14 de febrero de 2017

23 de diciembre de 1934: una fotografía de militares venezolanos “curiosamente interesante”.

El 23 de diciembre de 1934, el señor General Juan Vicente Gómez Chacón fue sujeto de la imposición de la recién creada condecoración Orden Francisco de Miranda. A tal efecto, se realizó en una mañana rutilante de Maracay, capital del Estado Aragua, en la entonces República de Venezuela, una “brillante” parada militar que el señor General Eleazar López Contreras, Ministro de Guerra y Marina, organizara en homenaje al Benemérito Presidente.

Para la preparación de esa parada militar, se reunió en la capital aragüeña a un nutrido grupo de oficiales del Ejército y la Marina Nacional, a los fines de la práctica respectiva, ensayo que también fuese presenciado por el señor General Gómez. Gracias al esfuerzo del estudioso e investigador de nuestra Historia Militar y Naval, Ramón Rivero Blanco, quien además alimenta consuetudinariamente la biblioteca virtual que lleva por nombre el de su padre, ese  distinguido oficial de nuestra Armada Nacional quien fuese el Capitán de Navío Ramón Rivero Núñez, pudimos tener acceso al folleto que con ocasión de aquellos fastos, editara el entonces Ministerio de Guerra y Marina.

Hay allí una fotografía que no podemos más que calificar de “curiosamente interesante”. Corresponde la gráfica, como afirmáramos previamente, a esos “extrañamente interesantes” instantes de la vida, donde se reúnen personajes que, en un futuro que aún desconocen, se encontrarán en cruces de caminos, algunos como amigos, otros como cuasi compadres y finalmente como enemigos, terminando todos en la desgracia o en el olvido o en el honroso recuerdo por sus obras. Hay un luenga nómina de más de 200 nombres, hoy, acaso, sin ninguna significación para estos muchachos de “celular e internet” pero mucho para quienes conocimos en vida a algunos de ellos y, a otros, como millones de venezolanos, los vimos cubrirse de gloria, en unos casos, de oprobios, en otros y fugaz figuración para unos terceros.

Hemos hecho una escogencia de los nombres de los oficiales que, desde nuestro punto de vista, terminaron haciendo historia en Venezuela en los siguientes 30 años (o acaso más) luego de tomada la gráfica, para posteriormente referir como se fueron cruzando sus vidas; finalmente, en calidad de qué y quienes terminaron haciendo parte de esa  historia patria de las siguientes décadas y como hoy, seguramente, ya pocos (salvo aquellos que fuimos testigos de su paso por esta tierra y estamos, virtud de la gracia de Dios, aun en ella) los recordamos. Estas líneas son en su homenaje, más allá de las miserias que puedan arrostrarles a algunos, en la ceguera que produce la imposibilidad del perdón o la pervivencia de la envidia más allá de la muerte.

En estricto orden de “rango y puesto” comenzaremos nuestra reláfica, advirtiendo que de los grados de Mayor hasta el grado de Subteniente, desconocemos los “puestos” que tuviesen esos oficiales para el momento de la gráfica. Comencemos por los dos más importantes y que creo que de ambos “algo” saben “algunos cuantos”. Se trata del General Juan Vicente Gómez Chacón y el General en Jefe Eleazar López Contreras; el primero, Presidente de la República en funciones para el momento de la foto; el segundo, Ministro de Guerra y Marina. El 19 de diciembre de 1935, luego del fallecimiento del primero el 17 de ese mes y ese año, el General López Contreras fue nombrado por el Consejo de Ministros, con arreglo a la Constitución Nacional vigente, Presidente Encargado de la República, siendo electo por el Congreso como Presidente Constitucional de la República en 1936, puesto que ejerciese hasta 1941. Allí están los dos jefes, en sendos caballos, encabezando el primer plano de la foto, flanqueados por su Estado Mayor. Unidos están por una relación casi paternal.

Entre los Coroneles, que montan 37 nombres, hemos escogido a 9. El primero que observamos es el Coronel Antonio Chalbaud Cardona. Figura prominente del Ejército Nacional, hace parte de los primeros oficiales que empuja la organización y profesionalización de la institución armada. Amigo personal del General López, terminará siendo por muchos años, elemento singular en el Alto Mando Militar. El Coronel Antonio Chalbaud Cardona, ya General, también terminará siendo suegro de un Subteniente, actor presente en esta foto, que se casará con una de sus “niñitas” quien para el instante de la gráfica, acaso anduviese con su madre “pintando postalitas”, “cosiendo bordados” o “aprendiendo a remendar”. Cuando lleguemos a los Subtenientes verán de quien se trata.

De la misma intencionalidad profesional de Chalbaud Cardona y gran impulsor del “modernismo militar”, alumno además del General López Contreras en esas lides, está el Coronel Juan Pablo López Centeno, hijo del viejo caudillo oriental General José Mercedes López; parte de la primera promoción de la nueva Escuela Militar, egresada de la institución el 5 de julio de 1911, con ocasión del primer centenario de nuestra independencia, será junto a los Generales López Contreras y Celis Paredes, puesto preso el 18 de octubre de 1945, con ocasión de la Rebelión Militar en contra del Gobierno Constitucional, cuya Primera Magistratura, fuese ocupada por otro de los oficiales que nombraremos más adelante. Algunos de los cabecillas de esa rebelión, esa tarde maracayera, se “retrataran” con ellos. El velo de la inocente ignorancia acerca del futuro, cubre sus primeras “estrellas” juveniles.

Figuran también entre los Coroneles, el nombre del Coronel Luis Manuel Bruzual Bermúdez, quien llegará a ser Inspector General del Ejército y Director de la Escuela Militar. Bruzual Bermúdez hace parte también de esa primera promoción del siglo XX, por tanto es compañero de López Centeno. Conocido como el “Viejo Cabeza e’Lata” fue en particular duro y firme con los entonces cadetes, durante su permanencia frente a la dirección de la Escuela Militar. Le decían así, porque se rapaba la cabeza como los prusianos y aquella solía “brillar” con el sol durante las revistas en el patio de honor. Su hijo mayor, Luis Manuel Bruzual Martínez, hará también carrera militar, especializándose en Armamento en la Fábrica Nacional de Armas de Guerra, en Bélgica. También están allí nombres de connotados “gomeros” que hicieron parte de la Ayudantía General del Benemérito, como los Coroneles Ulpiano Varela, Rafael Andrónico Rojas y Abelardo Mérida, por cierto este último epónimo del cuartel que guardase en su seno a una de las brigadas de infantería del Ejército de Venezuela muchos años después.

Por último se retrata entre los titulares de un “coronelato académico” (por cierto, no poseído por él), el “eterno espaldero” del General Gómez, el Coronel Eloy Tarazona. Silencioso, taimado y leal como un can, dormía en el suelo al pie de la puerta del dormitorio de su jefe. Se decía desempeñaba los trabajos “poco deseables” del Benemérito, desde la disposición rápida de enemigos hasta la propalación de “maledicencias” para generar “desgracias”. Tarazona muere asesinado en los años cincuenta, a manos de unos “esbirros de la Seguridad Nacional” pero no por razones políticas, sino porque se decía que él conocía el paradero del “gigantesco tesoro” que había dejado enterrado el General Gómez. Paradojalmente, murió a manos de sus equivalentes en vesania. Termina la lista el Coronel Marco Antonio Moros, el inicio de tres generaciones de militares: padre del General Marco Aurelio Moros y abuelo del Coronel Marco Antonio Moros Mejías.

Entre los Tenientes Coroneles, indispensable iniciarse con el nombre del más connotado de ese grupo: Isaías Medina Angarita, quien siendo Coronel le toca el traslado apresurado de la familia del General Gómez, tras su muerte y hasta el vapor que en Turiamo, los esperara para salir del país por instrucciones del General López Contreras, quien “temía por su seguridad”. El Coronel Medina será Ministro de Guerra y Marina. Ascendido a General de Brigada en 1940, será electo por el Congreso Nacional (elecciones de segundo grado) como Presidente Constitucional de la República de Venezuela, para el período 1941-1946. Está también allí el fundador de la moderna Armada Nacional, el Capitán de Fragata Felipe Larrazábal. Hijo del también Capitán de Fragata Felipe Larrazábal, hace parte de esos “nuevos oficiales” que aspiran a una Armada moderna. Felipe morirá en 1940, pero dejará echadas las bases de una nueva institución. Sus dos hijos varones, Carlos y Wolfgang serán también oficiales navales, alcanzando ambos el grado de Almirantes de la Armada. Wolfgang será también Presidente de la Junta Militar de gobierno (1958-1959) y candidato presidencial para el período 1959-1964. Carlos por su parte, será una figura decisiva en los sucesos militares del 23 de enero de 1958 y se le vinculará más tarde e indirectamente, a los alzamientos militares fallidos de 1962. Carlos, casualmente, hace parte de los dos únicos Guardiamarinas que figuran en esta foto. Y ambos tendrán que ver muy estrechamente con el auge y la caída del Subteniente al lado del cual se retratan. Una hija del Capitán Larrazábal, casará más tarde con otro oficial naval: Ricardo Sosa Ríos, quien no está en la foto, pero que llegará a ser también oficial Almirante y Comandante General de la Armada. Uno de sus hijos, Gustavo Ríos Larrazabal, hará carrera también en la Armada Nacional, alcanzando igualmente el grado de Almirante.

También figuran entre los oficiales del “dos de oro” los Tenientes Coroneles Delfín Becerra y Emilio López Mendez. Becerra (de quien dicen sus adversarios es “el hombre tres veces animal, Delfín, Becerra y el  mismo”) llegará a ser Ministro de Guerra y Marina durante la presidencia del General Medina Angarita. Será depuesto y apresado el 18 de octubre de 1945, tras la apurada rebelión militar que provocará la renuncia del Primer Mandatario Nacional, y que algunos de los Capitanes, Tenientes y Subtenientes que se toman la fotografía con él esa tarde, detonaran una mañana de octubre once años después. Ni el Coronel Becerra, ni aquellos noveles oficiales que inician su carrera militar, se imaginan lo que les depara la vida. Mientras tanto, se enjugan el sudor aquella mañana maracayera. El Coronel Emilio López Méndez está emparentado con uno de los artistas que será considerado con el tiempo, uno de los más grandes exponentes del paisajismo venezolano, miembro del llamado Círculo de Bellas Artes: Luis Alfredo López Méndez.

El Coronel Juan Jones Parra, será impulsor de la moderna industria nacional, así como suerte de puente entre los petroleros norteamericanos y los gobiernos sucesivos, al propio tiempo, será enlace futuro entre las misiones militares venidas del extranjero (especialmente de Estados Unidos) y el Ejército Nacional. Jones Parra (al igual que López Centeno) también será Director de la Escuela Militar y un hijo de él, por cierto del mismo nombre, será un reconocido ingeniero petrolero, entre el final de la década del cincuenta y los primeros años de la década del sesenta. Entre los Mayores, figura un nombre a quien le tocará una de las más ingratas tareas que exista para un militar, Eleazar Niño. En uno de los capítulos más difíciles de la historia patria contemporánea, será jefe de la Policía de Caracas. Pero de aquí hacia abajo, Capitanes, Tenientes y Subtenientes, la vida, como diría el cantante panameño Rubén Blades  les “…dará sorpresas…”.

El Capitán Esteban Chalbaud Cardona, hermano del Coronel Antonio Chalbaud Cardona, será tío político del afamado Subteniente que nombraremos más abajo, tío abuelo de sus hijas y tío de su esposa.  Esteban no llegará muy alto, pero “vivirá holgadamente”. El Capitán Ruperto Velasco, llegará, de Coronel, a ser Director de Guerra, siendo el Coronel Delfín Becerra, Ministro de Guerra y Marina. Ruperto tendrá una destacada figuración el día previo, así como el mismo aciago día (especialmente para él) de la Rebelión Militar de 1945. El 18 de octubre, a las 0900 horas, hace su entrada a la Escuela Militar con la intención de conducir en calidad de “invitado” al Mayor Carlos Delgado Chalbaud, Profesor en esa institución militar, a la sede del entonces Ministerio de Guerra y Marina, porque ya está bajo sospecha de sedición. Junto al Teniente Coronel Juan José Arévalo, a la sazón Director de la Escuela Militar, Velasco será el primer preso de la mañana. Pasado a retiro el mismo año, fallecerá en los años por venir sin pena ni gloria.

El Capitán Luis Ramos Sucre es hermano del poeta mártir del mismo apellido, mientras que el Capitán Manasés Eduardo Capriles, se convertirá con el tiempo en un acaudalado empresario en la capital aragüeña. Sus descendientes fundarán el importante rotativo “El Siglo”, que se convertirá en uno de los más importantes diarios del país por casi 50 años. Lamentablemente uno de aquellos descendientes se verá implicado en un extraño caso de homicidio, perpetrado en la persona de su señora esposa. Pero aún faltan cincuenta años para que eso pase. Manasés para ese instante, acaso ni hijos tenga.

El último de los Capitanes allí nombrados, se trata del piloto aviador Miguel Rodríguez. Junto a Vicente Landaeta Gil y Carlos Meyer Baldó, hace parte de los “primeros ases venezolanos del aire”; desafortunadamente fallecidos todos en accidentes aéreos, son los pioneros no solo de nuestra Aviación Militar Venezolana, sino también de nuestra Aviación Civil. El nombre de Miguel Rodríguez servirá durante muchos años, como epónimo de la única escuela de aviación civil que se tendrá en Venezuela bajo la égida del Ministerio de Comunicaciones. Pero Miguel ni se imagina, en el marco de esa foto, su trágico destino. Sus sueños “vuelan” en el azul cielo matutino de aquel lar militar maracayero.

Los cinco Tenientes que mencionaremos de seguidas, hicieron parte de la logia militar que bajo el nombre de Unión Militar Patriótica, condujese la Rebelión Militar de 1945 y que bautizada más tarde “Revolución de Octubre”, llevase al poder al partido Acción Democrática, con Rómulo Betancourt como su líder carismático dominador, luego de la renuncia del General Isaías Medina Angarita a la Presidencia de la República, en la tarde del día 19 de octubre. Fue la misma generación de oficiales que dirigiesen el país desde 1945 hasta 1958. Iniciamos nuestro relato de “Tenientazgos” con el Teniente Julio César Vargas Cárdenas, uno de los fundadores principales de la Unión Militar Patriótica (UMP), miembro del triunvirato líder del movimiento; militar hasta los tuétanos, primero de su promoción, serio y de una reciedumbre característica, Julio César se alzará el primer día de triunfo del movimiento al que pertenece. Se lo llevará el tremedal…

El Teniente Juan Pérez Jiménez, otro miembro fundador de la UMP, será conspirador también contra la Junta Revolucionaria de Gobierno, junto con Julio César, desde el día siguiente del golpe. El Teniente Enrique Rincón Calcaño, ya de Mayor y regresando de cumplir estudios en los Estados Unidos, se incorporará a la Rebelión Militar de 1945, el mismo 18 de octubre en horas de la tarde; será Enrique el que haga la “leva” de reservistas por Pagüita para reforzar las tropas del “tomado” Palacio de Miraflores. Los Tenientes Rómulo Fernández y Guillermo Pacannins, miembros también de la UMP, serán figuras relevantes durante el decenio militar. Rómulo terminará siendo General de Brigada y el último ministro de la defensa del gobierno militar. Guillermo, será el sempiterno Gobernador del Distrito Federal, luego de dejar sus funciones en la Aviación Militar.

Por cierto, Guillermo casará con una preciosísima mujer, de la que devendrá también una niña con los mismos atributos físicos de la madre. Bautizada Carolina y caído el gobierno del “Nuevo Ideal Nacional”, del cual Guillermo fuese figura prominente, la niña, convertida en elegante y bellísima dama, se casará con el único hijo varón de un “amo del valle”, José Herrera Uslar, a quien terminarán apodando, los frasquiteros de Caracas, “Pepito”. Carolina adoptará el apellido del esposo, como resulta tradicional que hiciese en ese tiempo, transformándose así en Carolina Herrera. Sí, ciertamente, de la afamada Carolina Herrera del diseño mundial de modas. Mientras, Guillermo, elegante por naturaleza, se alisa entonces la guerrera bajo el sol de Maracay, ni se imagina que lo espera ese futuro.

Toca el turno ahora a los Subtenientes, a los dueños de la única “estrella” en la carrera militar, que se obtiene sin el pago oprobioso de innúmeras cuotas morales, acaso aún bajo el velo de la ignorancia, llenos de emoción, ambiciones y deseos. Estos, realmente, calzan el contenido palmario de aquel viejo dicho latino que reza “los últimos serán los primeros”. Inicia nuestra lista el Subteniente Marcos Evangelista Pérez Jiménez, hermano en el momento de la foto de Juan, un par de años más antiguo en el Ejército pero que, a partir de 1945 y hasta 1958, se transformará en “Juan, el hermano de Pérez Jiménez”. Marcos será, junto a Julio César Vargas Cárdenas y Juan Pérez Jiménez, el fundador de la UMP; será Marcos el que llevará la voz cantante en las reuniones previas con Betancourt y Gonzalo Barrios para ir “madurando” la tan metada (posteriormente) “Unión Cívico-Militar”; y será Marcos el que le proponga a Betancourt convertirse en Presidente de la República, una vez llevada a cabo la rebelión militar, si esta tuviese éxito. Será Pérez Jiménez, el menor, el segundo preso del 18 de octubre; y será el gran ignorado en la repartición de los puestos de poder, cuando se estructure la Junta Revolucionaria de Gobierno, una vez triunfante la rebelión. Ocupará el cargo de Jefe del Estado Mayor, hasta el 24 de noviembre de 1948, fecha a partir de la cual, derrocado el gobierno constitucional del Presidente Rómulo Gallegos, pase a formar parte de la Junta Militar de Gobierno, triunvirato que compartirá, siendo Teniente Coronel, con Carlos Delgado Chalbaud; Marcos será, en ese cuerpo colegiado, Ministro de la Defensa Nacional.

El 13 de noviembre de 1950, asesinado el Comandante Delgado, Marcos Pérez Jiménez se convertirá en miembro de la Junta de Gobierno, siendo Presidente el Doctor Germán Suárez Flamerich. Continuará siendo Ministro de la Defensa Nacional pero en 1952, tras falsear el resultado electoral, se convertirá (previamente así lo habrán “decretado” las Fuerzas Armadas Nacionales) en Presidente Constitucional de la República de Venezuela, iniciándose así el país que el mismo definió inspirado por un “Nuevo Ideal Nacional". Rutilancia, poder y riqueza serán los símbolos de la era “Pérez Jiménez”, pero también lo serán las torturas, la muerte, la persecución y la concusión. Y en una fría madrugada caraqueña de enero de 1958, 24 años más tarde de la foto de Maracay, Marcos levantará vuelo sobre la otrora “ciudad de los techos rojos” abandonado en su tierra el “ideal Nacional” que no pudiese materializar en las mentes de sus compatriotas. Pero hoy, el delgado y silencioso Subteniente, se limita a obedecer la orden del fotógrafo. Lejos están las rutilancias del poder y ni se imagina el azul verdoso de las playas de La Orchila.

El segundo Subteniente, a quien sus superiores le critican esa “manía cinematográfica” de colocarse la gorra “de medio lado” y le increpan “se la enderece” para la foto, es un “muy entrador” muchacho de Ciudad Bolívar, que no por simpático deja de ser un tenso y disciplinado oficial subalterno. Se trata de Luis Felipe Llovera Páez. El eterno “segundo” de Pérez Jiménez, miembro de la UMP, más antiguo que él, pero su compañero de toda la vida. Será Luis Felipe “el alma de las fiestas” y la “lámpara de Diógenes” para Marcos. Miembro de la Junta Militar en 1948; segundo en la Junta de Gobierno de 1950 y Ministro de varias carteras en el gobierno del “Nuevo Ideal Nacional”. Luis Felipe será el fundador de la Oficina de Planes y Proyectos Especiales de la Presidencia de la República, el primer organismo de planificación nacional fundado en el país para entender el desarrollo como problema y producir soluciones de aplicación, también nacional, para tales fines.

Y será Luis Felipe quien, 23 años más tarde, en aquel diciembre de 1957, le aconseje a Marcos la partida expedita de la nación del “Ideal Nacional” ante la catedralicia verdad de que “pescuezo no retoña”. Mientras, aquella tarde del 23 de diciembre de 1934, lo único que preocupa a Luis Felipe, por ahora, es salir bien en la foto y como armar un “sabroso sarao” antes de partir a su comisión, luego de que se registre la instantánea para la historia.

También figuran en esa foto los Subtenientes Carlos Pulido Barreto, José León Rangel, Alberto Paoli Chalbaud y Rafael Arraez Morles. Todos muy animados de encontrarse aquella mañana con sus compañeros, recién salidos de esa hornaza que es la Escuela Militar. Se acomodan para la foto. Todos harán parte luego de la UMP y todos ocuparán puestos relevantes en el gobierno militar que se inicie en 1945 y más aún durante el gobierno de las Fuerzas Armadas propiamente dicho. Todos harán parte del “Nuevo Ideal Nacional” y todos harán devoción la realidad que intente surgir de su verbo. Y algunos serán “compadres” de Marcos, como los casos del “Negro” Pulido Barreto y el “Flaco” Paoli Chalbaud, quien dicho sea de paso, está emparentado con Marcos por vía de su esposa, Doña Flor Chalbaud de Pérez Jiménez, la “niñita” que decíamos, algunas líneas arriba, acaso empezaba a bordar para el momento de aquella foto.

Doña Flor es la hija de Antonio Chalbaud Cardona y sobrina de Esteban. Por cierto aquel robusto muchacho moreno que se arregla con fruición el uniforme para salir adecuadamente presentable en la foto, el Subteniente Carlos Pulido Barreto, será, de Coronel, el impulsor de la industria nacional de armamentos y, al propio tiempo, se le atribuirá la invención, por otra vía, de un curioso ágape criollo que se convertirá en “la vedette” de las fiestas 20 años después de la instantánea. Se tratará de la “Ternera Bailable” una suerte de “fiesta encopetada” en la que bailando al son de las más afamadas piezas de su tiempo, ejecutadas por las igualmente más famosas orquestas del momento, pueda el fiestero arrequintarse un buen trozo de carne en vara con su respectiva “guasacaca”, todo abundantemente “regado” con el muy fino y elegante whisky escocés. Pero por ahora, lo que le importa es que su guerrera se vea “apropiadamente” mientras los compañeros “le maman el gallo” por aquello de la abotonadura…

También está el Subteniente Josué López Henríquez, piloto aviador, quien llegado a General termine siendo Comandante General de la Aviación Militar e impulsor de la moderna aviación venezolana, con la incorporación de los aviones militares denominados “a reacción”. Pero hay un Subteniente muy delgado, de mirada vivaz, hermano de Julio César  Vargas Cárdenas. Tose levemente a veces, pero denota en él una vibrante energía interna, lo que se presume lo hace poseedor de una llama inextinguible que lo impulsa a sobresalir entre sus compañeros, a pesar de su extrema delgadez. Se trata del Subteniente Mario Ricardo Vargas Cárdenas. Será figura relevante en la UMP y será él quien servirá de enlace entre la UMP y AD, a través del Doctor Edmundo Fernández. Le corresponderá a Mario, de Capitán, ser el Oficial de Planta en la Escuela Militar que aquel 18 de octubre de 1945, impida la detención de Delgado Chalbaud, arrestando al Coronel Ruperto Velazco quien, hoy de Capitán, esta mañana y 11 años antes, se retrata con él en la Maracay gomera. Mario encarnará la figura esencial del llamado "oficial civilista democrático" en el gobierno del “Trienio Adeco”, siendo señalado por sus compañeros bajo ese preciso mote “El adeco”. Se extinguirá Mario víctima de la tisis, contra la cual luchó con vehemencia buena parte de su vida. Y aún caídos los adecos en el 48, será buscado por ellos para evitar su debacle. Dotado de un respeto enorme entre sus compañeros, no será detenido, firmará el acta de creación de la Junta Militar de Gobierno, siendo extrañado de Venezuela inmediatamente, para fallecer lejos de su tierra, allá en los Estados Unidos del Norte. Por ahora, Mario, como todos los demás, solo le preocupa cumplir con el cometido fotográfico que se le ha encomendado.

Allí están todos, los que más, los que menos. Los que se harán ricos y poderosos; los que morirán en el intento. Los que terminarán mal o se les apagarán las estrellas más pronto que lo que pudiesen imaginar esa mañana. Están los que serán siempre “románticos” y los que harán de “ideólogos”; están los que se arrimarán a la “política como oficio”, porque vivirán de y para ella; y están los que serán siempre soldados, hechos en y para la carrera de las armas, volviéndose incómodos en unos momentos o “convenientes” en otros. Y eso es lo que hace “curiosamente interesante” esta foto, porque pocas veces en la historia de un país, puede juntarse a tantos protagonistas: los que serán aliados; los que serán adversarios; los que serán enemigos; y los que se matarán irremediablemente. Todos unidos en un “serán” que desconocen en ese instante pero cuya presencia resulta inmortalizada en recuerdo gráfico, que ya hoy, acaso como ellos, sea olvido.

Honor a quienes así lo merezcan y perdón para todos, incluso para quienes ya no tenga sentido otorgárselo, porque acaso no haya nada que perdonar al comparar sus pecados con aquellos de quienes, peor que ellos y habiéndolos visto en ellos, los hubiesen cometido descaradamente bajo “el albo manto de la democracia”. ¡Que arroje la primera piedra quien, en Venezuela, esta tierra de tantos engaños, tantos oprobios y tantas tristezas, esté libre de haber cometido alguna vez, el deleznable pecado de la apetencia por el poder!…

















7 de febrero de 2017

Acerca de “Militares” y “Militarólogos”: impronta patria contemporánea.

Nuestras Fuerzas Armadas (hoy en el caso de Venezuela, por definición constitucional, Fuerza Armada Nacional Bolivariana) han sido fundamentales protagonistas en Venezuela, con una figuración muy particular en nuestra historia contemporánea que discurre en los últimos 80 años.  Desde el inicio de su estructuración formal, modernización, profesionalización y encuadramiento por iniciativa indiscutible de los Generales José Cipriano Castro Ruiz, Juan Vicente Gómez Chacón, Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita, cada uno de ellos en funciones de Primeros Mandatarios Nacionales entre 1899 y 1945, hasta su definitiva consolidación como institución armada de primer orden durante la gestión del General Marcos Evangelista Pérez Jiménez, creador del Nuevo Ideal Nacional y jefe indiscutido del decenio militar, además de las más recientes gestiones aisladas de los diversos mandatarios de la Democracia de Partidos, la Institución Armada venezolana ha sido “personaje actuante, árbitro y gran decisor de nuestra vida nacional”. Y hoy, en los tiempos que corren, para nadie es un secreto que la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, sin lugar a la menor duda, constituye el soporte material del autodenominado “Gobierno Bolivariano”.

 Ahora bien, con independencia del contenido de “verdad catedralicia” que carga la expresión previa, existen en el mundo equipos militares y armamentos de guerra desarrollados por la tecnología dominante en estos tiempos; también se aprecian elementos propios del protocolo y el ceremonial militar; otro tanto puede hablarse de una “psicología militar” y existen especialistas que hablan hasta de una “sociología militar”. La Planificación Estratégica, tan en boga hoy día, así como su derivación táctica, son fruto de la Ciencia y el Arte Militar; y, también, hay importantes estudiosos de la relación civil-militar, tanto fuera como dentro del país. En fin, el “mundo militar” da para todo, sobre todo en los países hispanoparlantes donde su actuación ha sido tan decisiva en la marcha de nuestras vidas nacionales.

Los aspectos antes nombrados, están debidamente circunscritos a campos del conocimiento de naturaleza académica y cuentan con reconocidas figuras en el “mundo civil” dedicadas a su estudio científico. Empíricamente es posible afirmar que dentro de esos estudiosos existen prominentes figuras del “mundo militar” que, cumplido su servicio activo en calidad de profesionales de las armas, se dedican luego al estudio sistemático de tales temas. La Historia Militar uno de los campos más amplios y que, en nuestra humilde opinión, abreva de las fuentes ofrecidas por todos los demás, tiene y ha tenido importantísimas figuras del “mundo militar” dedicadas a su investigación. Y es precisamente desde este rumbo particular que viramos hacia la existencia de ese personaje que, birlando un vocablo de nuestro dilecto maestro Doctor Fernando Falcón Veloz, nos atrevemos a definir como “el militarólogo”. Pero veamos antes que definimos como “militar profesional” yendo un paso más allá respecto de su definición académica formal.

Más allá de los equipos, los aspectos de planificación, tanto táctica como estratégica y el largo etcétera correspondiente, existe un temática muy amplia de la que solo conocen los “militares”, entendiendo por este último al profesional que permanece buena parte de su vida útil al servicio de la carrera de las armas, sea tropa profesional, suboficial u oficial dentro de una organización militar. Solo ellos, sean morales o inmorales, púdicos o impúdicos, líderes o rastreros, ladrones o prístinamente honrados (como los hay en cualquier organización humana), conocen sus interioridades, su vida cotidiana y sus realidades. Solo ellos están en capacidad de saber lo que ocurre “adentro” y solo ellos pueden estar en capacidad de explicar el tamaño de las cuotas morales que hay que pagar en el ejercicio de sus deberes. Luego de ellos, están sus familiares inmediatos, quienes los acompañan o terminan siendo acaso las víctimas involuntarias de una vida difícil, por mucho que desde afuera se estime lo contrario o parezca lo contrario. Dicho en términos jurídico- académicos: solo los militares tienen conocimiento de causa, respecto de la vida militar.

Pero en nuestras sociedades estructuradas sobre la base del poder como motivación, dónde las búsquedas de vida se circunscriben al esfuerzo en lograr mando, riqueza y reconocimiento, uno de los componentes del “reconocimiento” lo constituye la “figuración” y esta última tiene correlato directo con la “exposición en los medios”. Y allí sale a relucir el protagonista de estas líneas: “el militarólogo”. Por esta categoría entendemos a aquel profesional liberal, con independencia de su titulación académica, que, con una sapiencia cuasi monástica, opina de la “vida militar y sus ocurrencias” con absoluta propiedad y de manera pública. El “militarólogo” pudiera ser “militar” en cuyo caso su existencia, empíricamente de nuevo, pudiese ser justificada porque “nadie sabe más de zapatos que un zapatero”. La media estadounidense suele ser en particular cuidadosa en esos temas: la mayoría de sus “militarólogos” son “militares profesionales” en situación de retiro. Pero en Hispanoamérica es amplia la fauna de “militarólogos” civiles que quieren “calzar” el oficio, no habiendo calzado otro par de botas que aquellas deportivas para lavar un automóvil o de hule para trascender un pantano.

En Venezuela, hoy más que nunca, hay “militarólogos políticos”, “militarólogos académicos”, “periodistas militarólogos” y “analistas políticos militarólogos”. Los primeros tienen un discurso político que siempre gira en torno al “clima interno de la Fuerza Armada”; parecen soñar con “golpes y conspiraciones ocultas”; argumentan reiteradamente acerca de la “incomodidad en los cuarteles” y creen interpretar el “sentir de la oficialidad subalterna y sobre todo de la tropa”; comúnmente hablan con absoluta propiedad de la dureza de la “vida militar en las actuales condiciones” y sobre los “desaciertos de los mandos superiores”. En fin el “militarólogo político” vive de la “vida militar” sin haberla vivido jamás y lo más sorprendente: sin estarla viviendo.

Nuestra segunda categoría es el “militarólogo académico”. Siendo acaso la más inocua de las categorías prenombradas, representa al estudiante o al estudioso académico, que dedica todo su esfuerzo investigador a tratar de encontrar “elementos ocultos” casi “esotéricos” en la “vida militar”. No debe confundirse con el investigador en Historia Militar o en relaciones civiles-militares, campos científicos especializados con métodos y doctrina para su abordaje desde hace importante cantidad de luengos lustros. Se trata de aquellos que, obstinadamente, tratan de encontrar “comportamientos crípticos universalizables a los Tenientes” o “miradas sospechosas en los Generales” o “indisposiciones visibles en las tropas respecto de la presencia de un Presidente” basándose en la observación empírica. 

Alguno de los “militarólogos académicos” pudieran serlo, de nuevo empíricamente, acaso porque fueron cadetes y no culminaron sus carreras, quedando en consecuencia “picados de culebra”; otros, por una sed insaciable de figuración y este tema, en particular “esotérico” (por lo secreto), los convierte necesariamente en “libros públicos de obligante consulta”; y finalmente, porque habiendo sido militares profesionales, dedicaron sus esfuerzos académicos posteriores a estudiar acerca de su ámbito de existencia, esfuerzo por demás legítimo si se ha pasado una vida tratando de “corregir entuertos”. En todo caso, reiteramos, es la más inocua de las categorías y en algunos casos, algunos de sus protagonistas, ejercen o han ejercido actuaciones honrosas, produciendo en su devenir trabajos de investigación igualmente honrosos.

La segunda y tercera categorías son las más “peligrosas”, abundantemente verbosas y de discurso convenientemente confuso. Se trata de los llamados “periodistas militarólogos” o “periodistas que cubren la fuente militar” y de los inefables “analistas políticos militarólogos”. Por lo general profesionales del mundo civil, de esa parte del mundo civil de la periferia más distante del mundo militar, se dedican a teorizar sobre lo que “ocurre al interior de los cuarteles” presuntamente basados en “fuentes confiables”, buscando todas las interpretaciones susceptibles de ser utilizadas como convenientes “tubazos periodísticos”. Con el eterno “se dice en los cuarteles” o “desde una fuente militar de las más altas” arman sus tramoyas respecto de lo que deseen lograr ellos (o sus jefes). El “periodista militarólogo” constituye el ave agorera del “eterno golpe militar silencioso, suave y en marcha”.

Los “analistas políticos” por su parte, una suerte de fauna multiétnica dónde concurre cualquier “bicho de uña” que sin empleo conocido o fuente de ingreso constante, acude a los abrevaderos de la opinión mediática, a “manifestar su experta opinión” sobre cualquier tema político en boga, tienen su componente sustantiva de “militarólogos”. Cuando se “canchan el uniforme de tales” resultan verdaderamente peligrosos. Para hacerse notar, dicen cualquier disparate acerca de la vida militar, de la que conocen solo tres partes: nada, cero o la suma de los dos primeros. La “opinión erudita” tras la búsqueda del reconocimiento o el indispensable estipendio diario, constituye la herramienta del “militarólogo del análisis político ocasional”.

Así, mis estimados lectores, cuídense de los “militarólogos”, en la acepción que nos hemos atrevido a definir a partir de la voz expresada originalmente por el Doctor Falcón Veloz, especialmente atribuible a aquellos que deseando ser “faroles”, no llegasen ni a “farolillos”. Y si quieren saber de los “militares” búsquense a un “militar de carrera” cualquiera que sea su situación en términos del servicio. Porque en este caso, nunca ha pesado más, reiteramos, el contenido del  viejo refrán: “zapatero a su zapato”. Los “militarólogos”, sobre todo los fablistanes de arrestos castrenses o los analistas de “sesuda opinión”  acaso no sean más que “simples briznas de paja en el viento” especialmente “…de pura paja…”







2 de febrero de 2017

Del mito Bolivariano al mito Zamorano. “Usos y abusos de la historia”.

La percepción personal, los sueños, los apremios, las carencias y la intencionalidad política, sobre todo la intencionalidad política, han sido el alimento y, en no pocas ocasiones, el aliento de nuestros sistemas políticos nacionales, aún más si se encuentran bajo la conducción exclusiva de un líder carismático. Este blog de Historia Política se inició con los mitos y las revoluciones; este artículo de hoy, lo hace, en  parte, con un “hurto intelectual”: el nombre de un trabajo profundo que hiciese un día uno de los filósofos políticos e historiadores venezolanos de las ideas políticas (acaso el más brillante) más importantes del país, el Doctor Luis Castro Leiva. Aquel trabajo llevó por nombre, precisamente, “Usos y abusos de la historia” y, a grandes rasgos, referíase allí el Doctor Castro Leiva a “los usos y abusos” que de la Historia se hacía,  entre otros muchos casos, particularmente en la construcción de la “retórica política”.

Necesario entonces, en este pequeño aporte a la discusión que se planteará en líneas subsiguientes, definir que entendemos por “retórica política de ocasión”. La Retórica aristotélica trataba sobre el arte de convencer con el discurso oral, esto es, el logro del convencimiento mediante el arte de la palabra hablada. Así se mantuvo hasta que, en el siglo XVI, se transformó en lo que se entiende por Retórica hoy: la palabrería insustancial con el objeto premeditado de engañar o, al menos, exornar con la palabra un intento discursivo de engaño. Lo único que conserva en común la Retórica de hoy con su par aristotélica, es el uso de la palabra hablada y esa semejanza es fundamentalmente de forma. De modo que por “Retórica Política” entendemos el uso de la palabra hablada en el discurso de naturaleza política, con la intencionalidad de engañar mediante su contenido, tras el alcance de un objetivo de poder. Es de “ocasión” cuando la naturaleza del momento, impone su construcción como recurso de convencimiento.

En la Historia Política venezolana, existe un gran mito que, con la fuerza de la evidencia empírica de sus logros materiales, ha permitido su replanteamiento según sean las “ocasiones” que se le presentasen a los líderes políticos, en la construcción de su propia “retórica política de ocasión”. Ese gran mito es sin duda el “Mito Bolivariano”: un mito sólidamente construido sobre las ideas, formulaciones y percepciones que el Libertador Simón Bolívar dejase escritas en sus cartas personales, epístolas oficiales, proclamas y discursos, refrendadas por sus incuestionables realizaciones. El “Mito Bolivariano”  ha sido objeto de profusos estudios, como lo  constituye, por ejemplo, aquel que realizase el Doctor Germán Carrera Damas, distinguido historiógrafo venezolano, respecto del culto a Bolívar y su memoria.

Iniciado por el General José Antonio Páez casi en la medianía del siglo XIX, el “Mito Bolivariano” fue explotado por el General Antonio Guzmán Blanco hasta convertir a Bolívar en “revolucionario liberal anti-oligárquico”. Lo propio hicieron quienes le sucedieron en el Liberalismo Amarillo. El General Cipriano Castro lo revivió como “Liberal auténtico”, al bautizar su turbamulta del momento como “Revolución Liberal Restauradora”, precisamente “restauradora de los verdaderos ideales liberales bolivarianos”  traicionados “reiteradamente” (según él) por quienes habían usufructuado el poder político nacional, hasta la ocurrencia de este nuevo movimiento revolucionario vindicador. Lo propio hizo el General Juan Vicente Gómez, al invocar a Bolívar como numen de su obra futura, en la oportunidad de asumir con carácter de exclusividad el poder en Venezuela.

El General Eleazar López Contreras, devenido por unción de la presencia carismática del General Gómez, estableció incluso las llamadas “Cívicas Bolivarianas” como organizaciones de apoyo a la gestión de gobierno, tildando de anti-bolivarianos a los entonces recién nacidos “demócratas”, organizados políticamente en el Partido Democrático Nacional (PDN), quienes por boca de Rómulo Betancourt, culminan defendiéndose de tal acusación, invocando una clase muy particular de “bolivarianismo” que concluyen “definiendo” y por consiguiente asumiendo: aquella que presenta al Libertador como “defensor incansable de la democracia”. Así el Bolívar “republicano”, se convierte mágicamente en “demócrata liberal”.

Los militares venezolanos de 1948, al frente del Movimiento Militar, terminan justificando el golpe contra el régimen democrático electo en 1947, invocando el nombre de Bolívar y su “patriotismo militar hollado” por los tumultuarios adecos del Trienio; mientras estos, desde el exilio, invocan “la traición a los ideales democráticos de Bolívar” al haber procedido el sector castrense precisamente por “manu militari”. El General Marcos Pérez Jiménez, heredero del sistema militar nacionalista bolivariano que fundasen Gómez y Castro (y continuasen, en alguna medida edulcorado, López y Medina), invoca, al frente del decenio militar, el “Ideal Bolivariano” como uno de los pilares fundamentales del “Nuevo Ideal Nacional”. Y quienes encabezan el gobierno militar que lo sustituye por abandono del cargo, lo visten de sed de venganza por las “humillaciones” de las que ha sido víctima tal ideal, por parte del andino militar y su camarilla gobernante. Sobre la presencia impertérrita de Bolívar, construyen los políticos demócratas redivivos su sistema democrático representativo y una treintena de años más tarde, otro grupo militar bajo la denominación de “Movimiento Revolucionario Bolivariano 200”, se alza en armas contra el sistema democrático nacido, en teoría, bajo la égida de los ideales del Libertador.

Así las cosas, Bolívar pasa de “liberal” a “militar patriota”; de “revolucionario anti-oligárquico” a “militar profesional”; de “militar profesional” a “demócrata civil”. Y en los tiempos que devienen luego del alzamiento hecho bajo su invocación por los militares del MBR 200, Simón Bolívar ha transitado de “revolucionario” a la sorprendente trasmutación asincrónica de “socialista revolucionario”. Bolívar ha sido “católico”, “maestro”, “filósofo”, “historiador”, “galeno”, “artista”, “poeta”, “novelista”, “rosacruz” y “masón” , etc., etc., etc., hasta llegar a los increíbles oficios de “santo” y “brujo”. Ha encarnado cuanto disímil personaje, los líderes políticos, en particular los carismáticos, han considerado útil en la construcción de su retórica de ocasión, siendo además “el numen” de sistemas políticos que van desde las más crueles dictaduras hasta las más corruptas democracias dizque socialistas, sirviendo de “padrino forzado” a procederes llenos de la más evidente vesania o de la mayor, resoluta y concluyente reprobación. Al igual que el Cristo de los cristianos o el Profeta Mahoma de los musulmanes, Bolívar ha servido a cualquier propósito que exija la construcción de la “retórica política de ocasión”, de suerte que durante doscientos años, hemos presenciado la existencia de un Bolívar “bueno” y otro “malo” según sea el bando en el que se milite. La figura física y política así como el recuerdo histórico de Bolívar, han sido sujetos del más cruel y despiadado de los abusos.

El 1° de febrero de 2017, asistimos al nacimiento de un nuevo mito: el “Mito Zamorano”. Al igual que muchos de los personajes relevantes de nuestra historia (verbigracia Bolívar) el General Ezequiel Zamora, caudillo militar tanto de la llamada Insurrección Campesina de 1846 (Brito Figueroa) como de la Guerra Federal, es sin duda un hito en su tiempo histórico. Militar por oficio y talento natural, es originalmente un pequeño comerciante que termina lanzado a la política por los avatares de una impronta de “grandeza patriótica” que le ha inculcado, desde niño, su madre, Doña Paula Correa; los discursos incendiarios de Antonio Leocadio Guzmán publicados en el diario “El Venezolano” en los prolegómenos del Partido Liberal y que Zamora lee con fruición;  y la influencia de su cuñado, francés comunero venido a Venezuela. Lo cierto es que Zamora hace parte de cuanta turbamulta van produciendo los liberales y termina convirtiéndose en caudillo militar tras su participación en distintas acciones de armas, sin duda con brillante desempeño.

Pero Zamora no es un “maestro”; no deja una “profusa” relación epistolar donde planteé un ideario; y tampoco “la gesta” que se le atribuye, calza esas proporciones. Zamora lleva la tea en un ambiente pletórico de combustibles y, ciertamente, le da organicidad, pero no es el gran líder que se pretende crear a partir de esa “gesta”. Tampoco es una estrella fulgurante en un firmamento de estrellas; quienes lo acompañan tampoco tienen trayectorias distintivas. Todos, los que combaten con él y quienes lo adversan, hacen parte de una nación consumida por las apetencias personales y pecuniarias; robada, engañada y arruinada sistemática y permanentemente; con una población mayoritaria de negros, zambos y mulatos, sometidos desde siempre a la más ignominiosa de las miserias, materiales, culturales y sociales. Es, en suma, un polvorín y Zamora, como ya dijimos, lleva la tea.

Pero allí entran las conveniencias en la construcción de los “Mitos”. Zamora habla de “tierra y hombres libres”, de “horror a la oligarquía” y de “elección popular”. Como actos de habla sueltos, hacen contacto con los contenidos panfletarios de los llamados “revolucionarios” de hoy. Pero no se refiere Zamora a las mismas circunstancias agravantes. Habla de “tierra y hombres libres” porque en su tiempo, la propiedad de la tierra está circunscrita a una oligarquía que deviene de los antiguos generalatos de la independencia en contubernio con unos banqueros terrófagos que se han hecho de la propiedad, entre otras acciones por la vía de la Ley de Espera y Quita en los años previos, y cuyo precio inflan para ganar en la especulación. Lo que podría ser definido como las “grandes mayorías” no tienen acceso a la tierra, porque no pueden adquirirla y, al propio tiempo (y ahí entra la condición de “hombres libres”) a pesar de la liberación de los esclavos, prácticamente se encuentran en estado de manumisión. Por otra parte, la imposibilidad de adquirir la tierra, los condena a una eterna condición de preteridos, de ciudadanos de segunda, una suerte de "siempre olvidados". Por eso el “horror a la oligarquía” porque ciertamente se trata de tal, más bien una oligarquía al mejor estilo feudal, cuyos hábitos de propiedad, aunque con distintos apellidos y caras (en Venezuela las oligarquías no son históricas), permanecerán en el país hasta bien avanzado el siglo XX.

Y sobre la “elección popular” Zamora consagra el derecho a la votación de todos. En ese tiempo no se permite “elegir y ser elegido” si no se es propietario, con una renta mensual sujeta a prueba, preferiblemente con una mínima concentración de melanina en la piel y residente del cantón, además de poseedor de condiciones tan subjetivas como “probidad, religiosidad y reconocida respetabilidad”. Zamora reivindica la libertad de “elegir y ser elegido” sin condicionantes. Sin embargo, en años previos, él es un esclavista que llega a disputar en una corte (el Tribunal de Aboliciones de Guayana) la correspondiente indemnización del Gobierno por un grupo de esclavos liberados.
  
Zamora es una figura política de su tiempo, orlado por la magia del hecho de armas, característica “épica patética” que exige la construcción del mito. Pero en un país que nunca ha resuelto sus conflictos sociales subyacentes; que siempre ha portado como enseña la pobreza más pasmosa, en vulgar contraste con la más abyecta riqueza, siempre ofrece las condiciones para el destructivo resentimiento social y por ende del discurso reivindicador. Así “tierra y hombres libres” sigue teniendo, en alguna medida, vigencia como recurso retórico de ocasión. Y el “horror a la oligarquía”  sigue ofreciendo la visión eterna de un “blanco rico” que vive en la abundancia y es responsable de la miseria de las grandes mayorías preteridas, aun cuando esa “oligarquía blanca” sea más bien en la actualidad “roja”, los terratenientes usen uniforme militar de contemporáneo corte antillano y los “revolucionarios de hoy” sean realmente “los ladrones de ayer, mañana y siempre” con vestiduras conveniente y contemporáneamente “contestatarias”…y por cierto también “rojas, rojitas…”.






30 de enero de 2017

Necesaria explicación acerca del artículo previo, titulado “Mucuritas en tiempo de Pajarillo”…

Sin pretender ser presuntuosos, por aquello de pensar que en otras latitudes distintas de las nuestras pudiésemos ser sujetos de lectura (u objetos al tratarse de nuestros artículos), imperioso resulta hacer una breve explicación para quienes no son venezolanos e incluso aquellos que siéndolo, poco conozcan de esta nuestra tierra, en particular del llano patrio.

El artículo está dedicado a recordar una hazaña militar de nuestra gesta emancipadora, impronta histórica que nos une a todos los venezolanos y acaecida en los llanos de Apure, como allí acotamos, el 28 de enero de 1817, lo que nos coloca a dos centurias de su ocurrencia, vale decir, sobre su bicentenario. 

Para una gran mayoría de compatriotas, en particular los más jóvenes, estas fechas pasan “por debajo de la mesa”, pensamos que, entre otras cosas, porque quienes tienen el poder político hoy día en Venezuela, utilizan estas onomásticas patrias para intensificar su fastidiosa y reiterada labor ideologizante, actividad que poco o nada guarda relación con el fondo o forma de aquel acontecimiento, pero que sirve al propósito del exordio panfletario de ocasión, afición casi adictiva de la carmesí facción.

Las explicaciones que consideramos menester hacer, se contraen a la significación de vocablos allí utilizados y que pasan inadvertidos para cualquier lector no familiarizado con ellos. Comencemos por “Mucuritas”. Una múcura en lenguaje indígena es una vasija de barro, que difiere de la “Tinaja” por cuanto la “Múcura” es esferoidal, disponiendo de un orificio circular para verter líquidos en su interior o extraer de ella los líquidos allí vertidos. Comúnmente para cargar agua, la voz que identifica al objeto, viaja, con diferentes acepciones, a lo largo del norte de nuestro continente hispanoamericano.

El diminutivo de “Múcura” es “Mucurita”, esto es, una vasija más pequeña. El sitio donde se efectuó la afamada batalla, llevaba por nombre “Las Mucuritas”. La inexorable destrucción del tiempo, le quitó el artículo y el propio General Páez, el jefe de aquella confrontación por el bando patriota, se refiere a ese lugar de la sabana como “el sitio de Mucuritas”. En invierno, esa parte del llano apureño se anega, al ser cruzado por ríos y caños. Acaso llevara su nombre por ser abrevadero común de viandantes, quienes recogieran el agua precisamente en “mucuritas”, pero esta conclusión es una lucubración propia y por consiguiente no disponemos de evidencia empírica para sostenerla.

Hablemos ahora del “Pajarillo”. Sabemos de sobra que por “Pajarillo”  se entiende el sustantivo que describe, en simple castellano, a un “pájaro pequeño”. El “Pajarillo”, en este caso, representa “un tiempo armónico y musical” de nuestra música autóctona llanera venezolana, creación musical propia que recibe el nombre genérico de “Joropo Llanero”, una variante musical venezolana (porque también tenemos “Joropo Oriental”) y que reproduce versiones bailables unas y cantables otras, bailables y cantables todas, a gusto de intérpretes y participantes, porque el llanero no entiende de normas cuando se trata de la expresión viva y libre de su emoción. Comparten personalidades propias “La Chipola”, “El Seis por Derecho”, “La Periquera” y “El Pasaje”, entre otras combinaciones armónicas.

El Joropo tiene un parecido sorprendente con el “Son Jarocho Yucateco”, oriundo de la península de Yucatán, solo que los grupos musicales que lo interpretan suelen ser más numerosos que los nuestros, pero los instrumentos dominantes son comunes, a saber, el arpa, una guitarra pequeña que en Venezuela es de cuatro cuerdas y lleva, precisamente por esa característica, el nombre de “Cuatro”, además de las maracas, hechas del fruto de un árbol que lleva por nombre “Taparo” y que se rellenan de semillas para lograr un sonido acompasado, coadyuvante, junto a la cuerdas del arpa,  en la distribución de tonalidades, así como también en el compás de la pieza. El arpa, como instrumento protagonista, es una incorporación posterior, que pudiese corresponder a tiempos más avanzados en el siglo XIX; en aquellos del General Páez, es posible que el protagonismo lo tuviese un instrumento criollo de cuerdas denominado “Bandola”, parecido también a una guitarra pequeña, muy complejo de ejecutar y mucho más fácil de portar que el arpa. Acaso su nombre derivase del uso de las armas (trabucos, carabinas o mosquetones) “a la bandolera”, esto es, cruzadas sobre las espaldas.

El tiempo de “Pajarillo” como su nombre lo indica, implica “el enérgico revolotear” de los versos entre los “vientos armónicos” del joropo, imprimiéndole a las coplas, estructura métrica poética que sirve de base a las letras de tales composiciones, una fuerza emotiva distintiva. El llanero venezolano es en particular “musical” y canta en toda ocasión, desde las desventuras en el amor, hasta las propias de la dura existencia en la que se ve inmerso cotidianamente. Lo hizo desde el siglo XVI; lo propio a lo largo de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX, y lo hace aún hoy en los prolegómenos del XXI. Llanero pasa penuria pero siempre canta, aún en los momentos más álgidos de su existencia.

Nota aparte merecen el General en Jefe José Antonio Páez Herrera y sus aguerridos compañeros de armas. Nacido a las orillas del río Curpa, en el actual Estado Portuguesa, el 13 de junio de 1790, contaba Páez con la edad de 27 años para el momento del combate referido. Al igual que todos los próceres que “largaron el pellejo” en los campos de Venezuela por el logro de la independencia del imperio español, era uno de los jóvenes líderes de armas entonces y, lo más curioso, ya era considerado “General de Generales”. Páez no solo fue el guerrero más distinguido de las sabanas venezolanas, sino terminó siendo el primer Presidente de la República de Venezuela, pudiendo adscribírsele cierta paternidad en ese constructo geopolítico.

Maltratado con cierta frecuencia en el discurso político venezolano, tildado hoy día con el epíteto de “traidor” por algún líder de este tiempo, llevado por una “emoción extemporánea”, Páez, desde nuestra muy humilde percepción, no hizo otra cosa que seguir sus propios mandatos personales, más allá de las apetencias que se le atribuyen (que nada raro tiene que las haya tenido y hayan sido convenientemente alimentadas por los interesados en sus proximidades, en aras de la búsqueda de alguna pitanza tras el inevitable reparto del botín, conducta muy propia de los adulantes en Venezuela y en el entorno más cercano al poder político): no podían consentir ser “Departamento” supeditados a un gobierno lejano, después de haber luchado, justamente, por todo lo contrario. Tampoco resultaba posible ser consentida, la posibilidad de la existencia de un “príncipe criollo” o un “presidente vitalicio” por muy orlada de laureles que hubiese sido la trayectoria de quien así lo pretendiese. Lucharon justamente contra ambas figuras, aunque luego hayan pretendido (algunos de nuestros próceres, particularmente el propio Páez) convertirse en aquello que tanto adversaron, virtud acaso de las malditas veleidades del poder.

La Patria venezolana, la misma que hoy pretenden convertir en patente de corso en ocasiones y en otras en lar inextinguible, más allá del apremio cotidiano, solo para justificar la permanencia en el poder; esa Patria que recoge en su seno los restos de nuestros ancestros, no se hizo gratis y tampoco virtud de un pacto político entre oligarquías; se construyó con la sangre de miles de compatriotas, con el sufrimiento de montones de progenitores, con la viudez temprana, la anciana lágrima furtiva y sobre la miseria permanente de millones.

Se ha utilizado como justificación para cualquier tropelía y ha encabezado los discursos políticos de auténticos gamonales, así como de ladrones de toda laya y sinvergüenzas manipuladores de la palabra oportuna, tras la búsqueda de pingües beneficios materiales o de poder. Pero es nuestra Patria, con sus virtudes y defectos, con sus llantos a cuestas, con sus intemperancias, con su sangre, ya sea seca y terrosa, ya sea fresca o purpurina. Y será siempre nuestra Patria…Y sí, siempre tendremos Patria, para bien o para mal, porque la sangre vertida por ella, bien ha valido la pena y bien la valdrá… ¡Viva Venezuela, Patria mía!









29 de enero de 2017

“Mucuritas” en tiempo de “Pajarillo”…

Dos centurias hacen de aquel combate, acaso olvido en quienes más jóvenes, poco o nada les interesa la impronta patria y su avatares, dando por sentada la libertad, concepto que se invoca solo en tiempos de este malhadado gobierno, como si se tratase de un apremio actual y como si nunca nos hubiésemos matado por ella. Solo en el soldado, el que fue, el que es y el que será por vocación, y en aquel que tiene por desvelo los aconteceres de una Patria, a través del honroso oficio de investigador y en el más honroso  aún de docente, habitan esos recuerdos: Batalla de Las Mucuritas, 28 de enero de 1817. Sea propicia entonces la oportunidad para recordarla y nada más apropiado que hacerlo en tiempo de Pajarillo y en la voz de su líder victorioso, el Taita, el Catire, el Centauro de los Llanos: General en Jefe José Antonio Páez Herrera…

¡Maestro arpisto, arránquese!

…Llanero escribe con alma, 
lo que mira con los ojos…

Corre el 28 de enero de 1817. El General español Don Miguel de la Torre persigue a los llaneros de Páez al través de esas estepas resecas por el sol. Lo hace con la marcialidad de la tropa expedicionaria que ha traído el señor General Don Pablo Morillo. Con sus húsares de a caballo y sus tropas de infantería veteranas, pretende batir en sus predios a los dueños y señores de la planicie polvosa: los llaneros. Le han dicho se trata de unos orates que visten de taparrabos y montan descalzos. El General Páez se refiere a ese día en su autobiografía:

“El 27 de enero pernoctó Latorre en el hato el Frio, como una legua distante del lugar que yo había elegido para el combate, y á la mañana siguiente cuando marchábamos a ocuparlo observamos que ya iba pasando por él. Entonces tuve que hacer una marcha oblicua, redoblando el paso hasta tomar a barlovento, porque en los llanos, y principalmente en Apure, es peligroso el sotavento, sobre todo para la infantería, por causa del polvo, el humo de la pólvora, el viento y más que todo por el fuego de la paja que muchas veces se inflama con los tacos.”[1]
Páez los copa. Allí está el ejército español. Ya no se trata del Ñaña y tampoco de Cervériz. La Torre es un militar profesional que se ha cubierto de gloria en combates europeos. Mil cien hombres lleva Páez. Pocos van calzados, pero el acero de las lanzas brilla al sol, en la punta de las largas varas…

…escribe de los enojos 
que lo llevan a las armas…

“Conseguido, pues, el barlovento en la sabana, formé mis mil cien hombres en tres líneas, mandada la primera por los esforzados comandantes Ramón Nonato Pérez y Antonio Ranjel; la segunda por los intrépidos comandantes Rafael Rosáles y Doroteo Hurtado; la tercera quedó a la reserva a las órdenes del bravo comandante Cruz Carrillo. Confrontados así ambos ejércitos, salió Latorre con veinticinco húsares á reconocer mi flanco derecho, y colocándose en un punto donde podía descubrirlo, hizo alto. En el acto destaqué al sargento Ramón Valero con ocho soldados escogidos por su valor personal y montados en ágiles caballos, para que fuesen a atacar a aquel grupo, conminando  á todos ellos con la pena de ser pasados por las armas si no volvían a la formación con las lanzas teñidas en sangre enemiga.”[2]

Del lance que lo hace héroe, 
en medio de la sabana, 
del miedo del español 
hacia el machete y la lanza…

Ocho para confrontar veinticinco húsares mejor armados, mejor montados y mejor pertrechados. “Menudo orate, este” pensará La Torre “…que somos tres a uno…”. Y allá van entre el polvo y la paja, a galope tendido, los dueños de la sabana. Mirada febril, lanza en ristre; con los pulgares de los pies en los estribos llaneros, el resto de los dedos por fuera. Allá van como almas que lleva Mandinga, en esas noches negras de brujas y espantos, donde el miedo se disipa con ánimas en los cantos. Son los bravos de Apure, los más bravos entre bravos…

“Marcharon, pues, y al verlos acercar á tiro de pistola, dispararon los húsares enemigos sus carabinas; sobre el humo de la descarga, mis valientes ginetes se lanzaron sobre ellos, lanceándolos con tal furor que solo quedaron con vida cuatro ó cinco que huyeron despavoridos á reunirse al ejército. La torre de antemano había juzgado prudente retirarse cuando vió á los nuestros salir de filas para ir á atacarle. No es decible el entusiasmo y vítores con que el ejército recibió á aquel puñado de valientes que volvían cubiertos de gloria y mostrando orgullosos las lanzas teñidas en la sangre de los enemigos de la patria.”[3]
Regresa la ventolera de acero a sus filas. Lleva en las lanzas la prueba carmesí de quien es el dueño de las sabanas. La Torre atisba desde la formación “al mal trago darle prisa”….   “Sargento, mande usted tocar a generala, esto es para hoy, que ya para mañana será tarde…”…:

“Latorre sin perder tiempo avanzó sobre nosotros hasta ponerse a tiro de fusil; al romper el fuego, nuestra primera línea cargó vigorosamente, y á la mitad de la distancia se dividió, como yo le había prevenido, á derecha é izquierda, en dos mitades para cargar de flanco á la caballería que formaba las alas de la infantería enemiga. Había yo prevenido á los míos que en caso de ser rechazados, se retirasen sobre su altura aparentando derrota para engañar así al enemigo, y que volvieran caras cuando viesen que nuestra segunda línea atacaba á la caballería realista por la espalda. La operación tuvo el deseado éxito, y pronto quedó el enemigo sin más caballería que unos doscientos húsares europeos; pues la demás fue completamente derrotada y dispersa.”[4]
Confundidos, derrotados, sin posibilidad de reagruparse, el rutilante ejército expedicionario, vencedor de franceses a su tiempo, yace parcialmente derrotado en el campo de batalla. ¡Ah...el ingenio de mil lances!...¡Ah... el valor de sangre llanera!...¡Ah... la astucia de quien suelta el alma en un solo dado!:

“Entonces cincuenta hombres, que yo tenía de antemano preparados con combustibles prendieron fuego a la sabana por distintas direcciones, y bien pronto un mar inflamado lanzó oleadas de llamas sobre el frente, costado derecho y retaguardia de la infantería de Latorre que se había formado en cuadro. Al  no haber sido por casualidad de haberse quemado pocos días antes la sabana del otro lado de una cañada, que aun tenía agua y estaba situada á la izquierda del enemigo, única vía por donde podía hacer su retirada, hubiera perecido el ejército español en situación más terrible que la de Cambíses en los desiertos de Libia. En su retirada hubo de sufrir repetidas cargas de nuestra caballería, que saltaba sobre las llamas y los persiguió hasta el Paso del Frio, distante una legua del campo de batalla. Allí cesó la  persecución porque los realistas se refugiaron en un bosque sobre la margen derecha del río, donde no nos era posible penetrar con nuestra caballería.”[5]

…Y allá un 28 de enero, 
entre el tropel y la grita, 
se hizo inmortal el Catire, 
en tiempos de Mucuritas…

Sobre ese combate escribirá más tarde el propio Morillo “…catorce cargas consecutivas sobre mis cansados batallones me hicieron ver que aquellos hombres no eran una gavilla de cobardes poco numerosa, como me había informado, sino tropas organizadas que podían competir con las mejores de S.M. el Rey…”

¡¡¡Viva Páez, caracha!!!




[1] Páez, José Antonio, Autobiografía. Imprenta de Hellet y Breen. Nueva York, 1869. Pág.124.
[2] Páez…Op.Cit…Pág.124.
[3] Páez…Idem…Págs. 124 y 125.
[4] Páez…Ibid…Pág.125.
[5] Páez…Ibid…Pág.125

10 de enero de 2017

Venezuela, 23 de enero de 1958: TRES MITOS Y TRES REALIDADES…

Una cadena de sucesos que iniciase el 1 de enero y discurriese hasta el 23 de enero de 1.958, dio a su vez como resultado un conjunto variado de acontecimientos que, devenido el tiempo y en opinión de este investigador, fueron adquiriendo categoría de “mitos”. Para los actores políticos de ese tiempo, las borrosidades en el recuerdo, propias acaso de la senectud, la autocomprensión y, porque no, de la justa autocomplacencia, aquellos "mitos" hicieron parte (junto a otros) del amplio repertorio parlante de discursos de ocasión, propalados por aquellos interesados en construir una suerte de “gesta emancipadora popular”, relato discursivo que echaron a rodar en los años subsiguientes sus pretendidos protagonistas. Muchos de aquellos “mitos”, sus respectivas “borrosidades”, "relatos y gramáticas", como suele definir uno de los afamados "encuestólogos teóricos tarifados" de este tiempo actual, pretendieron hacerse "realidades catedralicias" de naturaleza cuasi religiosa.

En este breve pergeñado de ideas, se pretende poner de manifiesto algunos de esos “mitos” y parte de lo que consideramos “realidades”. Como han dejado de ser “fechas patrias” para los actuales actores políticos, especialmente aquellos que están en el usufructo del poder, acaso sea oportuno arrojar "otro tipo de luz" sobre aquellos acontecimientos, especialmente para los más jóvenes, particularmente en este mes que se cumplen 63 años de aquellas vivencias. Otro tanto harán a quienes les toque la tarea y llegado el momento, con las onomásticas de estos autodenominados “revolucionarios rojos” de hoy, tan acostumbrados a la creación insustancial de “mitos” como sus pares de ayer, ahora entelequias habitantes allá, en la pretérita, distante y siempre manipulada existencia político-histórica patria, lar dónde algún día, como lo hacen hoy aquellos "próceres del 58", habitarán estos "albaceas únicos del legado del Supremo y Eterno" porque nada, absolutamente nada, dura para siempre en nuestra historia política vernácula...

MITO UNO: “Pérez Jiménez fue derrocado…” Este primer mito fue una y otra vez propalado por quienes se presumieron actores principales o secundarios de los acontecimientos del 23 de enero de 1958, tanto civiles como militares y lo fue posteriormente, con mayor intensidad, por cuanto "político de oficio" que tuviese la ocasión de hacerlo, en calidad de militante de los partidos institucionales que hicieran vida protagónica en los años por venir. Basados, los más honestos, en su dolor de presos y torturados, perseguidos o humillados, siempre aprovecharon la oportunidad para poner de manifiesto que, virtud del sufrimiento y del “dolor compartido” por el “resto del pueblo”, sus torturas y vejámenes fueron vengados en una “heroica gesta popular”. Existen múltiples definiciones de lo que pudiese, en Teoría Política, conceptuarse como “derrocamiento”. De estas definiciones citaremos tres: el Coup d' Etat anglo francés, el Pustch alemán y el Pronunciamiento español. En dos de los tres, se prevé la participación militar; los tres suponen una suerte de sublevación o alteración con cierta participación colectiva; y los tres establecen la deposición, así como una suerte de posterior detención preventiva y, acaso, la sobrevenida muerte, de quien o quienes hubiesen detentado el poder.

Pérez Jiménez no fue puesto preso, tampoco los militares lo conminaron a renunciar y menos “una nutrida poblada en revuelta popular con apoyo militar” tomó el Palacio de Gobierno. Pérez Jiménez abandonó voluntariamente el cargo, en la madrugada del 23 de enero de 1958, sin mediar renuncia previa ante el Congreso Nacional o ante la Corte Suprema de Justicia. Menos hizo formal renuncia ante las Fuerzas Armadas Nacionales, específicamente ante cualquier alto personero investido de  su representación y tampoco fue “conminado” a renunciar por el Alto Mando Militar. La situación de Pérez Jiménez configura el abandono evidentemente voluntario del cargo; en términos más simples: una rehuida conveniente de sus responsabilidades de mando gubernamental.

MITO DOS: “Pérez Jiménez cae como consecuencia de una revuelta popular”. Las variadas manifestaciones de obreros y estudiantes a lo largo de 1957 (fueran de importante o pequeño porte), así como aquellas que se sucediesen por las actividades organizadas y emprendidas por la Junta Patriótica, los días posteriores a la asonada protagonizada por oficiales de las Fuerzas Aéreas (Mayor Martín Parada) y otros profesionales militares al servicio de las unidades moto blindadas (Coronel Hugo Trejo) en el Ejército, el día 1 de enero de 1958, son hechos aislados, sin solución de continuidad, que, dicho sea de paso, no comprometieron a grandes masas de población como acaso ocurriese en otras naciones (ergo La Habana, Cuba, en las postrimeras horas del año 1958 e inicios de 1959). La manifestación masiva, especialmente en Caracas, ocurre el 23 de enero, luego que una importante masa de población se enterara de la huida de Pérez Jiménez, información que se hizo pública en la ciudad capital, después de las 0400 horas de ese mismo día, como así lo confirman muchos de los medios impresos nacionales de ese entonces. Aun participando nutridos contingentes de población en las manifestaciones caraqueñas acaecidas en esa fecha, estas no se dirigieron a Palacio y tampoco tomaron instalaciones militares, como sí ocurriese el 18 y 19 de octubre de 1945, con el Cuartel San Carlos, en la ciudad de Caracas. Los sucesos a las puertas de la Seguridad Nacional, que condujeron a los linchamientos, asesinatos y persecución de esbirros al servicio de este cuerpo de seguridad del Estado por parte de las turbas enardecidas, así como el intercambio de disparos, tuvieron lugar luego del medio día del 23 de enero de 1958, cuando Pérez Jiménez ya tenía cerca de 10 horas de haberse marchado del país. Por otra parte, el intercambio de disparos se produjo entre agentes de la Seguridad Nacional y soldados del Ejército que hubiesen sitiado previamente aquella sede policial. La reacción tumultuaria de la población, especialmente, reiteramos, en la ciudad de Caracas, fue resultado más del calor del momento, producto del inercial arrebato vindicativo; el ansia oportunista del saqueo en algunos, natural históricamente en estos casos en Venezuela y la emoción por la libertad de los presos en otros. El resto, en nuestra muy particular forma de aproximarnos a los acontecimientos, fue más bien una combinación, insistimos, muy criolla, del afán de fiesta, jolgorio y el siempre oportunista deseo por y para la figuración épicamente protagónica en una "gesta heroica libertaria"…

MITO TRES: “Pérez Jiménez huye por la presión política de sus adversarios, la acción concertada de los militares que se le oponían y las acciones de calle planificadas (y conducidas) por connotados miembros de la Junta Patriótica”. Pérez Jiménez siempre despreció, además con el ademán y el gesto de quien se siente seguro en el poder, al estamento político partidista que, luego de 1952, se limitó al partido COPEI. Por segunda vez en su historia política y primera durante el llamado Decenio Militar, el partido socialcristiano fue sujeto de persecución en la persona de su principal fundador, Doctor Rafael Caldera Rodríguez, cuando este último lanzó su candidatura para el proceso electoral fallido de 1957. Preso y luego expulsado del país, pasó el atropello hacia el Dr. Caldera "sin pena ni gloria" hasta el plebiscito presidencial de ese año, salvo el reclamo airado que, sobre ese particular, hicieran al gobierno importantes personeros de la Jerarquía Eclesiástica venezolana, junto a la plañidera manifestación de una nutrida concurrencia de "damas conservadoras refistoleras". Los líderes clandestinos (PCV-AD) estaban en el exilio (el verdadero exilio, no un autoexilio mayamero vacacional), presos y torturados o muertos y enterrados. Ni la Junta Patriótica, ni las acciones de calle, preocuparon o amilanaron a Pérez Jiménez; antes por el contrario, respondió a ellas como siempre: con plan, cárcel, tortura y plomo...

La presión política (aquella ejercida por partidos políticos y organizaciones representativas de la sociedad venezolana, que hicieran vida en la Junta Patriótica), fue una variable perturbadora adicional (nunca "la variable perturbadora concluyente"), en un conjunto complejo de variables perturbadoras, integrado fundamentalmente por el inicio de una crisis económica inevitable, al perder Venezuela su condición de primer exportador de petróleo del mundo (tras el hallazgo por la industria petrolera anglo-norteamericana y holandesa de yacimientos petrolíferos de más calidad y cuantía, en manos de gobiernos más maleables y complacientes en el Oriente Medio), lo que implicó la reducción drástica del ingreso nacional por este concepto, frente a un gasto público cada vez más creciente, voraz y suntuario, dependiente totalmente del ingente y fructuoso comercio del hidrocarburo rey; como consecuencia de lo anterior, la negación reiterada de Pérez Jiménez a honrar sus compromisos financieros con sus “empresarios y banqueros socios venezolanos”, parte importante de su oligarquía prebendada cuyo crecimiento, paradójicamente, él mismo promoviera; la creciente división a lo interno de las Fuerzas Armadas (error garrafal que cometiesen también los adecos durante el Trienio 1945-1948), que terminara fraccionando a los oficiales entre "Perezjimenistas y No Perezjimenistas" siendo algunos de los últimos, objetivos de persecución y asesinato por parte de agentes de la Seguridad Nacional (casos como los del Capitán Wilfrido Omaña y el Teniente León Droz Blanco); la confrontación con la Iglesia Católica, tras la detención y posterior expulsión del Doctor Rafael Caldera (ya mencionado y que "reventase" de manera concluyente como acumulación en el sistema de conflictos políticos); y, finalmente, el doble desafío a los Estados Unidos, en tanto el establecimiento de políticas de corte cada vez más nacionalista y “la recepción a brazos abiertos” del General Juan Domingo Perón, mal visto por la Secretaría de Estado de los Estados Unidos y mantenido por PJ en Venezuela “a cuerpo de Rey aun en funciones monárquicas”. Inmensamente rico, con su Nuevo Ideal Nacional desecho en un instante, sin apoyo militar y, además, sin el indispensable soporte de su poderoso socio del Norte, PJ escogió el camino propuesto por su amigo, ministro de su gabinete y sempiterno compañero de armas, General Luis Felipe Llovera Páez: “Marcos vámonos, mira que pescuezo no retoña…”.  

El hartazgo de la gente por la suma cada vez mayor de los abusos y arbitrariedades del perezjimenismo (nada distinto de aquel que ejercieran adecos y copeyanos a su turno y hoy el chavismo carmesí) representó “la gota que derramó el vaso”. Y como suele ocurrir casi siempre en estos casos de huida repentina, la partida sorpresiva y, por ende, sin aviso del General, agarró a la oligarquía prebendada totalmente desnuda, madrugándola sin remedio, como novia siempre dispuesta, especialmente aquel 23, plácidamente dormida en el lecho, después de una larga noche de actos de "prometido" amor eterno…Se le fue “su General” dejándola sola en el estelero, tal como lo decía la letra de una afamada pieza musical de entonces: ...!Ay qué General!...¡Ay qué General!...

Aquellos que se empeñan en sostener el  mito revolucionario del 23 de enero, como definiría el Dr. Américo Martín en entrevista reciente "el espíritu hecho carne" no les faltan razones personales de peso: vivieron más de sesenta años de los mitos y terminaron creyendo ciegamente en ellos, como afirmación inequívoca de su propia realidad política, acaso, como aquel que pierde un brazo y argumenta auspicioso que se "siente más liviano" o "ha desarrollado en su cerebro" destrezas de las que no se sabía poseedor. Pero, incuestionablemente y respecto de la realidad de entonces y la actual, no queda la más mínima duda: la procesión va por dentro... 



5 de noviembre de 2016

“El Mar y El Cielo, “Los Panchos” y el asunto de las “dobles agendas” en la historia política venezolana contemporánea.

El trío mejicano de cantantes “Los Panchos” legó una importante cantidad de piezas inolvidables  al repertorio de la música popular hispanoamericana. Una de ellas titulada “El Mar y El Cielo” servirá, a través de los versos que componen la segunda parte de su letra, al propósito de graficar el asunto de las “dobles agendas” en la contienda política venezolana contemporánea, misma que nutre casi permanentemente la historia política nacional. Sí, en efecto, la cadencia musical de “Los Panchos” provee también a nuestra histórica conflictividad política hispanoamericana, no solo del fondo trágico que sus ocurrencias tienen, cuando se trata de situaciones tumultuosas y atrabiliarias, sino cuando, “alegres” por su impronta, adquieren la naturaleza de verdadero “corrido mejicano”.

El Mar y el Cielo se ven igual de azules y en la distancia, parece que se unen…

 Al ritmo de la cadenciosa voz de “Los Panchos” comenzamos a transitar nuestra historia política contemporánea, específicamente desde 1936, año tumultuoso del gobierno del General Eleazar López Contreras. Luego de haber enfrentado un final de año (19 al 31 de diciembre de 1935) con 26 conflictos, que dieron como resultado algunos muertos y buen número de heridos, además de propiedad pública y privada saqueada y destruida, el General López enfrenta entonces la turbamulta de 14 de febrero de 1936, la manifestación vespertina multitudinaria de ese día y la recepción en Palacio de una comisión que le presenta un pliego de peticiones. A lo largo de esa apretada ocurrencia de sucesos, se han venido manifestando dos formas de “civilidad”, entendiendo por esta última denominación, aquel movimiento que aspira darle al país (y a su conducción) un peso “civil”  mucho mayor, esto es, una presencia de “civiles” que por oposición a los “militares” (que representan la dupla tiranía-despotismo) pudiese representar lo “más capaz e idóneo” para sacar al país del tutelaje castrense semifeudal en que ha estado por más de 40 años e introducirlo a la definitiva modernidad, era en la que, desde antes de las postrimerías del siglo XIX, ya vivían las naciones más civilizadas del continente.
Esas dos formas de civilidad bien pudiesen ser definidas como la Civilidad Democrática Conservadora y la Civilidad Democrática Radical. A la primera se adhiere lo más granado de la intelectualidad caraqueña, integrada  por artistas, literatos, afamados profesionales universitarios, pequeños y medianos comerciantes; a la segunda, estudiantes, líderes obreros de actuación colectiva clandestina, políticos de partidos proscritos (caso del entonces recientemente fundado Partido Comunista de Venezuela) y jóvenes líderes políticos en proceso de eclosión que sin tener militancia alguna, ya despuntaban en el firmamento, todavía vacío de estrellatos, en cuanto a líderes políticos nacionales.
La Civilidad Democrática Conservadora está dispuesta a negociar con el General López Contreras e incluso ayudarlo en su gestión de Transición, si con ello allana el camino hacia un gobierno democrático, pulcro en el manejo de los bienes nacionales y dispuesto a introducir elementos modernizantes en la conducción de la cosa pública. La Civilidad Democrática Radical no hace concesiones: la “Revolución” es su camino. López es un capitoste del Gomezalato y debe “morder el polvo” con sus “torturadores, carceleros y sigüises” quienes, junto a él, “deben sucumbir en sus ergástulas antes de echarlas abajo”. Dos expresiones de Civilidad que, como el mar y el cielo se ven igual de azules, y en la distancia parece que se unen, pero sus “agendas” son distintas y ambas las perseguirán con obstinación.

…Mejor es que recuerdes que el cielo siempre es cielo…

El General López Contreras logra que el Congreso Nacional (logro al que restan sus enemigos todo valor, al ser aquel una expresión artificial de un verdadero Poder Legislativo, tratándose los parlamentarios de funcionarios públicos al servicio del Ejecutivo y el Poder Judicial) apruebe un estatuto electoral para convocar a la población a la elección directa, secreta y universal del Poder Municipal, que luego de constituirse, deberá escoger de su seno los Diputados y Senadores que habrán de constituir a su vez un nuevo Congreso Nacional, cuerpo legislativo que, finalmente, tendrá la responsabilidad de elegir al próximo Presidente de la República para 1941. Mientras la Civilidad Democrática Conservadora se incorpora activamente a la campaña electoral que se inicia, a la difusión de sus “bondades” de cara al futuro e incluso alguno de sus más connotados representantes hacen parte del tren ejecutivo, la Civilidad Democrática Radical, en uso de una “doble agenda” participa con candidatos en el proceso electoral que se avecina, organiza partidos políticos, funda sindicatos y hace campaña, mientras, por debajo, organiza huelgas, una de ellas de carácter general, actividades tumultuarias y una paralización de la industria petrolera foránea, confesando más tarde por boca de sus más importantes dirigentes, que todas estas actividades tienen por objeto afectar la gobernabilidad nacional e incluso provocar el derrocamiento del General López.
Los comicios se realizan. Juan Oropeza, Gonzalo Barrios y Jóvito Villalba, relevantes figuras de la Civilidad Democrática Radical, son electos parlamentarios bajo el esquema expuesto en el párrafo anterior. Barrios y Oropeza como Diputados y Villalba, Senador, termina su elección siendo anulada por “haberse comprobado fehacientemente” su militancia comunista, expresamente prohibida por el inciso VI, del Artículo 32, de la Constitución Nacional reformada y vigente. El 13 de marzo de 1937, el Gobierno Nacional por intermedio de su Primer Mandatario, decreta la expulsión de 42 líderes de la Civilidad Radical (entre ellos, por supuesto, Barrios, Villalba y Oropeza) por la misma “flagrante violación” a un precepto constitucional, incompatible con el ejercicio pleno de los derechos políticos en el contexto de una “Democracia Moderna”. A pesar de su “doble agenda” la Civilidad Democrática Radical, tiene que recordar con amargura  que “…el cielo siempre es cielo…”

…Que nunca, nunca, nunca, el mar lo alcanzará…

Corre el mes de septiembre de 1945. El flamante partido Acción Democrática, llevado por su líder máximo y más importante fundador, Rómulo Betancourt Bello, celebra sus primeros cuatro años de vida política. Betancourt, vuelto a Venezuela luego de su exilio en 1939, para 1945 disfruta plenamente de sus derechos políticos, libre además de presión y apremio. AD es el partido que lidera buena parte del acontecer político nacional y es adversario contumaz del Partido Democrático Venezolano, el partido gobernante fundado por el General Isaías Medina Angarita. Betancourt, a espaldas de su militancia y en uso de la “doble agenda”, hace rato que ha hecho contacto con la Unión Militar Patriótica, un grupo de jóvenes oficiales del Ejército que, en la eventualidad de una rebelión contra el gobierno del General Isaías Medina Angarita, han propuesto al líder accióndemocratista asumir la Primera Magistratura Nacional. Rómulo hace uso eficiente de su ya referida “doble agenda”: por arriba participa en política, organizando mítines, dando conferencias, concediendo entrevistas, escribiendo en la prensa, buscando y juramentando prosélitos. Por debajo: preparándose con los  militares para el asalto al poder en la primera oportunidad que se presente.
El 19 de octubre de 1945, Betancourt, como resultado de una rebelión militar producida al borde de su aborto por accidente, es el flamante Presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno. Emprende importantes reformas nacionales, bajo el apremio permanente de los militares, algunos de los cuales tratan de derrocarlo. Todo el tiempo ha hecho uso de la “doble agenda”; con sus adversarios políticos, por ejemplo COPEI; con sus contrapartes en las oligarquías aún no fenecidas;  con los grupos sociales y la Iglesia Católica: a todos los llama, por arriba, a cooperar, al entendimiento y la cooperación. Por debajo, su partido los presiona, los persigue y, en no pocas ocasiones, hace uso de la violencia política sin tasa y medida. A todo lo largo de su Trienio (1945-1948), aún después de electo el Maestro Rómulo Gallegos, primer Presidente Constitucional de la República por elección directa, universal y secreta de todos los venezolanos, Betancourt ha tratado de influir políticamente en las Fuerzas Armadas, generando a su interior una campaña soterrada de división. El 24 de noviembre de 1948, Betancourt, su partido y, tristemente, el Maestro Gallegos, como pasajero sin culpas directas en este buque de bandera difusamente filibustera, entienden con amargura que el cielo siempre será el cielo y “…nunca, nunca, nunca, el mar lo alcanzará…”  

“…permíteme igualarme con el cielo que a ti te corresponde ser el mar…”

Desde 1959 hasta su muerte en los inicios de los años 80, Rómulo utilizará su esquema de “doble agenda” tanto en las pugnas internas de su partido, donde enfrenta con éxito dos importantes divisiones, como con sus sempiternos enemigos “los comunistas”, quienes también en su larga confrontación con los adecos (y luego con los copeyanos) harán uso permanente de la “doble agenda”. Mientras por un lado “convocan al respeto por los derechos del pueblo” y “la integridad física de sus pacíficos militantes”, por el otro organizan rebeliones, asonadas, atentados y acciones de terror, que culminan en una abierta lucha armada contra los gobiernos sucesivos. En todo el tiempo que permanece en el poder la Democracia de Partidos, la “doble agenda” se ejerce contra sus enemigos “comunistas” y vencidos estos por la “persuasiva vía metálica”, ejercida mediante la repartición ingente de “plomo y  plata”, la usan los partidos consistentemente durante sus propias pugnas interpartidarias. Siempre quien tuvo el poder y vencida su contraparte mediante el esquema de la “doble agenda”, se “igualó al cielo” y su adversario, inexorablemente, “le correspondió ser el mar…”
Hoy estamos en una situación equivalente. El gobierno del Presidente Nicolás Maduro (y particularmente él) son obsesivos en el uso de la “doble agenda”. Tras innúmeras convocatorias a la paz, al respeto por “los derechos humanos” y, adicionalmente, en una letanía constante hacia el “respeto por el orden constitucional”, encarcelan, allanan, persiguen, ilegalizan y conculcan los derechos políticos tanto de la oposición política como de los venezolanos. Y sus contrapartes oposicionistas, en una súplica constante por la “integridad del hilo constitucional”, por debajo han organizado paros, golpes, sabotajes de diversa índole y acciones paramilitares en contubernio con sus “aliados por convención” del otro lado de la frontera occidental de Venezuela.
Cada uno, a su tiempo, sueña con culminar el bolero de “Los Panchos” con los dos últimos versos de su estrofa final:
“…permíteme igualarme con el cielo,
que a ti te corresponde ser el mar…

Mientras los venezolanos de a pie, siguen implorando al cielo por una solución y ahogándose en el mar de la incertidumbre, a l no ver ninguna esperanza a la vista. Mientras tanto en el cielo como en el mar, vuela y navega una excelente nave multipropósito: la sempiterna “doble agenda”…