se están “viviendo horas de mortal peligro”, son todos actos de habla que desdicen de la esperanza inicial, incluso viniendo de quien vienen porque, al final de tan lapidario párrafo, el Doctor Uslar no culpa solo al sector gubernamental, porque advierte que “si no se hace un grande y sincero esfuerzo por restablecer el verdadero rumbo, por hallar el camino, por ganar el tiempo, por organizarse efectivamente para el porvenir, resbalaremos ciegos, unos engolosinados en su festín y otros amurallados en sus rencores, a la ruina y a la desintegración.” De modo que no son únicamente los que prometieron el “ideal de nación”, sino también los que hicieron comunión con ellos en la realización de ese ideal y que, en un momento dado, aparentemente “desistieron de sus adhesiones”  al percibir la traición de ese  “ideal de nación”.

El 28 de agosto de 1948, Edmundo Suegart, director del periódico El Heraldo, le arrequinta al Gobierno Revolucionario este encendido editorial, al señalar también desviaciones del “ideal común” , representadas en los desaguisados de la gestión pública:

“Las manifestaciones concretas de esto la tenemos en la paralización de nuestra evolución industrial, en el agotamiento de nuestras actividades agropecuarias, en la sensación de inestabilidad que respira nuestro comercio, en la insatisfacción que cruza a los medios obreros, en la creciente inflación que agobia al país, en el desorden administrativo reinante, en la ineficacia de los servicios públicos que antes fueron regulares y en todos estos elementos imponderables que integran la fisonomía política y moral de Venezuela hoy.”[9]

Suegart es un viejo enemigo de la Junta, pero en particular de AD. Al haber publicado una carta en 1946 de un connotado enemigo del gobierno, le suspenden el diario y lo hacen preso. Jura venganza y desde que es restituido a sus funciones y permitida de nuevo la libre circulación de su diario, se convierte en vocero contumaz de la enemistad hacia la Junta, pero en particular hacia Betancourt y su partido. Sin embargo, los señalamientos son concretos y los actos de habla se hacen eco de una apreciación general que se escucha en los más variados ambientes del país, por lo menos del país “que lee y escribe”: “la paralización de nuestra evolución industrial”; “el agotamiento de nuestras actividades agropecuarias”; “la sensación de inestabilidad que respira nuestro comercio”; “la insatisfacción que cruza a los medios obreros”; “la creciente inflación que agobia al país”; “el desorden administrativo reinante”; “la ineficacia de los servicios públicos”. Suegart no deja resquicio alguno y este editorial es apenas uno de los cinco que dedica con exclusividad al denuesto sistemático del “Gobierno Revolucionario”. Atrás parecen haber quedado los ofrecimientos y la búsqueda de ese “ideal común” de país. Suegart parece decir: “estamos otra vez en la ruina”.

Y no obstante haber casi duplicado el ingreso petrolero y decuplicado el esfuerzo en materia de inversión pública, estos tampoco son los “elegidos” para el “cambio indispensable”, a pesar de culminar siendo efectivamente “elegidos por el pueblo” luego de cumplidos, en sana paz, un par de procesos electorales, directos, universales y secretos, además por vez primera en Venezuela, y dónde resultan favorecidos con el “clamor popular”, al ser inequívocamente triunfadores en ambas contiendas. El 24 de noviembre de 1948, a escasos tres meses de los editoriales de Suegart y cinco de la carta de Uslar, el Ejército dispone del gobierno, derrocando al Presidente Constitucional de la República, Rómulo Gallegos Freire. En el país no pasa literalmente nada y de nuevo “todos los intereses coinciden” en esta “aséptica eliminación física” del gobierno en funciones. El “ideal de país” parece imponerlo.

Sobre esta acción expedita, hace saber el Alto Mando Militar en el comunicado que dirige a la nación, distinguido como N°6:

“El partido Acción Democrática continuó (…) los vicios políticos que caracterizaron a los anteriores gobiernos, aprovechándose seguidamente del poder para su propio beneficio, implantando el sectarismo político, manteniendo una agitación permanente y trayendo el desbarajuste total de la República. (…) Lograda definitivamente la posesión integral del Poder Civil por Acción Democrática, la fracción extremista que ha controlado dicho Partido inició una serie de maniobras tendientes a dominar también a las Fuerzas Armadas Nacionales, tratando de sembrar entre ellas la discordia y la desunión. (…) Los extremistas de Acción Democrática vieron la oportunidad de cumplir sus designios, increpando a las Fuerzas Armadas de una crisis artificial. (…) Esta situación obligó a  las Fuerzas Armadas a asumir el control de la República.”[10]

El “culpable” ahora no viste uniforme militar, ni se ampara bajo aparentes arrestos de “civilidad democrática”, ahora el “culpable” es el partido Acción Democrática. Una entidad política que como colectivo, fuera presa de “los vicios políticos que caracterizaron a los anteriores gobiernos”, de paso “aprovechándose seguidamente del poder para su propio beneficio, implantando el sectarismo político, manteniendo una agitación permanente y trayendo el desbarajuste total de la República…”. 

El Alto Mando Militar define como culpable a “la fracción extremista de AD”, que ha intentado desunir y dominar a las Fuerzas Armadas, pretendiendo, al propiciar una “crisis artificial”, lograr finalmente su cometido. Y estos neo salvadores “de cuartel”,  fieles centuriones del “ideal de país” tuvieron que cumplir con el obligante deber de su preservación. La peripecia de crear un ideal común, exige sacrificios ejemplares.

El 1° de enero de 1949, con ocasión de la salutación de inicios de año, que hace el Gobierno Nacional a toda la colectividad venezolana, el señor Teniente Coronel Carlos Delgado Chalbaud, Presidente de la Junta Militar de Gobierno, hace saber la intencionalidad de lo que ahora él identifica como “Movimiento de Noviembre”, dejando implícito el fallecimiento definitivo de la “Revolución de Octubre”:

“El movimiento de noviembre constituye una reacción sana de  la vitalidad del país contra la exageración y la demagogia de una secta política, nunca un retroceso frente a las reformas que en nuestra legislación y en nuestra realidad, hemos venido conquistando desde 1936. La protección de los intereses económicos y del individuo, la vigencia de nuestra avanzada legislación social, se cumplen sin menoscabo de la dignidad de los ciudadanos y son expresión de confianza en que no se prepara un nuevo despotismo.”[11]

Según el Comandante Delgado, el movimiento militar de noviembre no es una acción exclusiva del Alto Mando Militar; se trata más bien de “una reacción sana de  la vitalidad del país contra la exageración y la demagogia de una secta política”, ratificando así la culpabilidad de una colectividad partidaria con fines de poder, en la promoción de múltiples obstáculos, originados en su comportamiento tumultuario y que hacían imposible avanzar hacia ese “ideal de país deseado por toda la colectividad venezolana”. Y ratifica que bajo ninguna circunstancia tal movimiento significa  “…retroceso frente a las reformas que en nuestra legislación y en nuestra realidad, hemos venido conquistando desde 1936…”, lo cual coloca a esta nueva juventud militar como protagonista indirecta de esa “conquistas” en las que, definitivamente, no han tomado parte alguna: o no estaban en el país o eran unos mozalbetes dedicados con exclusividad a sus iniciales deberes militares profesionales. Pero la turbamulta  y su aplaque, justifican cualquier protagonismo, por vulgarmente artificioso que parezca. Y ahora “devueltos a la verdadera senda hacia el ideal de país” con la garantía del respeto hacia “la dignidad de los ciudadanos”, queda claro que estos nuevos “salvadores de gorra y sable” no dirigen al país hacia “un nuevo despotismo”. La experiencia demostrará lo contrario para los venezolanos que los adversen.

El Comandante Delgado Chalbaud no verá concretarse ese “ideal de país”. El 13 de noviembre de 1950 es asesinado en Caracas, en circunstancias aún misteriosas en tanto su autoría intelectual pero clarísimas con respecto a su autoría material. Antes de su muerte, su compañero de Junta Militar, el Teniente Coronel Marcos Pérez Jiménez, en conferencia que dictase a los gobernadores de los estados de la República de Venezuela, el 13 de marzo de 1949, hace saber:

“Debemos admitir que nos ha faltado ese elemento fundamental en la vida de los pueblos que consiste en la formulación clara y precisa de un ideal nacional, capaz de obligarnos a un acuerdo de voluntades para su plena realización. Ese ideal (…) comporta dos formas fundamentales de enunciación colectiva: de un lado el aprovechamiento de nuestro acervo histórico como manantial de valores morales, y del otro, la utilización adecuada de los recursos naturales del país para mejorar la suerte de los venezolanos actuales, especialmente de los menos favorecidos y legar a las generaciones futuras una patria más próspera.” [12]

El Comandante Pérez Jiménez hace manifestación precisa de la necesidad de un “ideal nacional” y como él manifiesta “…capaz de obligarnos a un acuerdo de voluntades para su plena realización…”. Pero resulta que ya se viene caminando sobre ese “ideal nacional” tal cual él mismo lo define, esto es, “la utilización adecuada de los recursos naturales del país para mejorar la suerte de los venezolanos”, así lo han hecho el General López Contreras, el General Medina Angarita y Rómulo Betancourt, junto a sus adecos del malhadado trienio 45-48. Todos, en menor o mayor medida, han utilizado “los recursos naturales del país” para mejorar la situación de los venezolanos, en particular, de los más necesitados. De lo que no han echado mano suficientemente es “del aprovechamiento de nuestro acervo histórico como manantial de valores morales”, todo lo contrario, una nutrida concurrencia al convite del poder, le ha metido mano al erario público “cual lo hiciera con camaza en tonel de chicha andina”.

Tras el asesinato del  Comandante Delgado, lo sustituye el Doctor Germán Suárez Flamerich, quien queda en esta historia como el tonto del capirote, al proferir el conjunto de actos de habla que transcribimos sin comentario alguno y en la vecindad de un proceso electoral para la escogencia de una Asamblea Nacional Constituyente, que habría de resolver el problema de la sucesión presidencial, en suspenso desde el derrocamiento del Presidente Gallegos. Dirá Suárez:

“Os prometo solemnemente, a nombre del Gobierno de la República, que vuestra voluntad será respetada, e invoco de nuevo a Dios Todopoderoso para incitarlos a que meditéis en la inmensa responsabilidad de vuestra decisión…”[13]

La “voluntad” no fue respetada, aduciendo un “fraude electoral” que los contendores en el gobierno, les adjudican a los ganadores en el proceso electoral, por cierto su oposición política aún legalizada (¡!). Gracias a un artilugio jurídico urdido por el Doctor Laureano Vallenilla Planchart (según él mismo afirmara años más tarde, en una narración por demás dramática) las Fuerzas Armadas “reciben” la renuncia de la Junta de Gobierno, menos la de Pérez Jiménez, quien es nombrado Presidente Provisional de la República hasta tanto la Asamblea Nacional Constituyente determine las condiciones en las que habrá de elegirse un Presidente Constitucional.

Los diputados de la “oposición formal” son obligados a punta de billete o de pistola a “declinar” de sus cargos, siendo sustituidos por “parlamentarios legítimos” y el 17 de abril de 1953, el señor Coronel Marcos Evangelista Pérez Jiménez es proclamado Presidente Constitucional de la República de Venezuela, por la “legítima” Asamblea Nacional Constituyente y con arreglo a la Constitución Nacional reformada y sancionada por ese mismo cuerpo legislativo. Se pone en marcha, ahora sí, sí, sí, una vez más sí, el “ideal de país”; de hecho, lo bautizan como “Nuevo Ideal Nacional”.

En su discurso de toma de posesión, el nuevo Presidente Constitucional de la República de Venezuela, da a conocer la naturaleza de su “Nuevo Ideal Nacional”:
“Una nación que aspire a ocupar un sitio prominente y un gobierno digno de tal aspiración han de señalarse grandes objetivos, dedicarle plenamente energías y aptitudes, e inspirarse en un ideal nacional de claros delineamientos, que en nuestro caso se sintetiza en la transformación del medio físico y el mejoramientos de las condiciones morales, intelectuales y materiales de los venezolanos. Nuestro nuevo ideal nacional basta de por sí para justificar la creación de una mística que constituya el común denominador espiritual de los venezolanos en la tarea cimera de engrandecer la Patria.” [14]

Profiere Pérez Jiménez este inicial acto de habla y en este párrafo de su discurso: “Una nación que aspire a ocupar un sitio prominente…”. Cuarenta y cuatro años antes, decía el General Gómez respecto del ideal de nación que aspiraba para Venezuela  “…igualarse con sus hermanas del Continente en vida civilizada y progresos de todo linaje…”; ambos comparten la visión de una Patria próspera que ocupe un lugar prominente en vida civilizada.

Continua Pérez Jiménez “…un gobierno digno de tal aspiración han de señalarse grandes objetivos, dedicarle plenamente energías…”; planteaba el General Gómez como grandes objetivos “…robustecer el imperio de la ley, abrir corrientes del trabajo, impulsar las productoras industrias…” y afirmaba el General López Contreras, apenas a diecisiete años de esta toma de posesión “…los hombres honrados, útiles y de mayor capacidad deben ser obligados a servir a la Causa Pública…”  y una sensación compartida entre ambos Presidentes: solo así es posible un Gobierno digno.

Y concluye Pérez Jiménez que “la nación prominente” y “el gobierno digno de ella” deben “…inspirarse en un ideal nacional de claros delineamientos, que en nuestro caso se sintetiza en la transformación del medio físico y el mejoramientos de las condiciones morales, intelectuales y materiales de los venezolanos…”, la misma transformación del medio físico que intentó el General López Contreras en el contexto de la aplicación de su Plan de Febrero; el General Isaías Medina Angarita hiciera lo propio con la realización de su aspiración de nación próspera, a través de la idea de un capitalismo de Estado de emergencia, mientras se pasaba el trance de la Segunda Guerra Mundial; tratase también de la transformación que intentara la “Junta Revolucionaria” y aunque magramente por su tiempo de permanencia,  el gobierno democrático de Rómulo Gallegos. 
Todos tras “la tarea cimera de engrandecer la Patria” para que al fin, como plantease Betancourt en 1941, Medina en 1942 y Delgado Chalbaud en 1949 “…sintamos noble orgullo de todo lo que sea venezolano…”.

Un “ideal de país” próspero, civilizado, autoabastecido y autogestionario, independiente política y económicamente, con la mejora sustantiva de toda la población, en particular de los más necesitados, mediante la inversión intensiva y extensiva de las riquezas provenientes de la ingencia de los recursos naturales con los que la Providencia dotó a Venezuela, ha sido y parece seguir siendo ese ideal nacional que se viene pergeñando y luego tratando de construir, al menos, en esta muestra discursiva, desde los inicios del siglo XX.

Este “ideal de país” parece haber sido compartido por todos a quienes les tocó la responsabilidad de dirigirlo y haber producido coincidencia de intereses entre grupos disímiles, al inicio de las diversas coyunturas históricas por la que hubo de atravesar nuestra Patria en el período citado. Pero, devenido el tiempo, los individualismos, los viejos vicios nacionales surgidos de la avidez por el poder, la riqueza fácil, la oportunidad del usufructo del erario público en provecho propio, la concusión, la arbitrariedad y el cohecho, terminaron dando al traste con el intento de alcanzar ese “ideal de país”, surgiendo entonces la inmensidad de una duda que se refleja en un gigantesco interrogante ¿Por qué?...

Apenas a unos cuantos lustros de existencia que apenas superan la sextena, tiempo intrascendente frente a la historia de una nación, nos atrevemos presuntuosamente a afirmar que el problema no son los sistemas políticos y sus correlatos sociales y económicos; no son las ideologías radicales ni los apremios conceptuales de naturaleza política; tampoco la presencia impertérrita de morriones, sables y charreteras en nuestra impronta histórica criolla; menos los que se han ido, con pena y sin gloria o con ella orlada por la leyenda y los cánticos de adoración perpetua. La culpa, si puede atribuírsele a alguien por ese afán forense que nos persigue desde nuestra pretérita ascendencia española, la culpa es de nosotros, únicamente de nosotros: los venezolanos.

Hay una naturaleza fenotípica que nos obstinamos en no mirar, como quien acomplejado de una fealdad que se presume, se niega avergonzado a verse en un espejo, y mientras no lo hagamos, nunca estaremos seguros de quienes somos. Mirémonos pues en ese “espejo magistral” que es nuestra historia, aprendamos algo más de sus reflejos y entendamos, de una vez y para siempre, que la solución habita en la comprensión de aquella imagen. Solo aquella que devuelva el espejo, será reconocida y solo ella nos permitirá encontrar el mejor camino para nosotros.  No hay mesías, ni caminos fáciles, tampoco atajos, ni rutas entreveradas; la aventura de construir una nación, es larga y peligrosa, dolorosa y difícil, pero hay que emprenderla colectivamente. No hay opciones…




[1] Salazar Martínez, Francisco; Tiempo de Compadres. LIBRERÍA PIÑANGO. Caracas, 1971.Págs.156 y 157
[2] Olavarría, Jorge; Un enigma llamado Gómez. FUNDACIÓN OLAVARRIA. Caracas, 2002. Pág.884.
[3] Discurso pronunciado por Rómulo Betancourt Bello.13 de septiembre de 1941. Nuevo Circo de Caracas.
[4] Academia Nacional de la Historia. Textos Históricos.  Recuperado de internet en  http://www.anhvenezuela.org/.
[5] Catalá, José Agustín; 1945-1947. Del Golpe Militar a la Constituyente. Papeles de Archivo. Cuadernos de Divulgación Histórica. Nº9. CENTAURO. Caracas, 1992. Pág.3.
[6] Avendaño Lugo, José Ramón; El militarismo en Venezuela. CENTAURO. Caracas, 1982. Pág.129.
[7] Consalvi, Simón Alberto; La Revolución de Octubre. 1945-1948. La primera república liberal democrática. FUNDACIÓN ROMULO BETANCOURT. Caracas, 2010. Pág. 141.
[8] El Profesor Sócrates Ramírez informa que la versión completa de esta columna “Pizarrón” corre inserta en el Tomo VII-A, Carpeta A, 54, bajo el título “La falsificación de la realidad”, archivo de Rómulo Betancourt. Ramírez, Sócrates; Decir una revolución. ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA.FUNDACIÓN BANCARIBE. Caracas, 2014. Pág.244.

[9] Ramírez…Op.Cit…Pág. 234.
[10] Mayobre, Eduardo; Venezuela 1948-1958. La dictadura militar. FUNDACION ROMULO BETANCOURT. Caracas, 2013. Pág.78.
[11] Mayobre…Ibid…Pág. 100. Las negrillas son nuestras.
[12] Cartay, Rafael. La filosofía del régimen perezjimenista: el Nuevo Ideal Nacional. Recuperado de internet en: http://iies.faces.ula.ve/Revista/Articulos/Revista_15/Pdf/Rev15Cartay.pdf.Pág.9
[13] Mayobre…Op.Cit…Pág.109.
[14] Discurso de Toma de Posesión de la Presidencia de la República. Señor Coronel Marcos Pérez Jiménez, Presidente Constitucional de la República de Venezuela. Venezuela bajo un Nuevo Ideal Nacional.  Realizaciones durante el primer año de gobierno del Coronel Marcos Pérez Jiménez. República de Venezuela. Servicio Informativo Venezolano. IMPRENTA NACIONAL. Caracas, 1954. Págs. 23-28. 

16 de febrero de 2017

20 de febrero de 1859: el afán por la “onomástica” en la construcción del discurso político de la gesta “épica patética”.

Quisiéramos iniciar este artículo desde los significados que de la voz “onomástica”, muestra el Diccionario de la Real Academia Española. Dice allí el DRAE que el vocablo es de origen griego, concretamente deviene de la voz ὀνομαστικός,  onomastikós que significa “la forma de nombrar” y también de los vocablos ὀνομαστική, onomastikḗ, voces griegas que tratan acerca del “arte de nombrar”. De allí derivan los otros significados del mismo vocablo, a saber, “perteneciente o relativo a los nombres y especialmente a los nombres propios”; “ciencia que trata de la catalogación y estudio de los nombres propios”; “conjunto de nombres propios de un lugar o de un país”; finalmente “día en que una persona celebra su santo”.

De manera que por “onomástica” y según el DRAE, pudiésemos entender no solo la fecha en que una persona “celebra su santo”, esto es, “la celebración del santo bajo cuya advocación nace”, sino un “arte-ciencia de nombrar”, “la ciencia de catalogar y estudiar nombres propios” y el “conjunto de nombres propios de un país”. De manera que la “onomástica” más allá del confinamiento que le impone la fórmula restrictiva “la fecha de…” tiene una acepción más amplia que pareciese, intuitivamente, ocurrir en nuestra historia patria con sus actores y aquellos quienes después, devenido el tiempo, pretenden hacer “una suerte de catálogo de nombres propios asociados a las fechas” y su conversión en “santoral patriótico obligatorio” de la nación venezolana.

Otro tanto ocurre con la “épica-patética”. El Doctor Luis Castro Leiva, en la recopilación de su obra que lleva por nombre “Lenguajes Republicanos”, es insistente en señalar el uso de esta fórmula que pareciese coronar nuestra práctica discursiva política, devenida luego de la guerra de emancipación. Dice el Doctor Castro, además, que nuestro lenguaje político resulta atravesado por cinco lenguajes políticos adicionales, a saber, el lenguaje de la República Clásica; aquel correspondiente a la Res Pública Cristiana; el lenguaje de la República del Humanismo Cívico italiano; el lenguaje de la República de la Sociedad Comercial estadounidense; y el lenguaje Jacobino de la República Francesa Revolucionaria. Esos cinco lenguajes, hacen sincretismo en el lenguaje Republicano Bolivariano, que sintetiza nuestro propio “lenguaje político venezolano” y que sirve al propósito de la construcción, al través de los siglos, de nuestro “discurso político venezolano”.

Una de las virtudes fundamentales que ese “lenguaje republicano bolivariano” exorna es el “valor” (virtud que deviene por supuesto de las “virtudes republicanas” del Humanismo Cívico y de la República Clásica Romana) y no existe mejor “arena” para manifestar el “valor” que la guerra. La acción de armas; las espadas al vuelo; los cañones humeantes; el relinchar de los caballos; la crispación de manos y rostros; el grito, la queja y el rictus de muerte en los cuerpos inermes; todos esos elementos aunados al “valor” sin límites por “el amor a la Patria”, son elementos esenciales en la construcción de una “épica guerrera” fundamental para la consolidación de una narrativa histórica, precisamente plétora de “valor”. Todos estos elementos, además, sirven para realzar el “patetismo” de la gesta, esto es, no hay “gesta sin dolor y melancolía” y por supuesto tampoco existe sin “sufrimiento patrio”. El conjunto completo nutre nuestra sempiterna discursiva política, haciéndola por ende de naturaleza “ética-patética”.

En otro orden de ideas, para nadie es un secreto que “la historia la escriben los vencedores” y “los vencedores”, por naturaleza, tienen sus “ideólogos”, sus “historiógrafos”, sus “poetas” y sus “aedas”. Y es posible que los tengan por su fuerte disposición “romántica”, entendiendo al Romanticismo como esa corriente literaria que, devenida en política en los años iniciales del siglo XIX europeo, se mostrase como una reacción natural al materialismo que avanzaba desde el mercantilismo hacia los albores de la era pre-revolucionaria industrial. Esencialmente basado en la rememoración de la gestas, de glorias pasadas y del culto a la figura del “héroe trágico”, el “romántico” cubre de llanto, sangre y emoción, la descripción de los “fastos triunfales” de los denodados luchadores de un tiempo. Pero también están los otros, los que motivados por el “indispensable estipendio” para la vida cotidiana, prestan sus intelectos para la “construcción de la gesta” desde la creación discursiva de ocasión, produciendo también sus buenas dosis de “llanto y sangre” para nutrir la “épica-patética” de un tiempo histórico. Los “ideólogos”, más elaborados doctrinariamente, convierten en “ideas formales” cualquier construcción gramatical que los “héroes trágicos” hayan formulado en el instante de la ocurrencia de su propia “épica patética”. Y como diría el ya vetusto cantante puertorriqueño Ismael Miranda, en una de sus piezas: “…así se compone un son…”

El 20 de febrero de 1859 es una de esas “fechas onomásticas” en el “santoral patriótico” devenido luego de la Guerra Federal, tras el triunfo de los liberales en ella y, por supuesto, la indispensable narrativa “épica-patética” indisolublemente asociada a la construcción de la “gesta federal popular”, gesta que hoy los poetas, los aedas y los “historiógrafos tarifados” de una nueva hueste de “épicos patéticos” tratan de revivir en una extraña y “frankensteiniana” solución de continuidad revolucionaria. Una modesta acción de armas que dirigiese el Comandante Tirso Salaverría y que pusiera a unos “alzados” (que aún no lo eran colectivamente) en la no poco despreciable cantidad de 900 fusiles (inmensa para la época y  acaso pírrica para otra nación), se convierte virtud de la “épica-patética” en la grandiosa “Toma de Coro”, además en la fecha iniciática de la Guerra Federal, porque según los constructores de esta “gesta”, permitió, días más tarde, el desembarco de uno de los “próceres” de aquella: el General Ezequiel Zamora. 

Epónimo del “Mito Zamorano”, Ezequiel no llegó solo, ni precedido por teas y banderas al viento. Fue un desembarco breve y en compañía de  algunos de quienes, más tarde, fuesen sindicados de ser los autores intelectuales de su muerte, acaecida a 11 meses de este periplo marítimo. Hoy, en este tiempo de revoluciones a medio cocinar, enjundia de definiciones “agarradas de los cabellos”, sus más connotados dirigentes, obsesionados por el afán de encontrar "oligarcas de ayer y de hoy" en contubernio atemporal para asesinar a Zamora, se empeñan en construir "relaciones de continuidad" para identificar a sus "enemigos oligarcas" de hoy "con la oligarquía parricida de ayer". Vano esfuerzo desde la "épica patética": ni ellos, ni su mesnada seguidora saben algo sustantivo sobre el particular.

Virtud de esa construcción de gestas, que supone un esguince obligado de la historia patria, al caer la narrativa histórica en el hueco de ese tan trillado “parte aguas” que nos encanta construir a los venezolanos mediante el discurso político de ocasión y bajo el auspicio de un conveniente uso de lo “ético-patético”, los liberales triunfantes le impusieron su santoral al resto del país, llevándolo incluso hasta los símbolos patrios, especialmente el Escudo de Armas, tras cambiarle el nombre a la República por el de Estados Unidos de Venezuela, re-bautizo indispensable para justificar su origen “Federal”.

Un comportamiento equivalente lo vemos más adelante en cuanta turbamulta nacida bajo la égida “revolucionaria” acaeciese en Venezuela. Citemos algunos ejemplos, comenzando con el “Abril” de Guzmán Blanco; el nutrido calendario de los “Restauradores” de Castro; el “Diciembre” de Gómez, junto a sus fechas para celebrar la “Rehabilitación”; el “14 de febrero de 1936” de los demócratas de la civilidad radical, en los tiempos tumultuosos iniciales del gobierno de López Contreras; el “18 de octubre de 1945” para la “Revolución Popular y Democrática” de los adecos; el “Noviembre” de 1948, ensalzado por los participantes de uniforme que derrocan a Rómulo Gallegos bajo el nombre de “Movimiento Militar” ; el “2 de diciembre”, del “Nuevo Ideal Nacional”; el “23 de enero de 1958” de los creadores de la Democracia de Partidos; y ahora, más recientemente, el “4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992” fechas máximas de esta suerte de ordalía que llaman “Revolución Bolivariana”, constituyen ejemplos palmarios de ese “santoral patriótico” impuesto al país por la facción triunfante, en cada inflexión que el devenir le obligase transitar a nuestros sistemas políticos.

Y hoy, en un ejercicio más de la estulticia de quienes gobiernan a Venezuela, se pretende, como afirmásemos previamente, construir una suerte de solución de continuidad entre aquel lejano 20 de febrero de 1859 y este remedo político informe de supuesta reivindicación popular, haciendo suyos unos eventos tan tristemente desafortunados como los de su propia impronta prefabricada, pero acaso unidos en la más despreciable herencia causal: la corrupción, la concusión y el cohecho como prácticas colectivas, especialmente públicas, unidas a los conflictos sociales subyacentes jamás enfrentados con honestidad y nunca resueltos con serena valentía…Imprescindible mirarse en ese espejo: acaso otro santoral está en camino...