4 de marzo de 2018

LA IMPRONTA POLÍTICA: auge, caída y olvido… (alegoría histórica para muchachos no tan muchachos)

En una nación dominada por eso que el escritor Gabriel García Márquez llamaba “realismo mágico”, podemos llegar a esbozar la idea de una suerte de número cabalístico en tanto los líderes que la han llevado como pasajera en sus carretas, algunas ruidosas y tumultuarias, otras bajo ataque y, finalmente, en unas tan derruidas, que apenas pudieron lidiar con los guijarros de caminos pedregosos.

Sí, ciertamente, se trata de mi Venezuela querida, a quien se me antoja imaginar como una morena bellísima, de curvilíneas formas, con ojos lánguidos y lágrimas secas de tanta decepción. Sentada en el borde de la puerta trasera, descalza y pobre, balanceando descuidada sus pies, al son de la marcha del rústico vehículo, sujeta además a las letanías del “amanecido” que la va llevando, promesas al viento por un futuro mejor; realidad que se troca en amargura por no lograrlo nunca. Allá va, dócil, lista para ser tomada por otro soñador, aventurero o loco de atar, quien se inicia con buenas intenciones y no tarda, transcurrido el tiempo, en maltratarla una vez logrados “sus favores”, para luego dejarla cuando la carreta desvencijada por el mal uso, reclama se apeen sus pasajeros y el carretero, muerto, ido o asesinado, los ha dejado allí a la espera de otro, con otra carreta y otros “cantos”. Ella es la sirena a quien engañan con sus cantos los carreteros, al contrario de la mar dónde es  la sirena quien engaña a los marinos con sus cuitas; y allí se monta, esperanzada, creyéndose el cuento…

Siete han sido esos “carreteros” y siete “sus carretas” de promesas. Simón Bolívar, José Páez, Antonio Guzmán, Cipriano Castro, Juan Gómez, Rómulo Betancourt y Hugo Chávez. Nombrados así sin tanta pompa, tienen realmente nombres simples, más allá de sus improntas. Deliberadamente les he nominado como podrían haberse llamado de ser carreteros de verdad y no los líderes carismáticos dominadores que llevaron a su nación al través de sus accidentadas vidas. Fueron ellos, sus ideas, su discurso político, sus ejecutorias y acciones, los que construyeron las vidas de esas “morenazas” que hoy siguen contemplando la llegada de otro “salvador engalanado”. No son ellas las que se buscan una vida: esperan confiadas a que se las construyan los viandantes, especialmente si llevan carretas y, porque no, automóviles.

En 1826, el señor General Simón Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar, Palacios y Ponte vive uno de sus mejores momentos. Es el líder carismático dominador de un movimiento que ha liberado del imperio español al entonces Virreinato de la Nueva Granada y a la Capitanía General de Venezuela. Pero da, acaso, un primer mal paso político: se empeña en convertir a Venezuela en provincia de una nueva nación que propone, bautizándola como Colombia y cuya capital debe ser, por aquello de la impronta virreinal, Santa Fe de Bogotá. Craso error, a nuestro muy humilde modo de ver; persuadido de su poder, de su ascendiente militar y de sus indiscutibles triunfos, trata de “imponer” su visión, esto es, “su rumbo a la carreta”, no dejando a la morena otro camino que embarcarse con él en la aventura.

No podía pretender el Libertador, como ya se le conocía, imponerle a una parte de la gente que había dejado el pellejo en un campo de batalla, algunos por la gloria que conceden las armas; otros por las prebendas que esperasen; aquellos, los olvidados, que aguardasen como aves de rapiña, una parte del botín que los sacara de la pobreza, su completa sumisión a una capital lejana, tal cual ocurriese en los tiempos de dominio del Imperio Español. Para cuando termina 1830, cuatro años más tarde, luego de haber liberado tres naciones más, intentado la aprobación de una nueva Constitución e incluso haberse proclamado dictador, el hombre cuya gloria fuese inmarcesible, la misma que crecería “como crecen las sombras cuando el sol declina” ha sido extrañado de su propia tierra y en la mayor miseria, se presenta ante la inevitable parca con camisón y cama prestados, abandonado a su suerte por todo aquel que un día le jurase “lealtad eterna”. Suerte de auge y caída; su carreta desvencijada por la ida tras caminos accidentados y ríos de cursos procelosos, yace a la vera del camino; a su lado, una bella morena con rebozo y magro saco de pertenencias, espera sentada la llegada de otra carreta y otro carretero.

A grupa de brioso corcel llega, atrabiliario y retador, sable en mano, arrogante y displicente, seguido por su gloria guerrera, con su carreta siguiéndolo, guiado además por llaneros mal encarados, de lanza y cuero curtido, otro hombre de charreteras bruñidas: José Antonio Páez Herrera, el Centauro de los Llanos. Y la muchacha se avienta a sus brazos y es llevada en volandas a su carreta. Vive años de gloria y lujuria; se entrega con pasión a la impronta del héroe; lo adora y, no contadas veces, lo idolatra. A pesar del plomo que a veces recibe, Páez lleva su carreta con acierto. Hasta que se acostumbra a tomar a la muchacha, cuando y como le viene en gana. Cuando han transcurrido por lo menos cuatro lustros, a Páez ya no lo quieren. Y la muchacha comienza despreciarlo. Para cuando frisa una edad avanzada, Páez transita a lomo de burro, llevado por sus captores, con humilde y gastado sombrero de fieltro amarillo, recibiendo cascotes de naranjas cual humillantes proyectiles y en lugar de vítores, insultos de variada índole de la misma gente que un día se rasgase las vestiduras por su honra. Al lado de los restos de su carreta, una muchacha que ya no lo es tanto, espera un “nuevo mesías”.

Levanta mucho polvo un tropel incontenible de locos enardecidos, guiados al frente por otro amanecido; tras él marchan los eternos oportunistas; no llevan carretas, solo sus famélicas cabalgaduras. Vienen gritando venganza y reclaman “tierra y hombres libres”. Sí, en efecto, se trata de los mientan “los liberales”. Vienen con ellos años de sufrimiento para la muchachona; todos la toman y termina con sus ropas raídas, golpeada y humillada. Hasta que un día, un hombre que parece culto (de hecho lo es y mucho) contrariamente a aquellos salvajes que sin fórmula de beso, toman lo que es suyo, subiéndose los calzones con la misma rapidez que consuman el acto, se allega hasta ella y le promete las bondades del romanticismo francés.

Y la mujer se sube a su calesa. La viste de sedas, brocados y gobelinos franceses. La hace llamar “ilustrada” cuando no lo es, acaso porque, a este nuevo carretero, lo nombran sus acólitos así: “El ilustre Americano”. Antonio de la Santísima Trinidad y María Guzmán Blanco, de tupida barba  y también General, se propone conducir a la carreta por derroteros de siembra provechosa, caminos pavimentados y palacetes de blanco mármol de Carrara. A estas alturas, Bolívar ha sido elevado a un sueño y Páez es apenas mal recuerdo. Uno es “Padre la Patria” y el otro “Padre de la Oligarquía”, pero en la práctica son apenas eso: meros recuerdos…

Transita la muchacha con Guzmán momentos de gloria; de auge. Guzmán la toma como quiere y cuando quiere. Está con ella siete años, luego la abandona. Más tarde son cinco y se va. Luego un día se aparece y lo aclaman, pero él ya no tiene ganas. Se ha enamorado de La Francia y sus encantos. La carreta anda a medias; demasiados carreteros la han llevado por comisión del propio Guzmán. Francisco Linares, quien muere en el intento; Juan Rojas, quien trata de robársela con todo y morena; Raimundo Andueza, quien se hace el loco y pretende birlarle vehículo y dama, prometiéndole villas y castillos. Y por último y esta vez por cuenta del propio Guzmán, un recio llanero de armas tomar: Joaquín Crespo.

Guzmán no vuelve un día. Se queda con la sofisticación de su francesa de tiempos del Segundo Imperio. Y muere sorprendido una mañana por quien no cree nunca se le allegará: la misma parca que se llevara a Bolívar y a Páez. Un lacónico “perdón” es su última palabra. La muchacha abandonada y perdida, se levanta otra tarde de juerga sin control, creyendo que aquella postrera despedida es con ella. Siempre anduvo soñando…

Crespo la monta con pasión una tarde calenturienta de verano y mientras se acomoda los blancos calzones de dril, se arrequinta su sombrero alón, se pone su cobija de pelo de azul intenso y tomando su revólver niquelado, le promete regresar pronto. En su caballo árabe de gran alzada, sale aquel hombrón que es Crespo a batir a sus enemigos allá en la llanura que mientan “La Mata Carmelera”. Se pone al frente de su mesnada famélica a combatir a unos “enemigos” famélicos por igual. Blanco fácil resulta aquella rutilante presencia entre tanto gris y marrón, de polvo y miseria. Cae ruidosa su ampulosa y elegante humanidad, luego de que un certero balazo le destroza el pecho. Se fue Crespo y con él “la Crespera”. Ya puede ponerse el pelo lizo a quien no le guste “crespo”…

Una vez más, Venezuela queda inerme, si es que alguna vez no lo ha estado. Al pie de la ensangrentada carreta que dejara Crespo, vuelve a esperar, con sus viejos vestidos franceses raídos por el uso y el abuso, calzado un pie y otro no. Sin arrestos de dama ilustrada y perdida en el camino, como parece haberlo estado desde que se montase con el primer carretero. Esta vez la acompaña una niña que ha parido al descampado y con ayuda de una comadrona; la ha visto crecer entre arrieros, aventureros y sinvergüenzas de cuello con corbatas. De militares, la muchachita ha visto todos los grados y escuchado todos los cuentos. Esta Venezuela ya vieja y cansada, recibe un día una carreta que viene de lejos. La lleva uno que se hace llamar Cipriano Castro y también viene con aires de Revolución, con su respectiva titulación de General. Castro la toma sin miramientos. La asalta, la hace suya en presencia de su compadre Juan, quien se limita a contemplar.

Castro le promete que será un nuevo hombre, quien, además, procederá de buenas maneras. La vieja Venezuela está en trance de muerte, la hija, ya adolescente, ha heredado por desgracia las costumbres de la madre: cree y es querendona sin condiciones. A Castro que le gustan las muchachitas, hace caso omiso de los ruegos de la madre. Una noche se hace de su virginidad, la misma oportunidad nocturnal en que la madre, Venezuela liberal, muere entre estertores agónicos. Sin embargo Castro se empeña en “honrarla” y llama a esta muchacha que la noche anterior ha tomado con lascivia: Venezuela Liberal Restauradora.
Son casi 10 años en los que la muchacha, heredera de la misma figura curvilínea de la madre, ha sido llevada por Castro en su carreta. Lo han detenido en el camino; se ha fajado a tiros con los que intentan asaltarlo; ha desafiado a sus poderosos enemigos europeos, más fuertes y mejor armados que él; y los ha vencido a todos, pero, especialmente, gracias a su aliado, socio y compadre leal: Don Juan.

Pero Castro es díscolo y de bragueta libérrima, terminando esta práctica por perderlo. Se enferma y abandona a su Venezuela Liberal Restauradora. El 19 de diciembre de 1908, el compadre leal, palurdo y aparentemente dócil, le coge el maíz volteado por la orilla. Se le mete a la cama a la muchacha una fría madrugada y la toma con firmeza. Ahora carreta y muchacha le pertenecen. Castro termina languideciendo en Puerto Rico, tierra para entonces lejana. No lo quiere ni Venezuela, quien ha cambiado de dueño y menos sus enemigos por fuera. Gómez le hace cambiar el nombre: ahora es Venezuela, la Rehabilitadora. Bolívar ha trascendido la realidad; Páez ocupa un sitial en el panteón de los héroes; y de Linares, Rojas, Andueza y Crespo, ya nadie quiere oír hablar, al fin y al cabo, son apenas carreteros menores.

Una nueva carreta y un nuevo dueño, quien, dicho sea de paso, no duerme mucho con ella. Se limita a cuidarla y sacarle provecho mientras pueda. Pero él nuevo dueño, General también, la encadena; no la deja expresarse. La toma en silencio como si fuera un frío íncubo; pero eso sí: la alimenta y se preocupa por su prole. Tiene una hija irreductible a quien le han puesto Venezuela también, pero ella, clandestina, se hace llamar Democracia. Gómez es duro con esta muchacha pero ni el cuero, ni la cadena, logran domeñarla. Cinco lustros y par, corren; Gómez muere en paz en su cama. Carreta intacta, se le ha dotado de nuevos aditamentos, gracias a la ingente nueva riqueza que provee el lucrativo negocio del aceite negro. Ya no es carreta, es rutilante automóvil. Democracia se reúne en secreto con sus seguidores; ella no quiere vivir más el humillante cautiverio de la madre y de la abuela. Furtivamente se hace tomar por jóvenes luchadores; ella no tiene dueños, antes por el contrario: ella es su propia dueña.

Rómulo Betancourt la conoce ya mujer. Ha tratado de conducir su propio automóvil y está harta de gamonales de uniforme, chopo y machete. Quiere ser libre. El negro de Guatire la convence que puede serlo y el propio amante es él. La toma revolucionario entre versos de Neruda y retórica republicana que viaja de un marxismo de tierra caliente a una social democracia peruana naciente. “Le mete chola” al automóvil y va con ella, vestida alegremente de blanco y sin corpiño, luciendo sus hermosos atributos sin ambages. Rómulo la hace sentir libre, le ha permitido decidir su propio destino y le promete un futuro mejor, del que ella puede palpar tangiblemente algunos logros. Pero los que andan con Rómulo (y él mismo por arrogancia juvenil) meten la pata. Y un día voltean el carro. Democracia queda mal y muere. Deja una hija que apenas frisa los cinco años. La llaman, al principio, igual que las abuelas pero, huérfana, queda bajo la tutela de quienes siempre han mandado a las Venezuelas que la precedieron: los militares.

Por paradoja, Libertad le han puesto a la niña. Dicen que es hija de Rómulo, pero no se sabe. Diez años pasa la niña bajo tutela militar y no le va para nada mal. Pero cada vez que abre la boca, algún gendarme de guardia le recuerda la trágica muerte de la madre, a manos del loco del negro Betancourt, el mismo “comunista miserable” que descarrilara el carro.

A Libertad le celebran sus quince años,  en el Salón que lleva el nombre de su abuela, al son de la orquesta Billo`s Caracas Boys, llevada del brazo por su padrino el General Marcos Pérez Jiménez. Es por todo lo alto. Sus amiguitas del Country están allí, pero no las muchachas más pobres. Ella no pregunta; como siempre se limita a disfrutar y callar. Su padrino es el hombre del momento. Lo ensalzan hasta en las publicaciones del exterior. Todos parecen estar pasándola de maravilla y la plata corre a raudales por las recién inauguradas calles de Caracas. Nada parece presagiar lo que vendrá.

Para cuando Libertad se apresta a recibir su grado de bachiller, la cosa no pinta bien. El carro rojo nuevecito que le regaló su padrino, un MG último modelo, se lo obliga a guardar. Le prohíbe inscribirse en la Universidad Central de Venezuela y la encierra en la casa de su tío Juan en el Country Club. Ese año la cosa luce fea. Una madrugada, Libertad es despertada por un tumulto. Su padrino la dejó y se fue. Su tío Juan se fue de la casa. Entre temerosa y sorprendida, encuentra los portones abiertos. Es el 23 de enero de 1958. Corre hacia las avenidas y allí se encuentra con un hombre humilde quien, al reconocerla, le grita, voz en cuello: “¡¡¡Buenos días, Libertad!!!” Y allí se queda la muchacha, la hija de Democracia, nieta de la Rehabilitadora y la Restauradora, petrificada, ausente, temerosa y, como siempre, esperando.


Bolívar es una gloriosa borrosidad; Páez, el ejemplo del coraje guerrero; Guzmán, epítome decimonónico del civilizador, con la astucia de un truhan; Castro y Gómez, las últimas figuras de la historia política tumultuaria, que logra tras la paz por la vía de los sepulcros, el orden y el progreso. Atrás quedaron sus carretas, sus cuitas y sus dolores; sus proclamas y sus órdenes; sus ergástulas y sus muertos. Todos vivieron sus auges y sus caídas pero al fin terminaron siendo eso: apenas recuerdos. El tiempo los convertirá en olvido o, en el mejor de los casos, rememoraciones de ocasión. Y Venezuela continuará su vida, porque todos al fin pasaron con sus carretas y automóviles. Y los de hoy  con sus camionetas importadas,  sus espalderos mal encarados, a bordo de motos de alta cilindrada, junto a sus arrogantes seguidores en la adulancia, también, inexorablemente: también pasarán…

24 de febrero de 2018

LA IMPRONTA DE LA POBREZA

Los venezolanos siempre hemos sido de origen humilde, en el tracto temporal de un “siempre” que podríamos hacer comenzar (por aquello de las “periodizaciones ineluctables”) desde el inicio de nuestra historia republicana, esto es, de la República de Venezuela, en el año del Señor de 1830. Ese afán por remontarnos a glorias familiares pasadas, donde la riqueza y el poder orlaron a nuestros antepasados, son la mayoría de las veces “cuentos de camino” o exageraciones propias de quienes se amarran obsesivamente a la existencia pasada de “tiempos mejores”, acaso vanos espejismos, fruto más de una narrativa familiar amarrada al realismo mágico propio de nuestro gentilicio, que una “historia familiar” comprobable empíricamente.

Y sí, ciertamente, aunque algunas de nuestras familias venezolanas hayan tenido en su impronta ricos terratenientes, importantes generales o almirantes, tribunos de impecable palabra, juristas, médicos o emprendedores de brillante trayectoria, es prueba irrefragable de su origen un campo vetusto, la espléndida llanura criolla, la huerta andina o, tal vez, la pensión (casa de vecindad), la humilde morada y el plato breve al momento del condumio, en especial en tiempos de libros y trasnochos.

Si se hizo parte o se hace parte de alguna “oligarquía histórica” (reitero una vez más en el sentido aristotélico del concepto), nacida como todas las nuestras al abrigo de un gamonal, su mesnada o un partido y su líder, todas pasan o desaparecen inexorablemente cuando el sistema político que les da origen, trasciende su umbral de inestabilidad, dando nacimiento a un nuevo líder, un nuevo grupo y un nuevo sistema.

En Venezuela (y damos gracias a la Providencia), las oligarquías no son históricas y tampoco devienen en aristocracias. Hablar de “apellidotes” como lo hacía el Presidente Hugo Chávez cada vez que le pegaban las “ventoleras del resentimiento” es, lo menos, absurdo. Ninguno de esos apellidos sobrevive hoy día. Acaso lo hagan provistos del camuflaje que les proporciona algún patronímico tan sencillo como “Pérez o Rodríguez o Gonzálezo o Silva”, obligando a quien, amarrado a la estupidez social de un tiempo ido, insiste en hacerlo “sonar” por propia satisfacción. “Pérez Rendiles”, “Noguera Pietri”, “González Boulton”, “Silva Sucre” son algunas de esas combinaciones que parecen vestir aquellos otrora sonoros apellidos de su tiempo, con los sencillos ropajes (en ocasiones harapos) de apellidos posiblemente más comunes  y corrientes que la suela gastada en el  zapato del sempiterno viandante.

No hay, no hubo (ya lo dijimos pero insistimos que esperamos en Dios que no las haya nunca) aristocracias. Y si se habla de un tiempo mejor, se hace atado al privilegio que otorgó la prebenda del gamonal o la conchupancia, directa o indirecta, con el grupo en el poder, quienes, cada quien a su turno, dilapidaron (y aún dilapidan) la riqueza de la República, creación política que, por cierto, termina casi siempre yaciendo exánime en el suelo de la ignominia, con los ojos vacíos y sin vida, siendo lo más deleznable: “en nombre del bien común”.

De modo que para aquellos compatriotas o para quienes alguna vez se allegaron a estas tierras venezolanas y echaron raíces en el pasado como Jean Fleury o John Boulton, el uno aventurero y contrabandista francés, el otro capitán de un barco dedicado a los mismos fines, cuyos descendientes “convenientemente” se fueron columpiando de “oligarquía en oligarquía” y de “gamonal en gamonal” para luego hacerlo de “Presidente en Presidente”, hasta que “no hubo más de dónde agarrarse o terminaron pelando el gajo”, me permito recordarles que todos, absolutamente todos, los más “prístinamente blancos europeos” y los que menos, tenemos un obrero, un aventurero o un campesino; una madre abandonada y sola; un negro esclavo; un pata en el suelo; una india y su indio encomendado; un portugués o un italiano o un español en la mayor pobreza, con sus maletas diestramente amarradas con cabuyas, mirando perplejos la magnificencia del Ávila por primera vez; un judío o un árabe, ya sin lágrimas para llorar, con una moneda en el único bolsillo sano de su raído paltó, jugando distraídamente con el ala del sombrero, mientras soñaba vencer las olas del puerto de La Guaira; un pescador sin camisa, con “viejo calzón de playa” de color indefinible; una madre pegada a un fogón o una máquina de coser o ambos, rindiendo como pudiera los pocos centavos disponibles, mientras el marido hubiese de languidecer preso en alguna ergástula, cumpliendo, sin sentencia, una pena sin término, por el único delito de consagrarse a la lucha por un mundo mejor; todos, absolutamente todos, tenemos esos “ancestros” y fueron ellos los que construyeron nuestros pasados y los “pasados ilustres” quienes así los hubiesen logrado.

No hay palacio o castillo que no tenga en nuestra tierra su doblez o su historia de auge y caída, atada a un General, un Presidente o un partido. No pareciera existir en nuestra Patria una riqueza familiar que pueda exhibirse impoluta, sin una “conexión oportuna” o un “soborno conveniente”, padrinazgo poderoso mediante. Toda nuestra impronta histórica es plétora de esas ocurrencias, mismas que, paradoja, son descubiertas cuando una vez “caído el árbol”  los “nuevos leñadores” (especialmente los aspirantes a “nuevos oligarcas”), intentan trocarlo en útil leña. Probablemente hoy ocurra algo ligeramente diferente; sin haberse desplomado aun “el árbol”, siendo tan vulgar la apropiación pública indebida, la dentina a podredumbre es tan grande que obliga a los propios conchupantes de su “savia nutritiva” a montar el sainete de la “acusación y la persecución de sus propios culpables” utilizando como fondo el  “rojo telón” de la “moral socialista revolucionaria”.

La pobreza nos precede y hoy, para todos, con la única excepción de los “conchupantes rojos” y  sus socios de oportunidad (como pareciera inmanente a nuestro metabolismo histórico, político y social) nos vemos sujetos al terror que infunde el fantasma de la miseria. Decía el General Perú de la Croix en alguna parte de la carta que a veces suele escribir todo aquel que decide optar a la muerte por propia mano, “me suicido para escapar de la peor de las tiranías: la pobreza”. Sin embargo, quienes en la pobreza nos precedieron, como ancestros, aguantaron con hidalguía los avatares de aquella tiranía y la vencieron con el tiempo o, al menos, le sobrevivieron para beneplácito de todos nosotros. Prudencia, resistencia y buen juicio demandan estos tiempos, así como humildad para reconocer quienes somos y de dónde venimos. Recordemos a ese grande poeta español Antonio Machado: “Caminante no hay camino: se hace camino al andar…”





4 de febrero de 2018

EL DECENIO MILITAR

El 24 de noviembre de 1948 fue derrocado (acaso uno de los únicos derrocamientos reales, en términos de la Teoría Política, de la historia contemporánea de Venezuela), el primer Presidente Constitucional de la República de Venezuela, electo en comicios libres, universales, secretos y directos en nuestra historia patria, hasta ese momento.Los mismos militares de la Unión Militar Patriótica que lo habían llevado al poder en 1945, dieron al traste con el gobierno del partido Acción Democrática. Las argumentaciones fueron muchas, pero las más influyentes, fueron, sin duda, la intencionalidad manifiesta del "partido del pueblo" y su más connotado dirigente, Rómulo Betancourt Bello, de cooptar todos los espacios de poder por vía, en unos casos, del repartimiento de prebendas y, por el otro, mediante el uso de una abierta violencia política ejercida contra su oposición partidaria.

Los militares, además, advertían que mediante ese otorgamiento de prebendas, se perseguía dividir a las Fuerzas Armadas, unión para ellos sagrada y obtenida como legado desde la fundación del Ejército Nacional por parte de los Generales Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, acentuada luego de su modernización por los Generales Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita.

Tampoco puede negarse que los adecos habrían "pisado" muchos callos sensibles, juanetes sociales y económicos de mucho tiempo, cuyos intereses habrían terminado coludiéndose con aquellos de la nueva burguesía emergente que el petróleo había logrado hacer florecer. También habría que añadir la afectación que, desde el gobierno del General Medina, los gobiernos sucesivos venezolanos habrían hecho de los intereses del poderoso estamento petrolero económico mundial, rey y señor en estas tierras, gracias a la colusión de sus intereses con aquellos de algunos funcionarios nacionales, así como de grandes terratenientes "venezolanos" más amigos de su propio "billete" que de los intereses de esta tierra, causa común en Venezuela desde los tiempos fundacionales de la República.

Los oficiales de las Fuerzas Armadas, especialmente los miembros de la Unión Militar Patriótica, podían ser ubicados en cuatro grupos perfectamente definidos. Los llamados "académicos", nucleándose en ellos los oficiales que, formados en su mayoría en el exterior o, no necesariamente, pero ocupantes  sin embargo de los primeros lugares de sus respectivas promociones, estuviesen imbuidos de la necesidad imperiosa de modernizar a las Fuerzas Armadas de Venezuela, luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, encarando el mundo de postguerra un conjunto de nuevos retos geo-continentales, que impondrían la existencia de un "nuevo oficial militar" mejor entrenado y formado, encuadrado dentro de instituciones militares cuyos contenidos curriculares propendieran a esos nuevos desafíos. Un segundo grupo, "los mesiánicos", que tendría la firme convicción acerca del papel del futuro liderazgo de las Fuerzas Armadas en la conducción de la Patria hacia la prosperidad, hipótesis que se reafirmaba con el desastre e indisciplina demostrada por "los políticos de oficio" en la conducción del país en apenas tres años. Un tercer grupo, acaso el más numeroso, que aspiraba solo a la mejora económica y social de sus vidas, no sintiéndose parte de una burguesía cuya actividad económica y profesional, parecía proveerles de un nivel de vida que el oficial no veía por ninguna parte, en el ejercicio de una carrera que exigía sacrificios más allá de toda resistencia convencional, sin recibir ninguna recompensa a cambio. Y, finalmente, como en toda corporación humana, "los aventureros" que aspiraban a una parte del botín o a la venganza por viejas rencillas o ambas "recompensas morales", más aún propias de instituciones donde el ejercicio del abuso y la arbitrariedad se disfrazan de "legitimidad jurídica e institucional".

Los jefes de la UMP tenían oficiales de esos cuatro grupos.Marcos Pérez Jiménez y Luis Felipe Llovera Páez entre los académicos; Mario Ricardo Vargas, entre los institucionales además de "demócratas soñadores"; su hermano Julio César, entre los "militares institucionales modernizadores"; Miguel Nucete Paoli en una combinación entre institucionales y aquellos que aspiraban a mejoras sociales y económicas para todos. Enrique Rincón Calcaño y Celestino Velasco, entre los modernizadores recibiendo mejoras sustanciales, además de acabar con "el troperismo y la arbitrariedad del pasado". Y otros, como Oscar Mendoza, conocido como "El Mono" o por ejemplo Roberto Casanova, avilantados de carácter por naturaleza, quienes pretendieran acabar con la presencia del "jefe bruto e inmoral", en una suerte de arranque vindicativo.

A todos estos Jefes, habría que unir una clase especial de oficiales, formados unos en el exterior y otros en el país, mediante cursos de mejoramiento profesional y dotados de una especial inteligencia, dedicación y disciplina de trabajo. Algunos de aquellos oficiales, del Ejército, la Marina de Guerra y la Aviación, fueron Remigio Elías Pérez, Ramón Rivero Núnez, Rafael Alfonso Ravard, Raúl Castro Gómez y Víctor Maldonado Michelena. Brillantes oficiales de nuestras Fuerzas Armadas que hicieron parte de una suerte de tecnocracia militar, cuya actividad profesional en el tiempo, hizo cristalizar importantes proyectos de toda índole en Venezuela, algunos de los cuales se mantienen aún en pie.

Con la muerte del Teniente Coronel Carlos Delgado Chalbaud y el advenimiento de la llamada Junta de Gobierno, que tras el fallecimiento violento del Comandante Delgado, colocase en el poder al llamado "101" (la parla popular bautizó de ese modo a la Junta que integrasen el Teniente Coronel Marcos Pérez Jiménez, el Dr. Germán Suárez Flamerich y el Teniente Coronel Luis Felipe LLovera Páez, pudiéndose apreciar claramente la posición "0" en ese guarismo de poder), comenzaron los acólitos del Comandante Pérez Jiménez a hacer sus "movimientos" para dejarlo como "cabeza de león". Es así como gracias a las "maniobras jurídicas" urdidas por el Doctor Laureano Vallenilla Planchart, el Coronel Pérez Jiménez termina haciéndose del poder "por vía constitucional" de conformidad con lo dispuesto en la Constitución aprobada por Asamblea Constituyente de 1953, texto constitucional que, por cierto, al menos con arreglo a parte de su articulado, se terminase eligiendo a Rómulo Betancourt Bello como Presidente Constitucional de la República en 1958, luego de la huida de MPJ. Pero ese no es el tema que nos ocupa. Sigamos con el decenio militar.

Pérez Jiménez no hace un gobierno totalmente nuevo. Se contrae a cumplir con el plan de gobierno que la Junta Revolucionaria y el gobierno de Gallegos, se planteasen entre 1945 y 1948. El gobierno de MPJ lo que pudo hacer de manera terminante y concreta, fue eliminar el debate político, la pugna interpartidaria, la diatriba sindical y el avilantamiento cotidiano que la "diferencia de opiniones" y, sobre todo, "de intereses" imponen cotidianamente a toda organización humana. Dotado de un concepto formal y tangible el "Nuevo Ideal Nacional" entubó a toda una sociedad por esa creación primero discursiva y luego material. Dotado además de un ingente ingreso petrolero, más que ingente para un país poco poblado, redujo a sus enemigos a la cárcel, las ergástulas o la muerte, y a quien estuviera con ellos, a una prosperidad incontestable. De tal manera que para 1956, luego de ocho años de gobierno de las Fuerzas Armadas, el país goza de una prosperidad más que evidente, de la que Caracas, la capital de esta nueva Venezuela petrolera bajo el "Nuevo Ideal Nacional", representa su rutilante vitrina. 

Pérez Jiménez cree firmemente en la tecnocracia, en la formación académica, la disciplina y el trabajo duro. Nace en el seno de una familia humilde y trabajadora, de lo mejor del gentilicio venezolano: el andino. Sabe de la disciplina y el trabajo duro, y tiene la convicción de que solo con buena instrucción y lo mejor de los adelantos científicos, el progreso es alcanzable en el corto plazo. Se rodea de lo más brillante de la tecnocracia civil venezolana y Llovera Páez, un gran planificador nantural, sin otra formación que su propia disciplina militar, organiza la Oficina de Estudios y Proyectos Especiales de la Presidencia de la República, dónde esa "tecnocracia militar" hace vida con lo mejor de la "tecnocracia civil", materializando el viejo proyecto de la siderúrgica, los diques y astilleros nacionales, las fábricas de piezas y partes militares, así como otras muchas realizaciones más. La disciplina, la obediencia y la subordinación, los principios rectores de la institución armada, se proyectan como valores fundamentales de la sociedad; la elegancia, la corrección y las buenas maneras, tanto en el vestir como en el hablar y conducirse, se convierten en cartas de presentación hasta del más humilde de los venezolanos. José Ignacio Cabrujas llega a decir de los venezolanos de ese tiempo que "todos eran perez jimenistas sin saberlo".

Pero el poder es el poder y siempre corrompe; y lo hace absolutamente, cuando se ejerce de manera absoluta. La vieja enfermedad nacional que nos acompaña desde los tiempos fundacionales de nuestra República, cuyos rasgos esenciales son la concusión y el cohecho, junto a la prevaricación de lo público, vicio derivado del tráfico de influencias, termina por oradar las bases de aquel "Nuevo Ideal Nacional". Primero son las inobservancias de los consejos de los tecnócratas, que se manifiestan en obras gigantes e inoficiosas. Luego vienen los impagos o la "tramitación a dedo" de los contratos. Más tarde, irrumpen las sinvergüenzuras, los excesos, las motonetas y las mujeres voluptuosas, corriendo en cueros por soleadas y solitarias playas militares, a ritmo de mambo y danzón.  Las torturas excesivas; las ergástulas distantes; los sótanos hediondos a heces, humedad, sangre y kerosén. Y, finalmente, la persecución a oficiales de las Fuerzas Armadas, mediante el uso de espalderos y asesinos a sueldo, crápulas al servicio de policías políticas y de sus de jefes, actuantes estos últimos al mejor estilo de mafiosos caribeños. Como "guinda de pastel"  le sobreviene una crisis económica que hace eclosión en 1957. El resto de la historia, es de todos conocida...

Ciertamente el gobierno de las Fuerzas Armadas eliminó la diatriba, la pérdida de tiempo y la flojera. Instituyó la disciplina, la obediencia y la subordinación a la autoridad, como principios cardinales de toda la sociedad. Utilizó el ingreso petrolero con efectiva eficacia y acabó con la sombra del delito común como forma de subsistencia, mediante el establecimiento de organismos también eficaces y eficientes de investigación y mantenimiento de la seguridad pública. Los buenos modales, el buen vestir, la pulcritud y la elegancia, condicionaron el actuar de la población que, al través de algún medio, pudo allegarse a ellas. Pero no resolvió el problema de la pobreza, de esa eterna pobreza material, intelectual, cultural y social que nos ha acompañado como un lastre desde nuestros tiempos primigenios como nación; esa carencia integral que permite siempre el discurso político de la reivindicación, así como, por consecuencia, la necesidad imperiosa de recurrir a la violencia para obtener "lo que la burguesía me ha negado". 

Es esa pobreza endémica la que sirve de caldo de cultivo a la aparición de líderes carismáticos dominadores quienes, tras el discurso de un futuro verdaderamente promisor, signado además por el reparto justo de la riqueza nacional, terminan haciéndose del poder político, para finalmente hacerlo peor que sus antecesores (quienes ya lo habrían hecho deficientemente, motorizando en consecuencia su aparición), implantando con mayor intensidad los mismos vicios nacionales. Un pueblo, no un Jefe; seres humanos de voluntad colectiva. No una Gaceta Hípica, más bien un libro; no un gendarme vengador, en su lugar, una conciencia nacional clara, tras un proyecto nacional diáfano, definido y bien objetivo. Pero esos atributos no se venden en botica; desgraciadamente se aprenden a punta de sangre, sudor y lágrimas. Allá nos esperan. Tras ellos hay que emprender de nuevo su búsqueda...










23 de enero de 2018

Historia de la persecución, la cárcel y la muerte: prácticas del poder que vencen el tiempo.

Venezuela  fue, es y ha sido una sociedad estructurada sobre la base el poder como motivación. Riqueza, mando y reconocimiento como miras; acción antes que pensamiento; persecución, violencia política y muerte, prácticas comunes. Se nos ha dicho al través de los tiempos, que en el próximo tiempo por venir, la persecución por causas políticas, la violencia, la cárcel, la tortura y el asesinato, desaparecerán bajo el imperio de las leyes, rumbo señero que marcará, sin duda, una nueva y rutilante Constitución.

Y allí se marcan, ciertamente, como petroglifos, los derechos y garantías ciudadanas. Nunca más una ergástula; para siempre erradicado el torturador, el carcelero, el “humillador” de oficio, vestido de uniforme oficial. Erradicada la catacumba donde perece el perseguido; muerte a la tortura como medio de obtención de información; fin de la noche del atropello y el vil asesinato; amanece el sol de los derechos, las leyes y el debido proceso. La voz del pueblo, voz de Dios…

Mentiras, casi siempre viles mentiras. La realidad del poder no tolera el disenso. Jamás lo ha tolerado y aun permitiéndolo, lo ha condicionado. La presencia del gendarme fue y ha sido imperturbable. La actuación del torturador, presencia más temprana que tarde. La persecución, el crimen, el allanamiento madrugador y la desaparición, acciones casi siempre permanentes. Es parte de nuestra dinámica ínsita. El poder no acepta desvíos, solo el tránsito inexorable en su inmanente sendero y bajo su propio derrotero. Es obligante “hablar su propio idioma” puede haber declinaciones, pero “la gramática y su pragmática”, han de ser las mismas.

Es esta la intención del artículo, mostrar evidencia comprobable de ese recorte nefasto de nuestra realidad histórica. Comencemos en esta triste tarea: identifiquemos tradiciones, personas y organismos, junto a sus motivaciones y prácticas comunes. E, inevitablemente, hagamos comparaciones, por muy enojosas (y peligrosas) que resulten. Las caras y los tiempos serán distintos, el discurso, las acciones y las ejecutorias, así como las ejecuciones, sobre todo, “las ejecuciones”, equivalentes. El poder hace los muertos, los deudos los cargan para siempre. Venezuela definitivamente los olvida. Pero la historia (ese “tribunal” que los oradores de ocasión tanto temen; ese “altar de sacrificios” que tanto adoran los panfletarios en sus panegíricos de ataque, insulto y venganza), nunca olvida y jamás olvidará, mientras existan gentes que la investiguen y escriban sobre ella. Vamos hoy a emprender ese camino, corto pero seguro: rescatar del tiempo esas presencias.

Desde que la República de Venezuela se creó como nación concreta (nunca creación política sino retórica de ocasión), “el disidente”, visto más como “enemigo” que como adversario; las figuras de los presos, los perseguidos, sometidos a prisión en la cárcel cuartel; el “cabo de presos”; la tortura y el tormento, así como el policía, el torturador y el soldado arbitrario, han sido actores principalísimos del mismo drama, aquel signado por la violencia política. No voy a remontarme a un pasado plétora de “preteridades lejanas” (si se me permite el uso de ese vocablo derivado de lo pretérito); voy a colocarme a “tiro de fusil”  en nuestra historia contemporánea.

Empezaré por el Castrismo, aquel primer tiempo de los Compadres en el poder, evidentemente con el Presidente José Cipriano Castro Ruiz, el mismo que prometiese “Nuevos hombres, nuevos tiempos y nuevos procedimientos”. Aparte de la herencia de la temible prisión de La Rotunda, ubicada entonces en Caracas (concretamente en la parroquia San Juan, en lo que hoy es la Plaza de La Concordia), sostenía el Castrismo una prisión temible en el castillo de la isla de San Carlos, justo en la llamada Barra del Lago de Maracaibo. Allí resultaba común se condujese a  los prisioneros políticos del gobierno, especialmente aquellos de las zonas circunvecinas y algunos de Los Andes venezolanos. Solíase también practicar allí una temible tortura de la que, realizada en más de tres ocasiones, resultaba el fallecimiento del torturado. Consistía en “guindar por los testículos” a la víctima, hasta que este perdiera la conciencia; fue bautizada esta práctica como “El Tortol”. Los ejecutores de tal tormento, los mismos que imponían “los grillos hasta de 60 libras” eran los tipos de siempre: los convencidos de su razón, sin duda la razón del Jefe; los temerosos de ser castigados por la misma vía testicular, al no tener “el coraje” de aplicar tan deleznable y cobarde práctica; y, finalmente, los enfermos del vicio de la tortura, ese tipo de individuo que se solaza en el sufrimiento y la humillación del otro, especialmente cuando es físico.

El General Juan Vicente Gómez Chacón, terminó por derrocar al General Castro, su compadre y mentor; también su explotador y humillador jefe. Su tiempo, el de Gómez, fue bautizado como “La Rehabilitación”. No más presos, ni torturados. Solo los enemigos del gobierno. Comenzando por los castristas, todo el que se atrevió a “desafiar” al gobierno (sin mensurar la cuantía y calidad del “desafío”), terminó dando con sus huesos a La Rotunda, portando sus afamados grillos y siendo sometido a la más vil de las humillaciones. Nereo Pacheco, un viejo “residente” de la cárcel, terminó ejerciendo las funciones de “cabo de presos”. Los “Jefes” le recomendaban “víctimas” a los fines de ser sometidos a “tratamientos especiales”. Y cuando se quería “disponer” de ellos sin que apareciese un “homicida” identificable, Nereo les preparaba su famoso “sancocho de vidrio”, una suerte de suculenta sopa que la víctima, transida de hambre, devoraba con fruición, no reparando que el preparado de marras, contenía en su interior vidrio molido. Al ingerir semejante alimento, no tardaba la víctima en irse en una suerte de diarrea de sangre, que terminaba inexorablemente por liquidarlo. La “diagnosis oficial”: fallecimiento “por Disentería”, una enfermedad habitual en los presos. No sabemos si Nereo sobrevivió a La Rotunda, pero es bastante probable que no lo haya hecho. Demasiada maldad y muchas “cuentas por pagar”.

Murió el General Gómez el 17 de diciembre de 1935, 27 años después de haber derrocado a Castro. Se mantuvo incólume en el poder, gracias a una amplia red de espías, espalderos, policías, ergástulas y torturadores, que esparció por todo el país, incluso fuera de él. El lema “Viva, Gómez y adelante” se mantuvo allí, imperturbable, pero, muy lamentablemente, tras un reguero de lágrimas, cadenas y sangre. Pero así es el poder: despiadado y miserable.

Sustituyó al General Gómez, el General Eleazar López Contreras, el 19 de diciembre de 1935 y como Presidente Provisional de la República, conforme el artículo 90 de la Constitución Nacional vigente para ese tiempo; acto seguido, hizo algo insólito para ese momento: liberó a los presos, destruyó las más importantes ergástulas y encarceló a los torturadores. Casi inmediatamente, los eternos enemigos del Gomezalato trataron de derrocarlo en 1935 y durante todo el año 1936, ya convertido en Presidente Constitucional de la República.  No le quedó otro remedio; aunque con menos intensidad y con un nombre más técnico “Servicio Secreto de los Estados Unidos de Venezuela”, amparado además en el inciso sexto, del artículo 32 de la misma Constitución, inició la cárcel y la persecución de los “enemigos del gobierno acusados de comunistas” o los que fuesen “reputados de tales”, dejando de ese modo abierta la puerta para todos aquellos gamonales arbitrarios, ávidos por la tortura y el maltrato, que tuviesen como denominador común la ambición, el miedo o simplemente la debilidad mental. Así procedieron en el Zulia los capataces de la empresa petrolera foránea en contubernio con el cacicazgo local. Lo hicieron así los latifundistas y sus matones de oficio con los campesinos en condición prácticamente feudal; lo propio con los pescadores de orilla, en manos de los patrones con padrinazgo. La figura del “Coronel-Jefe Civil”, arbitrario y ladrón, además de bruto y criminal, fue inmortalizada por Rómulo Gallegos, en el inefable Coronel Pernalete, personaje singular de su inolvidable novela “Doña Bárbara”. El General López, enemigo natural de esas prácticas, en particular por la cobardía de quienes las ejecutaban, no pudo sustraerse de su ocurrencia. Eran aquellos “enemigos políticos, enemigos también de la Patria” y él, como su benefactor, debía confiar en que la tortura, la persecución y la cárcel se verificasen “en aquellos pocos” que se negaban a entender “los apremios en la construcción de la nueva nación…”

Terminó su mandato el General López en 1940, siendo sustituido por su paisano tachirense el General Isaías Medina Angarita. Medina liberó también a los pocos presos existentes; eliminó las escuálidas ergástulas del escenario oficial y ofreció garantías para el disenso político. Nacieron los partidos modernos, incluso el Partido Comunista, quien a la postre se volvió aliado del gobierno, sin que por aquella alianza, la administración declinara de su pensamiento liberal. Nunca antes la población disfrutó de tantas libertades y la cárcel se convirtió en penuria para el ciudadano al margen de la ley, solo por la comisión de delitos comunes. Pero el germen de la conspiración continuó su proceso, por aquel amor hacia el ademán y el gesto tumultuario que nos es ínsito a los venezolanos, pero también, en cierta medida, incubado por la praxis limitante del gobierno, no solo en el ejercicio de alguna de las libertades políticas de la población, sino en el mantenimiento de algunos viejos vicios, ya inveterados al interior del Ejército Nacional. Aquella población, por cierto, en su inmensa mayoría y a pesar de estar bullendo petróleo a borbotones, además de existir, virtud de su millonario ingreso, vital impulso a la actividad económica (nacida por la modernización súbita de un país que había vivido las primeras décadas del siglo XX, en su propia versión de Feudalismo), languidecía en la mayor pobreza, sujeto aún de la arbitrariedad militar en la provincia venezolana.

No tardó en germinar el discurso vindicador. El 19 de octubre de 1945, al filo de una fría madrugada que anunciaba la cercanía del fin de ese año, el General Medina renunció a su cargo por motivo de una rebelión militar triunfante. Aquellos que lo sustituyeron, se autodenominaron “revolucionarios”, bautizando a su movimiento con el mote político altisonante de “Revolución de Octubre”, sugiriendo en su nominación cierta reminiscencia bolchevique. Curiosamente, los civiles que hacen parte de la “Junta Revolucionaria” (así como su organización partidaria, Acción Democrática), son vistos como “socialistas” por unos y como “marxistas de tierra caliente” por otros. Son ellos los que fundan un aparato policial de protección del Estado Revolucionario, que ofrece no solo respeto a los derechos ciudadanos del “detenido por causa de seguridad pública” sino que, además, “profesionalismo en el desempeño de las funciones de investigación”. El organismo lleva por nombre “Seguridad Nacional de Venezuela” y será conocido en adelante como “Seguridad Nacional”, así, a secas. Trata de erigirse como un “organismo policial modelo” a la usanza y procedimientos de su par francés “Le Sureté”.

La Seguridad Nacional detiene solo aquellos a quienes interesa a la Junta Revolucionaria; indicia por delitos contra la cosa pública, a quienes el Ejecutivo revolucionario señala como actores en la comisión de los delitos de concusión y cohecho. Pero se hace de la “vista gorda” cuando las denuncias se cursan contra militares o tumultuarios militantes de AD. Tampoco contra aquellos amigos y familiares de los que están disfrutando de las “mieles del poder”. Cualquier funcionario de este cuerpo que actuase en consecuencia, por aquello del “prurito por el cumplimiento del deber”, es sustituido “ipso facto”. La violencia política, la arbitrariedad de AD y sus conmilitones, además de algunos civiles (y militares) con “padrinazgo visiblemente poderoso” son dejados de lado en la conducción de las investigaciones, recayendo la culpa en algún zoquete sin nombre pero con dolientes, quienes representan, como siempre, el papel de “convidados de piedra”.

Otra farsa más. El poder se solaza en su ejercicio arbitrario. La ley “no entra por casa” y el arbitrio del funcionario, determina la validez y cuantía de la vejación. De nada vale llenarse la boca con “la democracia y sus laudos arbitrales, ajustados a derecho”, palo y sangre para el anónimo, vesania y vejación para el común. Pero tanto da el agua al cántaro hasta que se revienta: el 24 de noviembre de 1948, los mismos militares que llevaron al poder a los políticos, se los llevan a ellos en los cachos como toro a torero, en medio de una lidia sin mayores “destrezas matarifes” pero con “sangre en la arena”. Y es entonces cuando la Seguridad Nacional se alza por sus fueros ofendidos. Pedro Estrada, un viejo policía de Caracas, quien reúne en sí mismo la delicadeza y elegancia de Teresa Carreño con la vesania del viejo Nereo Pacheco, termina dirigiendo ese cuerpo, inaugurando prácticas como “El Rin”, “La panela de hielo”, “El bate envuelto en periódico” y, finalmente, las torturas más variadas junto al asesinato selectivo y la desaparición forzada: todo un muestrario de maldad al servicio del poder. A José Agustín Catalá, un editor venezolano que se le ocurre publicar un panfleto que hace llamar “El libro negro de la dictadura”, lo hacen preso y Miguel Silvio Sanz, segundo hombre fuerte de la SN, lo hace llevar a su presencia y con el tabaco que siempre fuma, le quema el prepucio a Catalá, una y otra vez, mientras ríe a carcajadas…El poder no tiene miramientos, es capaz de dar cobijo a cualquier incubo, si con él logra apuntalar su estructura.

Para el momento en que escribimos estas líneas, se cumplen 60 años de la caída inercial de ese gobierno. Y decimos inercial porque muchos actores se empeñan en decir que la defenestración del gobierno militar, presidido por el General Marcos Evangelista Pérez Jiménez, se debió a una “revuelta popular orquestada entre población y Fuerzas Armadas”, otra fábula más. Pérez Jiménez abandona el poder cuando se percata que ha perdido el apoyo irrestricto de las Fuerzas Armadas; que lo ha perdido también en el seno de la alta burguesía que ha ayudado a crear y crecer; que ha ocurrido lo propio con la Iglesia Católica, la misma que en su mejor momento, le rinde pleitesía como si se tratase del “Nerón de Michelena”; y, por último, cuando lo abandona a su suerte el gobierno de su poderoso socio del norte: Estados Unidos de Norteamérica. Ha dejado en la estacada a este “son of a bitch”, como lo llamasen especialmente  en el Departamento de Estado, secretaría que hiciese lo propio con Anastasio Somoza García, pero en Nicaragua y a quien identificase, además, como a “our son of a bitch”. El gobierno del país norteamericano le retira el apoyo porque “ya no le es simpático a sus intereses políticos y económicos  continentales”. Y así, por aquello de que “pescuezo no retoña”, Pérez Jiménez se va del país sin esperar que lo cesen por otra vía. Atrás deja los muertos y torturados del cuartel de El Obispo, de Guasina y de los sótanos de la Seguridad Nacional. Y de nuevo las promesas de los políticos que se aprestan a tomar el poder: nunca más un preso; jamás otro torturado; proscripción al allanamiento nocturno y sin observancia del debido proceso. “Buenos días Venezuela, viva la democracia, viva la libertad”….

Rómulo Betancourt Bello gana el proceso electoral en diciembre de 1958 y se transforma, por segunda vez en trece años, en el segundo Presidente Constitucional de la República, electo en comicios libres, directos y secretos. En 1961, se aprueba una nueva Constitución Nacional que consagra las garantías constitucionales, entre ellos, el derecho a la vida, a la libre expresión de las ideas y del pensamiento, así como la inviolabilidad del hogar. Y de nuevo las promesas: nunca más un preso, jamás un torturado. La humillación se ha proscrito: la democracia impera. Poco duran los pronunciamientos por buenos deseos. Betancourt es sujeto de ataque desde múltiples frentes, que buscan además su derrocamiento inmediato; incluso enfrenta un intento de asesinato.

Y como una suerte de maldición que nos persigue, tiene que fundar su propia banda de íncubos, para protegerse, a la sombra de la misma miseria humana y valiéndose de un entramado jurídico e institucional equivalente al de sus predecesores. La maldad ínsita al poder, da a luz a la Dirección General de Policía, mejor conocida como DIGEPOL. Dependiendo del Ministerio de Relaciones Interiores, tiene en su titular, el Sr. Carlos Andrés Pérez (el mismo que fuese acusado de "terrorista" por Pedro Estrada en 1956) a su mejor y más enconado defensor. Las mismas torturas (porque fueron las mismas y hasta peores), a las que se suman “nuevas y más refinadas”, se practican en los sótanos del Edificio Las Brisas, inmueble que sirve de sede al cuerpo policial en referencia. “El Tobo”, “El Submarino”, “El Teléfono”, “La Bañera”, los fusilamientos “en seco”, esto es, simulados. Las desapariciones forzadas, los asesinatos, los allanamientos nocturnos sin cumplir los extremos de ley. Todas estas prácticas se extienden además hacia el Servicio de Información de las Fuerzas Armadas (SIFA), así como a las policías municipales y estadales. La tortura o su potencial realización, se hace parte del miedo cotidiano del común. El poder no hace distinciones: basta ser señalado de comunista para ir a parar a un lúgubre sótano o a un destino incierto. Allí no hay derechos constitucionales y menos respeto a la vida: en el infierno no hay ley para los mortales.

A lo largo de la Democracia de Partidos, los cuerpos orgánicos de tortura y persecución (creados, organizados y entrenados para los menesteres que venimos citando), se fueron profesionalizando, modernizando y adecuando a sus “respectivas realidades”; de la DIGEPOL, pasamos a la Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención (DISIP) y del SIFA, a la flamante Dirección de Inteligencia Militar (DIM). Con mucho más amplitud y personal de primera calidad, junto a Directores de una incuestionable mejor presencia y nivel cultural e intelectual que sus predecesores, no pudieron sin embargo sustraerse de las torturas, la persecución y la violación sistemática de los derechos, así como la integridad física de los “detenidos por causa de seguridad del Estado”. Los funcionarios más profesionales y especialistas en inteligencia, así como en contra inteligencia, siempre argumentaron que “ellos no hacían parte de aquellas prácticas porque estaban a otro nivel” , mientras aquellos conocidos como "los más recios” solo argumentaban con pasmosa ligereza que se trataba simplemente de “comunistas” y, al fin y al cabo: “comunista no es gente”.

Los comunistas siempre prometieron que logrado el triunfo de “la Revolución”, jamás ocurrirían a esas prácticas. Y una vez más: “jamás un preso, nunca un torturado, menos desaparecido y aún más, asesinado”. Luego de la derrota de los cubanos y la guerrilla castrocomunista en Venezuela, a finales de los años setenta, así como de la incorporación a la vida política activa de los partidos de izquierda, de antigua confesión comunista, se daba por sentado que nunca llegarían al poder grupos de ese origen y práctica ideológica.  Eran pequeñas organizaciones, prácticamente locales, sin chance de su fortalecimiento y establecimiento nacional, adicionalmente con muy poco caudal de votos, según se realizaba cada proceso electoral. En los años ochenta y noventa, perseguidos por los gobiernos sucesivos, optaron por hacerse parte del “establishment” político y así, por un tiempo, “todos vivieron felices” salvo los grupúsculos que aún mantenían una postura “anacrónicamente guerrilleril” en contra del Estado. El palo, la sangre, la tortura, así como la desaparición forzada, solo la siguieron sufriendo estas “bandas de loquitos irreductibles”; finalmente, el buen vino, el billete y el “discreto encanto de ser burgués” hicieron su eficiente trabajo. El poder mata y tortura, pero también encanta con los efluvios de lo bueno, lo elegante y, sobre todo, lo sabroso…

El 2 de diciembre de 1998, obtiene el triunfo electoral un personaje mimético, así como carismático, quien resume en su sola presencia las aspiraciones de todos los que habían quedado por fuera en 1958, más aquellas acumuladas por densos grupos sociales que no hacen “vida política” por diferencias ideológicas con “el Sistema”, sumándole “las bandas de loquitos” ya más orgánicamente constituidas en partidos políticos, con la adición de todo aquel descontento por la ineficiencias administrativas, así como las luchas intestinas de los partidos tradicionales, hasta ese momento residentes y usufructuarios del poder. Hugo Rafael Chávez, precedido de la fama de “guerrero vengador”, primero es nacionalista, de corte neofacista militar;  luego revolucionario, tras su encuentro con el Mausolo del Caribe, Fidel Castro, quien ve en él la posibilidad de la perpetuación de su reinado,  monarquía revolucionaria antillana que languidece tras la caída del muro de Berlín y la pérdida de su cordón umbilical con un mundo socialista que boquea, irremediablemente, en artículo mortis. El poder de Castro recibe como brisa fresca el potencial en ciernes de este “Bolívar mestizo” quien, para beneplácito del cubano, se siente cautivo tanto de Niestzche y Marx, como de la Macumba cubana que a golpe de son y tambor, reside entre paleros y bawalaos. Pinta bien y tiene chance. Mejor: imposible…

Así las cosas, la llamada “Revolución Bolivariana” se hace “Socialista”, un tipo de socialismo extraño que alimentado (una vez más en nuestra historia contemporánea), por el chorro petrolero, discurre entre loas a Marx, a los cubanos y a Fidel, a bordo de camionetas de lujo, espalderos en motocicletas de alta cilindrada, buen escocés, inmejorables saraos y viajes a confines mundiales donde se departe de Lenin y el “¿Qué hacer?” entre caviar con panes de centeno, rociado con abundante vodka, eso sí: el mejor del mundo.  Todo parece marchar de maravilla, pero el 5 de marzo de 2013, cuando Chávez brilla en el zenit de su cielo, lo sorprende la parca. Más tarde ocurre con Fidel Castro, quien  culmina siendo un mega peñasco frío e inútil, en el vejo Santiago de sus primeros amores.

Antes de morir, Chávez deja por unción a Nicolás Maduro, acaso su colaborador más leal y más cercano de los últimos años pero, posiblemente (la evidencia empírica disponible parece confirmarlo), el más pobremente dotado para el cargo; algunos piensan que se inclina por él, pensando en una posibilidad real de supervivencia; de ser así, no se cumplen sus expectativas. Lo cierto, lo irrefragable, es que con o sin él, hemos llegado hasta aquí, 20 años más tarde.

Debido una política económica errada; pésima administración de las riquezas del Estado; una crisis económica mundial; devaluación monetaria y enemistad con los centros naturales de poder en la región, entre otras razones, por el carácter “socialista” de la Revolución,  Venezuela está prácticamente en el suelo. Pobreza, escasez, muerte por falta de medicamentos, “la Patria de Bolívar” como gusta a estos “neo-socialistas” llamar a Venezuela, enfrenta su peor crisis económica y social en la historia contemporánea, acaso guardando ciertas similitudes con algunos de los peores momentos vividos durante de las guerras intestinas decimonónicas.

Como resultaba lógico suponer, voces de protesta se han hecho sentir con particular vehemencia, y, una vez más, el poder se siente amenazado. Y estos, llamados por algunos “comunistas”, quienes han tenido en su gobierno, ocupando importantes cargos, a aquellos que en el pasado fueron sujetos de persecución, cárcel y tortura y, más aún, tiene entre sus más importantes ministros al Dr. Jorge Rodríguez, cuyo padre fuese sujeto de tortura y muerte en los sótanos del tristemente afamado Edificio Las Brisas, ocurren al mismo expediente de siempre: el que viene signado por la tortura, la desaparición forzada, la persecución y la muerte. Acusados en los mismos términos que un día utilizaron contra ellos, esto es, “Enemigos del Estado”, “Terroristas”, “Desestabilizadores”, “Traidores a la Patria”, estos “comunistas” proceden con la misma vesania con la que un día lo hiciesen sus equivalentes de la Sagrada, del Servicio Secreto de los Estados Unidos de Venezuela, de la Seguridad Nacional, de la Dirección General de Policía, del Servicio de Información de las Fuerzas Armadas, de la Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención; y ahora, con el nombre de SEBIN y DGCIM, lo hacen bajo el pretexto inveterado de “neutralizar a los enemigos del Estado”.

El poder no tiene ideología; no conoce de fronteras físicas ni morales. El poder no hace concesiones y como el cáncer, no respeta ni edad, ni condición social. El poder no tiene sexo, tampoco es tierno, ni justiciero, ni cabal y muchísimo menos respetuoso. El poder se solaza en sus enemigos y sus sufrimientos y termina eliminándolos por pequeños que sean. Porque el poder viene de lo profundo de las catacumbas humanas; muestra a la vez faz de calavera y de demonio. No perdona y no perdonará jamás y como el mal, termina devorándose así mismo, solo para renacer entre las cenizas como el ave fénix, en las personas que lo retoman solo por venganza o quizás entre los tonos rosáceos del discurso oportuno de la vindicación. Cuídame Señor del agua mansa, porque de las procelosas del poder, me cuido yo….Ave María...sin pecado concebida...











5 de enero de 2018

NICOLÁS EN SU LABERINTO

El título de este artículo sugiere que este servidor se arroga el prestigio de una luminaria de las letras castellanas. Del mismo modo, que el personaje del que trataremos de pergeñar ideas, calza las botas del más grande prócer de la historia patria venezolana, además de una de las más grandes figuras en la historia republicana mundial. Ni este servidor tiene el talento de quien creó un título similar, ni mi personaje, aunque es práctica obsesión en él (heredada por fuerza), ni que tuviese la mejor disposición, puede introducir su abundosa humanidad actual en el breve calzado de Simón Bolívar.

Sí, en efecto, pretendo conversar con quien tenga la gentileza en leerme, acerca del Presidente Nicolás Maduro Moros, actual Primer Mandatario de Venezuela y a quien se responsabiliza, con exagerada exclusividad, del inmenso desastre que hoy vive esta la “Patria de Bolívar”, como gusta tanto a sus “rojos” seguidores nominarla. Y pretendo hacerlo, curiosamente en mí, un anónimo adversario contumaz, para discurrir acerca de su vida como ser humano, ante todo y todos, por encarnar ese eterno niño criollo, preso por siempre en su laberinto de dudas, especialmente uno muy parecido a aquel que albergara al minotauro mitológico griego.

Voy a incurrir en un fallo imperdonable: tutear a un Primer Mandatario. Ni soy su amigo, ni aspiro serlo; tampoco pretendo ser un Antonio Leocadio Guzmán buscando la gracia de José Tadeo Monagas. Soy simplemente un venezolano común, como solía decir Tomás Lander en alguna oportunidad, tratando de cumplir con lo que cree su deber: arrojar algo de luz, donde reina la obscuridad, sobre todo tratándose de un personaje nacional a quien se le atribuye (y de hecho buena parte tiene) la culpa de lo que hoy vivimos. Reitero que no tengo relación amistosa con el Presidente, por ninguna vía y a través de ningún conocido actual, pero por esas gracias afectivas y aproximativas aleatorias que tiene mi Patria, hube de conocerlo tangencialmente de niño; luego de muchacho; más tarde, en esos caminos de Dios como seguidor del líder carismático del momento, en los tiempos fundacionales y tumultuosos del Movimiento Quinta República (MVR); y, finalmente, como sufriente compatriota, en sus infortunadas actuaciones como funcionario público de alto nivel, todas, en su conjunto, suerte de colcha de retazos mal cocida y peor terminada.

Nicolás ha vivido eternamente en un laberinto. Una suerte de espacio engañoso (virtud de sus propias confusiones nunca resueltas), sin salidas y dónde en algún recodo, inexorablemente, tendría que enfrentar al minotauro, esa bestia entre toro y hombre que siempre, según él, encarnado en alguien visto como enemigo, amenazaría con destruirlo. Dédalo de su propia existencia, Nicolás ha avanzado por ella como elefante en cristalería. Una suerte de eterno niño perdido, no obstante haber contado con el afecto incondicional de su madre y de su familia, en especial de algunas de sus tías, hermanas de la madre, de quienes recibiera particulares cuidados. Un padre fuerte, sí; severo, sí; ausente en alguna medida, sí, pero al que nadie puede negarle su claridad política e ideológica, a más de su firme intensión de velar por la existencia de su familia. Hizo lo mejor que pudo en una nación signada por el “padre gamonal” y los “escarceos amatorios” por añadidura. Los hombres tenían que oler a pólvora y tabaco en el siglo XIX; en el XX, después de Gómez, luego del advenimiento de la democracia romulera y las prácticas Perezjimenistas, además de agua de colonia, a billete y a “travesura vespertina”.

Avanzó por su laberinto en una juventud que pugnaba entre la confusión infantil propia del único varón; la flojera ínsita del adolescente; la marea hormonal y los amaneceres hacia una torpeza natural, signada sin embargo por un notable talento hacia las artes escénicas y la música, erróneamente vistas por el padre severo como “arrestos inoficiosos” propios, precisamente, de la pleamar y la bajamar de esa marea. “De esos oficios no se come”; “esa gente es inútil”; “músico y parranda, bailan juntos”; “de allí no sale nada bueno”; “lupanar y piano: Agustín Lara”. Sin embargo le dio por ahí, pero, lamentablemente, aunque bueno para esas cosas, no disponía del talento suficiente para brillar, una suerte de búsqueda obsesiva en Nicolás: brillar, brillar, brillar. La piedra, piedra al fín, no brillará jamás Nicolás, si no se la trabaja…

Como todo muchacho de alma sensible, con un progenitor de oficio político, primigeniamente adeco (mote que distinguiese al militante de Acción Democrática o del Partido Comunista durante los tiempos del llamado Decenio Militar, nacido de la contracción de las palabras “acciondemocratista y comunista”, de allí el vocablo “adeco”, utilizado con posterioridad de manera exclusiva para designar a los militantes de AD), quien luego se hiciese militante del socialista Movimiento Electoral del Pueblo (MEP), a Nicolás le dio por las simpatías socialistas radicales y así entró a militar desde joven en la agrupación política de Carmelo Laborit: la Liga Socialista. Una de las agrupaciones más radicales de su tiempo, acogía a cualquier militante “joven romántico”, sobre todo rebelde con “causa revolucionaria adoptada”, tocado además de gorro rastafari, atuendo que Nicolás acogiese con particular entusiasmo. Sin lecturas, sin estudios, poco afecto a las “disciplinas revolucionarias”, Nicolás si gustaba de lanzar piedras y botellas a la fuerza pública, del uso incendiario del gasoil, del caucho quemado, de la arenga encendida en medio del tumulto y la reyerta callejera, acciones concretas de la “lucha popular”; se sentía a sus anchas en esas alteraciones del orden público sin destino inmediato aparente, a las que podía entregarse emocionalmente con la misma pasión que a un solo de tumbadora. Allí también se perdió en su laberinto y el minotauro de su inconstancia revolucionaria, lo esperó más de una vez. Pero allí permaneció, hasta que decidió tomar otra vía del laberinto que, inexorablemente, lo llevó a la dirigencia sindical.

Allí se alejó, momentáneamente, de la vía y la retórica discursiva revolucionaria, entrando a formar parte del llamado “movimiento sindical venezolano”, acaso siguiendo la senda del padre. No es cierto que haya sido suerte de infiltración en “las filas de la derecha sindical”; a mi humilde y empírico modo de ver, lo hizo a conciencia y de motus propio, tras la búsqueda obsesiva, repito, del “brillo personal”. En la propia CTV, algún viejo sindicalista venezolano, se expresó muy bien de él; afirmó que Nicolás tenía “madera y pedigree”  e incluso podría llegar a convertirse con el tiempo, en una figura prominente del tradicionalmente criollo sindicalismo profesional. Siguió esa senda por un tiempo y no se le puede negar cierta figuración, pero ese afán por el “brillo”, connatural en aquel que “se siente” y sabe que “no puede”, lo hizo enfrentar una vez más a su minotauro personal, siendo derrotado en su huida y perdiéndose de nuevo en su propia (y errática) ruta laberíntica.

Y así fue como llegó a Hugo Chávez. A sus largas peroratas nocturnales, acompañadas de breves cenas de pan y cambur; un café aquí, un carcelazo allá. Conductor, ayudante, camionero, guardaespaldas, secretario, no hubo lo que no hiciera Nicolás para esa versión de minotauro orador a quien le velaba el sueño denodadamente. El minotauro fundó un partido; se hizo grande y se convirtió en Presidente de la República y Nicolás, allí, siempre allí, se adentró en esta nueva ruta de su laberinto, llevando a su lado a su propia versión de toro-hembra, con su propio laberinto además, acaso más difícil y obscuro que su propio acertijo caminero: Cilia Flores.

Nicolás y Cilia engendraron su propia versión de minotauro. Una suerte de bóvido político humano, dotado de una mega-cabeza tricéfala. Una interior, estratégica y pensante, personificada en Cilia; otra semi-externa que los contiene a ambos; y la gran cabeza final: el propio Nicolás. Y así, en una suerte de extraña mixtura, avanzaron sobre sus propios laberintos entrelazados, enfrentando no uno, sino a montones de minotauros a los que fueron derrotando, arrastrando, destruyendo o cautivando, pero siempre en ambos laberintos, sumiendo todo y a todos a esa suerte laberíntica, sin salidas, sin opciones o tal vez con muchas, pero solo para llegar, desesperadamente, al mismo sitio, tras un arduo y peligroso tránsito.

Hoy Nicolás ciertamente “brilla”: es el Presidente de Venezuela. Nunca se imaginó el maestro Maduro que aquel flaco desgarbado, expulsado dos veces del liceo, con su multicolor gorro rastafari, amante de la salsa, el rock, el teatro de calle y el cine club de barrio; que ese muchacho espigado con pinta de cantante de orquesta costeña colombiana y bigote cortado a lo Pedro Infante, que discurría sonriente y animoso por los pasillos de la CTV, obsequioso con la alta dirigencia del sindicalismo más tradicional venezolano; que el muchacho despeinado, enflaquecido por el desorden alimenticio de quien huye y lucha simultáneamente, decorado el rostro con profundas ojeras por el trasnocho trashumante tras ese nuevo “mesías criollo”, se convertiría en el titular del puesto más importante de la República. Pero sí, ocurrió y Nicolás, a despecho de sus enemigos, de sus adversarios, de Alvarenga, de Diosdado, de Rafael, de Elías, de Jorge, del Profesor Giordanni, del Profesor Navarro, de Ana Elisa, de María Cristina y del propio Aristóbulo en algún momento, entre muchos otros, terminó siendo ungido por el “Comandante Supremo” en artículo mortis, por los medios nacionales y sin lugar a la menor duda.

Pero hoy Nicolás está en el peor pasillo de su laberinto. Él y Cilia a lo lejos, escuchan el bramar de un nuevo minotauro. Uno que le han criado con paciencia sus propios minotauros antes engendrados y criados a su vez por ese mega-bestia propia: el Madurociliato. Y lo peor: lo han hecho merced de la obscuridad que reina en esa laberíntica vida en la que discurren, entre intrigas y santones, estrellas cubanas militares, calderos y bawalaos. Lo han puesto, a los ojos de propios y extraños, como el único gran Minotauro (así, con mayúsculas). Como el centro de todos los problemas; como la razón única de tanta sangre y sufrimiento, eludiendo de ese modo, fácilmente, valiéndose de la obscuridad propia de complejos y malignos laberintos, de la responsabilidad en el desastre que supone un gobierno colegiado. Hacen ver que solo saliendo de Maduro, termina la pesadilla laberíntica en la que viven ellos y vivimos todos. Y, de nuevo, Nicolás perece de angustia en su propia confusión, aquella donde cohabitan el sentido de una mediocridad sobredimensionada, con el afán por el brillo que nunca llegó y jamás llegará.

El gran minotauro de tu propia ambición (y la de Cilia), te ha devorado Nicolás, haciéndote definitivamente parte de él, de su sangre, de su carne. No hay salida, Nicolás, la bestia-toro está condenada al laberinto y allí, sin posibilidad alguna, verá el final de sus días…Alea jacta est…









3 de noviembre de 2017

“De la tiranía” al “Madurociliato”: un intento científico político de caracterización.TERCERA PARTE



El “Gobierno-Maduro”: reflexiones empíricas sobre su configuración política estructural. Acerca del “Maduriciliato” y otros “atos”…

El 8 de diciembre del año 2012, el Presidente Hugo Chávez se dirige a la nación para informarle de la imperiosa necesidad de someterse a una nueva intervención quirúrgica con motivo de su ya conocida y grave dolencia. Aquella noche, el Presidente Chávez hace una petición sentida a sus seguidores en los siguientes términos:

“…el compañero Nicolás Maduro, un hombre revolucionario a carta cabal, un hombre de una gran experiencia, a pesar de su juventud; de una gran dedicación al trabajo, una gran capacidad para el trabajo, para la conducción de grupos, para manejar las situaciones más difíciles. Lo he visto, lo hemos visto (...) mi opinión firme, plena como la luna llena, irrevocable, absoluta, total, es que —en ese escenario que obligaría a convocar como manda la Constitución de nuevo a elecciones presidenciales— ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente de la República Bolivariana de Venezuela. Yo se los pido desde mi corazón”.[1]
La unción se había completado. El problema de la “sucesión carismática” había sido “resuelto”, desde el mando, por el “líder carismático dominador”[2]. Hubo varios aspectos interesantes en aquel acto. En primer lugar los “rostros de circunstancias”. Todo parecía indicar que el Presidente Chávez ya habría conversado con quienes lo acompañaban. Estaban allí precisamente las únicas cinco opciones que tenía para ungir. El Ingeniero Rafael Ramírez Carreño, artífice y creador de la PDVSA “roja-rojita”, junto a la arquitectura financiera de una “posible guerra asimétrica de resistencia”. Elías Jaua Milano, sociólogo, atormentado desde joven por las “rupturas ideológicas conceptuales”, ex- Vicepresidente de la República, teórico de la revolución y líder de los “ideólogos jóvenes”. Jorge Arreaza Montserrat, yerno del Presidente, internacionalista, otro ideólogo, también ministro y leal a Chávez desde sus inicios en la presidencia. Y los dos más relevantes: a su diestra, Diosdado Cabello Rondón, militar de corta data, licenciado inconcluso en computación, uno de sus “pupilos predilectos” en la Academia Militar de Venezuela, dónde el Comandante Presidente fuese oficial de planta, en la oportunidad de estarse formando Cabello. Y a su siniestra, Nicolás Maduro Moros, quien siempre se autodenominó “chofer de autobús”, líder sindical a medio terminar, en pareja con la abogada Cilia Flores, ambos muy conocidos a lo interno del PSUV por sus “prestidigitaciones palaciegas” a los fines de ir, cada vez más, ocupando espacios de poder en la retícula oligárquica gobernante.

Desde nuestra perspectiva muy particular, Chávez escogió a quien, en estricto apego a la cadena de mando, le correspondía: Maduro era el Vicepresidente en funciones. Pero además, contando con una milagrosa pero larga recuperación, Nicolás Maduro hubiese sido un dócil segundo a quien indicarle que rumbo seguir, aun estando fuera de la Presidencia de la República; ningún líder carismático dominador tiene “un buen segundo capaz de sustituirlo” porque la posible “sustitución” no cabe en su mente; el segundo siempre será segundo y si intenta ser primero sin su unción, cae. Pero en la eventualidad, bien posible por cierto, de la muerte, Maduro era el único de los cinco con posibilidades de salir adelante con un mínimo de conflictos políticos tanto internos como externos. Ramírez, muy organizado y bueno en las lides de planificador, dueño de las “claves financieras ocultas”, resultaba demasiado ambicioso de dinero, además, sin arrastre popular de ningún tipo. Jaua, un teórico marxista a medio cocinar, tampoco se había preocupado por “sembrar amistades”; muy por el contrario, tenía enemigos hasta en la base del partido. Arreaza, serio y trabajador, tenía sin embargo una evidente falta de carácter; podía ser un "caballo de tiro", pero jamás "un tigre". Y Cabello, el otro extremo, se había ido maleando en el camino, organizando por una parte a sus propias “huestes militares” pero sembrando odios y venganzas por doquier, así como “lealtades peligrosas” a cambio de favores. No le quedaba más remedio y con ese voluntarismo personalista propio de todo líder carismático dominador, expuso su convicción “plena como la luna llena”: Maduro debía ser el Presidente.

Chávez murió y Maduro se preparó para una elección, tal cual lo disponía la Constitución. Todo hacía suponer que la emocionada convocatoria de Chávez, arrimaría su caudal propio de votos al ungido. El Comandante Presidente tenía (los números parecían indicarlo) un capital electoral montante en 2.8 millones de votos suguros, solos, únicos de él, que le habían proporcionado triunfo tras triunfo electoral. Y el “chavismo jerárquico oficial” ahora sí, de verdad, sin Chávez, supuso que la convocatoria postrera del Presidente, arrimaría esos votos a Nicolás Maduro. No ocurrió así; Nicolás Maduro casi pierde con el peor candidato de su contraparte política, con todo y más, eterno “revolcado” por Hugo Chávez. Los grupos de poder, que ya existían a lo interno del PSUV, se nuclearon más y levantaron “barricadas” más altas, distinguiéndose cada día, más nítidamente aquellas paredes casi infranqueables. Así las cosas, se convirtió aquel gobierno, llevado en años previos casi con exclusividad por el líder carismático,  en un “gobierno colegiado”, con un grupo pugnando por dominar y otros tratando de sobrevivir, en medio de una constante urdiembre de intrigas, promovidas desde el grupo que trataba de imponerse por todos los medios a su alcance, incluyendo recompensas, ascensos, acomodos, prebendas y negocios variopintos, aprovechándose de su condición de mando “constitucional” indiscutible: el Madurociliato.

Y cabe preguntarse ¿Qué definimos como Madurociliato? Luego del 13 de abril de 2002, la pareja Maduro-Cilia, se convirtió en una “unidad estratégica de negocios públicos” que al inicio con poca fuerza y gente, fue abriéndose camino hasta la “diestra del padre”. Luego la abogada Cilia Flores, con ocasión de su Presidencia en la Asamblea Nacional, urdió una red de amigos-familiares-allegados-prebendados en la AN, que, entre otros, el dirigente sindical psuvista venido a menos William Giménez, denunció en reiteradas ocasiones y estimó, en valores relativos, en una cantidad superior al 80% de los trabajadores de la AN.  Quizás una apreciación exagerada, da cuenta sin embargo de una conducta que hemos visto reflejada en la cantidad de familiares por vía consanguínea de la “Primera Combatiente”, en cargos públicos de importancia. A eso hay que añadir Ministros, Contralores, Tesoreros, Magistrados y hasta Generales y Almirantes “amigos y colaboradores” que hoy por hoy son “fichas directas” del Madurociliato, porque deben sus carreras y estabilidad laboral a la pareja presidencial.

De manera que por Madurociliato entendemos al grupo de poder que protegido bajo la techumbre de la pareja presidencial, han construido junto a ellos una red de complicidades y negociados que sirven a propósito de la conservación de una posición inexpugnable, así como de nódulos de información que permiten obtener, como su nombre lo indica, información privilegiada de sus contrapartes internas, de cara al manejo de los conflictos políticos propios de toda “oligarquía de hierro” existente en una organización política (Mitchel). El Madurociliato además tiene su propia agenda, sus propios informantes y sus maneras particulares de proceder. Sin ser el más grande “ato” del chavismo, se hace, cada día que pasa, más potente. El Madurociliato es el titular más poderoso de “la tiranía”, tal y como la hemos definido en este trabajo, sin que ello signifique que esta, “la tiranía”, no sea una “tiranía colegiada”.

El contrapeso del Maduricialiato es el Cabellato. Liderado por Diosdado Cabello Rondón, Primer Vicepresidente del PSUV y, por ende, “segundo” de Nicolás Maduro en el partido, no es más que un “segundo de forma” porque de fondo, Cabello controla el partido, a las UBCH (Unidades de Batalla Bolívar Chávez), un aparato de propaganda, seguidores, espalderos y sigüises, que monta más de un millón trescientas mil personas. Acaso como Ernest Rhöm en su momento en la Alemania nazi y con las SA, Cabello tiene en sus manos el poder de la movilización del PSUV. También controla a su propia “logia militar” y tiene un ascendiente indiscutible sobre buena parte de su propia promoción, al haber sido el Alferéz Auxiliar[3] en ella. Cabello ha tejido una retícula oligárquica a semejanza de Chávez, a partir de la construcción intencionada e inicial de su propia “célula pentagonal de poder[4]”. El Cabellato, también ejerce y con particular vesania, parte de la titularidad de la “tiranía colegiada”. Sin duda deben existir más “atos” dado el fraccionalismo y atomización que caracteriza  los movimientos políticos creados por el voluntarismo personalista de un líder carismático dominador, cuando este desaparece. Sin embargo, su presencia es intrascendente para este trabajo.

CONCLUSIÓN

Por todo lo anteriormente expuesto nos permitimos concluir que, desde la definición instrumental creada por nosotros en este muy breve intento de caracterización, el “Gobierno-Maduro” configura una tiranía, porque habiendo creado las leyes (algunas de ellas exhibidas como “legado supremo y eterno”), las viola, las destruye y las ignora, además con la certeza de la impunidad. Se lleva por delante sus propios sistemas de administración e incluso sus propias instituciones. Por otra parte, no es una tiranía ejercida a título personal; se trata de una “tiranía colectiva y colegiada” que ejerce el poder según el balance (positivo o negativo) de sus propios intereses, pudiendo llegar al ejercicio de la arbitrariedad por encima del contenido de las leyes, cualesquiera que estas sean. 

La titularidad de la tiranía reposa en varios grupos de poder al interior tanto del “Gobierno-Maduro” como de las estructuras políticas que lo rodean, distinguiéndose entre ellos aquel formado por la pareja presidencial venezolana y que definimos como Madurociliato  y aquel dirigido por Diosdado Cabello Rondón, primer Vicepresidente del PSUV y actual diputado a la Asamblea Nacional. Como hemos acotado, pudieran existir más “atos” pero a los fines de este intento de caracterización, no resulta trascendente su mención.

Quien sabe, en el mundo de los fenómenos macroscópicos, los eventos de la realidad son susceptibles de percepción, análisis y emisión de ciertas conclusiones; en el mundo cuántico no sabemos aún cuantos fenómenos son posibles. Acaso la Macumba cubana, hace parte de alguna clase de manejo en el mundo cuántico. Si así fuese, hacemos votos porque Raúl se marche pronto a esa dimensión y se lleve con él lo que de su parte depende en otras tierras.


[1] Recuperado de internet en http://www.albatv.org/8-de-diciembre-Dia-de-Patria-amor.html. Las negrillas son nuestras.
[2] En su texto “Sociología del Poder” Max Weber define al líder carismático y refiere que uno de los grandes problemas de las organizaciones humanas bajo la égida de aquel, es la sucesión cuando el líder desaparece, se retira, muere en combate o de muerte natural. La “unción en vida”, es el mecanismo más adecuado para evitar los conflictos de poder que inevitablemente se presentarán con la desaparición de líder carismático, porque está manifestando su “sagrada voluntad”, sentencia inapelable, indiscutible y aceptada como “legado pétreo”.
[3] Para quienes no conocen o conocen muy poco del tema militar, el Alférez Auxiliar de una Curso Militar, el último año de formación profesional, equivale al mejor segundo cadete de toda la institución, con una combinación del rendimiento académico más aventajado, espíritu militar y de cuerpo, así como conducta irreprochable.
[4] La “célula pentagonal de poder” es un concepto propio y la hemos utilizado en varios de nuestras propuestas metodológicas como categoría descriptiva. Tenemos un trabajo con ese nombre que puede hallarse en internet solo colocando “La célula pentagonal de Poder” en cualquier buscador.