1 de noviembre de 2017

“De la tiranía” al “Madurociliato”: un intento científico político de caracterización. PRIMERA PARTE



A guisa de introito…

El sistema político Estado que devino, ya casi cuatro lustros atrás y entró en crisis aguda con el advenimiento de Nicolás Maduro a  la Primera Magistratura de la nación (merced de la unción que le hiciese su Jefe Supremo y Eterno, condicionando el resultado electoral con su postrera petición del voto), se pudiese decir se trata de uno de “los gobiernos” (sino “el gobierno”) más desacertado de la república venezolana, al menos en la historia política contemporánea. Pero resulta incómodo para quienes nos dedicamos seriamente a la Ciencia Política, escuchar diversos epítetos, de variada índole además, arrequintados al voleo por personajes de la vida política, económica y social de la nación, sobre este sistema político que encabeza el señor Maduro, con el ánimo de caracterizarlo y que en este trabajo, para simplificar inicialmente, definiremos como “Gobierno-Maduro”, echando mano de una de las categorías que Norberto Bobbio suele llamar “formas de”, advirtiendo que esta primera aproximación la hacemos con intencionalidad instrumentalmente identificadora.

Algunos lo llaman “dictadura” otros “gobierno autocrático socialista”; unos cuantos, en esos extremos propios de quien poco sabe, me refiero política e ideológicamente hablando, lo llaman “autocracia militar comunista” y, los más enconados desde la cúspide de la ira, lo llaman “gobierno castrocomunista”. Sin negar la influencia que la gerontocracia militar antillana tiene actualmente sobre el sistema político Estado (la evidencia empírica disponible sobre este tema tiene magnitud catedralicia), tampoco pareciera ser del todo cierto el aserto terminante de que “Raúl Castro manda en Venezuela”; más bien pareciese tratarse de una “conchupancia vital” que mantiene ambas administraciones de pie, mediante una suerte de "catéter de fluidos financieros"  compartidos, al través de "una máquina de diálisis económica" de uso prácticamente diario.

En todo caso, las caracterizaciones del “Gobierno-Maduro” (del que nosotros hemos definido a una parte de él como “Madurociliato” y que extenderemos como concepción teórica líneas más adelante), es para nosotros, politológicamente hablando, “una tiranía” y a lo largo de este artículo trataremos (intentaremos)  probarlo desde los trabajos de Vittorio Alfieri y Rafael Fernando Seijas, en tanto la propuesta conceptual que sobre el particular hacen ambos autores, exponiendo casos particulares que, como ejecutorias reales del “Gobierno Maduro”, resultan hoy hechos comprobables empíricamente.

Aunque parezca un esfuerzo sin sentido, por cuanto que este artículo no regresará a la vida a los muertos habidos en este tiempo de extravíos, ni liberará a quienes languidecen en los calabozos sin fórmula de juicio; tampoco pondrá comida abundante en las mesas de quienes hoy comemos de forma exigua o, en último extremo, lo hacen de la basura; muchísimo menos repletará los anaqueles de los comercios y de las farmacias que tanto medicamento indispensable echan de menos los enfermos más graves y sin recursos, solo podremos llegar a  decir que al menos significa un intento serio (seriedad que fenece día a día) por caracterizar, breve pero científicamente en lo político, al “Gobierno-Maduro”.

A veces hace falta la letra pensada y orgánicamente estructurada, para anteponerla enérgicamente al verbo inconexo, tanto del gamonal de turno, como de sus pedestres enemigos, ambos propietarios casi en exclusividad de un discurso político breve e inconsistente, dotado además de poca o casi ninguna creatividad intelectual. En ambos, en todo caso y desde el conocimiento de la Ciencia Política, es poca la tela que hay para cortar. Acaso más agua podría hallarse en un desierto que argumentaciones sustantivas, esgrimidas por las partes en conflicto político, confrontación contumaz venezolana, que ya parece una letanía, largamente cantada en latín e irremediablemente mal pronunciada, más por ignorancia supina que por desconocimiento gramatical especializado.

Sobre Vittorio Alfieri y Rafael Fernando Seijas: “De la Tiranía” a “El Presidente”.

La caracterización de un fenómeno político, sea ideología, partido, gestión pública, liderazgo o conflicto político, por citar algunos como ejemplos, exige una amplia consulta bibliográfica, no solo en Teoría Política sino de Filosofía de la misma naturaleza, como para expresar con convicción que se ha arribado a una “caracterización formalmente potable”. Infortunadamente, este espacio no permite el agotamiento de opciones y tampoco el explayarse en ingentes ejercicios teóricos que permitan arribar a resultados óptimos o, al menos, medianamente óptimos. Por las razones antes expuestas, hemos titulado esta pieza como “un intento”, por cuanto pensamos se trata de tal. 

Dos obras apenas utilizaremos para, reiteramos, completar este intento de caracterización. Se trata de dos importantes trabajos, datados en lugares y épocas distintas, realizados por dos hombres sin ninguna relación aparente, siendo ambos trabajos dados a la luz y en fechas recientes, por la prestigiosa Fundación Manuel García Pelayo. El Doctor Manuel García Pelayo, distinguido jurista español, de dilatada trayectoria en Europa, reconocido filósofo político que se allegara a nuestras tierras, finalizando la década de los años cincuenta,  fue el promotor y, acaso, uno de los más importantes fundadores de nuestra Escuela de Estudios Políticos y Administrativos actual, en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas, de nuestra siempre amada “casa que vence la sombra”: la Universidad Central de Venezuela.

El primero de esos autores es Vittorio Alfieri, un dramaturgo italiano de origen aristocrático, de los tiempos postrimeros de la modernidad europea y quien escribiese este único trabajo, conceptuado posteriormente como tratado político, convirtiéndose en exitosa obra, justamente en el último bienio de su vida. La obra en concreto, comenzada a escribir por el dramaturgo italiano en 1777, fue editada finalmente en 1801 bajo el nombre de “Della Tirannide”, una obra excepcional en la ocupación literaria de Alfieri, casi toda ella dedicada a la dramaturgia. La Profesora Elena Plaza, en el estudio preliminar que precede a la obra de Alfieri, desliza estos datos biográficos del autor:

“Vittorio Alfieri nació en Asti, en el Piamonte italiano, el 17 de enero de 1749, hijo de “padres nobles, ricos y honrados” en el seno de una de las más rancias familias de la aristocracia italiana, cuya historia puede trazarse desde el siglo XII. Murió en Florencia en 1803 (…). Fue un hombre exquisitamente culto y refinado, que tuvo acceso a una educación privilegiada, heredera del mundo clásico y de las bellas artes.”[1]

Y acerca de la obra que echaremos mano en este artículo, la Profesora Plaza hace saber:

“Su obra Della Tirannide es más bien una excepción en su producción intelectual desde el punto de vista formal (es un tratado político) pero su objeto de estudio, la tiranía, fue un tema constante a lo largo de toda su vida.”[2]

El Doctor Rafael Fernando Seijas, venezolano, abogado, diplomático e historiador, es hijo del Doctor Rafael Seijas, quien ocupase el cargo de Secretario General de Gobierno, durante la breve administración del General Francisco Linares Alcántara. Enemigo político de Guzmán Blanco, edita en la ciudad de Caracas, concretamente el 19 de abril de 1890, una obra que titula “El Presidente”. Con la desaparición del Guzmanato (ejercido directamente por el propio “Ilustre Americano” o a través de terceros, léase, por ejemplo, el General Joaquín Crespo y el General Ignacio Andrade en sus postrimerías o en su medianía por otros quienes, guzmancistas en sus comienzos políticos, terminasen reaccionando contra su otrora mentor, como el propio General Linares Alcántara, el Doctor Juan Pablo Rojas Paúl y el Doctor Francisco Andueza Palacios por citar los más conspicuos), Seijas publica esta obra que primero ofrece una semblanza de los tiempos de Guzmán Blanco, gobierno que no ceja en calificar reiteradamente de “dictadura” y luego hace una amplia reláfica moralizadora respecto de lo que debería ser una gestión pública moderna, limpia, justa y sobre todo democrática, adecuada a los requerimientos de lo que él llama “un nuevo país que nace”. 

En un capítulo de su obra y que él titula “De la tiranía”, el Doctor Seijas se dedica a definir el fenómeno y hace menciones expresas de algunos de los vicios del Guzmanato que pudiesen ser calificables como prácticas tiránicas o conductas propias del tirano. Sobre su obra, dice el propio Doctor Seijas:

A fines de 1887 empecé a escribir estas páginas y las concluí en 1890, al cesar el poder en cuyos brazos cayó ruidosamente pero sin sangre, la larga dictadura del 70, anonadada por el unánime consentimiento del pueblo. Nació ese poder en presencia de la revolución que había de ampararle o perderle, no dejando esperanza de eludir el golpe, ni medio de escapar de sus redes. En el ánimo de todos estaba maduro el pensamiento, fija la idea de que había pasado para siempre aquel período dictatorial...”[3]

Como puede colegirse de las exposiciones anteriores, ambos estudiosos, con nada en común, ni histórica, ni política, ni regional y menos cronológicamente (a menos, no nos es posible comprobarlo, que Seijas hubiese leído la obra de Alfieri), nos ofrecen sus visiones de “la tiranía”. Serán estas dos obras y sus autores, reiteramos (aún a pesar de caer en un ad nauseam convencedor), el eje conceptual sobre el cual haremos el intento de calificar el Gobierno-Maduro (lo que a simple vista luce como una expresión colectiva, con arrestos pandilleriles mafiosos, concebida y manejada por y para el usufructo sistemático de poder político), como “una tiranía”, comparando las definiciones ofrecidas en ambas obras, con algunas de las ejecutorias más evidentes de la administración actual. Vayamos pues junto Alfieri y Seijas, tras la búsqueda de una respuesta científicamente formal. Esperamos valga la pena el esfuerzo.

LA TIRANÍA: Un intento de definición.
“La tiranía” es una preocupación política que se remonta a los tiempos de los clásicos. Platón y Aristóteles la convierten en temática recurrente. Sobre el particular abunda la Profesora Plaza en la obra ya citada:

“Para los filósofos griegos la tiranía era la más abominable, bárbara y corrupta forma de dominación política. En el pensamiento de Platón la tiranía formaba parte de los “gobiernos viciados”: el oligárquico, el democrático y el tiránico. El tirano era un personaje víctima y esclavo de sus pasiones; se proclamaba así mismo como defensor de los intereses del pueblo, repartiéndole tierras a su antojo y haciéndole las más pomposas promesas. El alma del tirano, era un alma sin freno alguno…”[4]

Para Aristóteles la tiranía era distinguible en tres categorías; sobre el particular, citamos de nuevo a la Profesora Plaza:

“…la propia de las monarquías de los bárbaros, las tiranías electivas, i.e, tiranías que instrumentalizaban las leyes en beneficio del tirano y la monarquía absoluta, entendiendo a esta última como un gobierno en el cual el poder se ejercía irresponsablemente sin ninguna ley, para el interés del gobernante y no para el de los gobernados.”[5]

Los romanos, ávidos luego por su ejercicio tras la muerte de la República, exponen por boca de Cicerón, precisamente en su “Tratado de la República”, los tipos de tiranía que podrían llegar a agobiar al “Popolo Romano”. Distinguiendo tres tipos, para Cicerón existía la tiranía del rey, quien ejerciera el poder contra su propio pueblo; la del usurpador, quien lo hiciese, bis a bis como el rey, en beneficio propio; y finalmente la del propio pueblo como colectivo (asimilable acaso a una parte de él), que el gran pensador republicano calificase como “imperio del pueblo”.

De estas tres aproximaciones a “la tiranía”, podemos distinguir entonces y a estas alturas, que esta suerte de gobierno se caracteriza:

a)  a) Porque existe alguien quien ejerce el gobierno tiránico, pudiendo ser "un individuo o grupo de individuos".
b)      b) Las leyes se hacen en función de los intereses de quien ejerce “la tiranía”.
c)       El o los tiranos se  consideran depositarios de la suerte de su pueblo, a quien le otorgan dádivas a             capricho y hacen frecuentemente “promesas pomposas”.
d)      Resulta ser la forma más “abominable y corrupta” de todas las formas de gobierno.

Vittorio Alfieri define a “la tiranía” como toda clase de gobierno “…en el cual la persona encargada de la ejecución de las leyes puede hacerlas, destruirlas, violarlas interpretarlas, entorpecerlas, suspenderlas o, simplemente, eludirlas con la certeza de la impunidad.”[6] Alfieri asimila (y precisa) al aspecto de la instrumentalización de las leyes (en beneficio del o los tiranos y que citan los antiguos), las acciones que pudiesen derivarse de su aplicación, específicamente, “…destruirlas, violarlas, interpretarlas, entorpecerlas, suspenderlas…” y, lo más importante para nuestro intento de caracterización: “eludirlas con la certeza de la impunidad…”

Por su parte, el Doctor Rafael Fernando Seijas, define a “la tiranía” en los siguientes términos:

“La tiranía es el estado anormal de una nación independiente, porque representa la voluntad o el capricho individual sustituyendo el querer nacional, definido en las instituciones. La tiranía se sobrepone a todo sistema de administración, y deja por lo mismo de ser gobierno; es la arbitrariedad sustituida a las leyes.”[7]

En la definición del Doctor Seijas se distinguen tres nuevos elementos, probablemente por el año en el que se escribe (casi diez y seis lustros después de Alfieri), dónde nuevas creaciones y proventos políticos se han añadido a la civilización humana: el estado anormal de una nación independiente; las instituciones que le son propias; y la superposición de la tiranía a todo sistema de administración de gobierno, lo que la deslegitima como expresión real de gobierno, al quedar sujeta a la arbitrariedad del o los tiranos en sustitución de las leyes.
De manera que si intentásemos la construcción de una definición de “tiranía” desde una intersección de las concepciones de Alfieri y Seijas, podríamos decir que se trata de una forma de gobierno en la que quien la ejerce no solo hace las leyes a su real saber y entender, capricho y satisfacción de intereses (bien sean materiales o de poder), sino que puede, en el camino de su aplicación, violarlas, ignorarlas, entorpecerlas o destruirlas según, precisamente, el balance positivo o negativo de esos intereses en juego, sustituyendo en consecuencia por la arbitrariedad sus contenidos e ignorando todo sistema de administración, sobreponiéndose a él así como a las instituciones, aun siendo ambos sujetos-objetos de su propia creación.
Alfieri va más allá en términos del establecimiento de quien ejerce “la tiranía”, cuál es su ámbito de aplicación y cuál termina siendo el papel del pueblo bajo su égida. Dice sobre el particular:
“Que este violador de las leyes sea hereditario o electivo, usurpador o legítimo, bueno o malo, uno o muchos; cualquiera, en fin, con una fuerza efectiva capaz de darle este poder, es tirano; toda la sociedad que lo admite está bajo la tiranía; todo pueblo que lo sufre, es esclavo.”[8]
Se colige entonces de la exposición anterior, que “el tirano” puede ser individual o colectivo, que la sociedad que la admite está bajo “la tiranía” y que el pueblo que la sufre es esclavo. Y concluye:

“El Gobierno es, pues, tiránico no solo cuando quien ejecuta las leyes las hace o quien las hace las ejecuta, sino que hay una perfecta tiranía en todo Gobierno que el encargado de la ejecución de las leyes jamás rinde cuenta de su ejecución a quienes las han creado.”[9]

Con este instrumental teórico como equipaje, leve y sencillo debemos decir, comencemos nuestro tránsito del camino por un intento de caracterización de esta ordalía “roja-rojita”. Alea jacta est...


[1] Plaza, Elena; Estudio Preliminar. Consideraciones históricas y políticas sobre la tiranía escritas a  la luz de DELLA TIRANNIDE de Vittorio Alfieri. De la Tiranía. FUNDACIÓN MANUEL GARCÍA PELAYO. Caracas, 2006. Pág.11.
[2] Plaza…Op.Cit…Pág.11
[3] Seijas, Rafael Fernando; El Presidente. FUNDACIÓN MANUEL GARCÍA PELAYO. Caracas, 2012. Pág.35.
[4] Plaza…Ídem…Pág.14
[5] Plaza…IbÍd…Pág.14
[6] Alfieri, Vittorio; De la tiranía. FUNDACIÓN MANUEL GARCÍA PELAYO. Caracas, 2006. Pág.52.       
[7] Seijas…Op.Cit…Pág.51
[8] Alfieri…Op.Cit…Pág.52
[9] Alfieri…Ídem…Pág.53

17 de septiembre de 2017

Del “Partido del Pueblo” al “Partido de Ramos”: 76 años de avatares políticos…

Con esta construcción gramatical que no sé si definir como conjunto ilocucionario de actos de habla o como título, inicio estas letras en homenaje al  partido Acción Democrática. Aunque todo homenaje es por naturaleza exegético, no es sin embargo esa nuestra intención. Siento decepcionar a quienes así lo esperan, pero un partido político dista con mucho de esa clase de organizaciones humanas que se prestan para líneas desprovistas de críticas, algunas amargas, contimás si le tocó ejercer el poder político de una nación. Sin embargo, “la tolda blanca”, “el partido adeco”, “la casa de Rómulo Betancourt”, el sitio donde se hicieron, vivieron y murieron “aquellos los hombres de Acción Democrática”, es, con mucho, el partido político más grande e importante en la vida política nacional de la Venezuela del siglo XX, el siglo en el cual vio la luz por vez primera, el partido político venezolano, con vida, organización y acción propia.

Acción Democrática y su génesis partidaria expresada en el PDN (el Partido Democrático Nacional), fue la primera expresión política organizativa nacional con expresa vocación de poder. Así lo manifestó en más de una ocasión y durante sus prolegómenos, su líder fundador (y sin duda creador) Rómulo Ernesto Betancourt Bello. “Acción Democrática tiene voluntad de mandar”; “Somos un partido con vocación de poder”; “Acción Democrática quería gobernar”, son algunos de los actos de habla expresados por Betancourt en su discurso político que, “plétora de ritornelos” como el mismo los calificara, expresa el líder político entre 1941 y 1944, reiterándolo el 17 de octubre de 1945, cuando en aquel mitin del Nuevo Circo, insiste, “AD va a ser gobierno…”. Y concluye siendo realidad inconfutable; el 19 de octubre de 1945, cuando la rebelión militar triunfa, al formar su “Junta Revolucionaria de Gobierno”, nombra como su presidente a Rómulo y van a ese organismo colegiado, los doctores Gonzalo Barrios Bustillos, Luis Beltrán Prieto Figueroa y Raúl Leoni Otero, miembros de la dirección nacional de AD. Hasta la mañana del 18, los militantes de base desconocen del acuerdo Betancourt- Unión Militar Patriótica. El propio presidente de AD, Rómulo Gallegos, desconoce del trato y es informado cuando los fuegos se han abierto en la Escuela Militar. Es una de las tantas decisiones que el máximo líder tomará por propia cuenta y riesgo. De todas formas, el partido es él y lo llevará hasta donde pueda, merced de su voluntad.

Así nace y se consolida, en apenas cuatro años, el que será, de ahí en adelante, “el partido del pueblo”. El partido de los “negros empigorotados” como los llamará con despectivo arresto el líder ultramontano de COPEI, Rodolfo José Cárdenas. De mucho “liqui-liqui” y “obreros que se creen empresarios”, ratificará el mismo Cárdenas, a título de insulto, no reparando en que esa será siempre la fortaleza de AD. Con independencia de que sus primeros tres años de ejercicio de poder se convierten en práctica hegemónica y de uso (y abuso) de la violencia política como forma “legítima” de acción contra el contrario, caracterizados además por una gestión pública plagada de una corrupción galopante, aunada al más vulgar de los tráficos de influencias, defectos de los cuáles Betancourt ha venido afirmando en su discurso se trata de “vicios inextricablemente unidos” al adversario derrocado, es gracias a AD que el trabajo se hace derecho constitucional; la mujer, el analfabeto, el negro, el indio y todos los preteridos hasta ese momento, adquieren el derecho al voto directo, universal y secreto para elegir al Primer Magistrado Nacional y los representantes al Congreso Nacional.

Es durante ese trienio (1945-1948) que se elaboran sendos planes de viviendas y de vialidad, así como se afinan las previsiones legales que conceden al país un disfrute mayor sobre la riqueza petrolera, que, por paradoja, ya se habían iniciado durante el gobierno del General Isaías Medina Angarita, con la sanción en el Congreso Nacional de la llamada Reforma Petrolera de 1943. Es también el período donde no existen en el país organizaciones políticas proscritas y el derecho a la asociación sindical y la expansión de las organizaciones que de su ejercicio se deriva, se hace amplia, extensiva e intensiva, llegando, en el caso de los partidos políticos, a desarrollarse una pugna interpartidaria tan agraz, que el propio Betancourt  llega a calificarla como “una manera brutal de embestirse mutuamente”.

Pero el poder es una enfermedad y a resultas de sus dolencias, AD termina interpretándose así misma casi como una organización mafiosa. Se obliga al funcionariado público a ser militante del partido; se exige su membresía para todo e incluso en algunos cuarteles, dirigentes de AD hacen labor proselitista con el consecuente desagrado de los mandos militares. El clero tiene “curas de AD” y “curas contrarios a AD”; y los mítines de COPEI, el partido ultramontano que agrupa los sectores más conservadores de la sociedad venezolana, son objeto de sabotaje por parte de bandas armadas de AD. El Dr. Rafael Caldera Rodríguez, el máximo líder de COPEI, es víctima de varias acciones violentas que terminan por hacerlo renunciar a la Procuraduría General de la Nación, puesto para el cual el propio Betancourt había solicitado su concurso.

No obstante esa marea en contra, AD obtiene en las elecciones directas, universales y secretas hechas en el país por primera vez en su historia (1948) para elegir al Primer Magistrado Nacional, la nada de despreciable suma de más de 800.000 votos, pero no repara en que, apenas el año anterior, había obtenido casi un millón al momento de elegir a los diputados a la Asamblea Nacional Constituyente. El apoyo popular decae, pero en la arrogancia que solo produce la ceguera del poder, AD continúa con sus prácticas sectarias, no obstante ser el Presidente de la República acaso uno de los hombres más respetados del mundo de habla hispana, el maestro, escritor, novelista y cuentista Don Rómulo Gallegos Freyre. Pero que hacer: así es el poder.

El 24 de noviembre de 1948, el primer Presidente electo, reiteramos, por vía directa, universal y secreta del país, se convierte también en el primer mandatario de su tiempo, derrocado por un golpe militar (Medina habría renunciado y, años más tarde, Pérez Jiménez habrá de abandonar el cargo al huir abiertamente), preso posteriormente y expulsado del país. Identifica el maestro Gallegos en quienes lo derrocan, a las fuerzas más conservadoras de la sociedad venezolana, quienes temerosas de las reformas que AD había introducido por vía democrática, vieran en peligro su antañón mundo de privilegios y reparto inmoral de la riqueza nacional. Olvida el ofendido literato que AD se ha estado defecando sobre todos y todas, privilegiando a sus “amistades próximas y simpatizantes incuestionables”, tratando de sustituir a una oligarquía defenestrada por una neo-oligarquía "sin abolengo y raíz", algo imperdonable en la dinámica social venezolana, una suerte de metabolismo ínsito a nuestra forma de percibir la realidad, que parece seguir viva hoy día.

Y así comienza el “vía crucis” de una aguerrida militancia de base quien, con un contado número de valientes dirigentes de AD, permanecen en el país para hacerle resistencia al gobierno militar. Leonardo Ruíz Pineda, Luis Hurtado Higuera, Alberto Pinto Salinas, Luis Tovar, Simón Sáez Mérida, Carlos Andrés Pérez Rodríguez, son algunos de los miembros de la dirigencia que hacen resistencia, incluso armada, contra el gobierno militar que se instala, luego de derrocado el maestro Gallegos. Luis y Alberto mueren en prisión o bajo el signo del secuestro, anónimamente, en medio del oprobio y el rigor de la tortura, pero en silencio estoico. Leonardo es muerto en la calle de un tiro en la cabeza, cuando intenta burlar, con identidad falsa, a sus perseguidores. El otro Luis y Simón son presos, torturados, perseguidos y hostigados, pero no cejan en su lucha. Es el AD clandestino, luchador y tenaz. El AD que junto al PCV, se gana el honor se ser llamado por los capitostes de la ergástula, el rin y la panela de hielo: ADECO. Es una contracción gramatical que como sustantivo adjetivado, sirve al propósito de identificar tanto al militante de AD como aquel del Partido Comunista de Venezuela, que hacen resistencia activa al gobierno militar. Luego de 1953, el gobierno de facto se convierte en “Constitucional” gracias a una Asamblea Nacional Constituyente, amañada electoralmente y reunida gracias a la persuasiva gestión de “Mr. Máuser” y su hermana “ la señora Gran Potencia”. Cuando la familia de acero empavonado no logra su propósito, ese “gran compañero que es don dinero” actúa como convincente interlocutor. Acaso Gianbattista Vico tendría razón, digo yo, por aquello de las Asambleas Nacionales Constituyentes amañadas…

En 1956 AD está postrada. Sus mejores cuadros, sus militantes más combativos, sus escondites, sus correos, toda su estructura ha sido muerta, destruida o disuelta a fuer de tortura, prisión o asesinato. Los reales, mi hermano, los reales son la ocupación nacional y el detritus del diablo, el fructuoso aceite negro, corre a raudales por las calles de las principales ciudades nacionales, pero en particular en Caracas; lo hace convertido en petrodólares para realizar obras rutilantes,  adquirir automóviles de último modelo; hacerse de pieles de visón,  vestidos de satén y abrigos de armiño. A quien le importa la democracia, a quien le importa AD: aquí el negocio es la danza de la fortuna y como meterse en ella. Como solía decir José Ignacio Cabrujas: “todos éramos perezjimenistas sin saberlo”.

Pero como son todas las cosas en esta tierra de gracia, 1957 llega con una crisis económica. La rutilancia deja de existir. La burguesía sigue bailando, pero se siente que los reales, ya no, ya como que no corren con el borbotón de la corriente procelosa. Pérez Jiménez no paga las deudas. Se cogen los reales hasta los porteros y el país un día ejemplo de la región, empieza a acusar estertores de enfermedad mortal. Por añadidura, se empiezan a caer “las espadas de la confederación suramericana” y asume la primera magistratura del gran socio del norte, un presidente a quienes no gustan ciertos gobiernos militares. Y Pérez Jiménez, ser menor y por eso jamás inmune a la enfermedad del poder, desafía a los americanos recibiendo a Juan Domingo Perón en estas tierras, como si se tratara de un rey defenestrado: con alfombra roja, séquito y arrestos de magistrado victimado.

Inadmisible; el Ford de Michelena, Constantino de las cumbres andinas, pierde el apoyo de “Mr. Danger”; de la burguesía que ha ayudado a construir; de amplios sectores de las Fuerzas Armadas que él con su esfuerzo de viejo soldado, ha logrado modernizar y hacer subir sobre todas las escalas y remilgos sociales, hasta convertirla en casta propia y cerrada, además de parte de ella en guardia pretoriana personal. Finalmente, en el último estertor que provoca la arrogancia del poder, se birla las elecciones y las hace trocar por un plebiscito. Y el 23 de enero de 1958, luego de un par de asonadas fallidas y un mar de protestas populares, decide irse de madrugada, por aquello de que “pescuezo no retoña”.

“¡Buenos días, libertad!” rezan los titulares de la prensa escrita. Gritan las calles en júbilo extraño: hasta ayer esta misma gente desfilaba disciplinadamente, dando vítores al General, en las festividades de la Semana de la Patria. Acaso sea esa extraña condición inmanente a la venezolanidad cada vez que cae un gobierno. Todos se abalanzan a hacer leña del árbol caído y todos recuerdan con “lágrimas en los ojos” a “los caídos en la lucha”. Una actitud equivalente tuvieron los venezolanos de entonces con Bolívar expulsado de Venezuela, cubriéndolo de humillantes cáscaras de naranjas en su camino al exilio; otro tanto los que vieron desfilar a Páez a lomo de burro, con burda cobija de pelo, azul y roja, sombrero de fieltro amarillo, avejentado y derrotado. Guzmán no les dio chance: murió en Francia. Gómez menos: murió en sana paz en su cama, cadena, tortol y espía, velándole el sueño eterno, tal cual lo hicieran en vida. Aquí, en Venezuela, malo, astuto y nunca descuidado: el poder no perdona displicencias.

El 2 de diciembre de 1958, AD, Rómulo mediante y por una segunda vez, se hace gobierno de nuevo. Pero Rómulo trae otra agenda; una que viene preparando desde 1956, año en el que termina su obra orgánica más completa “Venezuela, política y petróleo”. Ya no es el Negro Betancourt, osado, in-pensante y atrabiliario epidérmico. Este es un Betancourt curtido en treinta años de lucha política, en un país caribe. Sigue siendo osado y atrabiliario pero hoy más que nunca pensante. Al enemigo ni agua, como lo demostrará sin dobleces, pero hay que hacerse de socios poderosos en el contexto de una nueva forma de guerra entre hegemones mundiales. No se mete en pelea de tigres pero figura y se sabe poseedor de una riqueza estratégica que ha hecho su objeto de estudio por más de 32 años. Rómulo convierte a Acción Democrática, en el partido del pueblo; pero de lo que él mismo llama “el pueblo organizado” porque “el pueblo” así a secas, a lo “marxista de tierra caliente”, él mismo se encarga de propalarlo: “es una entelequia”.
  
Y “el pueblo organizado” lo está en sindicatos, federaciones, organizaciones estudiantiles, colegios profesionales, asociaciones civiles sin fines de lucro, organizaciones de padres y representantes, etc., etc., etc. Y AD, porque su líder fundamental así lo ha establecido más de una vez en sus discursos, “¡tiene vocación de dirigir!”. “Y allá vamos, nosotros los hombres de Acción Democrática” a los que en justa retribución de la mujer adeca que dejó los ovarios en la resistencia (verbi gracia la Dra. Serra de Carmona), se le unen ahora “nosotras las mujeres de Acción Democrática”  a la lucha política por la representación popular en todas su formas. Y para 1969, AD es el partido más grande de Venezuela, con más seccionales que ningún otro, que mide su correlación de fuerzas no por curules en un Congreso, ni por escaños edilicios en Consejos y Asambleas Legislativas, lo hace por sindicatos, federaciones, organizaciones gremiales y campesinas que controla directamente. Pero regresa a las antiguas prácticas o más bien a una práctica nacional sempiterna: el tráfico de influencias, la concusión y el cohecho. Ahora si no se es adeco, no se entra en la dirección de un sindicato; se es posible candidato a un consejo municipal, solo con el padrinazgo blanco; es imposible obtener limpiamente un contrato de bienes o servicios con el gobierno en cualquiera de sus instancias, sin pagar una comisión, que por cierto se cobra, en el colmo del descaro, en algunas seccionales del partido. Y cuando AD gana una elección, la seccional del partido, doquiera que esté, se transforma en lugar de negociado de puestos, contratos y prebendas.

Los copeyanos tratan de imitar a AD, pero existe una gran diferencia que, dicen los adecos, Andrés Eloy Blanco deja graficada en una estrofa lapidaria:

“Hay dos cosas imposibles,
siempre imposibles de ver:
mujer orinando en frasco
y negro inscrito en COPEI”


Los “adecos” han adquirido una forma de ser, de vestir, de conducirse que se transforma poco a poco en suerte de “enseña nacional”. La parla popular le arrequinta contenidos “pareces un adeco”, “tienes pinta de adeca”, “ese tipo que va ahí, segurito es un adeco”, “mi pana, salieron en la foto como los propios adecos”; y Rómulo Betancourt le descerraja el tiro de gracia a esa identidad, manifestando en un apasionado discurso ante su militancia “adeco es adeco hasta que se muere”. AD deja de ser un partido político para transformarse en una forma de “identidad nacional”  y no existe familia vernácula alguna (incluso las de los comunistas enemigos acérrimos y congénitos de los adecos, con más de una razón mortal de por medio), donde no haya por lo menos “un adeco”.

Quien termina al frente del todopoderoso CEN de AD, es una suerte procónsul al margen de todo gobierno y cuando Betancourt parte a su retiro merecido, otros se disputan esa suerte de “derecho de pernada”. Y así un día es de Carlos Andrés Pérez Rodríguez, antes ha sido de Luis Piñerúa Ordaz, quien deja por mampuesto a Luis Alfaro Ucero “calentando en el bull pen”. Cuando CAP cae en desgracia, Alfaro se apropia del partido y luego lo hacen los delfines de Alfaro. Un joven abogado de ascenso meteórico, muy ambicioso y merced de un suegro constructor (todo adeco moderno que se precie de serlo tiene su constructor particular, contimás si es diputado), está entre los tiburones de Alfaro o al menos parece serlo. Henry Ramos Allup, a quien algunos viejos adecos critican ese afán por parecerse a Rómulo Betancourt, en los ademanes y la construcción discursiva, terminará apropiándose del partido, expulsando raudo y veloz todo  cuanto vestigio de CAP y su mesnada, quede debajo de la tolda blanca. Los pondrá a buscar “pan, tierra y trabajo” porque allí: más nunca.
Pero el poder es una enfermedad. De tanto ser poder, AD se hace organización mafiosa. Se descuida; se troca en eficiente maquinaria electoral, pero descuida el principal deber de un partido: “catequizar por las buenas y con doctrina”. Lo hace de nuevo con billete o con la interposición de otros dos inefables socios americanos “Mr. Smith and Mr. Wesson”. Y, en el paroxismo de la vulgaridad, algunos de sus más conspicuos funcionarios exhiben su riqueza mal habida frente a una población que, en medio de una de las tantas crisis recurrentes de una economía débil y rentista, sufre de mengua (nunca claro  como hoy), pasando más trabajo que ratón en ferretería.

Y así llega 1998. Un nuevo líder carismático mesiánico, quien por añadidura le ha dado un golpe militar a CAP quien, caído en desgracia por delitos relacionados con el tráfico de influencias, la concusión y el cohecho (acaso no cometidos por él, sino por su ambiciosa secretaria aprovechando las bondades de la cama y los secretos de alcoba, para medrar), vive fuera del país en un auto-exilio forzado, triunfa electoralmente al frente de una “nueva promesa de justicia y progreso para todos”. Hugo Chávez Frías, el Comandante de una nueva Revolución que promete a raudales, en el país que nació en una; pasó todo el siglo XIX de brazo en brazo de otras y ha visto pasar una nueva en el siglo XX, en 1945, todas además fallidas para su “paz y progreso” aunque se disfrace esa paz de “orden con progreso”.

AD se disminuye, se atomiza, se fraccionaliza. Henry en su camino indetenible hacia el control absoluto, se consume y consume al “partido del pueblo” (o más bien lo que queda de él) para transformarlo en el “partido de Ramos”. Mientras, las seccionales van cerrando y el proyecto de Chávez avanzando, con un discurso que la gente más vieja no deja de asociarlo al discurso de Betancourt en tiempos del  “octubrismo revolucionario”. Y funda un partido, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), más un movimiento que obedece a la vieja consigna cubana, heredada de los viejos arrestos moscovitas, de la creación de un sistema político dónde solo exista “un hombre, una ideología, un partido”. Pero el PSUV es tan “adeco de fondo” que sus más enconados adversarios lo llaman “pomarrosa o pomagas” un fruto nacional que es “rojo por fuera y blanco por dentro”. Pero Chávez no es Rómulo y el PSUV solo llega a ser movimiento informe ideológicamente, colcha de retazos políticos, un Frankstein torpe hecho con “partes y piezas” de aventureros de todos los minipartidos o grandes partidos, hoy parte de la cripta política nacional. Nunca sólido como AD; jamás con su impronta de muerte y lucha; ausente de tradiciones, pero sobre todo de algo que pesa mucho en Venezuela: de Historia Política densa.

Y el hoy “partido de Ramos” con las enseñas y los símbolos de AD, para cuando este servidor escribe estas líneas, ha “renacido como el Ave Fénix” de sus cenizas, lo que parece demostrar que donde hubo amor, en ellas se queda. Ha triunfado en unas plenarias para elegir candidatos en 15 gobernaciones de 23 a nivel nacional, en medio de la más pasmosa crisis económica y social de la Venezuela contemporánea, haciendo posiblemente realidad el nacimiento de una nueva “pomarrosa” pero esta vez, de las que llaman “inmaduras”: rosadas por fuera y blancas por dentro.

¡¡¡ Pan, tierra y trabajo. Por una Venezuela libre y de los venezolanos!!!

Feliz aniversario, Acción Democrática: el partido de Ramos…¿O será de nuevo del Pueblo?...Quien sabe...









12 de agosto de 2017

Venezuela y el Sistema Político Cubano: relato de un estupro (II)

El Sistema Cubano. Breve reseña histórica, identificación y caracterización.

Sin pretender hacer una larga reláfica acerca de la historia política cubana, resulta sin embargo menester imprescindible hacer algunas precisiones acerca del devenir político de la isla, luego del reconocimiento de su independencia por parte de los Estados Unidos en 1906, condición absurda pero tristemente real: Cuba fue uno de los  “trofeos” obtenidos por el poderoso vecino del norte, en su guerra bufa con el entonces moribundo y decadente imperio español. Una guerra provocada por los americanos, mediante la voladura del navío de guerra Maine, en la bahía de La Habana y del cual culpasen directamente a los españoles (pudiendo años más tarde demostrarse, en investigaciones sucesivas, ser producto de un acto intencionado de sabotaje, perpetrado por manos criminales desde el interior del buque), fue  alimentada por las campañas guerreristas de la prensa amarillista (especialmente del complejo de prensa del editor  Randolph Hearst) dejando a su fin, tras una victoria contundente de los americanos, las posesiones insulares de las Filipinas, Cuba y Puerto Rico.

En el tiempo histórico que media entre 1908 y 1958, Cuba tuvo 20 presidentes; 10 de ellos definidos como “constitucionales”, en razón de haber sido electos o nombrados con arreglo a algún texto constitucional vigente en la ocasión de su ascensión al poder, y 10 de ellos de naturaleza provisoria, interina o de facto. Dos de esos gobiernos correspondieron a dictaduras sangrientas, corruptas y criminales, ambas coludidas con organizaciones hamponiles de contrabandistas y asesinos. La primera lo hizo con contrabandistas y criminales a su servicio, actuando como asesinos por encargo; la otra con miembros distinguidos de organizaciones criminales internacionales como la llamada “Comisión” de Nueva York y que presidiese Salvatore Lucania, mejor conocido como Lucky Luciano.

Se trató de las dictaduras de Gerardo Machado y Fulgencio Bastista; la primera comenzando como “gobierno constitucional electo” y culminando (1929-1933) en una feroz dictadura. La segunda iniciándose en un golpe de Estado contra el Presidente Constitucional electo, Carlos Prío Socarrás y acaudillada por Fulgencio Batista, el sargento devenido en coronel virtud también de la sempiterna peripecia golpista que dominara su carrera militar. De manera que, entre Tomás Estrada Palma, primer Presidente de Cuba Libre y Manuel Urrutia Lleó, primer Presidente de la Cuba Revolucionaria (esta misma de hoy), pasaron 18 primeros mandatarios más, en marchas y contramarchas de sistemas políticos amañados, caracterizados por la corrupción generalizada; la presencia criminal como instrumento de violencia política; el fraude electoral como práctica comicial; y la siempre poderosamente presente identidad de intereses norteamericanos con los gobiernos “electos” o “impuestos”. Acaso de ahí provenga el “arrastre humillante” en unos y el “odio inveterado”  en otros hacia la bandera de las “barras y estrellas”.

También y de nuevo en un mismo “acaso” porque habría que probarlo formalmente, haya provenido ese afán por la “estabilidad política”, expresada en un Estado fuerte, formal y organizado, al servicio de la población en general y no de una oligarquía nacida a la sombra de un gobierno y de una riqueza fruto más del cohecho y la expoliación, que del trato comercial honesto, mediante la obtención acumulativa de bienes por la vía del trabajo creador. Para cuando Fidel Castro y sus “barbudos” entran a La Habana, el 8 de enero de 1959, esa parece ser la expectativa general. Al verlos tan jóvenes, con sus uniformes harapientos y sus armas herrumbrosas, en transportes de toda índole y hasta a pie, un aura de “libertadores de pueblo” rodeó a aquella muchachada. Y los momentos eternizados en las gráficas de prensa y los noticieros de cine, ensalzan a Fidel y sus acompañantes, a bordo de blindados (Fidel, Huber Matos, Camilo Cienfuegos y el Negro Almeida), como los “futuros creadores de la estabilidad por la que tanto hemos luchado” dirá un artículo de prensa. Pero Fidel hubo de robarse el show; días antes habían entrado otras columnas guerrilleras de su mismo “Movimiento 26 de julio” y otras varias de también otros movimientos políticos en armas como “La Quinta del Escambray” y el “Directorio Revolucionario”. La N°8 del “Movimiento 26 de julio”, al mando del Comandante Ernesto “Che” Guevara, se estaciona en el habanero Cuartel de La Cabaña, mientras la gente de la Quinta y el Directorio se “estacionan” en hoteles de primera o en las lujosas vecindades de Miramar y el Vedado.

Algo huele mal en estos comportamientos y para finales de 1959, se han producido diversos acomodos al interior del poder gobernante, así como en las habaneras calles de rumba. Los “barbudos” son ahora los abusivos. Pretenden apropiarse de viviendas, vehículos y comercios de lujo. Entran, beben y se van si pagar de los lujosos cabarets. El periodista José Pardo Llada que terminará por muchos años al servicio de la Jefatura de Prensa del “Comandante en Jefe”, narra como una noche el afamado “Tenor de las Antillas”, René Cabell (cuyo nombre real fuese Rene Cabezas), dedica en uno de sus actos un bolero que gustase mucho a Prío Socarrás, de quien fuera amigo personal, siendo abucheado con vulgaridades por un grupo de barbudos presente. René, ignorándolos, obsequió a la audiencia con una de sus más brillantes interpretaciones de aquel recordado número tan admirado por Prío. Al final de la pieza, los barbudos intentaron su aprehensión por el desafío, siendo persuadidos por el dueño del nocturno local. Ese incidente resolvió la salida de Cabell de su Cuba natal. Cabell fue por muchos años empresario de espectáculos en Colombia y Director de Variedades del Hotel Tequendama en la ciudad de Bogotá. Murió en Colombia casi a la novena de abriles. Jamás volvió a Cuba.

El Movimiento 26 de Julio liquida a sus rivales políticos. Asesina, encarcela y expulsa a sus contrapartes políticas de toda índole. Fortalece al Partido Comunista Cubano, al ser esta organización leal absolutamente a las disposiciones del ahora autodenominado “Gobierno Revolucionario”. Al interior del mismo movimiento, la dupla Fidel y su hermano menor, Raúl, hacen una razzia de todo aquel dirigente incómodo o capaz de hacerles “sombra”. Comienzan por el prestigioso y carismático Camilo Cienfuegos. Muere “misteriosamente” en un accidente aéreo; la aeronave que él mismo tripula explota en el aire; extrañamente, nadie lo observa abordarla. Un tiempo más tarde lo hacen Faure Chomón y Antonio Santiago, muertos en combate “contra los bandidos” como hacen llamar a quienes enfrentan a la Revolución. Mucho antes Huber Matos es encarcelado por “insubordinación” (se dice que la primera fricción entre Camilo y Fidel se da por esta detención) y Eloy Gutiérrez Menoyo un cubano español que lucha en la Sierra, es declarado “enemigo” del Estado. Para finales de 1959, Fidel ha hecho modificar la Constitución hecha una vez por ellos y esta modificación le concede, por su vía ejecutiva, más poder al Primer Ministro, posición que él ocupa y convierte al Presidente de Cuba en una suerte de “jarrón chino”: sirve al único propósito de adornar.

Toca a Oswaldo Dorticós este triste papel, hasta que, en 1976, la Constitución es modificada de nuevo para crear el Consejo de Estado, eliminar las figuras de Primer Ministro y Presidente, y fusionarlas a la de Presidente del Consejo de Estado, cargos que, por supuesto, terminan recayendo en Fidel Castro. Es el final de un largo camino desde el Cuartel Moncada, donde en aquel asalto fallido se hiciese figura conocida (allá en un lejano 26 de julio de 1953), a este que lo convierte “de derecho” en algo que ha estado ejerciendo “de hecho” desde que Camilo hizo de almuerzo de tiburones; el Ché se trocó en estatua cerúlea en una escuelita perdida en los Andes Bolivianos; Antonio y Faure comida de hormigas y grandes combatientes como Universo Sánchez, se entregasen inconscientes a la embriaguez y la vida disipada, por aquellas veleidades incontrolables del poder: “el dueño y señor de Cuba”. Las sombras de Machado y de Batista parecen reflejarse por paradoja en el maderamen de la lujosa oficina del socialista Comandante en Jefe. No hay remedio: de casta le viene al perro. Raúl es fiel  y permanece adosado como “la cola al can” y Ramiro Valdés, hechura casi niño del Che, se hace la vista gorda, entra en la jugada y se convierte en eficiente y eficaz verdugo. El Negro Almeida, Ortuzi (u Ortuckzi), Machado Ventura etc., etc., etc., “hacen parte de la moña, mi hermano, de la moña…”. El Sistema Político estable, formal y con orden se ha instalado al fin en Cuba. Desde 1959 hasta 2017, Cuba ha tenido 4 Presidentes, 2 de adorno, Urrutia Lleó y Dorticós, 2 de hecho, derecho y acción: Fidel y Raúl Castro.

Pero cabe preguntarse ¿Qué clase de Sistema Político existe en Cuba? ¿Cómo lo urdieron Fidel y Raúl? Vayamos tras las respuestas a esas preguntas. Fidel fue el “supremo constructor de lo político-ideológico” desde 1959 hasta 1986. Raúl lo ha sido del aparato político, militar y represivo, junto a la inteligencia cubana. Más recientemente ha urdido el sistema económico pero ¿Cómo es de hecho? Basándose en un discurso político marxista, socialista y revolucionario (según opinión de un servidor más por conveniencia que por convicción), Fidel hubo de buscar aliados en otras potencias durante la Guerra Fría, luego de haberse enfrentado abiertamente a los intereses norteamericanos en Cuba, que cooptaban prácticamente todas las actividades comerciales e industriales en la isla, con franco demérito de la población en general y el aprovechamiento casi exclusivo de unas oligarquías cubanas corruptas que se “remozaban” cada vez que había cambio de gamonal. No pudieron lograrlo con Castro; enemigo acérrimo de los americanos, posiblemente desde el derrocamiento de Grau San Martín, urdido desde la legación diplomática de esa nación (y del que Fidel joven fuese partidario), Castro siempre buscó romper la dependencia de su antillana isla de la fuerza gravitatoria de su gigante planetario del norte. Luego del intento fallido de Bahía de Cochinos, Fidel se echó en brazos de los rusos, creando un remedo soviético de Sistema Político en la isla, confirmado con vehemencia mediante la declaración del “carácter socialista de la Revolución Cubana”.

Un Sistema Político marxista leninista y revolucionario, con una economía de planificación centralizada, única ideología, único partido, único gobierno sin variabilidad representativa. Una Nomenklatura gobernante de la cual hacen parte solo la alta jerarquía del Partido Comunista y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Una burocracia funcionarial de gobierno que proviene de las organizaciones de base del partido y de las organizaciones sindicales, políticas y sociales controladas por aquel, garantizan el ascenso económico y social solo de los más fieles y, en consecuencia, del disfrute de privilegios cada vez más escasos, que hacen de la población en general “una caterva de fieles borregos” porque no servir al Sistema Político “te condena al hambre y la exclusión”. La caracterización del disidente como “enemigo interno” y del “imperialismo” como enemigo externo, permite la ubicación de las penurias en el “otro” y las posibles y muchas ineficiencias del Sistema Político, en las acciones “traicioneras” de esos enemigos, tanto externos como internos, es decir, una suerte de un “querer el bien común” pero no poder “lograrlo” por las “acciones destructivas del enemigo”.

El “Bloqueo Norteamericano” se convirtió en el esperado momentum para justificar una cada vez más cerrada sociedad, en permanente “estado de guerra”, lo que disparó el racionamiento de bienes básicos, imposible de ser disminuido por una cada vez mayor improductividad interna aunado a una redistribución de los escasos recursos disponibles para destinarlos a un expansivo gasto militar y policial. Esa realidad aplastante, convirtió al Ministerio del Interior (MININ) en un poderoso “tramitador de incentivos” y por ende “controlador de la cada vez más escasa actividad  económica”, digitando así, igualmente, una cada vez más anquilosada movilidad social. Desde el comienzo del llamado “Período Especial” hasta su final ya avanzado el tiempo sobre el filo del siglo XXI, Fidel se hizo cada vez más viejo y más incompetente para el ejercicio del poder y, por el contrario, Raúl, quien había estructurado el Estado, entrenado relevos y fortalecido el Ministerio del Interior, junto a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba, había adquirido una invaluable experticia para el manejo de su feudo antillano.

Así asumió definitivamente el Poder Ejecutivo, al convertirse en Presidente del Consejo de Estado, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y Secretario General del Partido Comunista de Cuba. Economía, sociedad e ideología, se pusieron al servicio de Raúl y sus proyectos, marchando inexorablemente hacia un destino contradictorio que los chinos parecen haber demostrado en la praxis socialista: “la etapa superior del socialismo no es el comunismo, es el Capitalismo de Estado…”

Raúl ha construido en pocos años un Sistema Político que conservando el discurso político marxista revolucionario, organiza sin embargo la economía sobre la base de un cada vez más creciente capitalismo de Estado, donde la Nomenklatura no es solo política, ahora lo es social y económica (asemejándose más a una oligarquía económica y política de las que tenían durante sus primeros cincuenta años de historia independiente), al convertir a los altos mandos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias en empresarios, grandes administradores financieros y comerciales, así como asesores de inversiones internacionales en la isla. GAESA, el poderoso grupo empresarial militar cubano, tiene amplias inversiones en hotelería, establecimientos comerciales, importaciones, registros comerciales, transporte marítimo y terrestre, así como en la escasa minería de la nación antillana. Su burocracia funcionarial (suerte de clase media cubana), proviene de los sindicatos controlados por el MININ o las FARC, así como de las propias filas profesionales de las FARC, convirtiendo su pertenencia en una opción segura de ascenso a privilegios a los que la población común, jamás podría tener acceso. Es ese el Sistema Cubano real, el mismo que, gracias a los alcahuetes locales, pretende “acostar” a Venezuela y tomarla “a la fuerza” tantas veces como su “libido por la supervivencia” le exija cabalgarla. El “trapo” más bien “el bombillo rojo” está encendido: la morena venezolana está amarrada al catre.